Una noche en la ópera
Vivir sola se me estaba haciendo bastante llevadero, más de lo que yo esperaba en un principio. Lo malo, era que prácticamente no conocía a nadie en la ciudad, a excepción de la viejecita sorda a la que alquilé el apartamento, mis queridos vecinitos y amigas de la facultad. Un buen día decidí que iba siendo hora de llamarlas: mi piso era visitable, tenía más de dos sillas y yo contaba con un poco de tiempo libre, después de la mudanza.
Cuando llamé a una de mis antiguas compañeras de clase, alias La ardillita feliz, casi se cae de culo. "Pero, ¿cómo no me has llamado antes? ¿cuánto tiempo llevas aquí? ¿quedamos? ¿mañana? ¿mañana?"
- Sí, claro.
- Vale, entonces me acompañarás a la ópera.
- ¿A la ópera?
- Sí, sí, que tengo que hacer una crítica.
- Vale pero, si me aburro, ¿puedo dormir un rato?
- Claro, claro, lo que tu quieras, mujer
- Ah, bueno, en ese caso...
No era el plan que esperaba para un jueves por la noche, pero bueno. La verdad es que nunca había ido a la ópera, "igual no es tan coñazo como parece en las películas y en los dibujos animados", pensé.
El día en cuestión me puse uno de los poquísimos vestidos decentes que tenía. Estoy bastante buena, tengo que reconocerlo, pero no me gusta ser siempre el centro de todas las miradas, es agotador. La ardillita feliz vino a recogerme en taxi y nos dirigimos a la ópera, aunque ni me acuerdo de qué obra fuimos a ver.
Me sentía como un vagabundo en el Ritz, una completa extraña entre tanto monóculo y tanto abrigo de rata muerta. Mi amiga me dijo que no todo el mundo era así, que también había gente barriobajera como nosotras. Eso me tranquilizó, aunque no dejaba de sentirme como una intrusa.
Comenzó la obra y ocurrió lo que esperaba: los ojos se me cerraban como si El Fibroso me hubiese colgado un par de sus pesas en ellas. Comencé a pellizcarme el brazo para despejarme, y me iba dando golpes en la cabeza disimuladamente. Pero qué va, no sirvió de nada. El sueño se iba apoderando cada vez más de mí, y yo no podía hacer nada por evitarlo. Me sentía mal, porque mi amiga estaba hiperatenta y yo parecía un crío de cinco años, revolviéndome en la butaca, cambiando de posición para encontrar la más incómoda y así no dormirme.

Como veía que de un momento a otro iba a quedarme definitivamente dormida, decidí ir al baño a echarme agua bien fría, a ver si así conseguía despejarme. Entré en el baño más lujoso que había visto en mi vida, era casi como mi comedor-cocina-sala de estar, sólo que mejor amueblado, pintado y con más glamour. Me eché como mil litros de agua por la cara, el cuello, los brazos, incluso por dentro del vestido, para que me quedara bien despierta. Y así, con los ojos bien abiertos, volví a mi butaca.
Por el pasillo me encontré a un hombre de unos cuarenta años, yo iba a lo mío y casi me chocó con él.
- ¡Cuidado, que me matas! -, dijo, riéndose un poco de mí.
- Lo siento, lo siento - , dije, yo, algo avergonzada.
- ¿Qué pasa? ¿Te aburre la obra o qué?
- Un poco, me estaba durmiendo...
- Te comprendo, la verdad es que ir a la ópera a veces es más eficaz que el mejor de los somníferos
- Pues sí, la verdad...
Y empezamos a reírnos. Fue extraño, pero bueno.
Volví de nuevo a mi butaca y seguí con el fantástico espectáculo. El agua me había despejado un poco, y la ópera se iba haciendo algo más soportable. De repente, me doy cuenta de que soy la persona más estúpida del mundo. Casi me muero al descubrir que el hombre al que me había encontrado en el pasillo era uno de los tenores que cantaban. ¡Dios! ¡Y yo diciéndole que la ópera era una puta mierda en su cara! Seguro que debía pensar que era una palurda analfabeta que había ido allí a cazar un marido viejo y rico.
Cuando ya por fin se acabó la obra, nos levantamos y nos dirigimos hacia la salida. Al menos, eso era lo que yo creía. Craso error, mi querida amiga quería pasearse por lo camerinos para hablar con algunos de los cantantes. “Joderjoderjoderjoderjoder”, pensé. Aunque tampoco había para tanto, igual no nos encontrábamos con mi apreciado tenor.
