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El guerrero
"...cuando el Fénix ve llegar su final, construye un nido especial con ramas de un roble y lo rellena con canela, nardos y mirra, en lo alto de una palmera. Allí se sitúa y, entonando la más bella de sus melodías, expira. A los 3 días, de sus propias cenizas, surge un nuevo Fénix, y cuando es lo suficientemente fuerte, lleva el nido a Heliópolis, en Egipto, y lo deposita en el Templo del Sol." Ovidio
Mis Dioses
El Panteón de Heliópolis
Liturgia
Sindicación
 
vidas secretas
la mujer de las palabras secretas

No soy fan de Isabel Coixet. Cuando vi Mi vida sin mí, recomendada encarecidamente por muchos amigos y conocidos, me pareció una película correcta, pero me dejó frío. A pesar del tema y las interpretaciones, salí del cine tal cual había entrado, incluso un poco decepcionado. Por eso digo que no soy fan de Isabel Coixet. O no lo era hasta esta tarde, hasta el momento en que las imágenes de la explosión en la plataforma petrolífera daban comienzo a La vida secreta de las palabras.

Es complejo describir las sensaciones profundas que me estremecieron durante toda la película, e igualmente complejo sería reproducir con fidelidad las imágenes y frases que se me han seguido repitiendo durante toda la tarde, adquiriendo un significado distinto. Si las palabras tienen una vida secreta, también lo tiene el cine cuando se trata de espectáculos íntimos como el que ha rodado Coixet.

islas

El personaje de Hannah, al envolver los rollos de celulosa de la fábrica, nos está avisando sin que nosotros lo sepamos de que ella está igualmente envuelta, parapetada y aislada. Parapetada al igual que con su audífono, que apaga y enciende a voluntad, con la diferencia de que todas esas capas que la protegen no son de quita o pon. No es de extrañar por tanto que acepte gustosa un puesto de enfermera en una plataforma petrolífera, un símbolo de aislamiento y de fortaleza que resiste el embate de millones de olas.

Es necesario que transcurra casi la mitad de la película para que Hannah se quite una de las capas con una sonrisa, la primera. Una sonrisa impune ante los ojos de un enfermo con la cornea quemada. Un enfermo cuyas quemaduras no sanan, ni por dentro ni por fuera, y que se refugia en la seducción y el humor para vencer su soledad y aislamiento. Lo mismo hace el cocinero viajando por el mundo a través de la comida y un cassette, y el oceanógrafo preocupándose por los mejillones, y los operarios de máquinas purgando el recuerdo de sus familias con el único calor que pueden encontrar. En ese castillo todos buscan la forma de escapar de sus barreras. Todos menos Hannah.

no sé nadar

Es entonces cuando se produce una asimilación entre el enfermo y la enfermera, una simbiosis invisible e implacable de dos seres amputados que comparten mentiras piadosas y desvelan verdades a cachos. Ese proceso es una obra maestra fílmica, un delicado balance exento de música, parco en palabras, ciego y sordo. La historia de Hannah y Josef está completamente libre de sentimentalismo, y es sin embargo demoledora y catártica.

Sarah Polley está grande interpretando a Hannah, y aunque no sea un adjetivo muy acertado para esa pequeña mujer, es idónea para la actriz, porque no hay un gesto, un andar, una mirada que no pertenezca al personaje. Polley interpreta a dos mujeres, a la mujer introvertida y desubicada, a la mujer incluso rara y antipática, y a la verdadera mujer, a la superviviente. Y cuando se desvelan ambos personajes, cuando se fusionan y se convierten en uno en ese ocaso que se produce en el camarote, el impacto que produce la robustez con que está construído y la nueva lectura que asume todo lo que hemos visto y oído, lo único que cabe es la desolación. Coixet consigue, con la asombrosa interpretación de Polley, que los espectadores no sintamos pena por la víctima, sino que nos convirtamos en ella. Tim Robbins cumple perfectamente en el papel de Josef, al igual que Javier Cámara, aunque los secundarios que más me sorprendieron fueron el jefe de la plataforma e Inge, interpretada por Julie Christie. El primero porque se marca una escena increíble en el puente de mando, contándole a Hannah la historia de la explosión, en un tono que a pesar de ser neutro y controlado me produjo una emoción inexplicable. En el caso de Julie Christie, puede deberse a una melancolía cinéfila, pero no lo creo. Su escena brilla y nos trae un horror y una realidad que se nos graba por su dicción, por la rabia que destila su controladísima cadencia al hablar.

el horror

A pesar de que me gusta citar diálogos, no puedo hacerlo en este caso, porque temo desvelar el secreto de las palabras, porque no hay una sola línea que no tenga más de un sentido y más de una lectura. Pero no quiero terminar sin recordar escenas fantásticas, como ese inusual paseo en columpio en el mundo de la estática y del salitre, o las plantas en latas de aceite, resistiendo el embate del aire ensalitrado. El fabuloso montaje de los habitantes del castillo cuando cae la noche, o esa significativa escena en la que uno de los maquinistas le enseña unas fotos a Hannah. Y como no, esa controlada conversación que tiene lugar frente a un barco varado en chatarra, como todas las vidas naufragadas que pueblan la película. Y esa frase inmensa, ante una elocuente metáfora, " aprenderé a nadar", la única frase posible, la única salida posible de una aislada plataforma petrolífera. Aunque también es la única forma de llegar a ella.

La Vida Secreta de las Palabras es El Sexto Sentido del corazón. Te guía por un bosque lleno de vericuetos, te hace olvidarte de lo que acabas de ver y oír, y al final te devuelve al mismo punto del principio, pero sobre la copa de los árboles. Y entonces todo tiene sentido, reconoces todos los giros y las veredas, pero desde otra perspectiva. Y es entonces, cuando ves el mapa de esa vida secreta y asaltada, cuando se te parte el corazón.

puede que nunca vuelva...

Soy fan de Isabel Coixet. Y lo supe desde el momento en que vi La Vida Secreta de las Palabras.
 
Pedro Vuelve
un árbol de afecto

(posteado por sugerencia de Miguel)

Almodóvar ha vuelto limpio. Se ha quitado los excesos, los aires y las ganas de provocar para quedarse en cueros. En los cueros de un cine sólido y de una sencillez que sólo un maestro es capaz de manejar.

Volver es una historia de fantasmas que no da miedo, porque sus fantasmas van a la peluquería a teñirse el pelo. No da risa porque el fantasma es Carmen Maura, y de esa mujer uno se lo cree todo. Volver da congoja, pero de las peores, de esas que no te hacen llorar.

Los colores y las formas, toda la estética sacada de un cruce entre Brigadoon y Los caballeros las prefieren rubias, confieren a todo su cine ese aire de irrealidad que hace digerible el tratamiento de temas de pesos astronómicos. Volver no es una excepción, y sin que nos demos cuenta nos habla de la muerte, de la superstición, de las costumbres, de la soledad, del compromiso, de la resignación.

La mayor baza de la película es a la vez su mayor hándicap, y es que, más que nunca, la película es una mujer. Es un sentimiento de mujer, una mirada de mujer y un coraje de mujer. No es probable que muchos hombres la entiendan del todo, porque no comprenderán por qué a esa Raimunda (sorprendentemente fabulosa Penélope Cruz) le caen las lágrimas mientras su marido se masturba a su lado en la cama. Esos hombres se quedarán fumando en el patio, como en el funeral de la tía Paula, ensordecidos por el viento solano de la Mancha, mientras dentro transcurre la verdadera historia, la silenciosa y verdaderamente desoladora.

