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Vivir Viviendo
Vida y obra de un joven sin demasiadas vivencias y ninguna obra
Acerca de
De gargantas cortadas, baños sin limpiar, patoaventuras varias y personas que siempre se piden escalope con patatas en lugar del menú del día. Alguna vez hablaré del resto de las cosas, si bien no será lo habitual.
Sindicación
 
La veda del llanto
La veda del llanto se abrió el viernes y duró todo el fin de semana.

Tras recibir la noticia hice un viaje. Un viaje largo, tranquilo y extraño, a un destino poco habitual. Me reuní con su hermana, su cuñado y su hija. Y yo, su sobrino, al verle, pensé que ya había muerto.

No reconocía. El color gris de su piel matizaba dramáticamente las formas de sus huesos, que habían tomado su cuerpo ante la pasividad de sus músculos y la ausencia total de grasa. Una capa de mucosa translúcida se habia hecho un hueco sobre lo que se adivinaba unas pupilas azules aprovechando la ausencia de parpadeo.

Noté que estaba vivo cuando el aire al entrar por el agujero de su cuello provocó el movimiento de su cabeza. Durante diez minutos las respiraciones se hacían progresivamente más infrecuentes hasta desaparecer por completo.

Su hija diagnosticó su muerte. Su hermana le dijo que cuando viera a su madre le diera un beso de su parte. Su cuñado lloró por primera
vez ante mis ojos. Los cuatro abrazamos su cadáver. De mis ojos no brotó una sola lágrima.

A rendirle homenaje acudieron muchas personas, más menos conocidas. No vi a nadie que no derramase una lágrima al ver su cuerpo sin vida. Consolé en la medida de lo posible a quien pude sin separarme de mi madre y mi prima. Pero no lloré.

Por la noche llegué al hotel. Entré en mi cuarto, cerré la puerta, salí al balcón, y bajo la lluvia la presa se desbordó. Lloré como nunca en mi vida. Disfracé bien el llanto, las lágrimas se mezclaron con la lluvia, como tanto rezan las poesías.

Se había tomado la molestia de prolongar su vida hasta que su sobrino apareció en su lecho de muerte.


 
Y a barrer el querer con los pelos de un pincel...
Hoy he llorado. Hacía años que no lo hacía. Apenas recordaba como era. El nudo en la garganta, la dificultad para hablar...es cierto que desahoga, pero no sirve como instrumento para arreglar las cosas.

La estabilidad que en los últimos tiempos venía dirigiendo mi vida tiembla, se derrumba. Y ya es demasiado tarde para hacer algo.

El cambio de muchos hábitos y la llegada de otros nuevos termina, a la larga, conquistando la rutina y esquivar el infierno parece más sencillo. Pero no. Alguien se muere y no solo no puedo hacer nada por evitarlo, sino que además, no siento nada por él. Siento por la gente que sufre con su muerte. Pero no por él. A pesar de que mi vínculo familiar supuestamente debería de hacerme sufrir. Pero no es así. Y no es culpa mía.

Ser sincero es la mejor forma de parecer inteligente. Pero no de parecer una buena persona.

Y me jode, porque soy una buena persona. Aunque a veces no lo parezca.
 
A trompicones pasa el reloj (no vale la pena)
Tengo un amigo que siempre que me ve me da recuerdos para todas las personas que conocemos comunmente pero que el, al contrario que yo, apenas ve.

Tengo un mechero blanco y amarillo con el dibujo de una chica que no acabo de entender de que sexo era el público objetivo cuando fue diseñado. Me desorienta profundamente.

Tengo un ordenador que se puede manejar con un mando a distancia y que no hace ruido.

Tengo una novia con la que nunca discuto y que tiene un poster abstracto con una cara dibujada que no supe distinguir hasta haberlo visto decenas de veces.

Tengo una vela que enciendo cuando me apetece estar solo y acompañado de una luz tenue y escuchando a Ben Harper.

Tengo una camisa blanca que algunos dicen que es del madrid y que es mi favorita a pesar de ser culé. Y solo me la pongo cuando me apetece sentirme guapo. Aunque sé que me sienta mejor el azul.

Tengo un cenicero que me regaló una buena amiga. Es un jamaicano que fuma un canuto en un bosque y puedes apoyar la colilla entre los pinos.

Tengo ganas de cumplir todos los proyectos que me voy proponiendo y que en el 90 por ciento de los casos nunca llego a terminar. Haría tanto que de pensarlo no lo haré.

Tengo un superpoder que solo yo conozco y que no puedo contar a nadie porque lo perdería.

Y tengo tres guitarras, un lunar bajo mi ojo izquierdo y unos números que están destinados a tocar en la lotería porque los he elegido con cuidado pero que nunca van a tocar.

Y nadie más tiene ninguna de estas cosas.

 
Ingenuidad
Hace ya mucho tiempo que pasó. No suelo recordar este tipo de cosas, pero hay veces que los recuerdos aparecen sin que nadie les llame.

Tenía 16 años y era un tipo normal. Se supone que con esa edad uno asume ya algunas responsabilidades. Se supone que ya sabes lo que el alcohol puede hacer de un hombre. Pero también se supone que es la única época de la vida en la uno es realmente libre.

Tenía 16 años y creía estar enamorado. Era un amor imposible. No por mí, sino por ella. Simplemente, no le gustaba. Pero cuando uno es joven y cree estar enamorado es fácil creer muchas cosas. Como que a base de luchar puedes conseguir que alguien se enamore de tí. Ingenuidad.

Fiesta de fin de curso. El agua de los floreros estaba ya dando los últimos coletazos y ante todos sus amigos le dije que estaba enamorado de ella. Y me fuí. No era la primera vez que se lo decía, pero nunca antes se lo había dicho así. Y como no era la primera vez que se lo decía, sabía cual iba a ser su respuesta. Me fui antes de que ella pudiera articular palabra. No quería volver a escucharlo otra vez.

En aquellos tiempos pensaba que había hecho un gesto romántico, un gesto único, genial, inimitable. Un gesto de enamorado.

Ahora, viendolo con el paso del tiempo, me parece un gesto ridículo, patético. El gesto de un niño desesperado por amar y ser amado, pero que no necesitaba ninguna de las dos cosas. Definitivamente, no era el gesto de un enamorado.

No, el amor, en mi vida, llegó más tarde, y llegó desprendido de necesidades y patetismos, pero con el saber apreciar de quien más de una vez se sintió rechazado.