aicnednopserroc
Gracias a los que os habéis leído Correspondencia. Por el tiempo de leerlo, de comentarlo, de halagarme el oído. De cualquier forma, como os dije, no es una experiencia literal sino, como dicen en las películas, inspirada en una historia real. Lo más curioso del caso es que me relacionáis con el narrador, cuando es Víctor el personaje que inspiró Yarince.
Os falta conocer una parte de esa historia. La vida es un cubo, como aquel de Rubik, y hace falta ver todas las caras para formarse una idea aproximada de la realidad. Es una de mis grandes obsesiones, lo relativo de la realidad. Es por esa razón que Correspondencia tiene pareja. La versión de Víctor.
AICNEDNOPSERROC
Le escribí una carta hace un par de años, tras más de diez sin vernos. Juanjo fue mi mejor amigo de juventud, quizá el mejor que he tenido nunca, pero acabamos perdiendo el contacto. Supe por su hermano que se había ido a vivir a Bruselas, pero una amiga común me comentó años más tarde que había vuelto a la ciudad, así que busqué su teléfono en la guía. No se olvida uno nunca de los nombres y apellidos de quien te marca la vida. Lo encontré a la primera pero no me atreví a marcarlo. Me parecía una invasión de su intimidad, aparecer de golpe, después de tanto tiempo.
Sobre todo, por lo que pasó. No perdí el contacto con Juanjo porque las vueltas de la vida nos separaran, por una mudanza, un cambio de empleo o una boda. El contacto lo perdí yo a propósito, lo extravié a conciencia. Y hasta el día en que puse aquella carta en el buzón, diez años más tarde, Juanjo fue un cabo suelto azotándome la memoria.
Juanjo y yo nos conocimos de voluntarios en la Cruz Roja, con apenas 16 años. Todavía no sé cómo nos caímos bien teniendo en cuenta las notables diferencias entre ambos. Quizá fue su sonrisa franca o que, a pesar de ser el típico guaperas de buena familia, no ejercía. No tengo ni idea de por qué un día me alcanzó en la calle y me ofreció un pitillo, que nos fumamos entre risas y comentarios de los compañeros del puesto de salvamento. Sí soy consciente de que, a partir de aquel mismo momento, los dos voluntarios más distintos de aquel curso nos hicimos inseparables.
Podría considerarse que Juanjo era el novio ideal de cualquier jovencita, guapo y con dinero, mientras que yo sólo era el amigo perfecto, corriente y dulce. Todas las chicas andaban locas por pillarlo, pero él ya tenía a Elena, una niña profunda y encantadora. Y a mí me tocaba ejercer de Sancho, confidente y paño de lágrimas de sus decenas de Dulcineas.
Teníamos muchos amigos comunes, y nos veíamos a todas horas. Fueron años memorables, y a pesar de que éramos un grupo grande, entre Juanjo y yo siempre existió un vínculo especial, una unión de la que se percataban los demás, y que generaba rumores malintencionados o envidias descarnadas.
Recuerdo que Juanjo fue el único hombre que, sin ser de la familia, me besaba en la mejilla. La primera vez que lo hizo fue después de regalarle mi libro favorito, El amor en los tiempos del cólera. Me quedé atónito, incapaz de mover un solo músculo. Él comenzó a reírse.
“No seas bobo,” me dijo. “¿No le das un beso a tu hermano cuando lo ves? Tú y yo somos más que hermanos.”
Juanjo fue el primero en tantas cosas. El primero en confiar ciegamente en mí y en mi talento, el primero en abrazarme y no dejar que me escabullera, el primero con el que me ahogué de risa, el primero que lloró conmigo, y el primero con quien yo me atreví a desprender una lágrima.
El destino quiso que, a los dos años de conocernos, yo me fuera a estudiar a Barcelona y él a trabajar a La Coruña. No existían los móviles, y los teléfonos fijos eran lujos que un estudiante o un trabajador novel no se podían permitir. Así que recurrimos a las cartas de verdad, con su papel, su tinta y sus sellos.
Llegaban puntualmente cada tres días, trenzando dos hilos de correspondencia para hacer más corta la espera. Y cuando tocaba correo, me fugaba de clase y esperaba en casa asomado a la ventana, buscando en el punto de fuga a un hombre con bolsa de cuero. Aún hoy en día no puedo ver un cartero sin que se me acelere el pulso. Lo adivinaba al fondo de la calle y mi corazón aumentaba su marcha. Y a medida que se acercaba a mi puerta, el pecho iba subiendo vertiginoso hasta alcanzar el límite del infarto. Entraba en una casa y en otra, se saltaba dos puertas y seguía, y cuando estaba a punto de llegar a la mía, interpretaba todos sus gestos adivinando si habría correspondencia para Llibertat 12.
La desilusión si pasaba de largo era mayúscula, pero si entraba yo bajaba los escalones de tres en tres, intentando batir cada vez mi propio record, parándome al llegar al último rellano. Una vez allí escuchaba el sonido de los sobres deslizándose en los cofres metálicos, dejando dentro el tesoro de la carta de Juanjo.
Mucha veces no volvía ni siquiera a subir. Abría el buzón y buscaba su caligrafía entre las cartas dirigidas a mis compañeros de piso. Si la encontraba tenía que hacer un esfuerzo ímprobo para que las otras no se me cayeran de las manos. Me sentaba en el primer escalón y la leía a trompicones, volviendo al principio al terminarla, a repasarla con más pausa. Memorizaba sus párrafos hasta tener una copia en mi cabeza. Entonces subía corriendo a casa y me faltaba tiempo para sentarme en mi mesa repleto de ilusión a llenar folios contestando a Juanjo.
A veces, durante las noches, la alegría de la carta se volvía una carga. Me venían a la mente los párrafos que había leído y escrito, intentando descubrir en ellos significados ocultos, vestigios de algo que no fuera amistad. Los buscaba ávido, sediento, deseoso de encontrarlos. Pero si alguna vez los descubría, enterraba el rostro en la almohada y la mordía. Le daba dentelladas para parar mis pensamientos, amordazarlos para que no me susurraran al oído convirtiéndome en lo que me negaba a ser, desterrándolos de mi cabeza. A menudo me vencía el sueño así, exhausto, mordiendo.
Con la luz de la aurora, todo cambiaba. Juanjo volvía a ser mi gran amigo, y nuestra correspondencia un intercambio limpio y cristalino de nuestros afectos. No había nada que temer, ya que Juanjo tenía a Elena y la adoraba, y yo simplemente no había dado con la mujer adecuada.
