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El guerrero
"...cuando el Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de un roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más bella de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix, y cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol." Ovidio
Mis Dioses
El Panteón de Heliópolis
Liturgia
Sindicación
 
puentes al sol
no me mires a los ojos...


Desde ahora mismo hasta el miércoles voy a estar desaparecido. Sé que he estado algo ausente desde la semana pasada, pero es que han pasado muchas cosas y he tenido mucho lío, con apenas tiempo para contestar los email de los amigos, menos aún para publicar en mi blog o postear comentarios en los de mi mundo. No he dejado de pasarme por vuestras páginas a leeros, lo que no he dejado es huella, por falta de tiempo.

Al final Álvaro y yo ya tenemos el viaje organizado. Salimos en un rato, en mi coche nuevo (os dije que tuve que comprarme un coche?), que meteremos en un ferry que nos llevará a... un lugar secreto. La idea es pasar mucho tiempo en una de las playas más fabulosas que conozco, tomar cervezas y camarones en terrazas mientras se pone el sol, cenar al aire libre luciendo morenazo, reírnos, divertirnos y si se tercia, darse una alegría al cuerpo. Sé que tendré que "colocar" primero a Álvaro (guapo, con cuerpazo y veintipocos años), para poder buscar yo mi propio plan. Será complicado, porque todo el mundo piensa que él y yo somos pareja, y creerán que queremos hacer un trío, sin saber que mi época de tríos ya pasó. Además, adoro a Álvaro, pero soy incapaz de meterme en la cama con él. Le sobra cara, cuerpo, y le faltan años. Es el hombre ideal para una aventura, pero eso ya no es posible entre nosotros, porque somos amigos.

Así que he cogido las pinturas de guerra y en la cara, con letras de molde, me he pintado "SÍ".

PS. una última cosa, que llevo queiendo decir desde hace varios días, con más fuerza que nunca. Os quiero.

gracias, javi


Este regalo me lo ha hecho dugongo, que como veis no es sólo un fabuloso alquimista de historias, sino un gran dibujante. Aún no sé cómo agradecerle. Recibir un regalo así de improviso me arañó el corazón.
 
velatorio, juerga y sexo
el color de los sueños
Atardecer en Llamas, de U Lun Gywe

Creo que no volveré a fumar. Hace ya más de una semana que no respiro humo, pero lo más importante es que he pasado por las tres grandes tentaciones sin echar mano de un pitillo: una noche de velatorio, una madrugada de juerga y una tarde de sexo.

El miércoles murió mi tía y madrina de forma inesperada. Nos enteramos el jueves, porque estaba sola cuando ocurrió. Mis recuerdos de ella son sobre todo de niño, antes de que ella y mi tío se separaran. Era una buena mujer con un tremendo carácter, y su casta se vio durante el coma y la muerte de mi hermano, dándonos a todos, pero sobre todo a mi madre, un apoyo incondicional. Ahora siempre la recordaré en la sala del tanatorio, a las cuatro de la mañana, cuando sólo quedábamos mi madre, ella y yo velando a un montón de flores. Sus pies descalzos y su voz ronca intentando hacernos reír. Fue allí donde también dijo que al morir ella también quería ser incinerada, seguro que sin ni siquiera imaginar que en apenas unos meses su deseo se vería cumplido.

El responso previo a la cremación fue detestable. El párroco que trabaja en el tanatorio es un señor mayor, aparentemente frágil, pero sus ojos azules y fríos como témpanos ya te hacen presagiar las perlas que suelta al abrir la boca. Es irrespetuoso con el dolor, oportunista, amargado. Hubo un momento en que estuve a punto de abandonar la sala, y no lo hice por respeto a mi tía, para no montar un número. El cura se refirió a un conocido político, que en unas declaraciones a la radio había dicho que la vida se había terminado cuando se murió su hijo. Que hay un antes y un después de eso, que todo lo que hacía en este mundo se encaminaba a no pensar en su ausencia. Todos sabíamos que se refería a Julio Anguita. Y aquel hombre estéril, con su vitola púrpura, dijo que era normal pensar así. Que sólo los católicos saben afrontar la muerte y tienen esperanza. Que no podía ser de otra manera, siendo aquel señor un "comunista ateo."

Siempre he tenido mis dudas de que dios exista. No me considero ateo, sino agnóstico. Pero lo del sábado es una prueba más que pesa en la balanza de la no existencia de un dios católico. Porque de existir, estoy seguro de que ante un comentario como el de aquel párroco, se habría materializado en la capilla para hacer entre su representantes reducción de plantilla.

flores de agua
Jardín Acuático, de U Lun Gywe

Al final no iré a Madrid durante el puente que se avecina. Tenía muchas ganas de ir, sobre todo para ver a Gustavo (¿os acordáis de la luz de carnavales?), que se habría dado un salto desde su provincia para verme, pero el viaje se ha ido estropeando por muchas razones, y tantas complicaciones convirtieron el viaje en una pesadilla sin haber salido siquiera. Carlos y su pareja van a ir de todas formas, pero yo me he escaqueado y me voy con Álvaro, el novio de Román, de fin de semana al primer sitio que nos pille. Será una locura (qué hago yo yéndome de viaje con un pibe de 22 años?), pero lo que está claro es que nos reiremos mucho, porque Álvaro está como un cencerro.

El sábado fuimos los dos al local donde siempre terminamos la noche. Estaba yo haciendo cola para entrar en el baño, serían las seis de la mañana, y se acercó un chico, el "pecadillo", como lo llamaba Román. Empezó a hablarme de que conocía a un amigo mío que vive por la rambla y que es muy amanerado. En cualquier caso, yo no sabía a qué venía todo aquello, hasta que dijo "me resulta tan raro que seáis amigos, porque tú eres muy masculino. Y eso me vuelve loco, que seas tan... machito." Entonces metió la mano por mi camisa y cuando yo iba a plantarle el machango, apareció Álvaro, le sacó la mano y le dijo "déjalo en paz, petarda." Entró en el baño conmigo y me advirtió "mira a ver, que si no aparezco yo, capaz que acabas enrollándote con el cuadro ese, y tú te mereces un marido que te ponga un piso."

Álvaro es así, joven, espontáneo, faltón. Me ha costado tiempo acostumbrarme a algunas de sus salidas y de sus bromas, pero ya le voy cogiendo el punto. Román y él se empeñaban en decir que no eran pareja, y es cierto, no eran pareja al uso, pero no existían el uno sin el otro. Después de que Román muriera, Álvaro y yo nos hemos empezado a conocer, y como él mismo reconoció el otro día, tenemos muchas cosas en común. Y yo digo que existen también mil que nos diferencian. Para mí es como un hermano pequeño, otra generación distinta que me da frescura y que me enseña a mirar el mundo con otros ojos. Y me hacen falta esas miradas nuevas, aunque lo que anhele sea encontrar un hermano mayor, una cara que se marque al sonreir, un amor que dé calor de hoguera y no de lanzallamas.

puente tormentoso
Una Tormenta, por U Lun Gywe
 
prolongación
la mano de ella venía con anillo de brillantes y tuve la imperiosa necesidad de borrarlo
Embarazo, por Sarah Mickel

Itzá, convertida en naranjo, recuerda una de las decisiones más importantes que tomó en su vida como mujer indígena:

"Yo recibí noticias de las mujeres de Teguzgalpa. Habían decidido no acostarse mas con sus hombres. No querían parirle esclavos a los españoles. Aquella noche era la luna llena, noche de concebir. Lo sentí en el ardor de mi vientre, en la suavidad de mi piel, en el deseo profundo de Yarince. Regresó de la caza con una iguana grande, color de hojas secas. El fuego estaba encendido y la cueva iluminada de rojos resplandores. Se acercó y después de comer acarició el costado de mi cadera. Vi sus ojos encendidos en los que se reflejaban las llamas de la hoguera. Quité su mano de mi costado y me resbalé mas lejos, hacia el fondo de la cueva. Yarince vino hacia mí creyendo que se trataba de un juego para excitar más su deseo. Me besó sabiendo cómo sus besos eran pulque jugoso en mis labios: me emborrachaban. Lo besé. En mi surgían imágenes: agua de los estanques, tiernas escenas, sueños de más de una noche, un niño guerrero, rebelde, inclaudicable, que nos prolongara, que se pareciera a los dos, que fuera un injerto de los dos, cargando las más dulces miradas de ambos. Me aparté de que sus labios me vencieran. Dije: No, Yarince, no. Y luego dije no de nuevo y dije lo de las mujeres de Teguzgalpa, de mi tribu: no queríamos hijos para las encomiendas, hijos para las construcciones, para los barcos, hijos para morir despedazados por los perros si eran valientes y guerreros. Me miró con ojos enloquecidos. Retrocedió. Me miró y fue saliendo de la cueva, mirándome cual si hubiera visto una aparición terrible. Luego las ramas de la hoguera, muriéndose encendidas. Más tarde escuché los aullidos de lobo de mi hombre. Y más tarde aún, regresó arañado de espinas. Esa noche lloramos abrazados, conteniendo el deseo de nuestros cuerpos, envueltos en un pesado rebozo de tristeza. Nos negamos la vida, la prolongación, la germinación de las semillas. ¡Cómo me duele la tierra de las raíces sólo de recordarlo! No sé si llueve o lloro."

La mujer habitada, de Gioconda Belli

 
apariencias
Por favor, lee hasta el final del mensaje, es importante.

Sólo en 2004, 3.797 personas fueron ejecutadas. Aunque no lo veas en las noticias, cada día se ejecuta a más de diez personas en el mundo.