Volver es el prodigio interpretativo al que suele tenernos acostumbrado Pedro Almodóvar. Penélope nunca, nunca ha estado mejor, recordando más a Sophia Loren que a esa manchega llamada Raimunda. Y eso tiene mérito, porque le han puesto al lado a una pedazo de señora como Carmen Maura, a la que parece que le cuesta tanto meterse en el pellejo de Irene como hacerse un moño, tan enorme es su talento natural. Igualmente estupendas está Lola Dueñas y una Blanca Portillo que dará mucho que hablar.

Salvando el escollo, comentado por doquier, del fallido homenaje a Hitchcock, Volver se mantiene como una película robusta, donde la magia y la superstición terminan siendo una cotidianeidad, como unas lentejas con chorizo. Es una historia de todos los días (salvo algún que otro detalle, claro), de los tristes y a veces esperanzadores días, de mujeres bragadas como Raimunda y resignadas como Agustina. Y en medio, la madre. Rediviva y escondida bajo una cama, mirando como pasan los pies de su hija. La madre Irene y la madre Maura, la que escucha de lejos a su niña, entonando aquella canción que le enseñó de pequeña.

Volver es un regalo sencillo. No tiene la sofisticación argumental de La mala educación, o la visual de Hable con ella. Volver es una manualidad. Es un recortable en cartulina que Pedro Almodóvar ha hecho para el día de la madre. Y esos regalos no tienen precio.
 
accidente estelar
cuando colisionan las estrellas

El sábado me pasé el día ayudando a Carlos en una mudanza. La última vez que me mudé le dije a mi madre “recuérdame que no me mude nunca más.” Me parece una de las actividades más estresantes que existen, encerrar una casa en cajas, maleteros de coches o camiones de mudanza, y trasladar una cantidad ingente de cosas a otra cáscara para volver a esparcirlas. Uno se va de viaje un mes y todo lo que necesita para sobrevivir es una maleta, pero pasamos por la vida cargando cincuenta cajas.

Fue un día agotador, pero diría que incluso me divertí. Me gusta pasar tiempo con Carlos y con el resto de los amigos que nos ayudaron, y como en realidad no era yo quien se mudaba, el cansancio era sólo físico y en absoluto mental o emocional. Lo único que me queda son unas pocas agujetas y marcas en los brazos de desmontar y cargar muebles.

Hacía varios días que me había comprometido con Álvaro para salir a tomar unas copas ese mismo sábado. Me apetecía un montón, porque no salíamos de marcha juntos desde fin de año, porque Álvaro ha estado raro, mal de ánimos y muy desganado. Pero el sábado, tras la mudanza, habría preferido hacer cualquier cosa antes que coger el coche ya de noche sin apenas descansar y conducir hasta el Puerto, la localidad del norte donde habíamos quedado en salir; sobre todo porque llevamos una racha inusualmente fría, tanto que el Teide aún sigue completamente nevado. Sin embargo eso fue precisamente lo que hice. Llegué de la mudanza ya de noche, me duché y me vestí, subí a La Laguna a buscar a Álvaro, y de allí al Puerto, que está a unos treinta y pico kilómetros.

mi Teide, sin nevar

Ir por la autopista que lleva al norte de la isla, cuando uno la toma de día, es toda una experiencia. Apenas se pasa el aeropuerto, y si el día está despejado, aparece el Teide colgado del cielo. Se le ve a lo lejos, dominándolo todo, triangular como el ojo divino de los catecismos. A medida que uno avanza, él se impone aún más, hasta que uno gira el recodo de El Sauzal y parece que se te echa encima, derramándose por el valle de la Orotava. Pero claro, el espectáculo es sólo diurno, montado con la intención de que el sol se muera de envidia.

Una promesa de luna llena era la protagonista de la noche, el astro apenas mordisqueado en uno de sus extremos. A veces me creo lunático, y otras veces pienso que es sólo la euforia de saber que en el techo del cielo hay un espectáculo tan impresionante como una luna redonda como una alianza, que te deja mirarla directamente a los ojos sin cegarte. Os confieso que igualmente me apasionan las noches sin luna, ese cielo negro cuajado de estrellas, y que siempre me hace pensar que no es tridimensional, sino que el cielo es una gigantesca cúpula de raso negro, y que esas estrellas son sólo los poros del material, a través de los que se cuela la luz que lo llena todo pasados los límites de esa tela. Me siento un niño bajo una manta.

Pues sí, la noche estaba preciosa, luminosa como corresponde a la presencia de la luna. Y allí íbamos los dos, conduciendo por la autopista mientras hablábamos y oíamos música. De repente vi una mancha blanquecina por el rabillo del ojo, al lado izquierdo del parabrisas. Miré y no había nada. Pero desde que aparté de nuevo la mirada volví a verlo. Me costó unos segundos reconocer la figura familiar, la forma de teta que amamanta fuego. Porque aquella mancha blanca era el Teide, con su nieve fosforescente iluminada por la luna. Me quedé boquiabierto. Empecé a sonreír como alelado y se lo dije a Álvaro, no podíamos dejar de mirar y asombrarnos. Parecía un efecto óptico, pero no, allí estaba. Un paisaje a la luz de la luna, música y un buen amigo. Un espectáculo por el que valía la pena el sacrificio.

la ladera de mi fantasma

Como ayer, que elegía música para prepararme un CD que escuchar en el coche, y me tropecé con la versión que ha hecho Niña Pastori de una canción de Alejandro Sanz:

No enciendas las luces, que tengo desnudos el alma y el cuerpo.

Y sin casi darme cuenta estaba oyendo emocionado esa voz irrepetible de Pasión Vega:

Te quiero tanto que encerré mi corazón tras los barrotes de tus brazos.

Y así, saltando de canción en canción, me dieron las tantas de la mañana. Hoy me encuentro agotado, pero valió la pena. La música siempre vale la pena.

…las oportunidades respiran entre los silencios, donde el sexo no cuaja con el amor. Porque todos somos Caínes hasta que caminamos por la playa y vemos nuestro futuro en el agua, el corazón que perdimos por fin a nuestro alcance.

… cuando dos estrellas colisionan, como hemos hecho tú y yo, ninguna sombra podrá bloquear el sol.


pisadas hacia el futuro
 
en ánimo azul
montañas en Canada

Espero que el CD que estoy oyendo, que mezclé hace unas semanas y que llamé In A Blue Mood no acabe impregnando de esa melancolía azul y pegajosa todo este post. Melancolía peligrosa. La misma que tuve hace un rato, sentado en mi balcón, abrigado con la manta más acogedora de mi casa. Hace frío en Tenerife, ese frío que no es tal y que para los canarios es como una helada polar, y sin embargo me senté ahí fuera, al lado de las botas de carnavales que todavía andan empapadas, y dejé que los cristalitos de viento gélido se me clavaran en los cachitos de piel que me quedaban al aire.

Estoy sorprendido de que la derrota de Brokeback Mountain no me haya indignado demasiado. Pasé una noche estupenda, en casa de un amigo de Carlos, casi diez personas disfrutando juntos de una afición común como es el cine. Oír a Nicholson decir Crash fue un bofetón, pero no dolió tanto como esperaba. Quizá porque me había preparado para esa derrota, o porque uno acaba acostumbrándose a que las cosas no siempre salen como uno espera. Tampoco suele regirse el mundo por la justicia, y eso debe ser bueno, porque hay tantas justicias como personas. Lo que es justo para mí seguro que no lo es para Benedicto noséquénúmeroes. Brokeback se merecía mejor suerte, igual que Ennis y Jack. En parte, mejor. Brokeback Mountain es más mía ahora. No es del colectivo de los oscars. Es privada, es un guiño en mi dormitorio, una congoja cuando veo mis camisas colgadas del armario abierto.

