Quia fortis est ut mors dilectio
Pone me ut signaculum super cor tuum,
ut signaculum super brachium tuum,
quia fortis est ut mors dilectio,
dura sicut infernus aemulatio;
lampades eius lampades ignis
atque flammae divinae.
Aquae multae non potuerunt exstinguere caritatem,
nec flumina obruent illam;
si dederit homo omnem substantiam domus suae pro dilectione,
quasi nihil despicient eum.
Grábame como sello en tu corazón,
como sello en tu brazo;
porque el amor es más fuerte que la muerte,
la pasión más implacable que el abismo.
sus llamas son flechas de fuego,
llamaradas divinas.
Los océanos no podrían apagar el amor,
ni los ríos anegarlo.
Quien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa
sería despreciable.
(CCant. 8.6-7)
ut signaculum super brachium tuum,
quia fortis est ut mors dilectio,
dura sicut infernus aemulatio;
lampades eius lampades ignis
atque flammae divinae.
Aquae multae non potuerunt exstinguere caritatem,
nec flumina obruent illam;
si dederit homo omnem substantiam domus suae pro dilectione,
quasi nihil despicient eum.
Grábame como sello en tu corazón,
como sello en tu brazo;
porque el amor es más fuerte que la muerte,
la pasión más implacable que el abismo.
sus llamas son flechas de fuego,
llamaradas divinas.
Los océanos no podrían apagar el amor,
ni los ríos anegarlo.
Quien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa
sería despreciable.
(CCant. 8.6-7)
De re aedificatoria (II)

Dadme un plano, un primitivo esbozo, y la imaginación hará el resto.
El pueblo de mis padres
En un lugar de la siberia extremeña, de cuyo nombre no quiero dar razón, ha mucho tiempo que vivía una familia. Esta familia era mi propia familia, y ama ese pequeño rincón del mundo sin olvidar sus orígenes jamás, desde el sentimiento que albergan quienes encuentran parte del sentido y razón de la existencia en el pasado, en la familia entendida en sentido amplio, y en la huella querida y presente de los antepasados.
Yo nací y vivo, de hecho, fuera; y eso es, según para qué, causa de tristeza, malestar o, como mínimo, de incomodidad. Como forastero que soy, no siento las costumbres del pueblo, pareciéndome su forma de pensar en ocasiones… difícil de asumir; no conozco sus gentes (me refiero a los mayores, esencialmente, ya que los jóvenes suelen estar en la misma situación que yo), y sin embargo estas gentes sí me conocen a mí. Esto provoca cada vez que estoy allí que tenga cierta sensación de deuda, o de andar, como se dice vulgarmente, “vendido”. Y nada de esto me agrada. Naturalmente y por fortuna, no todo ni siempre es así. Y como ejemplos destaco la cercanía y el cariño incondicional de mis familiares que todavía tienen allí su casa… y de ciertas personas que sin ser familiares me resultan entrañables.