QUE NO LO VEAS NO SIGNIFICA QUE NO EXISTA

Shen Yangjiang Chang Tanggui
Sun Huisi
Jiang Wengang
Li Changrong
Yang Xibao
Jiang Daju
Wang Enzhen
Zhou Yong
Shang Ce
Peng Lan
Bai Fengzhen
Gary Gilmore
John Spenkelink
Jesse Bishop
Steven Judy
Frank Coppola
Charlie Brooks
John Evans
Jimmy Lee Gray
Robert Sullivan
Robert Wayne Williams
John Eldon Smith
Anthony Antone
John Taylor
James Autry
James Hutchins
Ronald O'Bryan
Elmo Sonnier
Arthur Goode
James Adams
Carl Shriner
Ivon Stanley
David Washington
Ernest Dobbert
Timothy Baldwin
James Dupree Henry
Linwood Briley
Ernest Knighton
Thomas Barefoot
Velma Barfield
Timothy Palmes
Alpha Otis Stephens
Robert Lee Willie
David Martin
Roosevelt Green
Joseph Carl Shaw
Doyle Skillern
James Raulerson
Van Roosevelt Solomon
Johnny Paul Witt
Stephen Peter Morin
John Young
James Briley
Jesse de la Rosa
Marvin Francois
Charles Milton
Morris Mason
Henry Martinez Porter
Charles Rumbaugh
William Vandiver
Carroll Cole
James Terry Roach
Charles William Bass
Arthur Lee Jones
Daniel Thomas
Jeffrey Allen Barney
David Funchess
Jay Pinkerton
Ronald Straight
Rudy Esquivel
Kenneth Brock
Jerome Bowden
Michael Smith
Randy Woolls
Larry Smith
Chester Wicker
John Rook
Michael Wayne Evans
Richard Andrade
Ramon Hernandez
Elisio Moreno
Joseph Mulligan
Edward Earl Johnson
Richard Tucker
Anthony Williams
William Boyd Tucker
Benjamin Berry
Alvin Moore
Jimmy Glass
Jimmy Wingo
Elliot Johnson
Richard Whitley
Connie Ray Evans
John R. Thompson
Willie Celestine
Willie Watson
John Brogdon
Sterling Rault
Wayne Ritter
Beauford White
Dale Pierre Selby
Billy Mitchell
Joseph Starvaggi
Timothy McCorquodale
Robert Streetman
Willie Darden
Wayne Felde
Leslie Lowenfield
Earl Clanton
Arthur Bishop
Edward Byrne
James Messer
Donald Gene Franklin
Jeffrey Daugherty
Raymond Landry
George (Tiny) Mercer
Theodore Bundy
Leon Rutherford King
Aubrey Adams
Henry Willis
Stephen McCoy
Michael Lindsey
William Paul Thompson
Leo Edwards
Sean Patrick Flannagan
Horace F. Dunkins
Herbert Richardson
Alton Waye
James (Skip) Paster
Arthur Julius
Carlos De Luna
Gerald Smith
Jerome Butler
Ronald (Rusty) Woomer
Jesse Tafero
Winford Stokes
Leonard Marvin Laws
Johnny Ray Anderson
Dalton Prejean
Thomas Baal
John Swindler
Ronald Gene Simmons
James Smith
Wallace Norrell Thomas
Mikel Derrick
Richard T. Boggs
Anthony Bertolotti
George C. Gilmore
Charles Coleman
Charles Walker
James Hamblen
Wilbert L. Evans
Raymond R. Clark
Buddy Earl Justus
Lawrence Lee Buxton
Roy Allen Harich
Ignacio Cuevas
Jerry Bird
Bobby Marion Francis
Andrew Lee Jones
Albert Clozza
Derick Lynn Peterson
Maurice Byrd
Donald Gaskins
James Russell
Warren McCleskey
Michael McDougall
G.W. Green
Mark Hopkinson
Joe Angel Cordova
Ricky Ray Rector
Johnny Frank Garrett
David M. Clark
Edward Ellis
Robyn L. Parks
Olan R. Robison
Steven B. Pennell
Larry Gene Heath
Donald Eugene Harding
Robert Alton Harris
William Wayne White
Justin Lee May
Stephen D. Hill
Nollie Martin
Jesus Romero
Roger Keith Coleman
Robert Black, Jr
Edward Dean Kennedy
Edward Fitzgerald
William Andrews
Curtis Lee Johnson
Willie Leroy Jones
James Demouchette
Ricky Lee Grubbs
John S. Gardner, Jr.
Jeffery Griffin
Cornelius Singleton
Timothy Bunch
Kavin Lincecum
Westley Allan Dodd
Charles Stamper
Martsay Bolder
John George Brewer
James Allen Red Dog
Robert Sawyer
Syvasky Poyner
Carlos Santana
Ramon Montoya
James Clark
Robert Henderson
Darryl Stewart
Larry Joe Johnson
Leonel Herrera
John Sawyers
Andrew Chabrol
Thomas Dean Stevens
Markham Duff-Smith
Curtis Harris
Walter Junior Blair
Frederick Lashley
Danny Harris
Joseph Jernigan
David Lee Holland
Carl Kelly
Ruben Cantu
Mohammed M
Hamid Reza A
Hassan Reza Moghareb
Kheydan Gholamipur
Ramin, no surname given
Mohammad Mohammadzadeh
Khodamorad Kh
Mahya
Brigadier-General Mohamad-Mehdi Dozdoozani
Mohammad Ali Firouzi
Mahmoud and Mehdi
Kamal Jabarpour
Saadollah Rahimi
Dalir Mohammadi
Zolfali Derebalai
Ali Derebalai
Unnamed
Farhad, Ebrahim and Salman
Mehid Yazdani
Navab Davoudi
Kazem
Musa Noori
Mohammad Amin Bahamn
Saeed, and Ahmad
Hamid Reza Z
Kioumars Nasir Moghadas
Yusof Porsheh
Mohammad
Moneere Ghasempoor
Hamid Reza Z
Mossa Nouri
Reza
Mohamd Nabee Hassan
Hamid reza, Nabee,
Nooroz, Shahrooz
Rajabzadeh
Sattari
Bagherzade
Rohollah N.
Arshad Ollah
Mohammad Ali
Akbar Rahmanian
Keyvan y Kamran Razaghi,
Amin Janati-Tabar


P.D.: Que no lo veas no quiere decir que no exista. Haz clic AQUÍ y sin soltar el botón arrastra hasta el inicio del email.

© 2005 Amnistía Internacional

Este mensaje no funciona en algunos navegadores. Si te ocurre a ti, la versión "sin truco" está en el primer comentario de este mismo mensaje.
 
clausuras
vicios en la picota

Brrrrr, me paro sólo durante unos segundos en el blog, porque no puedo estarme quieto. Las razones son varias.

La principal se desató ayer lunes mientras conducía al trabajo. Decidí de buenas a primera, por inspiración humana, dejar de fumar. Lo decido ahora por un instinto, y porque hace meses que nadie me da la tabarra para que lo haga. Para establecer antecedentes, debo recordar que fumo desde los quince años, tabaco negro, tres cajetillas diarias. Me quedan tres cajas de tabaco, y cuando las termine, se acabó el fumar. He pasado de un cigarro cada 15 minutos a uno cada 90.

La decisión no llegó sola. Ayer comencé también a organizarme las comidas de forma sana. Ya lo hacía, pero ahora lo llevo a rajatabla. Verduras a la plancha, filetes de pollo y pavo, pescado, fruta. Retomé mi rutina de ejercicios, con una hora y media diaria. Tengo pensado volver a patinar. Junto a todos ellos, varios cambios más que sin duda van a modificar mi paso por la vida.

¿Que por qué tanto cambio junto? Porque cuando yo me propongo modificar algún hábito intento afectarlos a todo, para equilibrar. Es típico dejar de fumar y engordar, al aliviar la ansiedad con comida. Y yo quiero que el desenganche del cigarrillo conlleve una mejora, a todos los niveles, para reforzar así mi decisión.

Estoy un poco de los nervios, aunque no me he puesto de mal humor. Simplemente siento un vacío en la boca del estómago que EXIGE llenarse de humo, que se confunde con unas agujetas abdominales intensísimas. Lo que me lleva a estar continuamente haciendo algo, ya sea limpiar los platos, ordenar los cajones, cortarme las uñas o lavar calcetines. No puedo estar sentado. Ayer incluso estuvo a punto de cortarme el pelo al uno, pero la batería de la cortadora estaba descargada, así que he pospuesto la decisión hasta que se me pase el mono, que por experiencia sé que durará 3 ó 4 días.

cadenas de vicios, rojos como el amor
Cinta Roja, por Walter Bosque


Juanjo leyó los relatos de Correspondencia. Recibí el domingo un correo suyo. Me dice que le gustaría encontrar un lugar lejos de todo y de todos donde poder escaparnos unos días, un sitio donde saciarnos del amor que nunca nos permitimos, para después volver cada uno a su vida.

Me propone un viaje al pasado al que me tienta ir, pero del que no estoy seguro de poder regresar.

estaciones de cambio
 
hijos y novias
cómo un actor puede poner en sus ojos amor?

Rafael es un hombre que, tras sufrir un infarto, cambia por completo su vida y su forma de llevarla. Entre esos propósitos está su vida con su novia Naty, su hija Victoria, y sus padres Nino y Norma.

La película es El hijo de la novia. Rafael es Ricardo Darín, su padre Héctor Alterio, su madre Norma Aleandro, y Naty es Natalia Verbeke. Es la película favorita de mis padres. Yo aún me escalofrío al ver a Héctor Alterio, un hombre al que siempre vi en películas con personajes duros (La Historia Oficial, peliculón de Luis Puenzo, también con Norma Aleandro, es buena muestra de ese tipo de papeles), al comprobar la ternura que la da a su personaje, al mirar en sus ojos.

un lindo regalo

Nino le revela a su hijo sus planes mientras cenan en el restaurante familiar

- Hace varios días que vengo pensando. A mí, esto de mami… Estoy como estancado en casa. El día se me hace largo y… Bueno. Yo quiero empezar un ciclo nuevo.

- Muy bien. Me parece fantástico, pá. Salí, tenés que salir, encontrarte con tus amigos. Traélos acá. Date todos los gustos, pá.

- Yo a mami le di todos los gustos, eh?

- Más que eso. Decía “tal vestidito me gusta” y a la noche el paganini, pumba, el vestidito estaba en casa.

- Es que me gustaba verla contenta. Esa sonrisa que tenía. Ojo, que ella también hizo sacrificios por mí. Vos sabés muy bien que para mí eso de casarme por la iglesia… Es una cuestión de principios. Qué querés que le haga! Yo siempre pensé mucho en eso. Imagínate, una chica de barrio. Su sueño dorado, ¿cuál es? Casarse de blanco, ¿no? Con las flores y todo el circo ese. Y por respetar mis ideas, no lo hicimos. Así que ella también hizo sacrificios por mí.

- Bueno, los dos siempre se quisieron mucho. Yo creo que vos no tenés nada de que arrepentirte.

- Mirá, Rafa. Yo tengo una platita ahorrada, no mucha. Y con mami siempre tuvimos la idea de hacer un viaje largo por Italia, visitar mi pueblo. Y la verdad que ahora, con esa plata…

- ¿Y por qué no vas vos? Hacelo vos, andate a Italia, dale. Por lo del geriátrico no te preocupes, lo pago yo. Hacete ese viaje, papá.

- Qué viaje, qué viaje. Quiero usar esa plata para casarme con Norma por la iglesia. Como regalo de cumpleaños. Mejor que un osito, ¿eh?

- ¿Y ese es tu ciclo nuevo, pá? Tus ideales, tus principios, ¿qué pasó? Es una locura, papi. No podemos hacerla pasar a ella por todo ese despelote.

- Se va a poner contenta. Es el único gusto que no le di.

- No se va dar cuenta, papá. No se va dar cuenta. Es así, es una enfermedad de mierda, pero es así. No se acuerda. Dentro de poco ni se va a acordar de nosotros.

