De por qué me enamoro como un niño
Hay un sonido que me encanta y es el del silencio aparente. El silencio que tienen tu mirada, tu pelo y tu sonrisa, y que solamente yo puedo oír. El silencio que hay cuando tocas mi melena y yo acaricio tu vientre. El mismo que acompaña a mis pensamientos mientras repiten una y otra vez tu nombre.
Luego el sonido que me gusta desaparece. Hablas. Es mejor. Me encanta ver cómo se abren tus labios, cómo tu voz acaramelada y cariñosa me atrapa, invisible, como el aire que me mantiene vivo. El mismo que, cuando no huele a ti, me mata.
Necesito recorrer cada parte de tu cuerpo con mis manos y con mi boca. Todo me encanta. Todo es suave. Todo es hermoso. Todo me enamora más y más de ti.
La inocencia de un niño me preguntó una vez que por qué te quería tanto. Por todo, le dije. Me miró con ojos extraños y curiosos. No me entendía. Así que pensé qué podría responderle.
Y entonces pensé en todas aquellas cosas, en todos los besos y caricias, en todo lo que hacías, en todas tus virtudes y en tus maravillosamente encantadores defectos y le dije:
- Me regaló un zumo de naranja.
Luego el sonido que me gusta desaparece. Hablas. Es mejor. Me encanta ver cómo se abren tus labios, cómo tu voz acaramelada y cariñosa me atrapa, invisible, como el aire que me mantiene vivo. El mismo que, cuando no huele a ti, me mata.
Necesito recorrer cada parte de tu cuerpo con mis manos y con mi boca. Todo me encanta. Todo es suave. Todo es hermoso. Todo me enamora más y más de ti.
La inocencia de un niño me preguntó una vez que por qué te quería tanto. Por todo, le dije. Me miró con ojos extraños y curiosos. No me entendía. Así que pensé qué podría responderle.
Y entonces pensé en todas aquellas cosas, en todos los besos y caricias, en todo lo que hacías, en todas tus virtudes y en tus maravillosamente encantadores defectos y le dije:
- Me regaló un zumo de naranja.
Las manos del diablo son juguetes ociosos
Era el primer domingo de marzo. Como todos los primeros domingos de cada mes, los negocios buscaban hacer el agosto a sabiendas de que sus clientes acudían con los bolsillos llenos dispuestos a cargar sus manos y maleteros con productos principalmente innecesarios. Daniel tomó la decisión de que era el mejor día para cortar el césped de su jardín. La primavera empezaba a avisar de su llegada y la mañana, resplandeciente, hermosa y fría, suponía la motivación necesaria para mejorar la imagen que la vegetación había alcanzado animada por las lluvias invernales y la falta de tiempo de quien, regularmente, truncaba sus aspiraciones de grandeza a golpe de segadora.
Rondaban las once de la mañana cuando Daniel, habiendo ojeado el periódico y desayunado junto a su ventana con insultante tranquilidad, se despojaba de la pereza matutina y decidía que ese era el instante, y no otro, en el que su tediosa encomienda debía comenzar. Su familia, más perezosa, aún disfrutaba del calor de las sábanas.
Entró en el trastero. Decenas de primeros domingos de mes lo habían llenado de trastos inútiles para su vida cotidiana. Llevaba semanas sin entrar allí. Semanas, pues, sin pensar en el penetrante y desagradable olor del olvido. Una bicicleta estática oxidada (que su esposa había comprado tras su primer embarazo para recuperar su antiguo peso, sin éxito), un taladro profesional que jamás había utilizado, cajas llenas de cajas más pequeñas sin abrir repletas de tuercas, tornillos y demás envidias del amante del bricolaje. Todo lo que allí había era tan ajeno a cualquier uso como la mente de Daniel el día que decidió comprarlo.
Tapado por una manta, estaba la causa de los celos de todos los objetos. El único que se utilizaba con cierta frecuencia, el héroe del trastero: el cortacésped. Paradójicamente, también era el único que no había comprado. Se lo había regalado su cuñado años atrás, cuando, alentado por su mejora laboral, decidió comprar uno mejor. Daniel no era un aficionado a la jardinería, pero su cortacésped le parecía estéticamente perfecto. Le quitó el polvo a la carcasa roja, hasta rozar el brillo, inalcanzable ya debido a su antigüedad, y puso a punto su máquina. Abrió la puerta que conducía directamente al jardín y comprobó el estado de éste. Se lamentó por haber dejado la tarea tanto tiempo con un ademán de autodesaprobación, y acto seguido arrancó el aparato como si arrancándolo enérgicamente pudiese redimirse de su desidia.