Así pasó un año en el que el tiempo entre carta y carta no existía, una época en la que el futuro venía vestido de cartero y el destino se escribía en papel cebolla, en papeles donde la amistad se fraguó más allá de lo que nunca pudimos imaginar, reventando así los presagios de la mella de la distancia. Nunca estuvimos más cerca que cuando nos separaron 1200 kilómetros, contándonos anécdotas, atreviéndonos a desnudar el alma con nuestros miedos y anhelos, mientras dibujábamos cuáles serían nuestros futuros.
Ese año de cartas terminó a la vez que el curso y yo debía volver a casa, pero mis intenciones eran bien distintas. Me inventé unas prácticas inexistentes para poder quedarme tres días más y llevar a cabo mi plan. Tardaría un día en llegar a Coruña, y otro más para volver a Barcelona. Aun así podría dar a Juanjo una sorpresa y pasar casi quince horas con él. Hice el petate con un par de mudas, apreté sus cartas en un lazo para leerlas durante el trayecto, y subí al autobús más incómodo con la expresión más feliz del mundo.
A las diez de la mañana llegaba a la estación de la calle Caballeros, y debía parecer Ulises arribando a Ítaca cuando mis ojos somnolientos se posaron en Coruña. No miraba al suelo mientras peinaba la ciudad, plano en mano, buscando la calle Paseo de Ronda y la pensión donde el padre de Juanjo había decidido alojarlo, “para que sepas lo que es empezar desde abajo”.
Doblé la esquina que me enfrentaría a mi destino y no tardé nada en divisarlo a lo lejos en la puerta del edificio, apoyado en la pared fumándose un cigarro. Llevaba sus eternos vaqueros y un suéter verde que casi le llegaba a las rodillas. Sentí el impulso de dar la vuelta y salir corriendo. Sin embargo, una fuerza en la acera de aquella pensión me hacía aproximarme a Juanjo cada vez más rápido, pero mis sentidos me engañaban y lo alejaban cada vez que daba un paso, y yo aumentaba mis zancadas para alcanzarle, quería alargar mis manos para agarrarle y...
“Hola Juanjillo,” le dije.
Él me miró mientras aspiraba una bocanada de humo, que se escapó de su boca y retrocedió asustada al verme. Por un instante pensé que no se acordaba de mí. Dejó caer el cigarro de entre sus dedos mientras seguía mirándome, ahora en toda mi longitud, a los ojos, a la boca, a la frente, al pecho. Y de pronto me agarró con fuerza del brazo y me introdujo en la penumbra de la casa. Me soltó y volvió a mirarme. Recuerdo que se oía el canto de un canario por el hueco de la escalera. Yo sólo podía mirar sus ojos, que se fueron empequeñeciendo a medida que una sonrisa le iba llenando la cara. Fue entonces cuando me abrazó hasta casi hacerme daño, entrelazando sus manos a mi espalda, soltándolas y volviéndolas a unir una y otra vez.
“Pero niño, ¿qué haces tú aquí?,” me llegaban sus palabras sin rostro, mientras me reía emocionado y me enterraba en su cuello moreno. “También es casualidad, estaba en la puerta esperando que llegara el correo, a ver si tenía carta tuya. Pero ¿tú no tenías que estar ya en tu casa?”
Juanjo no esperó mi respuesta, simplemente me besó con estrépito en el cachete y dio por terminado su abrazo. Aún así parecía tener miedo de que me desvaneciera como un fantasma, y continuaba aferrándome los antebrazos como quien lee la buenaventura.
Le expliqué a trompicones cómo había urdido aquella escapada mientras él se reía a carcajadas acallando al canario. Salimos de nuevo a la luz del sol y me llevó a una cafetería plagada de helechos y de sillas de plástico, cerca de la Plaza de María Pita.
“Mi bar favorito,” me dijo.
Durante una hora nos interrumpimos contándonos nuestro último año, como si no hubiéramos tenido contacto. A veces nos parábamos y él decía “todavía no me lo puedo creer”, o yo bajaba la mirada y comentaba “cuánto te he echado de menos”.
Pero llegó un momento en que el rostro de Juanjo se ensombreció.
“¿Cuánto tiempo puedes quedarte?,” preguntó.
“Me voy en un par de horas’” le contesté, rascándome la nariz para que no se me notara el embuste. En realidad el autobús salía a las doce de la noche, me quedaban más de diez horas en Coruña, más de diez horas con Juanjo. Pero preferí ocultarle la verdad, para así sorprenderlo de nuevo, demorando mi marcha.
“¿Tan pronto? Pensé que podrías quedarte todo el día.”
“Qué más quisiera yo, pero tengo que estar a mediodía en Barcelona. Si no, no llegaré a tiempo de coger el avión.”
Empecé a preocuparme. Me parecía ver los pensamientos de Juanjo ordenándose en su cabeza, buscando palabras que se negaban a salir por su boca. Cuando estaba a punto de preguntarle qué le pasaba, sus palabras se abrieron camino.
“Tengo que decirte una cosa antes de que te vayas. No te lo he dicho por carta porque no me parecía que fuera la mejor forma de hacerlo. Pensaba llamarte de una cabina cuando estuvieras de vuelta en tu casa.”
Yo permanecí en silencio. Juanjo salvó la distancia que nos separaba y puso su mano sobre la mía, acariciándola distraído. Yo miraba sus dedos largos recorriendo mis nudillos, y deseé tener una almohada a mano para morderla.
“Espero que esto no cambie en nada nuestra amistad, pero necesito que lo sepas.”
Su mano se detuvo y sus ojos se centraron en los míos mientras yo tragaba saliva.
“Me he acostado con un hombre,” dijo manteniendo la mirada.
Aún no sé por qué me eché a reír como un histérico, ni tampoco por qué él añadió sus propias risas con un nuevo comentario.
“En el fondo siempre me han gustado los hombres.”
Mi cabeza empezó a discurrir por mil derroteros que se desaguaban a la velocidad de la luz en un agujero negro recién creado en mi memoria. Al igual que los muertos, mi pasado y mi futuro desfilaron ante mis ojos con colores y luces brillantes en un instante. Mi mundo completo, incluida la soberanía que Juanjo tenía sobre él, se vinieron abajo. Se había quemado un puente y no había marcha atrás. Hasta aquel momento todos pensaban que nuestra relación era sospechosa, mientras yo seguía inventando coartadas que con su revelación se despedazaban como cristales. Aunque nunca tuviéramos nada más que una buena amistad, el nuevo rumbo de Juanjo me convertía en culpable de mi pecado inconfesable a los ojos del mundo. De golpe se caducaba mi pasaporte a una vida sin complicaciones.