No he escrito casi desde aquella crítica, mi último post, de hace ya bastante. Se lo he contado a un par de amigos, pero no he escrito que la película me derramó literal y dolorosamente. La vi la primera vez y salí del cine pensando “bueno, no está mal, pero podía haber estado mejor.” Pero en el camino a casa, toda la historia y las imágenes me fueron empapando, sin yo darme ni siquiera cuenta. Esa noche lloré, no sé si por la historia o porque me había hecho viajar a un tiempo donde yo era un Ennis que nunca llegó a entrar a la caseta de campaña a dormir con Jack. No sé si me acordé de mi Jack. No sabía nada esa noche, pero luego he ido sabiendo.

No he podido dejar de emocionarme desde entonces. Estoy en el coche y me suena en la cabeza el “no tienes no idea de lo mal que me siento.” O el “a veces te echo tanto de menos que no puedo soportarlo.” O veo la cara de dolor de Ennis en la casa de los padres de Jack, su rostro enmarcado tras la interrogación de una percha, de un patíbulo. Me viene de golpe y se me humedecen los ojos como en un acto reflejo. A veces me ocurre incluso en mi mesa de despacho y tengo que mirar a otro lado para que no me vean mis compañeros. Me pasa en casa mientras hago un plato de pasta o una ensalada, me pasa viendo la tele o cuando me voy a la cama.

El otro día, saliendo de una discoteca para volver a casa, sin venir a cuento, me abracé a Carlos y empecé a llorar con el desconsuelo de un niño, sin motivo alguno y sin poder parar. Al día siguiente, hablando con él, le contaba que no sabía lo que había pasado. No me encuentro mal, no estoy en una mala época, estoy razonablemente tranquilo y quizá podría decir que casi feliz. Y precisamente es ahí donde radica la solución a este enigma.

Por fin me estoy perdonando. Después de casi 20 años estoy preparado para perdonar al Yarince adolescente, asustado por todo, escondido, replegado en un mundo donde la falsa felicidad sólo podía nacer de la negación. Brokeback ha sido un catalizador. La plasmación del dolor es tan real, la desolación, el genuino terror de saberse distinto y creerse malo, de reconocer tu sexualidad como tu mayor enemigo, que eso sí me abofeteó. Todo eso pasó hace siglos en mi vida, pero no me había perdonado aún, ni había llorado por mí, e iba siendo hora. Llorar para humedecerme los dedos de lágrimas y pasar por fin la página negra escrita con tinta roja.

Nada terminaba, nada comenzaba, nada resuelto. Lo que Jack recordaba, y anhelaba con un ansia que no estaba en su mano dominar ni comprender, era aquella ocasión en el remoto verano de la Brokeback en que Ennis se le acercó por detrás y lo estrechó entre sus brazos, aquel abrazo silencioso que satisfizo un hambre compartida y asexuada. Permanecieron así largo rato frente a la hoguera, rojizas tajadas de luz incandescente y danzarina, las sombras de sus cuerpos como una sola columna sobre la roca. Los minutos pasaban medidos por el tictac del redondo reloj que Ennis llevaba en el bolsillo, por los palos que se transformaban en ascuas en el fuego. Las estrellas rasgaban las onduladas capas de calor sobre el fuego. Ennis respiraba pausada, reposadamente, tarareaba, se balanceaba apenas a la luz chispeante, y Jack se reclinó sobre los regulares latidos de su corazón, las vibraciones del canturreo como un leve zumbido eléctrico, y así de pie, se hundió en un sueño que no era sueño sino algo diferente, extasiado arrobamiento, hasta que Ennis, rescatando de los tiempos infantiles previos a la muerte de su madre una frase oxidada pero todavía en buen uso, dijo: -Llegó la hora de recogerse en la cuadra, vaquero. Tengo que marcharme. Vamos, estás durmiendo de pie como un caballo -y zarandeó a Jack, le dio un empujón y se alejó en la oscuridad. Jack oyó temblar sus espuelas mientras montaba, la frase ¡nos vemos mañana!, el resoplido estremecido del caballo, los cascos rechinando sobre la piedra. Tiempo después, el somnoliento abrazo cristalizó en su memoria como el único momento de sencilla y mágica felicidad en sus vidas separadas y difíciles. Nada lo empañó, ni siquiera saber que Ennis no lo había abrazado cara a cara en aquel momento porque no quería ver ni sentir que era Jack a quien tenía en los brazos. Y quizá, pensaba Jack, nunca habían llegado mucho más lejos. Déjalo estar, déjalo estar.

Del relato Brokeback Mountain, de Annie Proulx


¿Veis? No puedo. No puedo leer ese fragmento sin llorar, sin recordar esa imagen soberbia, ya grabada en la historia del cine, de las manos de Ennis agarrando la solapa del Jack somnoliento. ¿Cómo no reconocer la ternura completamente desbordada de esa composición sobria, en absoluto melodramática, y sin embargo cargada de tantísima fuerza? Esas dos frases que más bien parecen sentencias de un tribunal, del abrazo que satisface el hambre compartida y asexuada, de un Jack consciente de que Ennis no lo abraza cara a cara para no ser consciente de que abraza a otro hombre.

Ennis y Jack forman ya parte de mi imaginario. Son una segunda naturaleza, un espejo donde mirarme y poder reconocer mis errores y mis debilidades. Son una postal de la montaña desgarrada y atormentada donde podría haber vivido el resto de mi vida, una postal que, sin saberlo, a veces echaba de menos. En esa montaña no había nadie, no había decepciones ni ruido. “No se puede encontrar la paz evitando la vida,” dijo Virginia Woolf en Las Horas. Y no pienso hacerlo. “Jack, te lo juro…”

la paz evitando la vida
 
brokeback mountain
brokeback mountain, de Ang Lee

Toca hablar de Brokeback Mountain. Da igual si eres gay, cinéfilo o simplemente te gusta estar al día de la actualidad. Es la película de moda, con morbo incluido, y toca hablar de ella. Verla y comentarla. Así que ayer yo era uno más en la cola del cine a la hora golfa para ver una película que, curiosamente, no estaba anunciada en las marquesinas del Yelmo al que fui a verla.

Esperaba con expectación la historia de amor entre los vaqueros Jack Twist y Ennis del Mar, y resultaba fácil sentirse defraudado. Imaginaba con miedo que me pasaría como con Tigre y Dragón, que esperaba con ansia tras mi confesa devoción por el Ang Lee de Sentido y Sensibilidad, La Tormenta de Hielo o El Banquete de Bodas, y que me resultó un fiasco del que aún no me he recuperado.

Hay que deshacerse de lo que no puedes cambiar.

Antes de ayer podía opinar del revuelo, de los comentarios aparentemente progres pero inmensamente retrógados que han acompañado a las mil reseñas de la cinta que han aparecido en los medios de comunicación, pero hoy puedo hablar de la película. Y Brokeback Mountain es una película cualquiera. Es una historia corriente y moliente. Tiene muy poco de pasión y mucho de documental. Tiene más frío oriental que calor mediterraneo. Y es por todas y cada una de esas razones que Brokeback Mountain es una película extraordinaria.

La belleza formal de la cinta es increíble, y no sólo en los paisajes del mismo Wyoming que vio agonizar a Matthew Shepard. Es bella en los interiores y en el calor de una tienda de campaña, es bella en las miradas y en sus pausas. Porque Brokeback es remolona en su desarrollo, pasa por veinte años de vida con pereza, parándose en sus puntos kilométricos, sin prisa ni montajes vertiginosos. Se desarrolla a lo largo, como las montañas que la pueblan, y con un apetito por los momentos específicos que sin duda muchos calificarán de desgana.

He hablado más que durante todo el año.

No he leído el relato de Annie Proulx, pero sin duda el guión está muy bien estructurado, dosificado en maestra medida, porque su mayor acierto es que no hay nada que desentone. Cada relación y cada escena tienen su peso específico, el necesario, y sus diálogos, escasísimos, son verdaderos trabajos de orfebrería.