Pero no arrancó. Lo intentó una y otra vez y no era posible. El amor propio se apoderó de él. Quería cortar el césped ese día. No sabía dejarlo pasar. Era un hombre constante y orgulloso, y no soportaba la idea de que pasara más tiempo sin hacerlo. Llamó a su cuñado, pero este no contestaba. Miró a través de la ventana, justo donde había desayunado y allí estaba, impasible, donde lo había dejado, silencioso, su cortacésped. Le miró como miran los que ansían venganza. Le retó.
Fue de nuevo al trastero y cogió sus destornilladores. Sin titubear, fue hacia la máquina. La abrió, y contempló, valiente, sus entrañas. No parecía un desnudo tan diferente del de su coche. No podía ser difícil. Quitó piezas, las contempló mientras entendía, poco a poco, su funcionamiento, como quien toca por primera vez las teclas de un piano. Con suma paciencia buscó la causa del problema. Era de la opinión de que todo tenía una causa, y no soportaba no encontrarla. Pasaron las horas. Su mujer se despertó. Pagó sus iras con ella. Luego su hijo. Ocurrió lo mismo. Olvido su trabajo, sus amigos, su familia, el almuerzo, las maquetas de aviones que construía los domingos, las clases de dibujo de los jueves por la tarde. Todo. Solo pensaba en aquel galimatías de hierro y tornillos. Y finalmente, creyó dar con la solución.
Probó a arrancar a su oponente, en espera de la victoria, y éste, derrotado, rugió con furia. Daniel agitó el brazo manifestando su alegría. La máquina, con la inteligencia y el sarcasmo del envidioso, le lanzó una cuchilla, rebanando su antebrazo.
Nunca volvió a ser feliz.
Rondaban las once de la mañana cuando Daniel, habiendo ojeado el periódico y desayunado junto a su ventana con insultante tranquilidad, se despojaba de la pereza matutina y decidía que ese era el instante, y no otro, en el que su tediosa encomienda debía comenzar. Su familia, más perezosa, aún disfrutaba del calor de las sábanas.
Entró en el trastero. Decenas de primeros domingos de mes lo habían llenado de trastos inútiles para su vida cotidiana. Llevaba semanas sin entrar allí. Semanas, pues, sin pensar en el penetrante y desagradable olor del olvido. Una bicicleta estática oxidada (que su esposa había comprado tras su primer embarazo para recuperar su antiguo peso, sin éxito), un taladro profesional que jamás había utilizado, cajas llenas de cajas más pequeñas sin abrir repletas de tuercas, tornillos y demás envidias del amante del bricolaje. Todo lo que allí había era tan ajeno a cualquier uso como la mente de Daniel el día que decidió comprarlo.
Tapado por una manta, estaba la causa de los celos de todos los objetos. El único que se utilizaba con cierta frecuencia, el héroe del trastero: el cortacésped. Paradójicamente, también era el único que no había comprado. Se lo había regalado su cuñado años atrás, cuando, alentado por su mejora laboral, decidió comprar uno mejor. Daniel no era un aficionado a la jardinería, pero su cortacésped le parecía estéticamente perfecto. Le quitó el polvo a la carcasa roja, hasta rozar el brillo, inalcanzable ya debido a su antigüedad, y puso a punto su máquina. Abrió la puerta que conducía directamente al jardín y comprobó el estado de éste. Se lamentó por haber dejado la tarea tanto tiempo con un ademán de autodesaprobación, y acto seguido arrancó el aparato como si arrancándolo enérgicamente pudiese redimirse de su desidia.
Pero no arrancó. Lo intentó una y otra vez y no era posible. El amor propio se apoderó de él. Quería cortar el césped ese día. No sabía dejarlo pasar. Era un hombre constante y orgulloso, y no soportaba la idea de que pasara más tiempo sin hacerlo. Llamó a su cuñado, pero este no contestaba. Miró a través de la ventana, justo donde había desayunado y allí estaba, impasible, donde lo había dejado, silencioso, su cortacésped. Le miró como miran los que ansían venganza. Le retó.
Fue de nuevo al trastero y cogió sus destornilladores. Sin titubear, fue hacia la máquina. La abrió, y contempló, valiente, sus entrañas. No parecía un desnudo tan diferente del de su coche. No podía ser difícil. Quitó piezas, las contempló mientras entendía, poco a poco, su funcionamiento, como quien toca por primera vez las teclas de un piano. Con suma paciencia buscó la causa del problema. Era de la opinión de que todo tenía una causa, y no soportaba no encontrarla. Pasaron las horas. Su mujer se despertó. Pagó sus iras con ella. Luego su hijo. Ocurrió lo mismo. Olvido su trabajo, sus amigos, su familia, el almuerzo, las maquetas de aviones que construía los domingos, las clases de dibujo de los jueves por la tarde. Todo. Solo pensaba en aquel galimatías de hierro y tornillos. Y finalmente, creyó dar con la solución.