Deseé que todo aquello fuera un mal sueño. Me detesté al descubrir cómo me había autosugestionado para no aceptar lo obvio. Que estaba enamorado de Juanjo, pero que no era capaz de consumar aquel amor. Hasta hacía sólo un minuto me agarraba desesperado a la idea de que él era incapaz de quererme, pero ya no me quedaba ni eso. Si Juanjo era capaz de amar a otro hombre, quizá podría llegar a amarme a mí. Y en mi debilidad yo sería incapaz de resistirme a su amor, aún sabiendo que me destrozaría.
Nada de eso traslució durante el resto del tiempo que compartimos entre los helechos. Actué quitándole importancia. Le dije que tuviera cuidado, en una época en que el sida era el cáncer rosa. Pretendí aceptarlo todo con una sonrisa mientras el corazón se me pudría por dentro.
“¿De verdad que no te importa?,” me preguntaba.
Yo me reía y contestaba que en absoluto, que cada uno es libre de hacer lo que le apetezca. Dentro de mí, los sentimientos libraban batalla con mi miedo sin que yo me diera ni cuenta. Ese miedo invencible al que había dotado de la armadura más férrea y las armas más poderosas. No es de extrañar que mi amor se escurriera agonizante hasta mis pies, herido de muerte.
No le conté a Juanjo mis embustes, ninguno de los dos. A la media hora de la confesión, cogí mis cosas de la silla de plástico y le dije que era tarde y tenía que irme. Se ofreció a acompañarme a la estación de autobuses, pero por supuesto no accedí. Me excusé diciendo que cogería un taxi porque iba mal de tiempo para coger un autobús, sin mencionar que tardaría más de diez horas en salir. Pagó las cañas y el café y salimos a la calle.
Levanté la mano y paré el primer taxi que pasaba. Si no salía de allí, me asfixiaría. Abrí la portezuela y me di la vuelta para despedirme del mejor amigo que había tenido nunca, sabiendo que no podría volver a verlo jamás. Nos dimos un abrazo aún mayor que el de la pensión, sobre las marcas que aún me latían grabadas en la piel. No deseaba soltarle porque sabía que mi miedo no me dejaría volver a abrazarle nunca. Le olí el pelo por última vez. Y el claxon del taxi cortó el umbilical que nos unía.
“Cuídate,” le rogué mientras cerraba la puerta del coche. “A la Torre de Hércules, por favor.”
Me giré en el asiento mientras me alejaba, y lo vi despedirse con la mano, dibujando en su boca palabras que nunca llegué a escuchar.
No lloré mientras miraba al Atlántico rugiendo e increpándome. Ni cuando tiré sus cartas en una papelera de la estación. Tampoco en las ocho horas en las que deambulé por las afueras de la ciudad, haciendo tiempo para coger el autobús que me devolvería a Barcelona y a casa, a mi vida ordenada, sin amenazas.
Solté sin dolor. Mis cartas comenzaron a parecer deshumanizados diarios de a bordo, escuetos relatos en los que le informaba de mi vida, pero nunca de mí. La escribía cada vez menos, dilatando paulatinamente su envío. Ante sus insistentes comentarios de que me encontraba raro o que me pasaba algo, yo siempre contestaba que eran cosas suyas y que se estaba volviendo un paranoico. Juanjo se cansó de insistir. Mi amistad con Juanjo se desvaneció sin escenas ni explicaciones. No recuerdo el día que se acabaron las cartas, y aún menos las llamadas de teléfono. Nunca volvimos a hablar de aquellas horas en Coruña. Nunca de aquella revelación. Y él y su recuerdo desaparecieron de mi vida, como por arte de magia. Con su partida llegó mi seguridad. Mi falsa seguridad.
No fue hasta años más tarde que descubrí que en aquella cafetería, en la selva de los helechos, no sólo asesté un golpe mortal a mi relación con Juanjo. Aquel “cuídate” fue también mi sentencia de muerte. Me ahogué durante el trayecto en taxi y llegué cadáver a la Torre. Y mi paseo solitario por la ciudad hizo las veces de un cortejo fúnebre. Las cartas alcanzando el fondo de la basura sonaron a campanas doblando en mi entierro.
Resucité muchísimo tiempo después, con los frenéticos besos en el cuello de un desconocido que me abordó en un local. Sólo recuerdo de él su chaqueta de cuero negro y su obstinación en no besarme en la boca. Y que todas las consignas de mi cabeza se ahogaron sin remedio en un mar de caricias.
A partir de aquel momento salté de amor en amor y de cama en cama, hasta que llegó el día en que me sentí con fuerzas para cerrar mi círculo con Juanjo, convencido de que debía pedirle disculpas, darle una explicación. Ya no estaba enamorado de él, pero sí lo había estado. Ahora era capaz de reconocer que Juanjo había sido mi primer gran amor, y que mi terror lo había despachado con un cuídate. Estaba en un momento de mi vida en que debía rectificar los errores.
Escribí la carta de un tirón, la firmé y la puse en el buzón un martes. Le hablaba de los ratos que pasamos juntos, y de lo buenos amigos que éramos, que había sido una época muy especial para mí. También asumí la responsabilidad de que nuestra relación se hubiera ido al garete, atribuyéndola exclusivamente a mí. Le dije que lo sentía y que había actuado mal. Me llamé cabrón. Nunca mencioné el viaje a La Coruña ni la conversación que tuvimos, evitando dar detalles o remover la basura. Simplemente entoné el mea culpa, con cariño y sin razones. Le dejaba mi dirección y mis teléfonos, por si en algún momento quería ponerse en contacto conmigo.
Lo hizo ese mismo viernes. Yo no estaba en casa, y al llegar me encontré un mensaje en el contestador. No me lo podía creer al coger el teléfono y escuchar su voz, diez años más tarde. Me contaba que mi carta era lo más bonito que le había pasado en la vida, que aún no se lo podía creer. Me decía que cómo podía haberse olvidado de mí. Y ni corto ni perezoso, con una valentía desconocida y las manos temblando, le devolví la llamada. Estuvimos una hora al teléfono, como si no hubiera pasado el tiempo. Nos reímos, nos pusimos al día de nuestras vidas evitando los aspectos sentimentales, hablando de nuestras familias y de nuestros trabajos.
Hace cerca de dos años de esa conversación. No puedo decir que desde entonces Juanjo y yo llevemos una relación fluida, porque cada uno tiene su vida, con sus propios derroteros, y sería forzado retomar una relación que ha estado congelada tanto tiempo. Pero nos llamamos de vez en cuando, o nos mandamos mensajes al móvil, o nos tomamos un café cuando coincidimos por la calle. Se nos nota una alegría sincera al vernos. Nos abrazamos y nos damos un beso en la mejilla, tocándonos y riéndonos como si hubieran borrado Coruña de la faz de la tierra.