Antes de meterme con la historia, con los aledaños de la historia, con las repercusiones que quieren y queremos verle a esta película, hay que mirar a los actores. Porque ninguno, ni el más pequeño, está menos que soberbio. Desde los padres (fabulosos) de Jack Twist a todas y cada una de las mujeres de la cinta. Fabulosa Michelle Williams interpretando a Alma, la esposa de Ennis, en un complicadísimo papel que borda con delicadeza; impactante Anne Hathaway, la esposa de Jack, en la conversación telefónica, en la que lo cuenta todo sin decir nada. Estupendo como siempre Randy Quaid, encarnando la homofobia de la América del cinturón de la Biblia, disfrazada en caras desconocidas en dos de las escenas más demoledoras de la película.

No volverá a ocurrir. No soy marica.

Pero mención aparte, sin duda, merecen Jake Gyllenhaal (Jack Twist) y Heath Ledger (Ennis del Mar). He de advertir que desde ayer he visto la película dos veces, una en versión doblada y otra en versión original. Si la veis en castellano, os quitareis el sombrero ante Jake Gyllenhaal por acometer su interpretación con pureza y mucha, muchísima candidez. Porque es natural y brinda a la cinta un único tinte de inocencia que hace sobrevivir la historia, diferenciándola de todas las historias de gays abocados a crueles destinos, a pesar de todo. Y por la mirada limpia que le regala a su Jack, y por la escena de la camioneta, ida y vuelta al Ennis libre.

Soy así por tu culpa. No puedo aguantarlo más, Jack.

Os gustará Heath, pero no os impresionará. No habla mucho. No interpreta a un hombre demasiado expresivo. Todo eso siempre y cuando no lo veáis en versión original. Porque si escucháis al verdadero Ennis del Mar, al del inglés arrastrado e incomprensible de un tosco vaquero, no podréis sino quitaros el sombrero ante el despliegue de talento del australiano (mejora igualmente Michelle, su novia en la vida real). Heath Ledger está insuperable en un papel de una dificultad extrema. Ang Lee debe haber tenido una tarea difícil para elegir a un actor que tiene que interpretar a un personaje que despierta nuestras simpatías a pesar de su comportamiento, que tiene que lograr que nos identifiquemos con un perdedor, que tiene que dar vida a un hombre de piedra que se erosiona sin saber cómo hacerlo, incapaz de lidiar con los verdaderos sentimientos. Ennis del Mar habla poco, pero cuando habla lo dice todo. En esos emocionantes “perdona” de la cabaña o el “yo no soy marica” pronunciado ante el atardecer de Wyoming; en la escena del teléfono, en la escena final, en la de los celos mejicanos, o en la del reencuentro. Es portentoso su talento dosificado en extremo, casi diría que destilado. Heath Ledger… chapó.

Podríamos haber tenido una buena vida juntos.

La química que se desarrolla entre ambos personajes también era difícil de reproducir Pero el gran acierto estuvo en mi parecer en la elección de los actores. Jake y Heath no son dos guaperas. Tampoco son dos iconos hipermusculados. Son dos personas normales que uno puede imaginarse cuidando ovejas en el oeste americano. También se los puede uno imaginar enamorándose, porque tienen el balance justo entre masculinidad y feminidad (especialmente el personaje de Jack) y todas las escenas entre ambos están coreografiadas perfectamente, el sentimiento parece tan real, tan de verdad. Un amor así sólo podría darse entre personajes como los de ellos, entre el granito de Ennis y la lluvia de Jack.

A partir de ahora, en mi valoración de la historia y sus repercusiones, espero no destripar nada a quienes no la han visto. Lo más fácil es empezar atacando a la distribuidora española por retitular la cinta como “En terreno vedado”. Pero bueno… ¿Todavía estamos así a estas alturas? La película se llama Brokeback Mountain porque es el sitio donde se inicia la historia de amor, porque según Jack es el sitio más hermoso de la tierra y donde ha sido más feliz. ¿De verdad que ese sentimiento se traduce con esa frase? Es evidente que habla de un amor prohibido en la época y el lugar en que se desarrolla la película, pero retitularla de esa manera me parece tendencioso. Ya cuando se estrenó en España West Side Story la tradujeron como Amor sin barreras, en otro alarde imaginación y falta de respeto por el autor, pero al menos no la llamaron Amor prohibido o Amor imposible. Hay un matiz, y creo que es importante no perderlo de vista.

Si esto nos sucede en el sitio equivocado, en el momento equivocado… nos matarán.

Brokeback Mountain trata de dos vaqueros machísimos a los que contratan para cuidar un rebaño de ovejas en las aisladas montañas de Wyoming durante varios meses. Una noche de borrachera, y de forma salvaje, ambos hombres tienen relaciones sexuales en la caseta de campaña. Esas relaciones, sexuales y afectivas, continúan durante el resto de su estancia, pero de forma menos salvaje. Y durante esos meses, y durante los veinte años siguientes, el lazo se refuerza en visitas periódicas a otras montañas, nunca las de Brokeback, donde nadie puede verles.

A pesar de que he oído en muchos medios que es “fuerte” (de hecho está recomendada para mayores de 18 años), no hagáis caso. Es mentira. Al contrario, es una película realmente inocente en la sexualidad. No hay más de lo que puede verse en cualquier tele a las 5 de la tarde entre un hombre y una mujer. Hay apenas un par de besos, y únicamente un polvo. Y salvo uno de los besos, toda la intimidad ocurre en una oscuridad en la que hay que adivinar más que ver. Es una película muy casta. Extremadamente casta, aunque afortunadamente no tanto como Philadelphia, donde ni siquiera se daban un pico.

La verdad es que a veces te echo tanto de menos que no puedo soportarlo.

Sin embargo entiendo que a algunos heterosexuales puede parecerles demasiado explícita. A quienes se lo parezca, deberían analizarse más allá del film. Las escenas no son más fuertes que las de Nicole Kidman y Ewan McGregor en Moulin Rouge, o las de Kate Winslet y Leonardo DiCaprio en Titanic. Si esas no resultan ofensivas, éstas no deberían serlo, y si lo son es por razones completamente ajenas a la película. En ese caso la ofensa está en los ojos que miran. Porque la historia de Jack y Ennis no es más que una historia de amor, y la expresión de su amor es igual que la de cualquier hijo de vecino. Brokeback Mountain no habla de orgullo, ni de reivindicación, ni siquiera de amores gay, como algunos han querido segregarla, al igual que Casablanca no es una película de amores hetero. Habla de dos personas que se aman en circunstancias adversas. Las circunstancias, afortunadamente, se cambian. Y no hay que olvidar que la película tiene lugar en Wyoming en los años 60, y el panorama ha cambiado mucho desde entonces. Quizá no en lugares como Wyoming, cuna de uno de los crímenes de odio más recordados de la historia y que tuvo lugar hace apenas 7 años en Laramie, pero sí en otras partes del mundo. Y si de algo puede servir ese pedazo de celuloide es para abrir los ojos a que el dolor está a menudo en el juicio de los demás, y rara vez, muy rara vez, en el sentimiento que genera una condena basada principalmente en el miedo. En una sociedad plural, sin odio, no habría películas como ésta, y Jack y Ennis vivirían felices en un rancho de Wyoming.

Ojala pudiera olvidarme de ti.

Brokeback Mountain me parece una película universal. Creo que en un mundo sin prejuicios no sería tratada de forma especial, ni sería objeto de puja por parte de diferentes sectores de la sociedad. De la misma manera que a la gente le encanta Hannibal Lecter sin necesidad por eso de comer los domingos hígados humanos regados con Chianti, digo yo que uno puede identificarse con Jack, Ennis o Alma. Si hasta los homófobos pueden identificarse con Aguirre! Al igual que las mujeres han estado disfrutando de un cine en el que históricamente no había personajes femeninos, donde las mujeres eran únicamente amas de casa o solteras cuyo objetivo en la vida era casarse, los gays hemos estado disfrutando de un cine en el que el amor era un sentimiento exclusivo entre un hombre y una mujer. Pero las cosas cambian. El mundo gira.