- Algo se va a dar cuenta. Aunque sea un poquito, algo se va a dar cuenta. Y para mí, con eso ya…

mi escena favorita

Nino recordando a Norma…

Yo este restaurante lo empecé con Norma. Yo cocinaba, ella atendía, era una cuestión de dos. Recuerdo que siempre discutíamos de por qué venía la gente, ella decía que por la cocina y yo decía que por su atención. Es que Norma era una cosa… Ella sí que era la especialidad de la casa. Con esa sonrisa que tenía… ¡Qué cartel luminoso! Imagínate, entraba la gente y, bum, se encontraba con esa pintura. Y ahí no más se les aparecía la Norma verdadera. Más alegre, más luminosa. Y claro, el cliente pensaba que había entrado, qué sé yo… Al paraíso, por lo menos. Entonces ella les pedía que la siguieran. Que les iba a llevar a la mejor mesa. Eso se lo decía a todo el mundo, que los llevaba a la mejor mesa. Y todos se lo creían. Porque si ella te llevaba, era la mejor mesa. Te hacía sentir como si fueras el único. Con Francesco nos reíamos porque, cada vez que iba a la cocina, todos, ¿eh?, todos, mujeres, niños, hombres, todos, se quedaban como embobados mirándola. No sabían si seguían en la tierra, si era un fantasma, si… Tenían miedo de que no volviera. Y ahí los volvía a sorprender. Anotando todo ahí, mirá. Junto a la caja. Paradita como… por arte de magia. Como un ángel. Mi ángel.

un monólogo de dolor

Rafael le pide a Naty que le deje espacio, y ella se plantea irse a vivir a España

Yo no estoy segura de estar enamorada de vos. Siempre supe que no tenés el cerebro de Einstein, ni la plata de Bill Gates. No sé, tampoco sos, yo que sé, Dick Watson. Pero me enamoré. No sé por qué. Es más, dejé de hacer terapia porque sabía que en menos de un año te iba a dejar de querer. Pero me enamoré. Ahora no estoy segura. Yo no creo que seas el tipo que yo pensaba que eras. Te agradezco mucho que no quieras jugar conmigo. De todos modos yo no te iba a dejar jugar conmigo. Porque yo valgo la pena. ¿Entendés? Yo valgo.

indignación

la iglesia se niega a casar a Nino y a Norma, debido a que la enfermedad de ella le impide aceptar el rito con conocimiento, ante lo cual Rafa se revela

No, no, no, yo no le puedo decir esto a mi papá. Es un hombre mayor. Escúcheme, Dios tiene que entender. Él también es un viejo. Escúcheme, padre, lo tendría que ver a mi papá, parece que tuviera veinte años de nuevo. ¿Cómo le va a hablar de discernimiento a un hombre que sigue enamorado después de 44 años? Honestamente, padre, ¿usted cree que las siete parejas que se vienen acá a casar por sábado tienen discernimiento? ¿No le dan ganas a veces de decirle “no, chico, tu pareja no es lo maravillosa que vos creés que es”? “Este tío tiene una cara de chanta infernal.” “Ella no va a ser tan comprensiva dentro de tres años.” ¿Por qué no me pidieron discernimiento a mí cuando me casé? ¿Sabe la mala sangre que me habría ahorrado? No, cuando me casé, totalmente víctima del amor, con el que ustedes trafican hace dos mil años, me recibieron con los brazos abiertos. Diez años después, ya totalmente en mis cabales y con un discernimiento espantoso, me quiero separar y me dicen: “ahora no se puede”. Por favor, Padre, ahora resulta que para ser católico hay que razonar! Mi mamá no razonaba cuando la bautizaron, pero en ese momento no importó, había que aumentar la clientela. El primero te lo regalan, el segundo te lo venden, y después se borran. Mi papá no quiere un trámite, Padre. ¿No se da cuenta? Él lo único que quiere es cumplirle el sueño a mi mamá, que era casarse por la iglesia. ¿Cómo no se da cuenta, Padre? Es un acto de amor del que yo no soy capaz. Mire qué flor de slogan se están perdiendo, 44 años de amor. ¡Lo tendrían que poner en un póster en vez de darle la espalda!

un diálogo desolador

Rafa va a visitar a su madre

- Mami, ¿te acordás cuando era chico? Dale, sí te acordás. ¿De Juan Carlos no te acordás? Si casi vivía en casa. Estaba siempre. ¿Te acordás que vos siempre nos salvabas? Hacé un esfuerzo, mami, ¿no te acordás cuando dejé la facultad? ¿Y todas esas peleas, todo eso? No, no llores, no llores.

- Mami no me llama nunca.

- ¿Quién, la abuela? Mamá, ¿no te acordás que la abuela…? No llores, yo le voy a decir que te llame.

- No. Ella no me quiere.

- ¿Cómo no te va a querer? Todo el mundo te quiere. ¿Cómo no te va a querer a vos, mami?

- Yo no me quiero morir.

- Mamá, qué decís, no digas eso.

- No, sí, yo sé que un poquito mal estoy.

- Vos no te vas a morir, ni se va a morir papá, ni me voy a morir… ¿Tampoco te acordás del restaurant? Dale. El que era tuyo. Del nombre, ¿no te acordás del nombre? Belvedere, mamá.

- Como papi.

- Sí, como papi. Como papi. Me fue muy bien con el restaurant. Muy bien. Bueno, ahora lo vendí, pero porque me fue muy bien. Yo sé que si pudieras entenderme… Estoy seguro qué… Yo sé que vos no estabas muy contenta conmigo. ¿No? Pero no es que yo quiera seguir siendo un boludo, créeme. Yo quiero que estés contenta. Quiero que te sientas orgullosa de mí. Yo no quiero ser un boludo, créeme, quiero ser alguien, mamá.

- Yo te quiero. Yo te cuido. No te preocupes.

Espero que hayáis disfrutado de los diálogos, y si no lo habéis hecho ya, de la película. Os dejo con el juramento de Nino. No hace faltan demasiadas palabras para que la emoción se derrame.

- Antonio Belvedere, ¿acepta por esposa a Norma Pellegrini, para amarla, y cuidarla, en salud y enfermedad, hasta que la muerte los separe?

- Y después también.

un amor de invierno
 
a tu lado
las facciones inolvidables de Sade Adu

Tras el esfuerzo que habéis hecho leyendo mis dos últimos post, ciegos de imágenes y abarrotados de letras, llega un fin de semana en el que seré telegráfico. Y eminentemente visual. Es mi forma de daros las gracias. Sólo quiero que sepáis que ayer mandé a "Juanjo" los dos relatos, regalándole nuestro pasado abrillantado con la luz del sol.

A veces me pasa que ando durante semanas canturreando alguna canción que se me mete en la cabeza. Que desde la primera vez que la oigo me parece conocer de siempre. Eso me ha pasado durante todo el mes de Abril, con el By Your Side, de Sade.

mendigando sol

No sólo es una gran canción de un magnífico grupo. Sí, Sade es un grupo, y Sade Adu su vocalista. Además de una magnífica canción, es un evocador video musical. No sé si lo habréis visto, pero me he tomado el trabajo de capturar algunas de sus imágenes, para que podáis apreciar su enorme belleza.

el descanso de una diosa

Las imágenes narran el paseo de Sade por un bosque de ensueño, que se inicia cuando recoge una frambuesa escarlata de un árbol. Frambuesa que límpia de noche en un arroyo, rodeada de luciérnadas de colores. En medio de un vendaval, esa Sade insuperable con su falda naranja recoge una rosa azul, huérfana. De repente se hace el invierno en el bosque, y Sade llega a un paisaje invernal donde comparte con unos vagabundos, niños y músicos. Una pareja mayor baila en el paisaje blanco y Sade los abraza y baila con ellos.

el horizonte de un sueño

¿Pensabas de verdad que podría abandonarte?
Parece que no me conocieras.
¿Crees que te dejaría cuando no pudieras ni tenerte en pie?
Nunca haría algo así.

esta escena me emocionó hasta las lágrimas

Cuando tengas frío
estaré ahí para abrazarte con fuerza.
Cuando te veas en la calle y no puedas volver a casa
yo te enseñaré el camino,
y que vales mucho más de lo que crees.
Cuando estés perdido, cuando te encuentres solo,
y cuando no sepas cómo volver,
te buscaré, amor, y te traeré de vuelta a casa.

bailando entre un millón de flores

Sade abandona ese mundo maravilloso y fantástico para adentrarse en una ciudad, en un triste bosque de asfalto. Y en un cruce ofrece a los coches que pasan y a los transeúntes esa rosa azul, única, nacida en el país de los sueños. Pero nadie, nadie se para a recogerla.

Si quieres llorar,
yo estaré aquí para secarte los ojos
y en un momento te encontrarás mejor.

nadie quiere mi rosa?
 
aicnednopserroc
Gracias a los que os habéis leído Correspondencia. Por el tiempo de leerlo, de comentarlo, de halagarme el oído. De cualquier forma, como os dije, no es una experiencia literal sino, como dicen en las películas, inspirada en una historia real. Lo más curioso del caso es que me relacionáis con el narrador, cuando es Víctor el personaje que inspiró Yarince.

Os falta conocer una parte de esa historia. La vida es un cubo, como aquel de Rubik, y hace falta ver todas las caras para formarse una idea aproximada de la realidad. Es una de mis grandes obsesiones, lo relativo de la realidad. Es por esa razón que Correspondencia tiene pareja. La versión de Víctor.


AICNEDNOPSERROC

Le escribí una carta hace un par de años, tras más de diez sin vernos. Juanjo fue mi mejor amigo de juventud, quizá el mejor que he tenido nunca, pero acabamos perdiendo el contacto. Supe por su hermano que se había ido a vivir a Bruselas, pero una amiga común me comentó años más tarde que había vuelto a la ciudad, así que busqué su teléfono en la guía. No se olvida uno nunca de los nombres y apellidos de quien te marca la vida. Lo encontré a la primera pero no me atreví a marcarlo. Me parecía una invasión de su intimidad, aparecer de golpe, después de tanto tiempo.

Sobre todo, por lo que pasó. No perdí el contacto con Juanjo porque las vueltas de la vida nos separaran, por una mudanza, un cambio de empleo o una boda. El contacto lo perdí yo a propósito, lo extravié a conciencia. Y hasta el día en que puse aquella carta en el buzón, diez años más tarde, Juanjo fue un cabo suelto azotándome la memoria.

Juanjo y yo nos conocimos de voluntarios en la Cruz Roja, con apenas 16 años. Todavía no sé cómo nos caímos bien teniendo en cuenta las notables diferencias entre ambos. Quizá fue su sonrisa franca o que, a pesar de ser el típico guaperas de buena familia, no ejercía. No tengo ni idea de por qué un día me alcanzó en la calle y me ofreció un pitillo, que nos fumamos entre risas y comentarios de los compañeros del puesto de salvamento. Sí soy consciente de que, a partir de aquel mismo momento, los dos voluntarios más distintos de aquel curso nos hicimos inseparables.

Podría considerarse que Juanjo era el novio ideal de cualquier jovencita, guapo y con dinero, mientras que yo sólo era el amigo perfecto, corriente y dulce. Todas las chicas andaban locas por pillarlo, pero él ya tenía a Elena, una niña profunda y encantadora. Y a mí me tocaba ejercer de Sancho, confidente y paño de lágrimas de sus decenas de Dulcineas.

Teníamos muchos amigos comunes, y nos veíamos a todas horas. Fueron años memorables, y a pesar de que éramos un grupo grande, entre Juanjo y yo siempre existió un vínculo especial, una unión de la que se percataban los demás, y que generaba rumores malintencionados o envidias descarnadas.

Recuerdo que Juanjo fue el único hombre que, sin ser de la familia, me besaba en la mejilla. La primera vez que lo hizo fue después de regalarle mi libro favorito, El amor en los tiempos del cólera. Me quedé atónito, incapaz de mover un solo músculo. Él comenzó a reírse.

“No seas bobo,” me dijo. “¿No le das un beso a tu hermano cuando lo ves? Tú y yo somos más que hermanos.”

Juanjo fue el primero en tantas cosas. El primero en confiar ciegamente en mí y en mi talento, el primero en abrazarme y no dejar que me escabullera, el primero con el que me ahogué de risa, el primero que lloró conmigo, y el primero con quien yo me atreví a desprender una lágrima.

El destino quiso que, a los dos años de conocernos, yo me fuera a estudiar a Barcelona y él a trabajar a La Coruña. No existían los móviles, y los teléfonos fijos eran lujos que un estudiante o un trabajador novel no se podían permitir. Así que recurrimos a las cartas de verdad, con su papel, su tinta y sus sellos.

Llegaban puntualmente cada tres días, trenzando dos hilos de correspondencia para hacer más corta la espera. Y cuando tocaba correo, me fugaba de clase y esperaba en casa asomado a la ventana, buscando en el punto de fuga a un hombre con bolsa de cuero. Aún hoy en día no puedo ver un cartero sin que se me acelere el pulso. Lo adivinaba al fondo de la calle y mi corazón aumentaba su marcha. Y a medida que se acercaba a mi puerta, el pecho iba subiendo vertiginoso hasta alcanzar el límite del infarto. Entraba en una casa y en otra, se saltaba dos puertas y seguía, y cuando estaba a punto de llegar a la mía, interpretaba todos sus gestos adivinando si habría correspondencia para Llibertat 12.