Yo sé con quién se acuesta Juanjo, y con quién se levanta, porque esta ciudad es un pueblo, y él lleva muchos años con una pareja estable. No sé si él tendrá sospechas de con quién lo hago yo. En cualquiera de los casos, hoy es Nochebuena. Y como es habitual, he mandado mis felicitaciones vía móvil a los buenos amigos, sin olvidarme de él.
Y mi móvil pita. Y leo en él ‘Juanjo’. Y cuando pulso la tecla que hace aparecer sus deseos en mi pantalla, los ojos se me llenan de rallas y el aire de olor a helechos. Y sé que éste era el final del círculo. Que Juanjo, siempre más inteligente, ha dado con el arco que lo completa, que lo convierte en un redondel perfecto.
Porque hay palabras que hay que decir. Que no se ahogan en tiempo. Y nunca es tarde. Sólo es tarde para que Juanjo, como quería el destino, fuera también el primero en besarme en la boca.
“Te deseo una estupenda navidad a ti y a todos los tuyos. Te amé siempre en silencio. Tq. Juanjo.”
Os falta conocer una parte de esa historia. La vida es un cubo, como aquel de Rubik, y hace falta ver todas las caras para formarse una idea aproximada de la realidad. Es una de mis grandes obsesiones, lo relativo de la realidad. Es por esa razón que Correspondencia tiene pareja. La versión de Víctor.
AICNEDNOPSERROC
Le escribí una carta hace un par de años, tras más de diez sin vernos. Juanjo fue mi mejor amigo de juventud, quizá el mejor que he tenido nunca, pero acabamos perdiendo el contacto. Supe por su hermano que se había ido a vivir a Bruselas, pero una amiga común me comentó años más tarde que había vuelto a la ciudad, así que busqué su teléfono en la guía. No se olvida uno nunca de los nombres y apellidos de quien te marca la vida. Lo encontré a la primera pero no me atreví a marcarlo. Me parecía una invasión de su intimidad, aparecer de golpe, después de tanto tiempo.
Sobre todo, por lo que pasó. No perdí el contacto con Juanjo porque las vueltas de la vida nos separaran, por una mudanza, un cambio de empleo o una boda. El contacto lo perdí yo a propósito, lo extravié a conciencia. Y hasta el día en que puse aquella carta en el buzón, diez años más tarde, Juanjo fue un cabo suelto azotándome la memoria.
Juanjo y yo nos conocimos de voluntarios en la Cruz Roja, con apenas 16 años. Todavía no sé cómo nos caímos bien teniendo en cuenta las notables diferencias entre ambos. Quizá fue su sonrisa franca o que, a pesar de ser el típico guaperas de buena familia, no ejercía. No tengo ni idea de por qué un día me alcanzó en la calle y me ofreció un pitillo, que nos fumamos entre risas y comentarios de los compañeros del puesto de salvamento. Sí soy consciente de que, a partir de aquel mismo momento, los dos voluntarios más distintos de aquel curso nos hicimos inseparables.
Podría considerarse que Juanjo era el novio ideal de cualquier jovencita, guapo y con dinero, mientras que yo sólo era el amigo perfecto, corriente y dulce. Todas las chicas andaban locas por pillarlo, pero él ya tenía a Elena, una niña profunda y encantadora. Y a mí me tocaba ejercer de Sancho, confidente y paño de lágrimas de sus decenas de Dulcineas.
Teníamos muchos amigos comunes, y nos veíamos a todas horas. Fueron años memorables, y a pesar de que éramos un grupo grande, entre Juanjo y yo siempre existió un vínculo especial, una unión de la que se percataban los demás, y que generaba rumores malintencionados o envidias descarnadas.
Recuerdo que Juanjo fue el único hombre que, sin ser de la familia, me besaba en la mejilla. La primera vez que lo hizo fue después de regalarle mi libro favorito, El amor en los tiempos del cólera. Me quedé atónito, incapaz de mover un solo músculo. Él comenzó a reírse.
“No seas bobo,” me dijo. “¿No le das un beso a tu hermano cuando lo ves? Tú y yo somos más que hermanos.”
Juanjo fue el primero en tantas cosas. El primero en confiar ciegamente en mí y en mi talento, el primero en abrazarme y no dejar que me escabullera, el primero con el que me ahogué de risa, el primero que lloró conmigo, y el primero con quien yo me atreví a desprender una lágrima.
El destino quiso que, a los dos años de conocernos, yo me fuera a estudiar a Barcelona y él a trabajar a La Coruña. No existían los móviles, y los teléfonos fijos eran lujos que un estudiante o un trabajador novel no se podían permitir. Así que recurrimos a las cartas de verdad, con su papel, su tinta y sus sellos.
Llegaban puntualmente cada tres días, trenzando dos hilos de correspondencia para hacer más corta la espera. Y cuando tocaba correo, me fugaba de clase y esperaba en casa asomado a la ventana, buscando en el punto de fuga a un hombre con bolsa de cuero. Aún hoy en día no puedo ver un cartero sin que se me acelere el pulso. Lo adivinaba al fondo de la calle y mi corazón aumentaba su marcha. Y a medida que se acercaba a mi puerta, el pecho iba subiendo vertiginoso hasta alcanzar el límite del infarto. Entraba en una casa y en otra, se saltaba dos puertas y seguía, y cuando estaba a punto de llegar a la mía, interpretaba todos sus gestos adivinando si habría correspondencia para Llibertat 12.
La desilusión si pasaba de largo era mayúscula, pero si entraba yo bajaba los escalones de tres en tres, intentando batir cada vez mi propio record, parándome al llegar al último rellano. Una vez allí escuchaba el sonido de los sobres deslizándose en los cofres metálicos, dejando dentro el tesoro de la carta de Juanjo.
Mucha veces no volvía ni siquiera a subir. Abría el buzón y buscaba su caligrafía entre las cartas dirigidas a mis compañeros de piso. Si la encontraba tenía que hacer un esfuerzo ímprobo para que las otras no se me cayeran de las manos. Me sentaba en el primer escalón y la leía a trompicones, volviendo al principio al terminarla, a repasarla con más pausa. Memorizaba sus párrafos hasta tener una copia en mi cabeza. Entonces subía corriendo a casa y me faltaba tiempo para sentarme en mi mesa repleto de ilusión a llenar folios contestando a Juanjo.
A veces, durante las noches, la alegría de la carta se volvía una carga. Me venían a la mente los párrafos que había leído y escrito, intentando descubrir en ellos significados ocultos, vestigios de algo que no fuera amistad. Los buscaba ávido, sediento, deseoso de encontrarlos. Pero si alguna vez los descubría, enterraba el rostro en la almohada y la mordía. Le daba dentelladas para parar mis pensamientos, amordazarlos para que no me susurraran al oído convirtiéndome en lo que me negaba a ser, desterrándolos de mi cabeza. A menudo me vencía el sueño así, exhausto, mordiendo.