Brokeback Mountain no es un hito para la comunidad gay. Ya hay muchas y buenísimas películas con protagonistas gay (como Mysterious Skin o My Own Private Idaho), aunque sólo puedan verse en festivales o lugares específicos. Es un progreso para algunos heterosexuales que lo más gay que fueron a ver fue “Una jaula de grillos”. Hoy pueden ir a ver una película en la que los “maricones” son vaqueros que no llevan sombreros rosa ni caminan moviendo las caderas. Hoy por fin pueden hacer cola en el cine para entrar a una película en la que se besan dos hombres sin que nadie los mire con suspicacia.

Jack, I swear...
 
ohm
caleidoscopio de piel y agua
Siento no recordar quién es el autor. Pero la obra es soberbia.

Llevo tiempo pensando de qué podría escribir. Quería dedicar algo a todos los que habéis seguido viniendo, los que no me habéis olvidado, los que me habéis pedido que vuelva. No lo he hecho porque no quiero olvidarme de nadie, porque no quiero agraviar a nadie, y porque tengo amigos en la blogosfera que no tienen nombre. Hoy en la autopista, bajo una lluvia propia del armagedón, seguía pensando en lo mismo. Qué escribir, cómo estar a la altura de esta ausencia de un puñado de posts en varios meses.

La banda sonora de mi coche ha sido durante unas semanas la música thumpa thumpa de Queer As Folk (QAF). Espero dedicar en el futuro algún post a esta serie de Showtime que me ha acompañado durante mi largo encierro, y que aparentemente pasarán en la cadena Cuatro, que ha adquirido los derechos. Si finalmente la ponen en un horario razonable, os aconsejo que no os la perdáis.

Pues hoy precisamente reemplacé uno de los tres CDs de QAF (what have you done today to make you feel proud?) por el Unplugged de George Michael. Hace poco vi un gran documental sobre su carrera, A Different Story, y arroja mucha luz sobre su vida privada, su episodio oral en Los Angeles y su talento, que vocalmente es fantástico (y no es por hacer un juego de palabras con la mamada). Creo que es un gran vocalista, y de prueba bastaría con escucharle cantar el Somebody to Love en el homenaje a Freddie Mercury, su versión del I Can’t Make You Love Me de Bonnie Rait, o el emocionante y reivindicativo My mother had a brother. Me sentí muy identificado con algo que dice en el documental y que llegó a emocionarme, porque me recordé. Estaba refiriéndose al hecho de ser gay y al orgullo que lleva aparejado: “Es difícil sentirse orgulloso por algo (como la sexualidad) cuando lo único que te ha ocasionado es dolor.” Me sentó como un mazazo, porque aunque ya no me siento así, fue mi sensación durante muchos años. Vergüenza, rechazo y dolor. Fue cuando por primera vez en mi vida fui capaz de sentir placer con mi sexualidad cuando nació el orgullo. Es difícil para un heterosexual imaginar a lo que me refiero, pero las mujeres que hayan sido criadas en hogares machistas y represivos entenderán lo que digo. Cuando te dicen que eres menos durante el tiempo suficiente y la insistencia precisa, acabas por creértelo. Descubrir que te mentían te hace enfadarte, pero también enorgullecerte de lo que eres. En estos últimos meses he salvado ese último escollo que me quedaba, que era salir del armario en el seno familiar, y he tenido la inmensa suerte de hacerlo con ORGULLO.

teide de nieve
Ayer nevó en mi isla, y el techo de España está hoy vestido de virgen. Y ésta es hoy la imagen que veo por mi ventana al levantar la vista.

Volviendo al redil, escuchaba la canción Prayin’ For Time, y no, no puedo resistirme a escribir la estupenda letra:

Estamos en la era de un hambre que debió quedarse en el pasado, dándole la mano a la ignorancia y a excusas y justificaciones. Los ricos dicen que son pobres, mientras que los demás ya no estamos seguros de si tenemos suficiente. Así y todo seguimos acumulando, porque Dios ha dejado de llevar la cuenta. Me imagino que en algún instante nos dejó solos jugando, y cuando se dio la vuelta todos los niños de Dios nos escapamos por la puerta de atrás.

Es difícil amar cuando hay tantas cosas que odiar. Y es difícil aferrarse a la esperanza cuando apenas quedan. Y sobre nosotros los cielos magullados nos dicen que es demasiado tarde, y que deberíamos estar rezando pidiendo tiempo.

amiga oscuridad
Éste es el aspecto que tuvo mi casa durante el paso del huracán por mi isla. Un santuario.

Al llegar a casa por la noche y ponerme a preparar el post, me encontré este texto entre los documentos rotos en mi escritorio virtual, que es como un cajón de donde saco pedazos de papel. En este caso, algo que escribí hace mucho y que podría dejar ahí, en una W sin título, pero no sería justo. No sería justo con gente a la que quiero.

Acabo de llegar de comer con mi familia. Siempre he considerado que mi familia son mis padres, mis hermanos y mis abuelos. Con los años se unieron con fuerza todos mis sobrinos. Los demás, como dice mi padre, son piojos pegados. Esa noción de familia ha ido modificándose en mi percepción en los últimos años. Por un lado, mis abuelos han ido apagándose, a la par por cánceres y alzheimer. Hace pocos meses que murió mi última abuela, con demencia senil y un tumor en la cabeza que prácticamente no le dejó espacio para nada, ni siquiera el recuerdo de sus nietos. Y el núcleo indivisible que formábamos los cinco, los tres hermanos y mis padres, se rompió también cuando el primogénito murió el año pasado.

La familia, evidentemente, ya no es la misma. Da igual los que ya no están, sigo considerándolos parte de esa esfera, de esos orígenes. Mi hermano sigue siendo familia, porque su recuerdo forma parte de ella, y eso no cambiará nunca. Está cuando nos reunimos a comer, en cualquier ocasión en que estemos “al completo.” Es imposible no pensar en él, echamos en falta su risa, su opinión (siempre discordante de la mía), y el vacío en la mesa está plagado de él. Pero nada es ya lo mismo. Cuando me preguntan cuántos hermanos tengo, contesto dos. No debería, porque no me preguntan cuánto hermanos he tenido. Pero no puedo dar ninguna otra contestación.


en medio de la crisis

Hace varios días fui también a comer, pero no estábamos todos, sino mis padres y mi cuñada. Desde que se quedó viuda, mis padres, ella y sus hijos son como una nueva familia. “Como han cambiado las cosas desde hace dos años, ¿verdad, Yarince?” me dijo mi madre. Hace dos años nos reuníamos todos los fines de semana, como seguimos haciendo. Mis padres, mis hermanos con sus mujeres e hijos, y el solterón Yarince. Se nos unían a menudo mis dos primas con sus maridos y el bebé de una de ellas. Considero a esas primas como hermanas, tanto es lo que las quiero. Son dos fantásticas mujeres, fuertes como robles, que sufrieron el rechazo frontal de sus padres cuando crecieron sin cumplir sus expectativas. Hace años que ni siquiera se hablan con ellos, y se han integrado en mi familia como si fueran la suya propia. Los sábados y domingos en casa de mis padres eran una verdadera fiesta.