La desilusión si pasaba de largo era mayúscula, pero si entraba yo bajaba los escalones de tres en tres, intentando batir cada vez mi propio record, parándome al llegar al último rellano. Una vez allí escuchaba el sonido de los sobres deslizándose en los cofres metálicos, dejando dentro el tesoro de la carta de Juanjo.

Mucha veces no volvía ni siquiera a subir. Abría el buzón y buscaba su caligrafía entre las cartas dirigidas a mis compañeros de piso. Si la encontraba tenía que hacer un esfuerzo ímprobo para que las otras no se me cayeran de las manos. Me sentaba en el primer escalón y la leía a trompicones, volviendo al principio al terminarla, a repasarla con más pausa. Memorizaba sus párrafos hasta tener una copia en mi cabeza. Entonces subía corriendo a casa y me faltaba tiempo para sentarme en mi mesa repleto de ilusión a llenar folios contestando a Juanjo.

A veces, durante las noches, la alegría de la carta se volvía una carga. Me venían a la mente los párrafos que había leído y escrito, intentando descubrir en ellos significados ocultos, vestigios de algo que no fuera amistad. Los buscaba ávido, sediento, deseoso de encontrarlos. Pero si alguna vez los descubría, enterraba el rostro en la almohada y la mordía. Le daba dentelladas para parar mis pensamientos, amordazarlos para que no me susurraran al oído convirtiéndome en lo que me negaba a ser, desterrándolos de mi cabeza. A menudo me vencía el sueño así, exhausto, mordiendo.

Con la luz de la aurora, todo cambiaba. Juanjo volvía a ser mi gran amigo, y nuestra correspondencia un intercambio limpio y cristalino de nuestros afectos. No había nada que temer, ya que Juanjo tenía a Elena y la adoraba, y yo simplemente no había dado con la mujer adecuada.

Así pasó un año en el que el tiempo entre carta y carta no existía, una época en la que el futuro venía vestido de cartero y el destino se escribía en papel cebolla, en papeles donde la amistad se fraguó más allá de lo que nunca pudimos imaginar, reventando así los presagios de la mella de la distancia. Nunca estuvimos más cerca que cuando nos separaron 1200 kilómetros, contándonos anécdotas, atreviéndonos a desnudar el alma con nuestros miedos y anhelos, mientras dibujábamos cuáles serían nuestros futuros.

Ese año de cartas terminó a la vez que el curso y yo debía volver a casa, pero mis intenciones eran bien distintas. Me inventé unas prácticas inexistentes para poder quedarme tres días más y llevar a cabo mi plan. Tardaría un día en llegar a Coruña, y otro más para volver a Barcelona. Aun así podría dar a Juanjo una sorpresa y pasar casi quince horas con él. Hice el petate con un par de mudas, apreté sus cartas en un lazo para leerlas durante el trayecto, y subí al autobús más incómodo con la expresión más feliz del mundo.

A las diez de la mañana llegaba a la estación de la calle Caballeros, y debía parecer Ulises arribando a Ítaca cuando mis ojos somnolientos se posaron en Coruña. No miraba al suelo mientras peinaba la ciudad, plano en mano, buscando la calle Paseo de Ronda y la pensión donde el padre de Juanjo había decidido alojarlo, “para que sepas lo que es empezar desde abajo”.
Doblé la esquina que me enfrentaría a mi destino y no tardé nada en divisarlo a lo lejos en la puerta del edificio, apoyado en la pared fumándose un cigarro. Llevaba sus eternos vaqueros y un suéter verde que casi le llegaba a las rodillas. Sentí el impulso de dar la vuelta y salir corriendo. Sin embargo, una fuerza en la acera de aquella pensión me hacía aproximarme a Juanjo cada vez más rápido, pero mis sentidos me engañaban y lo alejaban cada vez que daba un paso, y yo aumentaba mis zancadas para alcanzarle, quería alargar mis manos para agarrarle y...

“Hola Juanjillo,” le dije.

Él me miró mientras aspiraba una bocanada de humo, que se escapó de su boca y retrocedió asustada al verme. Por un instante pensé que no se acordaba de mí. Dejó caer el cigarro de entre sus dedos mientras seguía mirándome, ahora en toda mi longitud, a los ojos, a la boca, a la frente, al pecho. Y de pronto me agarró con fuerza del brazo y me introdujo en la penumbra de la casa. Me soltó y volvió a mirarme. Recuerdo que se oía el canto de un canario por el hueco de la escalera. Yo sólo podía mirar sus ojos, que se fueron empequeñeciendo a medida que una sonrisa le iba llenando la cara. Fue entonces cuando me abrazó hasta casi hacerme daño, entrelazando sus manos a mi espalda, soltándolas y volviéndolas a unir una y otra vez.

“Pero niño, ¿qué haces tú aquí?,” me llegaban sus palabras sin rostro, mientras me reía emocionado y me enterraba en su cuello moreno. “También es casualidad, estaba en la puerta esperando que llegara el correo, a ver si tenía carta tuya. Pero ¿tú no tenías que estar ya en tu casa?”

Juanjo no esperó mi respuesta, simplemente me besó con estrépito en el cachete y dio por terminado su abrazo. Aún así parecía tener miedo de que me desvaneciera como un fantasma, y continuaba aferrándome los antebrazos como quien lee la buenaventura.

Le expliqué a trompicones cómo había urdido aquella escapada mientras él se reía a carcajadas acallando al canario. Salimos de nuevo a la luz del sol y me llevó a una cafetería plagada de helechos y de sillas de plástico, cerca de la Plaza de María Pita.

“Mi bar favorito,” me dijo.

Durante una hora nos interrumpimos contándonos nuestro último año, como si no hubiéramos tenido contacto. A veces nos parábamos y él decía “todavía no me lo puedo creer”, o yo bajaba la mirada y comentaba “cuánto te he echado de menos”.

Pero llegó un momento en que el rostro de Juanjo se ensombreció.

“¿Cuánto tiempo puedes quedarte?,” preguntó.

“Me voy en un par de horas’” le contesté, rascándome la nariz para que no se me notara el embuste. En realidad el autobús salía a las doce de la noche, me quedaban más de diez horas en Coruña, más de diez horas con Juanjo. Pero preferí ocultarle la verdad, para así sorprenderlo de nuevo, demorando mi marcha.

“¿Tan pronto? Pensé que podrías quedarte todo el día.”

“Qué más quisiera yo, pero tengo que estar a mediodía en Barcelona. Si no, no llegaré a tiempo de coger el avión.”

Empecé a preocuparme. Me parecía ver los pensamientos de Juanjo ordenándose en su cabeza, buscando palabras que se negaban a salir por su boca. Cuando estaba a punto de preguntarle qué le pasaba, sus palabras se abrieron camino.

“Tengo que decirte una cosa antes de que te vayas. No te lo he dicho por carta porque no me parecía que fuera la mejor forma de hacerlo. Pensaba llamarte de una cabina cuando estuvieras de vuelta en tu casa.”

Yo permanecí en silencio. Juanjo salvó la distancia que nos separaba y puso su mano sobre la mía, acariciándola distraído. Yo miraba sus dedos largos recorriendo mis nudillos, y deseé tener una almohada a mano para morderla.

“Espero que esto no cambie en nada nuestra amistad, pero necesito que lo sepas.”

Su mano se detuvo y sus ojos se centraron en los míos mientras yo tragaba saliva.

“Me he acostado con un hombre,” dijo manteniendo la mirada.

Aún no sé por qué me eché a reír como un histérico, ni tampoco por qué él añadió sus propias risas con un nuevo comentario.

“En el fondo siempre me han gustado los hombres.”

Mi cabeza empezó a discurrir por mil derroteros que se desaguaban a la velocidad de la luz en un agujero negro recién creado en mi memoria. Al igual que los muertos, mi pasado y mi futuro desfilaron ante mis ojos con colores y luces brillantes en un instante. Mi mundo completo, incluida la soberanía que Juanjo tenía sobre él, se vinieron abajo. Se había quemado un puente y no había marcha atrás. Hasta aquel momento todos pensaban que nuestra relación era sospechosa, mientras yo seguía inventando coartadas que con su revelación se despedazaban como cristales. Aunque nunca tuviéramos nada más que una buena amistad, el nuevo rumbo de Juanjo me convertía en culpable de mi pecado inconfesable a los ojos del mundo. De golpe se caducaba mi pasaporte a una vida sin complicaciones.

Deseé que todo aquello fuera un mal sueño. Me detesté al descubrir cómo me había autosugestionado para no aceptar lo obvio. Que estaba enamorado de Juanjo, pero que no era capaz de consumar aquel amor. Hasta hacía sólo un minuto me agarraba desesperado a la idea de que él era incapaz de quererme, pero ya no me quedaba ni eso. Si Juanjo era capaz de amar a otro hombre, quizá podría llegar a amarme a mí. Y en mi debilidad yo sería incapaz de resistirme a su amor, aún sabiendo que me destrozaría.

Nada de eso traslució durante el resto del tiempo que compartimos entre los helechos. Actué quitándole importancia. Le dije que tuviera cuidado, en una época en que el sida era el cáncer rosa. Pretendí aceptarlo todo con una sonrisa mientras el corazón se me pudría por dentro.

“¿De verdad que no te importa?,” me preguntaba.

Yo me reía y contestaba que en absoluto, que cada uno es libre de hacer lo que le apetezca. Dentro de mí, los sentimientos libraban batalla con mi miedo sin que yo me diera ni cuenta. Ese miedo invencible al que había dotado de la armadura más férrea y las armas más poderosas. No es de extrañar que mi amor se escurriera agonizante hasta mis pies, herido de muerte.

No le conté a Juanjo mis embustes, ninguno de los dos. A la media hora de la confesión, cogí mis cosas de la silla de plástico y le dije que era tarde y tenía que irme. Se ofreció a acompañarme a la estación de autobuses, pero por supuesto no accedí. Me excusé diciendo que cogería un taxi porque iba mal de tiempo para coger un autobús, sin mencionar que tardaría más de diez horas en salir. Pagó las cañas y el café y salimos a la calle.

Levanté la mano y paré el primer taxi que pasaba. Si no salía de allí, me asfixiaría. Abrí la portezuela y me di la vuelta para despedirme del mejor amigo que había tenido nunca, sabiendo que no podría volver a verlo jamás. Nos dimos un abrazo aún mayor que el de la pensión, sobre las marcas que aún me latían grabadas en la piel. No deseaba soltarle porque sabía que mi miedo no me dejaría volver a abrazarle nunca. Le olí el pelo por última vez. Y el claxon del taxi cortó el umbilical que nos unía.

“Cuídate,” le rogué mientras cerraba la puerta del coche. “A la Torre de Hércules, por favor.”

Me giré en el asiento mientras me alejaba, y lo vi despedirse con la mano, dibujando en su boca palabras que nunca llegué a escuchar.

No lloré mientras miraba al Atlántico rugiendo e increpándome. Ni cuando tiré sus cartas en una papelera de la estación. Tampoco en las ocho horas en las que deambulé por las afueras de la ciudad, haciendo tiempo para coger el autobús que me devolvería a Barcelona y a casa, a mi vida ordenada, sin amenazas.