Con la luz de la aurora, todo cambiaba. Juanjo volvía a ser mi gran amigo, y nuestra correspondencia un intercambio limpio y cristalino de nuestros afectos. No había nada que temer, ya que Juanjo tenía a Elena y la adoraba, y yo simplemente no había dado con la mujer adecuada.
Así pasó un año en el que el tiempo entre carta y carta no existía, una época en la que el futuro venía vestido de cartero y el destino se escribía en papel cebolla, en papeles donde la amistad se fraguó más allá de lo que nunca pudimos imaginar, reventando así los presagios de la mella de la distancia. Nunca estuvimos más cerca que cuando nos separaron 1200 kilómetros, contándonos anécdotas, atreviéndonos a desnudar el alma con nuestros miedos y anhelos, mientras dibujábamos cuáles serían nuestros futuros.
Ese año de cartas terminó a la vez que el curso y yo debía volver a casa, pero mis intenciones eran bien distintas. Me inventé unas prácticas inexistentes para poder quedarme tres días más y llevar a cabo mi plan. Tardaría un día en llegar a Coruña, y otro más para volver a Barcelona. Aun así podría dar a Juanjo una sorpresa y pasar casi quince horas con él. Hice el petate con un par de mudas, apreté sus cartas en un lazo para leerlas durante el trayecto, y subí al autobús más incómodo con la expresión más feliz del mundo.
A las diez de la mañana llegaba a la estación de la calle Caballeros, y debía parecer Ulises arribando a Ítaca cuando mis ojos somnolientos se posaron en Coruña. No miraba al suelo mientras peinaba la ciudad, plano en mano, buscando la calle Paseo de Ronda y la pensión donde el padre de Juanjo había decidido alojarlo, “para que sepas lo que es empezar desde abajo”.
Doblé la esquina que me enfrentaría a mi destino y no tardé nada en divisarlo a lo lejos en la puerta del edificio, apoyado en la pared fumándose un cigarro. Llevaba sus eternos vaqueros y un suéter verde que casi le llegaba a las rodillas. Sentí el impulso de dar la vuelta y salir corriendo. Sin embargo, una fuerza en la acera de aquella pensión me hacía aproximarme a Juanjo cada vez más rápido, pero mis sentidos me engañaban y lo alejaban cada vez que daba un paso, y yo aumentaba mis zancadas para alcanzarle, quería alargar mis manos para agarrarle y...
“Hola Juanjillo,” le dije.
Él me miró mientras aspiraba una bocanada de humo, que se escapó de su boca y retrocedió asustada al verme. Por un instante pensé que no se acordaba de mí. Dejó caer el cigarro de entre sus dedos mientras seguía mirándome, ahora en toda mi longitud, a los ojos, a la boca, a la frente, al pecho. Y de pronto me agarró con fuerza del brazo y me introdujo en la penumbra de la casa. Me soltó y volvió a mirarme. Recuerdo que se oía el canto de un canario por el hueco de la escalera. Yo sólo podía mirar sus ojos, que se fueron empequeñeciendo a medida que una sonrisa le iba llenando la cara. Fue entonces cuando me abrazó hasta casi hacerme daño, entrelazando sus manos a mi espalda, soltándolas y volviéndolas a unir una y otra vez.
“Pero niño, ¿qué haces tú aquí?,” me llegaban sus palabras sin rostro, mientras me reía emocionado y me enterraba en su cuello moreno. “También es casualidad, estaba en la puerta esperando que llegara el correo, a ver si tenía carta tuya. Pero ¿tú no tenías que estar ya en tu casa?”
Juanjo no esperó mi respuesta, simplemente me besó con estrépito en el cachete y dio por terminado su abrazo. Aún así parecía tener miedo de que me desvaneciera como un fantasma, y continuaba aferrándome los antebrazos como quien lee la buenaventura.
Le expliqué a trompicones cómo había urdido aquella escapada mientras él se reía a carcajadas acallando al canario. Salimos de nuevo a la luz del sol y me llevó a una cafetería plagada de helechos y de sillas de plástico, cerca de la Plaza de María Pita.
“Mi bar favorito,” me dijo.
Durante una hora nos interrumpimos contándonos nuestro último año, como si no hubiéramos tenido contacto. A veces nos parábamos y él decía “todavía no me lo puedo creer”, o yo bajaba la mirada y comentaba “cuánto te he echado de menos”.
Pero llegó un momento en que el rostro de Juanjo se ensombreció.
“¿Cuánto tiempo puedes quedarte?,” preguntó.
“Me voy en un par de horas’” le contesté, rascándome la nariz para que no se me notara el embuste. En realidad el autobús salía a las doce de la noche, me quedaban más de diez horas en Coruña, más de diez horas con Juanjo. Pero preferí ocultarle la verdad, para así sorprenderlo de nuevo, demorando mi marcha.
“¿Tan pronto? Pensé que podrías quedarte todo el día.”
“Qué más quisiera yo, pero tengo que estar a mediodía en Barcelona. Si no, no llegaré a tiempo de coger el avión.”
Empecé a preocuparme. Me parecía ver los pensamientos de Juanjo ordenándose en su cabeza, buscando palabras que se negaban a salir por su boca. Cuando estaba a punto de preguntarle qué le pasaba, sus palabras se abrieron camino.
“Tengo que decirte una cosa antes de que te vayas. No te lo he dicho por carta porque no me parecía que fuera la mejor forma de hacerlo. Pensaba llamarte de una cabina cuando estuvieras de vuelta en tu casa.”
Yo permanecí en silencio. Juanjo salvó la distancia que nos separaba y puso su mano sobre la mía, acariciándola distraído. Yo miraba sus dedos largos recorriendo mis nudillos, y deseé tener una almohada a mano para morderla.
“Espero que esto no cambie en nada nuestra amistad, pero necesito que lo sepas.”
Su mano se detuvo y sus ojos se centraron en los míos mientras yo tragaba saliva.
“Me he acostado con un hombre,” dijo manteniendo la mirada.
Aún no sé por qué me eché a reír como un histérico, ni tampoco por qué él añadió sus propias risas con un nuevo comentario.
“En el fondo siempre me han gustado los hombres.”
Mi cabeza empezó a discurrir por mil derroteros que se desaguaban a la velocidad de la luz en un agujero negro recién creado en mi memoria. Al igual que los muertos, mi pasado y mi futuro desfilaron ante mis ojos con colores y luces brillantes en un instante. Mi mundo completo, incluida la soberanía que Juanjo tenía sobre él, se vinieron abajo. Se había quemado un puente y no había marcha atrás. Hasta aquel momento todos pensaban que nuestra relación era sospechosa, mientras yo seguía inventando coartadas que con su revelación se despedazaban como cristales. Aunque nunca tuviéramos nada más que una buena amistad, el nuevo rumbo de Juanjo me convertía en culpable de mi pecado inconfesable a los ojos del mundo. De golpe se caducaba mi pasaporte a una vida sin complicaciones.