Todo eso era hace dos años. En este plazo, mi hermano mayor ha muerto. Mi otro hermano se ha separado y se ha ido a vivir con otra chica separada con dos niños, con lo que mi cuñada ya no viene a comer y mis tres sobrinos a veces tampoco. Una de mis primas se separó traumáticamente de su marido. Todo es distinto, y sin duda un poco más triste. Pero era de esperar. Cuando mi hermano cayó en coma, se lo decía a mi madre. “Mamá, éramos una familia demasiado afortunada, nunca hemos tenido grandes problemas. Y los golpes llegan, más tarde o más temprano. Tendremos que aprender a vivir con ellos.”

Sin embargo, le mentí. Yo me sigo considerando afortunado por la familia que tengo. Echo muchísimo de menos a mi hermano, tanto que a veces la boca me sabe a sangre. Pero sigo sintiendo que fue una bendición conocerlo, que aprendimos mucho juntos, y que me queda una familia fabulosa por la que no puedo más que dar las gracias. Especialmente por esa mujer que ahora tiene los ojos tristes, y que responde cuando la llamo mamá. Me moriría si me faltara mi madre. Y no es una frase hecha, si ahora mismo me faltara, creo que me moriría o me mataría. A veces pienso que vivo por ella. No soy de los que piensa que la muerte es una alternativa a la vida, por dura que sea, pero debo reconocer que si alguna vez he tenido una tentación autodestructiva, la simple idea de la desolación de mi madre me ha hecho descartar por completo esa alternativa.


impacto
La llaman nicotiácea, y es una planta que sólo nace a la sombra de la actividad humana. En arcenes y obras. En asfaltos rotos.

Terminamos hoy de comer y fuimos mi hermano, ella y yo a coger hierbas aromáticas. Cogimos unas matas de orégano y unas ramas de romero que me fascinaron, de ahí todas las fotos que les hice y que pueblan hoy el post. Los que nos pasamos la vida en la ciudad casi nos convencemos de que las especias crecen directamente en los tarros, y es como un milagro verlas en el campo, arracimadas en tallos espigados y desafiantes. Y el olor, ese olor fresco de especie verde, imposible de encerrar en vacíos de mentira. “Ponlas en un tarro de esencias de los que tú tienes junto con un poco de alcohol, verás que tu casa se llena de olor. Usa el romero, es una maravilla.”

Mi madre me acompañó hasta el portalón y nos despedimos. Seguimos hablando un rato, ella apoyando la cara en la madera verde y yo desde el coche, con la puerta abierta. Finalmente le mandé un beso volado y arranqué. Como siempre, se quedó allí de pie hasta que llegué a la curva donde me pierdo de vista. Deseé tener un descapotable para poder chillarle “te quiero.”


apenas dos centimetros de vida

Al igual que este texto, tengo muchos recortes, a algunos de los cuales les tengo especial cariño, pero que no son publicables. Al menos, no aún. Lo que sí es publicable es este poema:

No sé que hacer con tus cartas.
Quemarlas,
hacerlas picadillo
convertirlas en pasta en un bol de agua.
Publicarlas en un semanario
o presentarlas como prueba de que un día
me escribías con tinta dulce
y tu firma se adornaba con besos
y no con sellos de notario.

Me pregunto si puedo demandarte.
Exigirte daños y perjuicios
por no cumplir las promesas
que dejaste por escrito.
Obligarte a reintegrarme las caricias
que te fuiste sin darme.
Que un juez te condene a darme
todos y cada uno
del millón de besos que me prometiste.

Tus notas con frases de colores,
tus cartas peladas de amor
escritas en papel cebolla.
Las pruebas de una gran paradoja,
la esfinge de una cultura extinta.
Tus letras brillando en mis manos
desde miles de horas atrás,
recordando estrellas muertas.

hermoso destino
Voy en esta guagua (autobús), y espero llegar a su destino.

Para terminar quiero decir que me ha llegado la felicidad, y está dentro. Batallando con demonios bien armados, pero ahí, magullada, sobreviviendo. Más valiosa si cabe porque ya no esconde las marcas de los puntos de sutura, ni el costado abierto por mi hermano, ni el desgarro de Román en el mismo pecho. Soy feliz porque sé, porque me duele la herida, porque el pudor se extirpó con el láser.

Yarince esperaba, pero ya dejó de esperar. Yarince buscaba, pero ya dejó de buscar. Y es en esa desidia sin culpa, en esa indolencia serena, donde encontré. No me falta nada, porque siempre lo tuve todo. Soy tan afortunado que incluso tengo el dolor, un catalejo mágico por donde presencio lo que pudo ser. Y lo que pudo ser no me gusta, pero sí me gusta lo que soy.

Soy un hombre nuevo, sin recortes rebuscados en la barba ni en el comportamiento. Un hombre de camisa y tenis, de chaqueta y vaqueros, de principios. Un hombre sin anillos, que deja el pub por la cabaña y las plumas por las alas.

mi santuario de convalescencia y amor

Ha costado tiempo, no puedo negarlo. Y la primera prueba de mi salida a flote fue un comentario de nochevieja, de un amor viejo como aquella misma noche, que me decía que se me veía mejor que nunca. El segundo piropo que recibo de él en cuatro años. Estos últimos seis meses me han cambiado, sin duda, pero éste es el primer atisbo que tengo de que ha sido para bien.

El cambio es de dentro para fuera. Me decía este ex que se me ve paz, serenidad, belleza. Que transmito dulzura. Será la primera vez que transmito eso en mucho tiempo, había perdido por completo la costumbre. Y me siento bien, porque ya he puesto límites. He establecido fronteras, y están todas en mi piel. Detrás de ella, mi felicidad. Sobre ella, en toda su bendita superficie, el placer.

mi frontera
 
1 de diciembre
(al final todo salió bien, gracias a todos. Los alienígenas venían en son de paz. En un par de horas ingreso, me operan esta tarde, y el fin de semana os contaré con calma. Pero como viene siendo mi costumbre, no podía dejar pasar este día)

lazos de sangre, de hermanos


Hoy, 1 de diciembre, se celebra un día importante: el día mundial de la lucha contra el sida. Imagino que todos habéis oído o leído sin cesar en estos días atrás la magnitud de la pandemia, especialmente en los países menos favorecidos. Parece que las desgracias se ceban en ellos, pero no es cierto. Más bien occidente "pasa" de sus desgracias, porque no son un mercado farmacéutico de importancia.

Pero como no vamos a arreglar el mundo, al menos es un buen día para recordar las realidades, incluso acercándonos a ella a través de una mentira como puede ser el cine. En su vasta mayoría, el sida ha sido representado en el cine como la enfermedad de los gays. Era la evolución natural, tal y como se analiza en el fabuloso documental El Celuloide Oculto. En el cine de hace un par de décadas, el mejor gay era el gay muerto. Siempre víctimas o verdugos. Así que el sida era la excusa perfecta para seguir matándonos cinematográficamente.

La primera película que arriesgó a rodar una realidad incómoda, basándose en el virus y su descubrimiento, en la lucha franco-yanqui a ver quien se llevaba los laureles, fue Al Filo de la duda. Abrió la brecha para que entraran Philadelphia (tramposa donde las haya), Compañeros inseparables (pasable) o Las noches salvajes (fabulosa película autobiográfica de Cyril Collard).



Pero yo quería centrarme en otra. Imaginaos una película dirigida por Mike Nichols. Meted dentro a Meryl Streep. A Al Pacino. A Emma Thompson. A Mary-Louise Parker. A Justin Kirk y Jeffrey Wright, o James Cromwell. Tomad una obra teatral de éxito. Y haced que la adapte a la pantalla su mismo autor, Tony Kuschner. Y el resultado es una joya, una película (me niego a llamarla teleserie) de seis episodios llamada Ángeles en América.

Es buen cine. Es un ejemplo interpretativo y un éxtasis para todos los que nos gusta el cine y un buen guión, unos inmejorables diálogos, unas interpretaciones excelsas. Habla del sida y sus implicaciones a un montón de niveles, habla de espiritualidad, de gente humana con claros y oscuros, de comprensión e intolerancia. Es una gozada.