Solté sin dolor. Mis cartas comenzaron a parecer deshumanizados diarios de a bordo, escuetos relatos en los que le informaba de mi vida, pero nunca de mí. La escribía cada vez menos, dilatando paulatinamente su envío. Ante sus insistentes comentarios de que me encontraba raro o que me pasaba algo, yo siempre contestaba que eran cosas suyas y que se estaba volviendo un paranoico. Juanjo se cansó de insistir. Mi amistad con Juanjo se desvaneció sin escenas ni explicaciones. No recuerdo el día que se acabaron las cartas, y aún menos las llamadas de teléfono. Nunca volvimos a hablar de aquellas horas en Coruña. Nunca de aquella revelación. Y él y su recuerdo desaparecieron de mi vida, como por arte de magia. Con su partida llegó mi seguridad. Mi falsa seguridad.

No fue hasta años más tarde que descubrí que en aquella cafetería, en la selva de los helechos, no sólo asesté un golpe mortal a mi relación con Juanjo. Aquel “cuídate” fue también mi sentencia de muerte. Me ahogué durante el trayecto en taxi y llegué cadáver a la Torre. Y mi paseo solitario por la ciudad hizo las veces de un cortejo fúnebre. Las cartas alcanzando el fondo de la basura sonaron a campanas doblando en mi entierro.

Resucité muchísimo tiempo después, con los frenéticos besos en el cuello de un desconocido que me abordó en un local. Sólo recuerdo de él su chaqueta de cuero negro y su obstinación en no besarme en la boca. Y que todas las consignas de mi cabeza se ahogaron sin remedio en un mar de caricias.

A partir de aquel momento salté de amor en amor y de cama en cama, hasta que llegó el día en que me sentí con fuerzas para cerrar mi círculo con Juanjo, convencido de que debía pedirle disculpas, darle una explicación. Ya no estaba enamorado de él, pero sí lo había estado. Ahora era capaz de reconocer que Juanjo había sido mi primer gran amor, y que mi terror lo había despachado con un cuídate. Estaba en un momento de mi vida en que debía rectificar los errores.

Escribí la carta de un tirón, la firmé y la puse en el buzón un martes. Le hablaba de los ratos que pasamos juntos, y de lo buenos amigos que éramos, que había sido una época muy especial para mí. También asumí la responsabilidad de que nuestra relación se hubiera ido al garete, atribuyéndola exclusivamente a mí. Le dije que lo sentía y que había actuado mal. Me llamé cabrón. Nunca mencioné el viaje a La Coruña ni la conversación que tuvimos, evitando dar detalles o remover la basura. Simplemente entoné el mea culpa, con cariño y sin razones. Le dejaba mi dirección y mis teléfonos, por si en algún momento quería ponerse en contacto conmigo.

Lo hizo ese mismo viernes. Yo no estaba en casa, y al llegar me encontré un mensaje en el contestador. No me lo podía creer al coger el teléfono y escuchar su voz, diez años más tarde. Me contaba que mi carta era lo más bonito que le había pasado en la vida, que aún no se lo podía creer. Me decía que cómo podía haberse olvidado de mí. Y ni corto ni perezoso, con una valentía desconocida y las manos temblando, le devolví la llamada. Estuvimos una hora al teléfono, como si no hubiera pasado el tiempo. Nos reímos, nos pusimos al día de nuestras vidas evitando los aspectos sentimentales, hablando de nuestras familias y de nuestros trabajos.

Hace cerca de dos años de esa conversación. No puedo decir que desde entonces Juanjo y yo llevemos una relación fluida, porque cada uno tiene su vida, con sus propios derroteros, y sería forzado retomar una relación que ha estado congelada tanto tiempo. Pero nos llamamos de vez en cuando, o nos mandamos mensajes al móvil, o nos tomamos un café cuando coincidimos por la calle. Se nos nota una alegría sincera al vernos. Nos abrazamos y nos damos un beso en la mejilla, tocándonos y riéndonos como si hubieran borrado Coruña de la faz de la tierra.

Yo sé con quién se acuesta Juanjo, y con quién se levanta, porque esta ciudad es un pueblo, y él lleva muchos años con una pareja estable. No sé si él tendrá sospechas de con quién lo hago yo. En cualquiera de los casos, hoy es Nochebuena. Y como es habitual, he mandado mis felicitaciones vía móvil a los buenos amigos, sin olvidarme de él.

Y mi móvil pita. Y leo en él ‘Juanjo’. Y cuando pulso la tecla que hace aparecer sus deseos en mi pantalla, los ojos se me llenan de rallas y el aire de olor a helechos. Y sé que éste era el final del círculo. Que Juanjo, siempre más inteligente, ha dado con el arco que lo completa, que lo convierte en un redondel perfecto.

Porque hay palabras que hay que decir. Que no se ahogan en tiempo. Y nunca es tarde. Sólo es tarde para que Juanjo, como quería el destino, fuera también el primero en besarme en la boca.

“Te deseo una estupenda navidad a ti y a todos los tuyos. Te amé siempre en silencio. Tq. Juanjo.”
 
correspondencia
Hoy toca un post atípico. No tendrá imágenes. Será el más largo que he colgado nunca de mi blog y sé que muchos no tendréis tiempo de leerlo, pero necesito ponerlo. Es un relato que escribí hace unos meses, y aunque no es una historia personal, tiene más de mí de lo que parece. Me metí en la piel de alguien que conocí, y en la del Yarince de hace siglos. Fue duro de relatar, pero lo terminé en paz. La escritura y la imaginación, una vez más, fueron mi catarsis para purgar una experiencia personal. Mi catarsis y mi invocación, ya que un par de meses más tarde tuve ocasión de atar, esta vez en persona, aquel cabo suelto de mi vida.

CORRESPONDENCIA

Me llegó su carta en junio del 2001. Cinco días antes de mi cumpleaños. Más de diez años después del último que pasamos juntos. Su nombre me hacía volver a aquellos dulces años, a los inicios. Víctor era sin duda mi mejor amigo. Incluso hoy, al hacer recuento, se cita su imagen en mi mente. No se borró con el paso de los años. Se quedó ahí marcada, indeleble.

Recuerdo la primera vez que lo vi. Apenas tendríamos 16 años. Yo paseaba con Elena por un parque cercano a mi casa, buscando algún sitio discreto donde poder meternos mano. Y en un banco estaba Víctor, leyendo un libro. Era imposible no fijarse en él, sentado en medio de la galería de los helechos con su estridente camisa naranja. Parecía una mancha sacada de un cuadro de Pollock. Elena y yo dejamos de hablar y buscar por un instante, y nos quedamos los dos absortos, mirándolo mientras pasábamos a su altura. Él estaba enfrascado en el libro, de tapas rojas, y acerté a ver que era una novela de García Márquez.

Víctor era un chico normal y corriente. Ni feo ni escandalosamente guapo. Pero había algo en su rostro que te hacía mirarlo dos veces. No leía el libro, lo devoraba. Se podía adivinar lo que sentía mientras digería sus párrafos, reflejándolos con sonrisas o con un halo de tristeza. La cara de Víctor hablaba como ninguna otra cara que hubiera visto antes. Y cuando levantó su mirada al sentirnos pasar, deseé robarle aquellos ojos castaños y salir corriendo. A los diez minutos, mientras besaba a Elena en el paseo de los abedules, su mirada se escondió en los pliegues de mi memoria.

Unos meses más tarde, me apunté a un curso de salvamento que daba la Cruz Roja. Mi padre no me permitía permanecer ocioso, ni siquiera en verano. Al entrar en la clase, me tropecé con un chico que me recordaba a alguien. Estaba seguro de conocerlo de algo. Al pedirle disculpas no reaccionó como solían hacer los demás, mirándome de arriba a abajo con un deje de desprecio por mi ropa de marca y mis gafas Rayban. Simplemente me miró de reojo y sonrió. Y sin saber por qué, ajeno aún al episodio del parque, supe que Víctor era distinto de los demás.

Quizá por esa razón lo busqué un par de días más tarde, a la salida del curso, y le ofrecí un cigarro, aprovechando que íbamos en la misma dirección. Presentía que podíamos ser buenos amigos, y me picaba la curiosidad de saber de qué le conocía. La química se desencadenó de inmediato y comenzamos una amistad inolvidable.

Recuerdo especialmente las veces en que nos fumábamos una clase y nos quedábamos en el coche, hablando. O cuando me contaba el programa de radio que había oído mientras caminábamos por el muelle. Podía quedarme escuchando a Víctor durante horas. Viendo cómo su cara se metamorfoseaba con sus historias, cómo reía o se le quebraba la voz, cómo miraba hacia el horizonte intentando curvarlo. Tenía el don de emocionarme. Era la primera persona que conocía que ocultaba un mundo inmenso y rotundo tras una capa de fragilidad. Bajo el cristal de su mirada esquiva, Víctor era una roca de basalto que escondía estratos de la mayor ternura.

Acabamos siendo un grupo grande de amigos, del que formaban parte Elena y algunas de sus amigas, y antiguos conocidos de Víctor o míos. Sin embargo, la relación no era fácil. Elena adoraba a Víctor, pero me recriminaba que pasara tanto tiempo con él. Sus amigas flirteaban conmigo cuando ella no se daba cuenta, y ante mi rechazo se acercaban a Víctor con la intención de arrebatarme su tiempo. Y el resto nos envidiaban por acaparar a las chicas, nos odiaban a pares por haber sido destronados del puesto de ‘mejor confidente’, y se dedicaban a lanzar rumores manchando nuestra relación.

Nada de eso nos afectó. Sabía que Víctor y yo estábamos predestinados. Que nuestra asistencia a aquel curso no había sido casual. Que existía un plan. Estaba plenamente convencido. Y para que no me quedara ninguna duda, un 13 de enero, Víctor llegó a casa con un paquete. ‘Ábrelo’, me dijo ‘es para ti.’ Mientras rompía el papel, me llegaba su voz diciendo ‘no lo he comprado, lo tenía en casa. Es mi libro favorito, y quiero que lo tengas tú.’ Cuando atisbé las tapas rojas de la novela a través del papel de regalo, las piezas encajaron en mi cabeza. El amor en los tiempos del cólera, Fermina y Florentino, formarían ya parte de mi historia. Recordé la galería de los helechos y su mirada, y sentí que era el destino el que me guiñaba el ojo. No pude evitar darle un beso en la mejilla. No recuerdo qué excusa le puse para aquel efusivo agradecimiento, pero el caso es que desde aquel momento, besarnos se convirtió en una costumbre furtiva que yo anhelaba cada día más.

En aquel instante supe que estaba enamorado de él. Aquel beso no iba dirigido al pómulo de Víctor, sino a su boca. Pero la mía se asustó y desvió la trayectoria. Para él yo era nada más y nada menos que su gran amigo, y aquel quiebro en nuestra historia era demasiado peligroso. Ni siquiera yo estaba seguro de lo que hacía o lo que sentía. Necesitaba aclararme y tratar aquel asunto con delicadeza. Había fantaseado con otros hombres, pero lo que sentía por Víctor era completamente nuevo. Distinto.

Cuando me dijo que se iba a estudiar a Barcelona, mi mundo se hundió. No podía imaginar un día sin verle, sin escucharle. Ése fue uno de los motivos de que accediera de buena gana a la sugerencia de mi padre de irme a trabajar de aprendiz a un estudio de A Coruña. Una ciudad diferente, sin recuerdos de Víctor en ninguna de sus esquinas. Así todo sería más fácil. Y tendría tiempo para pensar, lejos de nuestro muelle, de nuestro bar, de nuestro jardín. El otro motivo era que mi madre, ignorante de que Víctor se iba de la ciudad y sospechando la naturaleza de mis verdaderos sentimientos, había maquinado para alejarme de él. De manera que mi traslado a Coruña era la mejor solución para los tres.