Deseé que todo aquello fuera un mal sueño. Me detesté al descubrir cómo me había autosugestionado para no aceptar lo obvio. Que estaba enamorado de Juanjo, pero que no era capaz de consumar aquel amor. Hasta hacía sólo un minuto me agarraba desesperado a la idea de que él era incapaz de quererme, pero ya no me quedaba ni eso. Si Juanjo era capaz de amar a otro hombre, quizá podría llegar a amarme a mí. Y en mi debilidad yo sería incapaz de resistirme a su amor, aún sabiendo que me destrozaría.
Nada de eso traslució durante el resto del tiempo que compartimos entre los helechos. Actué quitándole importancia. Le dije que tuviera cuidado, en una época en que el sida era el cáncer rosa. Pretendí aceptarlo todo con una sonrisa mientras el corazón se me pudría por dentro.
“¿De verdad que no te importa?,” me preguntaba.
Yo me reía y contestaba que en absoluto, que cada uno es libre de hacer lo que le apetezca. Dentro de mí, los sentimientos libraban batalla con mi miedo sin que yo me diera ni cuenta. Ese miedo invencible al que había dotado de la armadura más férrea y las armas más poderosas. No es de extrañar que mi amor se escurriera agonizante hasta mis pies, herido de muerte.
No le conté a Juanjo mis embustes, ninguno de los dos. A la media hora de la confesión, cogí mis cosas de la silla de plástico y le dije que era tarde y tenía que irme. Se ofreció a acompañarme a la estación de autobuses, pero por supuesto no accedí. Me excusé diciendo que cogería un taxi porque iba mal de tiempo para coger un autobús, sin mencionar que tardaría más de diez horas en salir. Pagó las cañas y el café y salimos a la calle.
Levanté la mano y paré el primer taxi que pasaba. Si no salía de allí, me asfixiaría. Abrí la portezuela y me di la vuelta para despedirme del mejor amigo que había tenido nunca, sabiendo que no podría volver a verlo jamás. Nos dimos un abrazo aún mayor que el de la pensión, sobre las marcas que aún me latían grabadas en la piel. No deseaba soltarle porque sabía que mi miedo no me dejaría volver a abrazarle nunca. Le olí el pelo por última vez. Y el claxon del taxi cortó el umbilical que nos unía.
“Cuídate,” le rogué mientras cerraba la puerta del coche. “A la Torre de Hércules, por favor.”
Me giré en el asiento mientras me alejaba, y lo vi despedirse con la mano, dibujando en su boca palabras que nunca llegué a escuchar.
No lloré mientras miraba al Atlántico rugiendo e increpándome. Ni cuando tiré sus cartas en una papelera de la estación. Tampoco en las ocho horas en las que deambulé por las afueras de la ciudad, haciendo tiempo para coger el autobús que me devolvería a Barcelona y a casa, a mi vida ordenada, sin amenazas.
Solté sin dolor. Mis cartas comenzaron a parecer deshumanizados diarios de a bordo, escuetos relatos en los que le informaba de mi vida, pero nunca de mí. La escribía cada vez menos, dilatando paulatinamente su envío. Ante sus insistentes comentarios de que me encontraba raro o que me pasaba algo, yo siempre contestaba que eran cosas suyas y que se estaba volviendo un paranoico. Juanjo se cansó de insistir. Mi amistad con Juanjo se desvaneció sin escenas ni explicaciones. No recuerdo el día que se acabaron las cartas, y aún menos las llamadas de teléfono. Nunca volvimos a hablar de aquellas horas en Coruña. Nunca de aquella revelación. Y él y su recuerdo desaparecieron de mi vida, como por arte de magia. Con su partida llegó mi seguridad. Mi falsa seguridad.
No fue hasta años más tarde que descubrí que en aquella cafetería, en la selva de los helechos, no sólo asesté un golpe mortal a mi relación con Juanjo. Aquel “cuídate” fue también mi sentencia de muerte. Me ahogué durante el trayecto en taxi y llegué cadáver a la Torre. Y mi paseo solitario por la ciudad hizo las veces de un cortejo fúnebre. Las cartas alcanzando el fondo de la basura sonaron a campanas doblando en mi entierro.
Resucité muchísimo tiempo después, con los frenéticos besos en el cuello de un desconocido que me abordó en un local. Sólo recuerdo de él su chaqueta de cuero negro y su obstinación en no besarme en la boca. Y que todas las consignas de mi cabeza se ahogaron sin remedio en un mar de caricias.
A partir de aquel momento salté de amor en amor y de cama en cama, hasta que llegó el día en que me sentí con fuerzas para cerrar mi círculo con Juanjo, convencido de que debía pedirle disculpas, darle una explicación. Ya no estaba enamorado de él, pero sí lo había estado. Ahora era capaz de reconocer que Juanjo había sido mi primer gran amor, y que mi terror lo había despachado con un cuídate. Estaba en un momento de mi vida en que debía rectificar los errores.
Escribí la carta de un tirón, la firmé y la puse en el buzón un martes. Le hablaba de los ratos que pasamos juntos, y de lo buenos amigos que éramos, que había sido una época muy especial para mí. También asumí la responsabilidad de que nuestra relación se hubiera ido al garete, atribuyéndola exclusivamente a mí. Le dije que lo sentía y que había actuado mal. Me llamé cabrón. Nunca mencioné el viaje a La Coruña ni la conversación que tuvimos, evitando dar detalles o remover la basura. Simplemente entoné el mea culpa, con cariño y sin razones. Le dejaba mi dirección y mis teléfonos, por si en algún momento quería ponerse en contacto conmigo.
Lo hizo ese mismo viernes. Yo no estaba en casa, y al llegar me encontré un mensaje en el contestador. No me lo podía creer al coger el teléfono y escuchar su voz, diez años más tarde. Me contaba que mi carta era lo más bonito que le había pasado en la vida, que aún no se lo podía creer. Me decía que cómo podía haberse olvidado de mí. Y ni corto ni perezoso, con una valentía desconocida y las manos temblando, le devolví la llamada. Estuvimos una hora al teléfono, como si no hubiera pasado el tiempo. Nos reímos, nos pusimos al día de nuestras vidas evitando los aspectos sentimentales, hablando de nuestras familias y de nuestros trabajos.