Probó a arrancar a su oponente, en espera de la victoria, y éste, derrotado, rugió con furia. Daniel agitó el brazo manifestando su alegría. La máquina, con la inteligencia y el sarcasmo del envidioso, le lanzó una cuchilla, rebanando su antebrazo.
Nunca volvió a ser feliz.
Al pensar...
Admiro a la gente que se interesa por cosas pero que no es interesada. Exploro las obsesiones de cada anciano para no cometer errores. Compruebo las cartas de los niños a los reyes y las cotejo con las mías en busca de absurdas coincidencias que nunca aparecen.
El sueño aparece en los momentos menos indicados, como cuando quieres aprender, pero el aire de la calle a veces no sienta tan bien como esperabas cuando decías que salías a tomar el aire. Al whisky no le pasa eso, y sin embargo el ron me llama a veces diciendo que me echa de menos. Son, además, malos tiempos para las bebidas blancas. Tambien son blancas las nubes, pero las veo poco. Tengo tendencia a mirar al frente cuando salgo a la calle a tomar el aire. Que no hubieran puesto el cielo tan alto.
El primer traste de la primera cuerda de mi guitarra creo que es Fa. El último de la ultima cuerda no tengo ni idea, pero sería bonito que fuera Si7. Siento debilidad por esa nota. Suena más dulce y cuesta más aprender a tocarla.
Quería unos altavoces y compré unos baratos. Me vendieron que eran 4, pero en realidad son 2 y un subwoofer. Me gusta que sea así.
Cuando era niño decía que de mayor quería ser científico inventor, y a la gente que le pasaban cosas le decía que inventaría cosas que solucionaran sus cosas. A mi madre le decía que inventaría una pócima que le quitaría su miedo a los perros.
También me acuerdo que una vez me escapé de casa con 3 años porque quería ver a mi madre. Fuí a buscarla al trabajo, pero como no sabía llegar me perdí y sólo dios sabe como, acabe en casa de mi bisabuela que vivía tres veces más lejos. Antes de llamar a su puerta cogí un poco de papel higienico que había en el suelo y le dije que era para que se le quitaran los dolores de su pierna, porque siempre se quejaba. Mi tío, que vivía con ella, me regaló un libro de chistes que aún conservo y que no supe leer hasta años despues. Eran unos chistes malísimos.
El papel higiénico siempre se acaba en días festivos. Por eso me gustan más los lunes.
El sueño aparece en los momentos menos indicados, como cuando quieres aprender, pero el aire de la calle a veces no sienta tan bien como esperabas cuando decías que salías a tomar el aire. Al whisky no le pasa eso, y sin embargo el ron me llama a veces diciendo que me echa de menos. Son, además, malos tiempos para las bebidas blancas. Tambien son blancas las nubes, pero las veo poco. Tengo tendencia a mirar al frente cuando salgo a la calle a tomar el aire. Que no hubieran puesto el cielo tan alto.
El primer traste de la primera cuerda de mi guitarra creo que es Fa. El último de la ultima cuerda no tengo ni idea, pero sería bonito que fuera Si7. Siento debilidad por esa nota. Suena más dulce y cuesta más aprender a tocarla.
Quería unos altavoces y compré unos baratos. Me vendieron que eran 4, pero en realidad son 2 y un subwoofer. Me gusta que sea así.
Cuando era niño decía que de mayor quería ser científico inventor, y a la gente que le pasaban cosas le decía que inventaría cosas que solucionaran sus cosas. A mi madre le decía que inventaría una pócima que le quitaría su miedo a los perros.
También me acuerdo que una vez me escapé de casa con 3 años porque quería ver a mi madre. Fuí a buscarla al trabajo, pero como no sabía llegar me perdí y sólo dios sabe como, acabe en casa de mi bisabuela que vivía tres veces más lejos. Antes de llamar a su puerta cogí un poco de papel higienico que había en el suelo y le dije que era para que se le quitaran los dolores de su pierna, porque siempre se quejaba. Mi tío, que vivía con ella, me regaló un libro de chistes que aún conservo y que no supe leer hasta años despues. Eran unos chistes malísimos.
El papel higiénico siempre se acaba en días festivos. Por eso me gustan más los lunes.