Fue un año difícil. Las condiciones que me había impuesto mi padre eran denigrantes. Prácticamente no disponía de dinero y vivía en el margen de la pobreza. Y aunque nunca lo llegué a confirmar, sigo convencido de que mis jefes, en contacto profesional directo con mi progenitor, tenían la consigna de hacerme trabajar hasta el punto de la extenuación. Lo único que recuerdo con agrado de aquel año es la correspondencia que mantuve con Víctor.

Víctor me mandaba besos en sus cartas. Dibujos. A veces incluía las hojas que el otoño depositaba en las Ramblas. O guijarros diminutos del Parque Güell. De repente me llegaba un paquete postal con cintas que me había grabado con canciones que siempre me recordarán a él. Y cuando estaban trilladas de tanto escucharlas, las copiaba y guardaba las originales con su letra dentro de una caja de zapatos con sus cartas en el altillo del armario. Me decía que me echaba de menos. Que a veces aparecía en sus sueños.

No pasó una sólo semana en que no me llegaran dos o tres cartas. Y ni una sola de ellas me decepcionó. Al volver del trabajo corría a mi habitación de la pensión a ver si encontraba sus noticias por debajo de mi puerta. A veces me llegaban en papel cuadriculado, garabateadas en el descanso de alguna clase, o en folios inmaculados con los renglones ordenadamente torcidos. Y yo las contestaba y las repasaba mil veces, tachando cualquier frase que pudiera dejarle entrever lo que en realidad sentía por él. Y en cada despedida luchaba con mi mano para que no escribiera un te quiero. Y siempre temblaba cuando anotaba en el sobre su nombre y el de la calle Llibertat.

Durante aquel año Elena empezó a salir con mi hermano. Y aunque monté una escenita de celos, debo decir que me alivió no tener que tomar una decisión a aquel respecto. La quería, y no deseaba hacerle daño. Que su amor por mí se terminara fue lo mejor que podía pasarnos a los dos, porque el mío había cambiado de dueño. Por alguna extraña razón, no me pareció buena idea decírselo a Víctor. Desde su marcha del pueblo, Elena y él se habían distanciado y no mantenían contacto. Y aún así, él había sido el más firme defensor de nuestra relación, empujándome de nuevo a sus brazos en todas y cada una de las crisis. Por eso en esta última yo había permanecido mudo.

Me acostumbré a ir todos los martes y los viernes por la tarde al Café Mondrián, cerca de la Plaza de María Pita. Mi resentida economía no me permitía más que tomarme un refresco y un dulce, pero llegaba a pasar allí sentado hasta dos horas, rodeado de los helechos que me traían la mirada de Víctor, como si su olor fuera un elixir que desatara su vívido recuerdo. Me llevaba sus cartas dentro del libro de tapas rojas y las releía. Y en algunas frases me parecía encontrar que faltaba algo. Y analizaba cómo cambiaba el derrotero de aquellos fantásticos fragmentos donde me hablaba de sus sentimientos, y de unos miedos que nunca describía. Y cómo cuando parecía que iba a explotar en confidencias, partía su párrafo y me hablaba de la humedad de Barcelona. La vaguedad de los sentimientos de Víctor hacia mí era mi tortura.

Aquel año alejados me reafirmó en mi amor por él. Y en que no podía dilatar el momento de decírselo. Deseaba que se echara en mis brazos, que me correspondiera, pero incluso el rechazo era mejor que aquella situación que me rompía la vida. Víctor me seguía enamorando con cada una de sus cartas, de sus cintas, de sus historias. Veía su cara en rostros extraños, y su cuerpo en estaciones. Y tenía que saberlo. Una vez más, el destino me echó una mano.

Era un sábado de julio. Con la llegada del verano y el nuevo horario laboral, tenía libre todo el fin de semana. Y todos los sábados, entre las diez y las once, los pasaba en la puerta de la pensión, esperando la llegada del cartero y las noticias de Víctor. Aquél era un día especial, porque Víctor regresaba al pueblo, después de terminar su curso. La de hoy o la del lunes sería su última carta desde Barcelona.

Y allí, apoyado en el portal del Paseo de Ronda, fumaba un cigarro tras otro. El día en A Coruña había amanecido resplandeciente, con un cielo azul que se atrevía por fin a mostrarse en su vergonzante inmensidad, sin sus celosías de nubes. Y mientras lo miraba pensando si en el pueblo lo recibiría ese mismo azul, escuché su voz. Creo que me llamó por ese diminutivo con el que sólo él me nombra. Y yo creí morirme.

En el primer momento pensé que era una alucinación. Esperaba su carta y alguien con un timbre similar al suyo habría dicho a mi alrededor un nombre parecido al mío. Y que mi cabeza había hecho el resto. Pero bajé la mirada y allí estaba Víctor mochila al hombro, con su sonrisa radiante y unos ojos pícaros a los que se le unía un rasgo que nunca habían mostrado. Mi cabeza iba a mil por hora, intentando encajar aquella cara en aquel sitio, y aquella situación inesperada y fantástica en mi mente, que se empeñaba en negar la evidencia. Dejé caer el cigarro mientras lo miraba y examinaba su cara. Sí, es su cara. Y su camiseta naranja. Sí, es su camiseta. Y sus manos nudosas. Sí, son sus manos. Lo así de los brazos y lo metí en el zaguán, a ver si el espejismo se desvanecía al morirse la luz. Creo que el mundo se paró en aquel instante. Que hasta el inagotable canario de la vecina del primero había dejado de trinar. Y mis ojos acostumbrándose a la penumbra adivinaban su forma, y hasta me llegó ese olor de su perfume que me recordaba al azahar de mi infancia en Sevilla. Lo abracé con fuerza, con toda de la que era capaz, con las piernas temblándome y el corazón desbocado. Y aunque lo intentaba no podía soltarlo, queriendo esconderlo dentro de mí para no perderlo nunca.

Como pudo me contó que había engañado a sus padres para venir a verme, que llevaba meses organizándolo y reuniendo para el viaje, que había hecho en autobús. Pobre Víctor, el trayecto debía haber sido infernal. Pero él estaba radiante, se le veía feliz, y yo no podía parar de reír, de mirarle, de tocarle.

No podía llevarle a otro sitio que no fuera nuestro café. El café que él sin saberlo había sido nuestro refugio durante nuestra separación. Que nos había servido de oasis todos los martes y viernes. El café al que entraría con la misma camisa, manchando de naranja el lienzo de helechos.

El azar me había traído a Víctor y lo había sentado frente a mí, en una silla de plástico. Era el momento de confesarme. Debía contar mi pecado. Quería retrasarlo lo más posible, apurar aquellos momentos para poder seguir escuchándolo y mirándolo sin sospechas. Pero por desgracia debía irse en apenas dos horas. Aquella escapada no daba para más.

Pensé esperar hasta la despedida en la estación. Pero era el momento perfecto. En lo más profundo de mí quería contárselo con el tiempo suficiente para que mi sueño se hiciera realidad, y pudiéramos volver a aquella sórdida pensión a llenar mi habitación de amor y de colores. Así que empecé. ‘Tengo que decirte una cosa antes de que te vayas. No te lo he dicho por carta porque no me parecía que fuera la mejor forma de hacerlo.’

Víctor permaneció en silencio. Su cara congelada. Y sin saber por qué, en vez de la declaración de amor que había ensayado mil veces, de mis labios salieron otras palabras. Le mentí y le dije que me había acostado con un hombre. Probablemente al final el terror me atenazó, e inconscientemente pensé que aquella falsa revelación abría las puertas a la posibilidad de un nosotros, si en algún momento él se lo había planteado. Quizá pensé que me resultaba tan aterradora la idea de vivir sin él, que le dejaba espacio para que él tomara la decisión de seguir siendo mi amigo o mi amante.

Víctor reaccionó de la forma más inesperada. Se echó a reír. Se echó a reír de una manera distinta a la de sus risas habituales. Y yo me uní a ellas sólo para no escucharlas. Despachó el tema con rapidez, diciéndome que le parecía bien, pero que tuviera cuidado. Me pareció incluso que esperaba aquella confesión, que la había anticipado. Que la había asumido incluso antes de yo abrir mi boca.

Supe de inmediato que las quimeras de mi cabeza se hacían añicos. Víctor no me amaba. A pesar de sus silencios y de sus cambios de rumbo, no estaba enamorado de mí. Era su amigo y nada más. Probablemente sospechaba de mí, y simplemente yo ahora le confirmaba que me gustaban los hombres. No parecía percatarse de que era él quien me gustaba.

No sé cómo pude soportar el tiempo que seguimos juntos en aquel bar, al que nunca más pude volver. No sé como pude aguantar las ganas de sacudirlo hasta sacarle el amor que tenía que sentir por mí. No sé cómo pude contenerme y no besarlo, y no tocar su rodilla por debajo de la mesa, y no decirle la verdad. Aquella persona que era mi vida había sido disparada por un cañón a millones de años luz de mí. Y aún con él sentado frente a mí, sentía un vacío que tardaría años en llenarse. Víctor no me quería. No como yo quería que me quisiera. Y no creía ser capaz de soportarlo.

Llegó el momento de la despedida. No me dejó acompañarle a la estación de autobuses, porque tenía prisa. ‘De hecho voy a coger un taxi para no perder mucho tiempo, tú quédate por aquí que no vale la pena que después te pegues el palizón de vuelta.’ Paró un taxi nada más salir por la puerta, pero antes de entrar se giró y me abrazó con la misma fuerza con la que yo lo había hecho horas antes. Me invadió de su calor y me marcó a fuego la piel cuando su mano se deslizó por mi espalda hasta la cintura. Y sentí su aliento cuando enterró su cabeza en mi pelo. Víctor nunca volvería a abrazarme así.

Observé su espalda naranja mientras entraba en el taxi. Quise agarrarle y no dejarle ir. Pero mis piernas no me respondían. Mi gran amor se escapaba, y yo no podía hacer nada para retenerle. Su ‘cuídate’, lanzado desde la ventanilla del coche, se me clavó certero en la diana de mi pecho. Y mientras el taxi arrancaba, no pude más que decirle adiós con la mano, y te quiero con la boca.

Lloré. Lloré mientras volvía a la pensión. Lloré cuando decidí ir a la estación a buscarle y no lo encontré. Lloré mientras deambulaba por la Torre de Hércules y confundí con él a un chico de camisa naranja que se subía a un autobús. Lloré mientras leía todas sus cartas una vez más. Lloré durante días, hasta que las nubes volvieron a cubrir el cielo de A Coruña.

La relación con Víctor cambió de forma radical desde aquel momento. Las cosas no eran iguales. Aquella confesión lo cambió todo para los dos. A mí me dolía tenerlo cerca, y de alguna manera sorda y muda le recriminaba que no me quisiera. Y el Víctor dulce, tierno y profundo, en consecuencia, dio paso a otro superficial, distante y seco. Tenía problemas familiares, y su permanencia en la Universidad peligraba por motivos económicos. Mi amor por él se mantenía, pero se resentía ante aquel chico oscuro y taciturno. Para olvidarlo me eché en brazos de otros, a los que acababa odiando por no ser como él. Me aparté, él me dejó apartarme, y me quedé solo. Y yo lo dejé escapar para aliviar mi sufrimiento.

Cuando me fui a trabajar a Bruselas, el escaso contacto que manteníamos se había perdido ya por completo. Y eso me permitió conocer el amor de verdad, enamorarme de Derek desde mi experiencia y la sinceridad. No podría vivir sin él. Y quisiera multiplicar por veinte los años que hemos pasado juntos.