Hace cerca de dos años de esa conversación. No puedo decir que desde entonces Juanjo y yo llevemos una relación fluida, porque cada uno tiene su vida, con sus propios derroteros, y sería forzado retomar una relación que ha estado congelada tanto tiempo. Pero nos llamamos de vez en cuando, o nos mandamos mensajes al móvil, o nos tomamos un café cuando coincidimos por la calle. Se nos nota una alegría sincera al vernos. Nos abrazamos y nos damos un beso en la mejilla, tocándonos y riéndonos como si hubieran borrado Coruña de la faz de la tierra.
Yo sé con quién se acuesta Juanjo, y con quién se levanta, porque esta ciudad es un pueblo, y él lleva muchos años con una pareja estable. No sé si él tendrá sospechas de con quién lo hago yo. En cualquiera de los casos, hoy es Nochebuena. Y como es habitual, he mandado mis felicitaciones vía móvil a los buenos amigos, sin olvidarme de él.
Y mi móvil pita. Y leo en él ‘Juanjo’. Y cuando pulso la tecla que hace aparecer sus deseos en mi pantalla, los ojos se me llenan de rallas y el aire de olor a helechos. Y sé que éste era el final del círculo. Que Juanjo, siempre más inteligente, ha dado con el arco que lo completa, que lo convierte en un redondel perfecto.
Porque hay palabras que hay que decir. Que no se ahogan en tiempo. Y nunca es tarde. Sólo es tarde para que Juanjo, como quería el destino, fuera también el primero en besarme en la boca.
“Te deseo una estupenda navidad a ti y a todos los tuyos. Te amé siempre en silencio. Tq. Juanjo.”
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El otro día me conecté unos minutos y me lleve tu "Correspondencia" archivada. El placer de leerte en casa sin prisas fue indescriptible. Hoy no he salido a comer y te he leído en el despacho, mordisqueando un bocadillo... y ahora te diría tantas cosas que creo que no voy a decir ninguna...
Miento, una: El amor en los tiempos del cólera tenía que ser, en todo caso, el libro favorito de Yarince...
Mil besos y mil gracias!
Miento, una: El amor en los tiempos del cólera tenía que ser, en todo caso, el libro favorito de Yarince...
Mil besos y mil gracias!
Comentario:
A pesar de estos tiempos donde reina el mail , reconozco que me gusta escribir cartas, escuchar el roce de la pluma en un buen papel, ese murmullo de tinta y de alma, porque ese tipo de cartas no las entiendo de otra manera nada más que para escribir con el alma, no para tonterias o conceptos que se desmenuzan.
Me gusta escribirlas y las escribo, pero no a cualquiera, sólo a los que sé que van a apreciarlas. Apreciar hasta el mismo momento de la espera, el recogerlas del buzón, mirar el remite, abrirlas lentamente disfrutando de ello como quien abre un tesoro creado sólo para ti, y por último leerlas.
Cada carta que escribo sé que se desdobla en dos; la historia que sale de la pluma y la historia que entra en los ojos que la leen . Como tu historia ¿quien tiene razón? Los dos. Las dos caras de la misma moneda. Las dos existieron.
Ha sido un placer leerlos, no una molestia.
Besos.
Me gusta escribirlas y las escribo, pero no a cualquiera, sólo a los que sé que van a apreciarlas. Apreciar hasta el mismo momento de la espera, el recogerlas del buzón, mirar el remite, abrirlas lentamente disfrutando de ello como quien abre un tesoro creado sólo para ti, y por último leerlas.
Cada carta que escribo sé que se desdobla en dos; la historia que sale de la pluma y la historia que entra en los ojos que la leen . Como tu historia ¿quien tiene razón? Los dos. Las dos caras de la misma moneda. Las dos existieron.
Ha sido un placer leerlos, no una molestia.
Besos.
Comentario:
Sencillamente GENIAL (en letras grandes y technicolor).
Me ha encantado, no solo porque "la otra cara de la historia" completa el relato, sino por la bella trenza que has hecho entre las dos...
Lo he leido embelesada, un relato apasionante y romantico hasta más no poder.
Si algun dia escribes un libro avisa que sere la primera en la cola :D
Besotes
Me ha encantado, no solo porque "la otra cara de la historia" completa el relato, sino por la bella trenza que has hecho entre las dos...
Lo he leido embelesada, un relato apasionante y romantico hasta más no poder.
Si algun dia escribes un libro avisa que sere la primera en la cola :D
Besotes
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Escribes de una manera que mucha gente que tal vez ande desengañada con el amor, le entren ganas de vivirlo aún sabiendo que ahí también entra el dolor.
Por cierto, lo leí entero mientras tomaba un té y me supo a gloria.
Gracias!!!!
Un abrazo
Por cierto, lo leí entero mientras tomaba un té y me supo a gloria.
Gracias!!!!
Un abrazo
Comentario:
Cuesta mucho encontrar una historia que este basada en una amistad gay que sea tan bonita que haya sentimientos y tenga sentido, no como la gran mayoria que intentan atraer por el sexo o por el morbo. Me ha gustado mucho. Besicos.
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Vaya historia. Solamente a un guerrero con el corazón de oro y los ojos hechos del color del mar le pueden pasar cosas así: la sensibilidad y el amor se atraen en sus propios polos gemelos.
Besitos :**
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Esto es todo un regalo! Has vuelto!!!
Me lo habían dicho pero no podía pasarme a saludarte. Bueno, que me enrollo, que gracias, que se te echaba mucho de menos.
Un abrazo enorme guerrero-fenix.
Hay guerreros, como dice Belli, que renacen en árboles, otros, como tu, rehacen su blog: Precioso
Me lo habían dicho pero no podía pasarme a saludarte. Bueno, que me enrollo, que gracias, que se te echaba mucho de menos.
Un abrazo enorme guerrero-fenix.
Hay guerreros, como dice Belli, que renacen en árboles, otros, como tu, rehacen su blog: Precioso
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Se cerró el círculo que los envolvia. Los dos relatos igual de cronometrados, sentidos, llenos.
Pueden ser un guión de algo más grande, dan para ello y tu puedes y sabes hacerlo.
Un beso admirado.
Pueden ser un guión de algo más grande, dan para ello y tu puedes y sabes hacerlo.
Un beso admirado.
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mas besitos salados de CHOI
amm x cierto ni se te ocurra publicar refranes, bueno si son tuyos si puedes, jaja pero q sean largos ehh!! jaja
amm x cierto ni se te ocurra publicar refranes, bueno si son tuyos si puedes, jaja pero q sean largos ehh!! jaja
Comentario:
Me he leído uno detrás de otro, en el orden contrario al que lo has "colgado" y me quedo impactada, porque olvido que es un relato, y lo imagino todo ... tienes una capacidad para poner en palabras emociones y sentimientos que ya quisieran escritores con Planetas y Nadales.