Comparto con mis padres ese sentimiento de formar parte de una historia que comenzó muchos siglos atrás, cuando mis ancestros eligieron un lugar tan hermoso para vivir ellos y sus hijos. Y conservo el gusto por los paseos por el campo, por los olivares recios que hablan con palabras nobles y sinceras, las huertas de tierra negra y fértil con sus naranjos densos… y veo la impronta de mi tatarabuelo levantando una pared, de mi bisabuelo injertando un olivo, de las gotas de sudor de mi abuelo plantando la viña, de mi abuela cociendo el pan, y de los esfuerzos de mi padre para conservar y aumentar tan magro patrimonio (porque la tierra no deja de ser un ama cruel, exigente y severa con la gente humilde). Es difícil conservar la serenidad y no conmoverse cuando tales sentimientos le invaden a uno, cuando casi se materializa el vínculo que me enlaza y me une con una larga e ininterrumpida línea de hombres y mujeres que bregaron en dicha tierra dejando en el empeño lo mejor de sí, cuando se siente el pulso de sus inquietudes y de sus temores, de sus alegrías y esperanzas, incluso de su fe (que es la mía, porque por ellos la he recibido) grabada sobre las piedras y en tantos detalles cotidianos…
Y en ese lugar exactamente me hallo: a medio camino entre el pueblo y la ciudad, extraño aquí y allí, preso de un cierto desarraigo que unas veces me hace (si bien con dolor) menospreciar tanto aquello como esto, buscando el medio virtuoso y el equilibrio difícil de conservar unas raíces que me pertenecen aunque no sea capaz de sentirlas siempre como tales, queriendo hacer de ese pueblo mi pueblo, a pesar de que hoy por hoy, no lo consigo, y de vivir (porque quiero, porque me siento ajeno a él también, y porque tengo que hacerlo) fuera del mismo; y otras veces casi renegando de todo ello, en la ilusoria idea de que puedo refundarme aquí y ahora, prescindiendo de toda referencia anterior, sabiendo también de antemano que eso es imposible.
Yo nací y vivo, de hecho, fuera; y eso es, según para qué, causa de tristeza, malestar o, como mínimo, de incomodidad. Como forastero que soy, no siento las costumbres del pueblo, pareciéndome su forma de pensar en ocasiones… difícil de asumir; no conozco sus gentes (me refiero a los mayores, esencialmente, ya que los jóvenes suelen estar en la misma situación que yo), y sin embargo estas gentes sí me conocen a mí. Esto provoca cada vez que estoy allí que tenga cierta sensación de deuda, o de andar, como se dice vulgarmente, “vendido”. Y nada de esto me agrada. Naturalmente y por fortuna, no todo ni siempre es así. Y como ejemplos destaco la cercanía y el cariño incondicional de mis familiares que todavía tienen allí su casa… y de ciertas personas que sin ser familiares me resultan entrañables.
Comparto con mis padres ese sentimiento de formar parte de una historia que comenzó muchos siglos atrás, cuando mis ancestros eligieron un lugar tan hermoso para vivir ellos y sus hijos. Y conservo el gusto por los paseos por el campo, por los olivares recios que hablan con palabras nobles y sinceras, las huertas de tierra negra y fértil con sus naranjos densos… y veo la impronta de mi tatarabuelo levantando una pared, de mi bisabuelo injertando un olivo, de las gotas de sudor de mi abuelo plantando la viña, de mi abuela cociendo el pan, y de los esfuerzos de mi padre para conservar y aumentar tan magro patrimonio (porque la tierra no deja de ser un ama cruel, exigente y severa con la gente humilde). Es difícil conservar la serenidad y no conmoverse cuando tales sentimientos le invaden a uno, cuando casi se materializa el vínculo que me enlaza y me une con una larga e ininterrumpida línea de hombres y mujeres que bregaron en dicha tierra dejando en el empeño lo mejor de sí, cuando se siente el pulso de sus inquietudes y de sus temores, de sus alegrías y esperanzas, incluso de su fe (que es la mía, porque por ellos la he recibido) grabada sobre las piedras y en tantos detalles cotidianos…
Y en ese lugar exactamente me hallo: a medio camino entre el pueblo y la ciudad, extraño aquí y allí, preso de un cierto desarraigo que unas veces me hace (si bien con dolor) menospreciar tanto aquello como esto, buscando el medio virtuoso y el equilibrio difícil de conservar unas raíces que me pertenecen aunque no sea capaz de sentirlas siempre como tales, queriendo hacer de ese pueblo mi pueblo, a pesar de que hoy por hoy, no lo consigo, y de vivir (porque quiero, porque me siento ajeno a él también, y porque tengo que hacerlo) fuera del mismo; y otras veces casi renegando de todo ello, en la ilusoria idea de que puedo refundarme aquí y ahora, prescindiendo de toda referencia anterior, sabiendo también de antemano que eso es imposible.