Hace unos tres años que Derek y yo decidimos volver e instalarnos aquí, a la búsqueda de una vida sin prisas y un hogar tranquilo. Y la decisión de hacerlo me sigue pareciendo la más acertada que pudimos tomar. Mi mundo nunca ha respirado tanta serenidad.

Y un viernes de junio, cinco días antes de mi cumpleaños, miré el buzón como siempre hago al llegar del trabajo. Y mientras me dirigía a la puerta de casa, ojeando cartas de bancos y folletos de grandes superficies, me encontré con un sobre con mi nombre escrito a mano. Con una caligrafía familiar que aún antes de reconocer, me puso los pelos de punta. Di la vuelta al sobre, incrédulo, y leí en el remite aquel nombre que resucitaba el pasado y una correspondencia partida.

Los dedos me temblaban al abrir la carta. Tuve que despedazar el sobre, en la urgencia de leer lo que contenía. Por un momento pensé que era una carta extraviada desde hacía diez años. Pero no, claro que no podía ser. ¿Para qué me escribía Víctor después de tanto tiempo? ¿Cómo había conseguido mi dirección? En esos pocos segundos hasta que comencé a leer, me convencí de que aquella carta portaba malas noticias sobre algún antiguo amigo, o sobre el mismo Víctor.

La leí en la mesa de la cocina, mientras el sol de la tarde manchaba las cuartillas en las que estaba escrita. Apenas había leído el primer párrafo cuando un nudo se instaló en mi garganta, sin dejarme tragar saliva. Al terminarla, las lágrimas me corrían ya por las mejillas. No sé si fue la carta en sí o los miles de recuerdos que convocaba en mi memoria, pero me embargaba una felicidad inmensa ante aquel regalo de papel. Víctor recordaba nuestra relación, nuestro afecto, y me contaba lo mucho que había significado para él. Me pedía perdón, responsabilizándose de nuestro enfriamiento y de la falta de contacto. Me deseaba felicidad, y si me parecía oportuno, una nueva oportunidad para nuestra amistad.

Inmediatamente cogí el teléfono y marqué su número. Para darle las gracias por el precioso detalle de su carta, y por el valor de haberla escrito después de tanto tiempo. No podía decirle lo que en realidad significaba para mí que mi primer gran amor volviera una década más tarde para limpiar un recuerdo que se había emborronado con los años. De nuevo Víctor era un episodio hermoso, del pasado, sí, pero que ahora recuperaba cargado de belleza.

Cuando oí su voz en el contestador, pensé que me iba a contar una historia. Hacía tanto que no la oía. Su voz, igual que la de siempre, tal y como yo la recordaba, pidiéndome un mensaje, sólo para mí. Ni recuerdo lo que dije. Sé que reía sin parar, y que su carta había sido la mejor sorpresa, y que me llamara, y que era fantástico volver a saber de él.

Esa misma noche Víctor sonó en mi teléfono, y me habló como si estuviera estudiando en Barcelona, y yo trabajando en A Coruña. Relativizando el tiempo. Como si diez años de ausencia se convirtieran en diez segundos. Me habló de su hermana y de su boda, de sus sobrinos. Le pregunté por su madre y se quebró al recordar que no estaba. Le conté de mi trabajo, y de mi nueva casa, y de mis peripecias por Europa. Quizá hablamos durante una hora, intentando llenar tantas horas de vacío.

Esa noche me acosté y abracé el cuerpo cálido de Derek con más fuerza de lo habitual. Me sentía plenamente feliz. Aquel punto oscuro de mi historia era ahora un episodio brillante. Y me sentía exultante al pensar que había cerrado aquel círculo, y que algún día me podría sentar con Víctor y reírnos de aquello, que podríamos contar la verdad del pasado sin connotaciones.

Y como el azar tiene su forma de reírse de nosotros, a las pocas semanas de aquella conversación telefónica, mientras curioseaba con Derek en una librería del centro, me tropecé cara a cara con Víctor. Frente a las obras completas de García Márquez. Y fue como si se repitiera nuestro encuentro en A Coruña, esta vez con las dos caras pintadas de sorpresa. Lo encontré guapo, mucho más guapo que en mi recuerdo. Parecía un hombre más joven. Y también más feliz. Cuando me sonrió y me miró con aquellos ojos, supe por qué me había enamorado de él. El reencuentro fue memorable, y nos abrazamos y nos reímos, y todo era igual que antes. Me miré en un cristal de la librería por comprobar que no se habían teñido mis canas y que no tenía de nuevo veinte años.

Al rato nos despedimos, y mientras él pagaba por un libro de tapas azules, yo lo miraba, y él se giraba de cuando en cuando, y nos reíamos, hasta que al fin desapareció por la puerta. ‘¿Quién es ese chico? Lo saludaste con mucha familiaridad para ser del trabajo’ dijo Derek. ‘Es Víctor’ le contesté. Su cara no necesitó una explicación adicional. Derek sabía de Víctor, y aunque mis relatos sobre él eran neutros y despreocupados, me conocía muy bien y adivinaba que aquel hombre había sido muy importante en mi vida. Y lo que es más, sabía que era el peor de los fantasmas, el de un amor imposible. Y en ese mismo instante comprendí que no podría recuperar con Víctor una amistad como la del pasado. Yo no estaba dispuesto a hacer sufrir a Derek.

En este tiempo he estado en contacto con Víctor en varias ocasiones. Nos llamamos por teléfono de vez en cuando, y nos mandamos algún que otro mensaje. Coincidimos a veces de compras, o de copas. Nos tomamos una cerveza apresurada entre las vidas ajetreadas de cada uno. No hemos tenido la oportunidad de hablar del pasado. Al menos no del pasado en penumbras. Y quizá haya sido mejor así.

Siempre hay gente que te pone al día de las vidas de los demás. Aunque tú no preguntes. Y de cuando en cuando me tropiezo con algún amigo de la pandilla, y por alguna razón el nombre de Víctor siempre sale en la conversación. Así es como sé que trabaja en un gabinete de diseño gráfico, y que es asiduo a las veladas de cuentacuentos que se celebran en la ciudad. No podía ser de otra manera. Y así es como sé que no tiene pareja conocida, y que ha pasado a ser el objeto de deseo de las mujeres solteras que se topan en su camino. Que es habitual de la noche y de todo tipo de locales, y que es muy reservado con su vida privada.

Y hoy, día de nochebuena, mientras releo en el sofá El Amor en los Tiempos del Cólera, mi móvil pita. Y veo en él ‘Víctor’. Y al contestar a su entrañable mensaje de felicidad, mis dedos se paran, y como espíritus se dirigen a las teclas con una voluntad propia. Y escriben ‘te amé siempre en silencio’.

Y al ver aquellas palabras escritas, mientras pulso ‘enviar’, sé que así es como tiene que ser. Que hay cosas que hay que decir. Que no se han ahogado con el paso del tiempo. Y que no es tarde para desvelar el secreto y cerrar nuestro círculo. Un círculo que se inunda de lágrimas al llegar un nuevo mensaje de Víctor.

‘En mis sueños fuiste el primero en besarme en la boca. Y te amé en parques plagados de helechos.’
 
qué curioso es el silencio
conocí la foto en la portada del libro
Lágrimas, de Man Ray

Desde el sábado tengo en la cabeza a mi amor más largo. No en plan romántico, simplemente me ha rondado mucho, quizá porque ese día hablé con él durante un rato, porque nos reímos, porque lo defendí sin que él se enterara de un comentario hiriente dirigido a su aspecto. Quizá porque la forma que tuve de defenderlo fue alegar que era la persona que más me había querido. Me impactó oírmelo en voz alta. Lo he escrito muchas veces, pero no creo haberlo dicho hasta ese momento.

Hoy, mientras venía de trabajar escuchaba en el coche un disco de Alejandro Sanz. Sonó una canción que he oído mil veces, sin pararme a escucharla. Lo que me ha rondado desde el sábado son precisamente esas palabras. Las que Alex supo cantar y yo no he sabido decirle a ese amor:

A veces sueña con tu alegría mi melodía, en esas noches que escribo sólo pretextos. Lo que quiero decirte, amor, es que he sido tan feliz contigo, tal vez porque esta noche no vaya a ser lo que se dice una noche inolvidable. No por ti, la culpa es mía por fingir que todo me da risa y que la culpa es de la prisa o es del frío. Pero vamos, que yo sé que es culpa mía.

Qué curioso es el silencio. No sé qué es lo que es, pero hay algo en nuestras vidas, y en esta noche yo enloquecería si al amanecer te fueras sin haberte dicho que yo he sido tan feliz contigo.

Yo puedo hacer que traiga la noche media luna fría, puedo fingir que no te he visto, pensar que yo no soy lo que querías. Pero con todo te lo digo: yo he sido tan feliz contigo…

A veces sueño que no amanece, que nos perdemos, y un firmamento de estrellas me da el aliento. Que lo oiga el mundo y lo escuche Dios: yo he sido tan feliz contigo…


A ver si mañana estoy más inspirado. Este fin de semana ha estado plagado de disgustos, enfados, tartas, regalos, familia, novedades, reencuentros, sexo, conversaciones, justicia. Un cóctel que, de ponerme a escribirlo, seguro que sería molotov.
 
al muchacho codignola
cuepos amándose o llorándose?
Fotografía de Dylan Ricci


Querido muchacho, sí, claro, encontrémonos,
pero no esperes nada de este encuentro.
Si acaso, una nueva desilusión, un nuevo
vacío: de aquellos que hacen bien
a la dignidad narcisista, como un dolor.
A los cuarenta años yo estoy como a los diecisiete.
Frustrados, el de cuarenta y el de diecisiete
pueden, claro, encontrarse, balbuceando
ideas convergentes, sobre problemas
entre los que se abren dos décadas, toda una vida,
y que, sin embargo, aparentemente son los mismos.
Hasta que una palabra, salida de las gargantas inseguras,
aridecida de llanto y deseo de estar solos,
revela su irremediable diferencia.
Y, además, tendré que hacer de poeta
padre, y entonces me replegaré sobre la ironía,
que te incomodará: al ser el de cuarenta
más alegre y joven que el de diecisiete,
él, ya dueño de la vida.
Más allá de esta apariencia, de este aspecto,
no tengo nada que decirte.
Soy avaro, lo poco que poseo
me lo guardo apretado en el corazón diabólico.
Y los dos palmos de piel entre pómulo y mentón,
bajo la boca torcida a furia de sonrisas
de timidez, y los ojos que han perdido
su dulzura, como un higo agrio,
te parecerían el retrato
precisamente de esa madurez que te hace daño,
madurez no fraterna. ¿De qué puede servirte
un coetáneo, simplemente entristecido
en la delgadez que le devora la carne?
Cuanto ha dado ya lo ha dado, el resto
es árida piedad.

De Poesía en forma de prosa, por Pier Paolo Pasolini

quién dice que un desnudo masculino no puede ser hermoso?
Fotografía de Dylan Ricci
 
lavabos
a Vanessa no le hace falta color

Hoy no toca ser creativo, ni hacer poemas. Hoy toca hablar. No sé si conocéis la historia de Vanessa Williams, una de las mujeres más bellas que he visto jamás. Fue la primera afroamericana coronada Miss America, hace 20 años, rodeada de una fuerte polémica. Sin embargo, nunca llegó a participar en esos certámenes que pretenden pomposamente elegir la mujer más bella de la tierra, o incluso del universo. La revista Penthouse sacó a la luz unas fotos para las que Vanessa había posado desnuda en su juventud, y le quitaron la corona.