Así que, para conmemorar que hay que seguir luchando contra la propagación del vih, recordando que en el mundo hay 40 millones de infectados, que en occidente se ha convertido en una enfermedad crónica que sigue siendo mortal en los países menos desarrollados, que la única vacuna que existe es la información y la prevención, y que el enemigo es el virus y no quien lo padece, dejemos hablar al cine:

soñando desde un avión

Soñé que estábamos allí, en un avión que atravesaba el aire seguro de la tropopausa, alcanzando el anillo exterior de ozono, que estaba roto y hecho harapos, con parches raídos como una manta apolillada. Daba mucho miedo. Pero vi algo que sólo yo era capaz de ver, dada mi sorprendente habilidad para ver ese tipo de cosas… Las almas se elevaban, desde abajo, de la misma tierra. Las almas de los muertos, los que perecieron por el hambre, por la guerra, por el sida. Y todas ellas subieron flotando, como paracaídas invertidos, con los brazos extendidos, girando y revoloteando. Y las almas de esos difuntos unieron sus manos y encajaron sus tobillos formando una malla, una gran red de almas. Y las almas eran moléculas triatómicas de oxígeno, como el ozono, y el anillo las absorbió y se reparó! Nada se pierde para siempre. En este mundo progresamos de forma dolorosa. Echamos de menos lo que dejamos atrás y soñamos con lo que nos espera.

Prior Walter, el mesías

Bendecidme de todas formas. Quiero más vida. No puedo evitarlo. Quiero más. He vivido un infierno y hay gente que lo pasa aún peor que yo. Y aún así siguen viviendo. Cuando son ya más espíritu que cuerpo, más llagas que piel, cuando están ardiendo y agonizando, cuando las moscas ponen huevos en los ojos de sus hijos… viven. La muerte normalmente debe llevarse la vida. Y no sé si es sólo con los animales, no sé si no es más valiente morir, pero reconozco mi adicción a estar vivo. Por eso vivimos cuando ni siquiera hay esperanzas. Si puedo encontrarla en algún sitio, estupendo, es lo mejor que me podría pasar. Pero tampoco es suficiente. Bendecidme de todas formas. Quiero más vida.

profecías

Esta enfermedad será el final de muchos de nosotros, pero no el de todos. Y conmemoraremos a los muertos, y seguiremos peleando por la vida, y no vamos a irnos. No vamos a seguir muriendonos a escondidas. El mundo sólo se mueve hacia delante. Seremos ciudadanos. Ha llegado el momento.

Y ahora me despido. Sois fabulosos, todos y cada uno de vosotros. Y os bendigo. Más vida.
 
los reyes magos
(escrito la semana pasada)
el atardecer que enfadó al mar

No sé qué hago volviendo por el blog. Llegué a pensar que nunca lo haría, pero aquí estoy, sin una idea clara de lo que escribir. No sé si tendrá algo que ver con que ayer por la noche se cumplieron 30 años de que mataran a Pier Paolo Pasolini de una brutal paliza en un descampado de Ostia. O que aún sigo en estado de shock tras ver la película Crash. Quizá es que ya se me ha pasado el impacto de los alienígenas que me detectaron hace unas semanas y de los que aún no sé si vienen en son de paz.

Le dije a Amanda que hace mucho que no escribo, porque me da miedo escribir, porque es la forma que tengo de diseccionar mis miedos, de descifrarme. Tengo miedo de cuál pueda ser la conclusión, de que acabe dándome cuenta de que estoy paralizado o aterrorizado, de que estoy un poco perdido.

chill out en ibiza

He recibido en este silencio entrecortado muchas muestras de apoyo, varias de ellas vuestras, y os agradezco el consuelo desde la ignorancia, nacido de un pálpito o un presentimiento. No hay de qué preocuparse, porque en estos últimos meses he echado mano de mi mejor defensa: la anestesia. Ni siquiera tengo que convencerme de que no pasa nada, simplemente es como si durmiera las neuronas que tienen la información sensible, los datos preocupantes. A menudo dosifico mal ese éter y acabo durmiéndome por los pasillos. Una buena amiga, Leti, que además de amiga es psicóloga, me dijo una vez que es normal que en periodos de tensión se alcance uno de ambos extremos, el insomnio o la narcolepsia. Por esa razón le presto especial atención a esas épocas en las que caigo dormido en cualquier sitio. Como ahora, que son las once de la noche y acabo de despertarme de una larga siesta en el sofá.

No sé si duermo para no pensar, o para que me despierte el beso de un cuento, o con la esperanza inútil de que al abrir los ojos todo será distinto. Porque las cosas siguen igual. Sólo cambian cuando nos ponemos manos a la obra, cuando trasnochamos para moldear el presente, para darle una voltereta. La vida no es más que eso, un malabarismo en el que a veces se nos caen las mazas y nos machacan el pie.

mi plaza favorita, cerca de casa

Llevo un tiempo con las mazas rodando por el suelo. No es de extrañar, porque me he tenido que ocupar de esos problemas de salud que me han tenido en jaque durante algunos meses, y la enfermedad deja poco espacio para lo demás. Te agarrota las manos. Ahora mismo podría seguir durmiendo estas dos semanas que aún tardarán en darme los resultados que estoy esperando, y que derivarán en más intervenciones clínicas cuya magnitud dependerá de si los alienígenas vienen de la constelación del cangrejo. Pero no voy a esperar.

Esa puede ser la razón de que me haya puesto a escribir, de que haya vuelto. La maza de las letras vuelve a estar en el aire, espero que no se tropiece con la del amor, que lleva unos días levitando por sí sola, dándome toques en el hombro sin que yo le haga caso.

cielos y palmas

Sé que mi vida dio un giro radical a finales de agosto, que todo cambió. En este otoño las pruebas han ido cayendo como hojas a mis pies, es la primera vez que veo pelarse mi bosque perenne y que soy capaz de percibir el cambio de estación. El otro día escuché que cada persona es dueña de una sola estación en la vida, de un breve periodo en el que es plena, feliz, omnipotente. Yo creo que la mía es el próximo invierno. Es una premonición. Será inusualmente cálido y mi navidad pagana no me traerá un rey. No quiero reyes, no me hacen falta. Estoy seguro de que el 2006 me traerá un mago.

reconciliaciones de piedra
 
efeméride
Siempre un recuerdo...

"Existió una vez un guerrero de los de verdad, que no se llamaba Yarince. Un luchador que no tenía el corazón, sino las arterias de cristal. Pero hasta los mejores corazones, los más resistentes, se cansan. Y el suyo latió por última vez bajo nuestras manos ayer a las cinco de la tarde. Hasta la misma luna se ha puesto de luto por ti, hermano."

...y un año más tarde, la misma oración:

Tu cuerpo no terminó su viaje en el lecho del mar. Tus cenizas renacieron cual fénix de agua en un mundo distinto de atlantes de polvo. Y te embarcaste en nubes de plata mezcladas en granos de sal para emprender odiseas con destino a Alejandría, atravesando el delta del Nilo, lamiendo en tu ruta las quillas de las falúas. La mota que un día fue tu corazón se escondió en una concha de nácar para homenajear tu luz con el nacimiento de una perla. Y todas las acequias que regaron tu cuerpo alimentaron de pigmentos escarlata los corales más intensos de las Maldivas, a donde viajaste por fin tal y como prometiste.

Tu mente clara se hizo carey en el caparazón de una tortuga recién nacida, destinada a una vida milenaria. La miel de tus ojos se fundió en las escamas doradas de sirenas ocultas en atolones lejanos, y tus oídos se enredaron atentos en el deambular de las ballenas para arrullarte con sus cánticos. Y la sonrisa que nos regalaste se grabó para siempre en la estirpe de un delfín que hacía piruetas en la Punta de Teno.