Un beso
Un beso
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que facilidad la tuya, para deshilar, deshilar... engancha de verdad.
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hola capullín, cuánto tiempo ;) te imprimo entero, y te leo en el metro. yupi!!
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Eres increíble...
¿Cómo haces para escribir también con las mismas manos pero intercambiando corazones?
Si hasta parece que no es la misma persona la que escribe los dos textos...Estas dos correspondencias tan correspondientes. Mil gracias Yarince. Un abrazo enorme :-)
¿Cómo haces para escribir también con las mismas manos pero intercambiando corazones?
Si hasta parece que no es la misma persona la que escribe los dos textos...Estas dos correspondencias tan correspondientes. Mil gracias Yarince. Un abrazo enorme :-)
Comentario:
Ahora, después de leer esto, no podría decirte cual de los dos me gustó más.
Son preciosos, en serio, aunque la palabra sea muy cursi.
A mí me gustan las historias así, reales, que no tienen final feliz, historias de desamor que en realidad no lo es.
pd. blogia sigue sin dejarme actualizar así que me he creado otro: diariogratis.com/5532. Antes he querido entrar y tampoco me ha dejado, espero que no se trate de ninguna maldición ;-)
Un abrazo Yarince.
Son preciosos, en serio, aunque la palabra sea muy cursi.
A mí me gustan las historias así, reales, que no tienen final feliz, historias de desamor que en realidad no lo es.
pd. blogia sigue sin dejarme actualizar así que me he creado otro: diariogratis.com/5532. Antes he querido entrar y tampoco me ha dejado, espero que no se trate de ninguna maldición ;-)
Un abrazo Yarince.
Comentario:
amlalaasgellem
La vida puede tener muchos reflejos. Igual que las palabras.
Pero en tu relato y en lo que cuentas sobre Juanjo se aprecia mucho del mismo sentimiento, de tu sensibilidad que me deja sin palabras, Yarince.
Muchas gracias por haber vuelto a escribir el blog. Por tu talento.
.X
La vida puede tener muchos reflejos. Igual que las palabras.
Pero en tu relato y en lo que cuentas sobre Juanjo se aprecia mucho del mismo sentimiento, de tu sensibilidad que me deja sin palabras, Yarince.
Muchas gracias por haber vuelto a escribir el blog. Por tu talento.
.X
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Ahora si que me has tomado por sorpresa. Por un momento pense que JuanJo no estaba enamorado de Victor. Que historia de amor tan hermosa. La primera parte no me hizo llorar, pero la segunda, que barbaro! Hasta el teclado deje mojado.
besos mojados
besos mojados
Comentario:
aicnednopserroc="Sintaxis casual y preposicional de la correspondencia real del período helenístico ".;...este google es un chivato!.
Gracias por comentarme guapo, eres cariñoso y...escaseamos!jajajaj.
Casi q me gusta más la historia de Víctor. Será pq mi sobrino se llama así?No se...
besos dulces paisano.
"Tod@s l@s canari@s son, como ese Teide gigante, con nieve en el semblante y fuego en el corazón". No se si es isa o folía...la cantaba mucho mi madre.:*
Gracias por comentarme guapo, eres cariñoso y...escaseamos!jajajaj.
Casi q me gusta más la historia de Víctor. Será pq mi sobrino se llama así?No se...
besos dulces paisano.
"Tod@s l@s canari@s son, como ese Teide gigante, con nieve en el semblante y fuego en el corazón". No se si es isa o folía...la cantaba mucho mi madre.:*
Comentario:
Me ha encantado leer la otra versión de la historia. Escribes muy bien.
BSS
BSS
Comentario:
Hay demasiadas identificaciones entre una y otra. Pienso que hay sensibilidades de la mano.
Un bellisimo escrito Yarince, y repito lo que siempre te he dicho, eres un profesional de la escritura.
Muchos besitos.
Un bellisimo escrito Yarince, y repito lo que siempre te he dicho, eres un profesional de la escritura.
Muchos besitos.
Comentario:
aY em ecih salob!!!
Yarince...esto es estupendo... Es la misma historia pero al reves?...es como ver un cuadro a perspectiva pararte frente al el, y luego al final de... ¿no?... ¡ayy!
aivuLL
Yarince...esto es estupendo... Es la misma historia pero al reves?...es como ver un cuadro a perspectiva pararte frente al el, y luego al final de... ¿no?... ¡ayy!
aivuLL
Comentario:
otcafeputse
así es como estoy. Una historia fantástica. Aunque demasiado parecidas para haber estado escritas por personas distintas...
así es como estoy. Una historia fantástica. Aunque demasiado parecidas para haber estado escritas por personas distintas...
Comentario:
Vuelves a dejarme sin palabras... Shiquillo, qué intensidad de sentimientos me regalas cada vez que te leo! Gracias por todo eso que me das, sin conocerme, y sin saberlo ;o)
Nota: Tranquilo, tu muela navegará sin problemas y no guapo, no te devolverá el juicio... pa qué lo quieres?
Nota: Tranquilo, tu muela navegará sin problemas y no guapo, no te devolverá el juicio... pa qué lo quieres?
Comentario:
yarince cariño, no puedes votar xq no es un link, es simplemente un logo, jaja tienes q durante este mes, en los post q lo indique poner en tu comentario la direccion de los blog, puedes votar por 4 este mes, 4 votos al mismo o a diferentes, vale??
jaja ya te imagino dandole al botencito, y poniendo cara de :S jaja
mas besitosssssssssss saladosssss
jaja ya te imagino dandole al botencito, y poniendo cara de :S jaja
mas besitosssssssssss saladosssss
Comentario:
jajja este post es mas largo q correspondecia no??
bueno da igual, a mi siemrpe me parecen cortos, buff y muy intensos.
Genial yarince!! como siempre me dejas sin palabras :S
besitos salados de CHOI
bueno da igual, a mi siemrpe me parecen cortos, buff y muy intensos.
Genial yarince!! como siempre me dejas sin palabras :S
besitos salados de CHOI
Comentario:
Llevo tiempo siendo como el viento.. pasando por aquí y llevándome conmigo la esencia de cada una de tus palabras.
Hoy el viento ha querido hacerse palpable... expresándose através de una señal de agradecimiento por darle cada día, un nuevo color.
Hoy el viento ha querido hacerse palpable... expresándose através de una señal de agradecimiento por darle cada día, un nuevo color.
Comentario:
Me refiero en un libro de papel, claro. Pero, por supuesto, gracias por compartirlo aquí.
Comentario:
Joer, Yarince, qué manera de manejar los tiempos del relato. Me ha encantado, me ha emocionado. ¿Por qué no publicas todo ésto? Me parece buenísimo.
Comentario:
Me gusta aicnednopserroc. Besos