Una cara bonita y un sueño roto. Pero no. A Vanessa le costó 10 años devolver la bofetada. La cara bonita debutó como cantante con un éxito sorprendente, con temas como The Right Stuff o Save The Best For Last. Las nominaciones a los Grammys y las avalanchas de premios que recibió no sorprendían a nadie que hubiera escuchado su voz dulce y cálida. Decidió no pararse en aquel éxito e interpretó en Broadway la adaptación musical de El Beso de la Mujer Araña , dejando a propios y extraños boquiabiertos con su belleza, su voz y su calidad interpretativa en un escenario. En la actualidad es una de las estrellas más completas de ese firmamento de mentira que es la industria americana de las artes.

La razón por la que me acordé de ella al iniciar este post es una declaración que le escuché hace tiempo, en la que decía que estaba barajando la posibilidad de dejar de cantar y dedicarse de lleno a la interpretación. La razón que alegaba no era económica, ni de ofertas, ni de preferencias artísticas. Su motivo era el pudor. Al hacer una película se metía en un personaje y actuaba. Sin embargo para Vanessa cantar era volver a desnudarse, mostrando rincones aún más vergonzosos. Comentaba que para ella era imposible no recurrir a su esencia, a su experiencia, que era un proceso duro que la dejaba indefensa. Por suerte sus dudas no llegaron a cristalizar en su renuncia.

Al escribir me pasa igual. Cuando hago relatos creativos, cuidando la forma y la historia, me siento un artesano. No habréis visto muchos de esos relatos, ya que no suelo publicarlos aquí porque no me parece el lugar adecuado. Sin embargo escribir en el blog me hace sentir de forma similar a Vanessa cuando abre la boca para cantar. Mi tránsito se debió en parte a esa vergüenza, injertada con las ausencias, el amor y el dolor. Finalmente descubrí que, lejos de exaltarlos, el narrar mis sentimientos en estas páginas los suaviza y me libero de los quistes.

al escribir me desnudo...
Carta1961, por Marius Krmpotic

Hoy me he puesto una camiseta que me compré con Axel hace casi dos años. Nunca me la había puesto, la relaciono intensamente con él por alguna extraña razón. A esas asociaciones las llamo “rejos”. Es difícil librarse de ellas. Como de que Mauro es el grupo Lighthouse Family y su Flying High, y Timi es un koala comiendo hojas de eucalipto. Mañana es mi cumpleaños, y siento que en vez de años cumplo rejos. Quizá por esa razón me he puesto hoy la camisa, llevo toda la semana oyendo el Flying High y he colocado en la bandeja del salón una rama de eucalipto. Sé que deshacerme de los rejos no me hace más joven, pero sí más libre. También sé que ninguno de los tres me llamará mañana para felicitarme. Román sí lo habría hecho, como todos los años, y habría compartido mi cena de cumpleaños. De cualquier manera la compartirá, igual que mi hermano estará presente en el almuerzo familiar.

No mucha gente es capaz de comprender lo que os voy a explicar, espero que vosotros sí. Hay personas que he conocido en la vida con las que he tenido disgustos, como todos, gente que me ha hecho sufrir, a menudo de forma inconsciente. Cuando se produce el cataclismo, necesito tiempo y espacio para poder curarme, tanto de las heridas como del amor. No soy capaz de hacerlo de golpe. He descubierto que muchas personas sí tienen esa asombrosa capacidad de abrir el sumidero y dejar escurrir de golpe el afecto, hasta que no queda nada. Son capaces de pasar del amor a la amistad (y viceversa) en un chasquido de dedos. Mi desagüe es milimétrico, el lavabo va vaciándose de muy poco a poco, por lo que necesito darle muchas vueltas al reloj de arena.

Eso crea en mis contrincantes una sensación errónea de que soy rencoroso, soberbio, de que estoy enfadado, cuando sólo estoy herido, intentando sanar. Pero el tiempo pasa y mi lavabo también se vacía, y me quedan los recuerdos y la arena brillante. En ese punto me gustaría poder retomar el saludo con esa gente, porque de corazón les tengo un inmenso cariño. Pero los demás suelen querer algo más que un saludo, y yo soy consciente de que no puedo darles más. ¿No os pasa que a veces estáis comiendo y dejáis de hacerlo porque tenéis la sensación de que os va a sentar mal? ¿O no cogéis una determinada calle porque os da mala espina? Eso me pasa a mí con los lavabos vacíos. No es rencor por lo que me hicieron, es temor de que puedan volver a hacérmelo. Ellos piensan que mi corrección fría es fruto del pasado, cuando en realidad lo que estoy preservando es mi futuro.

lavabos sin agua

Tengo la intención de postear también los fines de semana (cosa que casi nunca hago). No serán cosas de creación propia, porque prácticamente no tengo tiempo, pero tengo acumulados cientos de textos de libros, de poemas, de canciones, que me gustaría brindar a los que os pasáis por aquí en esos días.

El lunes volveré para contaros en primera persona cómo fue mi cumpleaños, si fue uno de esos deprimentes o de los felices. Las llamadas sorpresa y las ausencias inesperadas. No creo que haya regalos, pero eso no me preocupa, porque la vida ya me ha regalado mucho.

PS. Hoy alguien citó a Juan José Arreola, a quien desconocía. Lo citó con una frase que me impactó, que me recordó al poema que escribí y a muchas historias de mi vida. “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.”
 
pasión de pie
luces rojas, cuartos sin luz

Nos adivinamos en la oscuridad como desconocidos, cosidos en trenza de piernas y nudo de brazos. Nos besamos las braguetas en tinieblas que prohíben comerse los labios, tomando desvíos opuestos por asfaltos empapados de sotal. Una pasión sin besos ni miradas. Una pasión de pie.

El amor hace la vista gorda, pero por suerte nuestro sexo es ciego.
 
destino y via crucis
Dos textos bien distintos. Cortos. Una moneda con dos caras de hombre. Con dos cruces de amante. Moneda que ya no encaja en seres tragaperras.

aún solo, en un abrazo
En Mi Soledad, por Dellacroix & Dellfina

DESTINO

No me pidas que entre en tu vida como un conquistador
ni que pase por ella haciendo turismo.

Mi intención es más sencilla, menos devastadora y distante.

Yo sólo quiero explorarte.

VIA CRUCIS

Voy a crucificarme esta noche.
Ahora que conozco al Judas que me vendió,
aunque no fuera por monedas ni plata.
Ahora que mi Pilatos tiene las manos
despellejadas por la vasija de mis ácidos.

Voy a crucificarme esta noche.
A atravesar mis palmas con clavos de rubíes
que hagan juego con mi corona de espantos
y con mi espalda marcada
con treinta y nueve dentelladas de marfil.

Voy a crucificarme esta noche.
Hoy que cumplo treinta y dos pasiones
y un calvario.
Y al tercer día resucitaré.
En mundos poblados de cruces.

clavos sin diana
Ines, por Hannah Collins


PS. no os dejéis engañar por el tono de algunos de mis poemas. Pertenecen a mi incineración. Hoy mi vida sonríe.
 
panteón
el ojo de Horus, el que todo lo ve

Hoy me tendréis que perdonar por no poder cumplir mi promesa de pasarme por otros blogs, ni postear nada nuevo. Estoy exhausto. La labor de “investigación” para crear mi Panteón, del que formáis parte tan fundamental, me ha sobrepasado. Eso sí, salgo hecho un experto en mitología egipcia, os lo aseguro. Os informo que me faltaron diosas y me sobraron dioses, que guardo por si algún día llegan hasta Heliópolis (a saber, Anubis, el Dios Guía; Amón, el Dios del Aire; Atón, el Dios del Sol; Osiris, el Dios Soberano).

Buscaos en mi lista, y si no os encontráis, tiradme de las orejas por email para solucionar el error. Comprobad también si he puesto bien vuestra dirección!

Una última cosa. Si os da por buscar la etimología de vuestro nombre, sus leyendas, su representación, tened en cuenta que casi todos los dioses tenían diferentes líneas de adoración. Algunas no eran demasiado halagadoras, al igual que sus representaciones.

Me faltó una deidad en la lista. Una polifacética, formada por mil caras a las que no puedo poner rasgos y atributos. Son mis dioses y diosas del silencio. Son tod@s l@s que se pasan por aquí, fieles, por l@s que me leen y no dicen nada. No penséis que me olvido de vosotr@s. Al contrario, no os apartáis de mi mente.

Os dejo con un poema que escribí en la madrugada del sábado, mientras una voz me apremiaba. Se llama Apariciones.

Te vi como tantas otras veces.
Te toqué.

- ¿Sigues enamorado?
Contesté que no.
- Pues lo parece.

Mis apariencias no engañan.
Tus apariciones sí.

 
mudanza
Predata: durante el lunes me pondré al día con vuestros blogs e intentaré actualizar los enlaces del mío. Quiero teneros a mano desde mi templo, que mis visitantes puedan viajar hasta vuestras páginas llenas de luz. Eso sí, intentaré hacerlo de una forma original… ¿Os gustaría formar parte de un panteón de dioses egipcios? ¿No os pica la curiosidad saber qué dios me inspira vuestro blog?

paredes... grabados... carreras de obstáculos...

Tras tres años en mi nueva casa, terminé de instalarme durante la semana pasada. Como soy tan dejado, aún quedaban muchos restos de la última mudanza: cajas sin desembalar, cajones de sastre por doquier, altillos plagados de los objetos más dispares. Así que me propuse poner en orden incluso lo que no se ve.

Me encontré con la tarjeta de la seguridad social, sin haberla echado de menos en tres años. Recuerdos de amantes que ya no recordaba. Monedas de duro, pesetas y cinco duros. Resultados de análisis de sangre con nombre de mujer. Cartas cerradas del banco, fechadas hace un lustro. Unas varitas de incienso que me trajeron de la India. Agendas que sólo tienen apuntes en el mes de enero. Puros con vitolas de boda. Los guantes de un disfraz de carnaval. Monturas de gafas que ya no uso. Llaves de puertas desconocidas. Declaraciones de la renta. Pilas, velas, flyers y la entrada de dos Guggenheim.

Había más cosas que embalé sin querer. Atada a la tarjeta de la ss estaba el recuerdo de la gente que quiero y que sí ha tenido que utilizarla. Y entre los regalos, las fotos y las tarjetas de amantes, se escondían historias mal terminadas, o mal empezadas, arremolinadas con canciones, almizcles y manos de crema. Las monedas me hicieron pensar en aquella época no tan lejana en la que una cerveza costaba veinte duros y los ramos de flores de los sábados costaban quinientas pelas. Los análisis me recordaron las locuras con vigencia, y las cartas del banco eran la mortificación de una cuenta vivienda caducada. El incienso me olió al viaje que nunca hice, mientras leía en las agendas los propósitos que nunca cumplí. Los puros me recordaban que tenía que dejar de fumar, y sus vitolas que tengo que llamar a muchos amigos con los que he perdido el contacto. Los guantes negros todavía acariciaban la piel por la que los condené a vivir en una caja. Las gafas hicieron que me picaran las lentillas y el implacable avance de la miopía. Con las llaves se abrieron puertas donde fui feliz, cuando era tan joven que las declaraciones de la renta me parecían un néctar de independencia en vez de una sangría. Las pilas se volvieron cáusticas, las velas funerarias y los flyers imposibles. Los guggies me devolvieron un beso en el Central Park y las burbujas en la ría del Nervión.

De fondo sonaba una canción de Billie Holiday, Trav'lin' Light. Así que seguí su consejo de viajar con poco equipaje, y todo acabó en la basura salvo la tarjeta sanitaria y uno de los guantes, que guardé dentro de un caleidoscopio roto por si algún día vuelvo a aquella piel. O para encontrarlo en la próxima mudanza.