Sin embargo, no viajaron tus manos. No partieron en aventuras secretas, mutadas en seres acuáticos. Permanecen aquí, en tu isla, rodeándola, dando círculos por sus acantilados y sus playas. Renacen una y mil veces, en dedos transparentes que surgen de las profundidades para hacer cosquillas a tus hijos y algún día a tus nietos, para acariciar a tu mujer, para abrazar a tus padres y pasarles la mano por los hombros, para señalarle a tu hermano la roca bajo la que se ocultan las mejores almejas, para revolverme el pelo mientras buceo. Tus manos delicadas y blancas, sin morados ni marcas, siempre esperando a que entremos en el agua para entregarnos las caricias que tu cuerpo no pudo darnos.

Sólo unas cenizas rebeldes, amotinadas en corceles invisibles para no fundirse en el azul, salieron disparadas al contacto con el agua. A lomos de burbujas de agua y aire impactaron como proyectiles en la piel de los que te despedíamos dentro y fuera del océano. En un balazo indoloro esas cenizas se repartieron, cada una en un cuerpo, disolviéndose en él, para dejarnos tu recuerdo. Y desde ese día, sin saberlo y oculto en algún lugar de la piel, llevamos para siempre tu estigma, preservado en un lunar que lleva tu nombre.
 
buscando el sentido
agua de cristales en las playas del cielo

Han sido tantas cosas las de este último mes y medio. Tantas, tantísimas. No seré explícito porque forman parte de una esfera demasiado personal, y eso teniendo en cuenta que en este blog me dejo completo, me despellejo. Pero quizá no sea tanto la calidad de las confidencias como su cantidad lo que me provoca el pudor de publicarlas al completo. Eso no quiere decir que no deje testimonio, a mi manera, con mis pistas, mis guiños.

A finales de agosto me sobrevino una condición médica que me hizo dar un giro radical a mi vida, planteármela de distinta manera. Tras una semana infernal de preguntas, de cábalas y de miedo, el diagnóstico me provocó el alivio de saber que no era grave, sino engorroso. Sin embargo, las decisiones ya estaban tomadas. La de valorarme, la de emplear mi tiempo en cosas más provechosas, la de mirar al día y no a la noche.

parece que en sus rompientes se acaba el mundo

Ese cambio de rutina provocó una reacción en cadena. Mi carácter se ha curtido con visitas a mil médicos, con exámenes vergonzosos, con la indignación que me provocó el trato casi vejatorio de dos especialistas de la seguridad social. El tratamiento y los daños colaterales tienen una duración de un par de meses, que dan a término en dos semanas y pico.

Ese cambio ha coincidido (o quizá ocasionado) la visita de dos viejos fantasmas. El único del que habéis sabido aquí de forma directa es Gustavo, el que me trajo la luz en carnavales. Pues Gustavo (aún no sé si su luz) viene a quedarse una semana en casa el próximo lunes día 10 de octubre. El otro fantasma vino y se fue, con su bola y sus cadenas y una fabulosa sonrisa. Me dejó muchas cosas, y se llevó algunos de mis miedos. Me dejó libre y feliz y esperanzado en la vida, reconciliándome con mi pasado tras su tiernoanálisis.

temblé al enfilar la carretera que lleva al faro, subido en una moto

Pero volvamos a Gustavo. No sé qué pasará. Gustavo llega el día del aniversario de la muerte de mi hermano, con lo que lo dejaré en mi casa y me iré a la iglesia, a darle un beso a mis padres al entrar y al salir (ya os contaré por qué). Viene también en una semana en que no puedo cogerme días libres, con lo que no podré enseñarle la isla. Y el domingo, su último día aquí, tendré que dejarlo un rato para irme al cumple de uno de mis sobrinos, y el resto de la tarde estaré en preparación para la (espero) última prueba ambulatoria, a la que tengo que someterme el lunes por la mañana, a la misma hora de su vuelo de vuelta. No parece que la visita de Gustavo vaya a ser fácil, por más razones (y más de peso) que las que os cuento. Pero ni le doy vueltas a la cabeza ni me planteo nada, no sería la primera vez que la vida me sorprende este mes.

En esa sucesión de acontecimientos se dio uno realmente fortuito y fruto de una carambola de casualidades que ha cambiado de forma radical la relación que mantengo con mis padres y mi hermano. Al principio no sabía si sería para bien o para mal, pero a mes y pico vista es lo mejor que me pudo pasar, porque aparte de feliz me permite sentirme en paz, y ambas cosas están demasiado relacionadas para viajar en vuelos separados. Me siento un hombre, ahora más que nunca, adulto e independiente, fuerte y seguro de sí mismo. He soltado los pocos lazos que me ataban al niño que nunca he dejado de ser, y el más importante era el nudo invisible que mi padre tensaba. Lo deshice y sigo siendo un niño, pero que no tiene que rendir cuentas, sin voces que le prohíban alejarse o le ordenen volver al redil.

Neruda habló de un viento, pero éste es mi cielo en la isla

Hice por fin el testamento de vida y envié a mi obispado mi comunicación de que deseo apostatar de mi fe católica. Ya tengo en mi poder el acuse de recibo y la copia sellada por correos, lo que virtualmente me convierte en apóstata practicante. Haré un seguimiento del trámite, pero a la diócesis no le queda otra opción que reconocerme apóstata. Respeto las religiones y especialmente a la gente espiritual, sea de la religión que sea, pero no voy a mantenerme afiliado a una fe que no es la mía. No sólo es eso, la iglesia católica habla por mí (como bautizado en la fe) y no sólo no me representa, sino que me repudia. Sé que hay gente con otras opiniones, pero permitidme la exageración al deciros que antes de apostatar me sentía como un negro miembro del Ku Klux Klan. Y ojo, que no estoy comparando ambas organizaciones ni sus medios, pero sí el absurdo de dicha membresía.

inolvidable color el del omnipresente gueko

He visto mucho cine y he leído mucho. He escrito poco. He oído mucha, mucha música. He cambiado mi postura para dormir y ahora lo hago en zigzag, con la cabeza apoyada en el almohadón negro con manchas de colores, de forma que pueda mirar al frente a través de la ventana y ver la luna y el cielo. He tenido bajas, reposos, y pequeños cambios anatómicos. Desde que salga de mi convalecencia mi vida cambiará aún un poco más, porque quiero ponerme en forma haciendo un ejercicio sano y no de posturita. Quiero coger la rutina de nadar, o de correr, o de patinar. Bajar los kilos de más y endurecer la carne, para mí, para mi salud, para mi bienestar. Porque otra de mis resoluciones, tras unos años de controlado despendole, es que a partir de ahora se acabó la vida loca. Porque empieza la Vida.

Suma y sigue con tantas cosas más. Un blog que quiere convertirse en diario, unos cuadros por enmarcar, planes y pronósticos que por una vez se van a cumplir, porque les voy a poner dos cojones.

Y este viernes, en mi isla, Marlango. Saldré por primera vez después de un mes. Concierto, copa y a casa a acostarme temprano. Este viernes Leonor me lo dirá una vez más, en susurros, como me lo ha venido avisando desde el CD desde hace meses… for once just enjoy the ride…

el agujero del faro es un atajo a este abismo

Suena Alberto Iglesias, Ana y Otto, Lucía y Lorenzo, Medem. Finlandia y Formentera. A falta de irme a una cabaña que atraviese el círculo polar, he adornado el post con estas fotos que hice en Formentera, justo antes de caerme por uno de sus agujeros y encontrarme de nuevo en mitad de mi cuento. Le voy a cambiar el final. Y éste va a ser feliz.

despeñarse para elevar el vuelo... acabo de perder el pie...