Mala suerte. Nos los encontramos de pleno al doblar uno de los pasillos. Mi amiga, muy profesional, le para y comienza a interrogarle. Yo hago como que no va conmigo la cosa y les doy la espalda, me leo el programa, me arreglo el vestido, me muero de ganas de matar a mi amiga… Y entonces, el tenor me reconoce.
- Y a ti, ¿Qué te ha parecido?
- Oh, muy bien, me ha gustado
- Sí?, ¿al final sí?
- Sí, sí, mucho
- Ah, me alegro
Tuvo algo de compasión por mí y pudimos irnos antes de que me muriera de vergüenza ahí mismo. Eso sí, mi amiga me sometió a un interrogatorio digno de la Interpol.
- Pero, ¿de qué conoces tú a ese?
- Nada, una, que tiene contactos…
- Ah, joder, no tenía ni idea…
- Sí, soy una caja de sorpresas…
Cuando llamé a una de mis antiguas compañeras de clase, alias La ardillita feliz, casi se cae de culo. "Pero, ¿cómo no me has llamado antes? ¿cuánto tiempo llevas aquí? ¿quedamos? ¿mañana? ¿mañana?"
- Sí, claro.
- Vale, entonces me acompañarás a la ópera.
- ¿A la ópera?
- Sí, sí, que tengo que hacer una crítica.
- Vale pero, si me aburro, ¿puedo dormir un rato?
- Claro, claro, lo que tu quieras, mujer
- Ah, bueno, en ese caso...
No era el plan que esperaba para un jueves por la noche, pero bueno. La verdad es que nunca había ido a la ópera, "igual no es tan coñazo como parece en las películas y en los dibujos animados", pensé.
El día en cuestión me puse uno de los poquísimos vestidos decentes que tenía. Estoy bastante buena, tengo que reconocerlo, pero no me gusta ser siempre el centro de todas las miradas, es agotador. La ardillita feliz vino a recogerme en taxi y nos dirigimos a la ópera, aunque ni me acuerdo de qué obra fuimos a ver.
Me sentía como un vagabundo en el Ritz, una completa extraña entre tanto monóculo y tanto abrigo de rata muerta. Mi amiga me dijo que no todo el mundo era así, que también había gente barriobajera como nosotras. Eso me tranquilizó, aunque no dejaba de sentirme como una intrusa.
Comenzó la obra y ocurrió lo que esperaba: los ojos se me cerraban como si El Fibroso me hubiese colgado un par de sus pesas en ellas. Comencé a pellizcarme el brazo para despejarme, y me iba dando golpes en la cabeza disimuladamente. Pero qué va, no sirvió de nada. El sueño se iba apoderando cada vez más de mí, y yo no podía hacer nada por evitarlo. Me sentía mal, porque mi amiga estaba hiperatenta y yo parecía un crío de cinco años, revolviéndome en la butaca, cambiando de posición para encontrar la más incómoda y así no dormirme.

Como veía que de un momento a otro iba a quedarme definitivamente dormida, decidí ir al baño a echarme agua bien fría, a ver si así conseguía despejarme. Entré en el baño más lujoso que había visto en mi vida, era casi como mi comedor-cocina-sala de estar, sólo que mejor amueblado, pintado y con más glamour. Me eché como mil litros de agua por la cara, el cuello, los brazos, incluso por dentro del vestido, para que me quedara bien despierta. Y así, con los ojos bien abiertos, volví a mi butaca.
Por el pasillo me encontré a un hombre de unos cuarenta años, yo iba a lo mío y casi me chocó con él.
- ¡Cuidado, que me matas! -, dijo, riéndose un poco de mí.
- Lo siento, lo siento - , dije, yo, algo avergonzada.
- ¿Qué pasa? ¿Te aburre la obra o qué?
- Un poco, me estaba durmiendo...
- Te comprendo, la verdad es que ir a la ópera a veces es más eficaz que el mejor de los somníferos
- Pues sí, la verdad...
Y empezamos a reírnos. Fue extraño, pero bueno.
Volví de nuevo a mi butaca y seguí con el fantástico espectáculo. El agua me había despejado un poco, y la ópera se iba haciendo algo más soportable. De repente, me doy cuenta de que soy la persona más estúpida del mundo. Casi me muero al descubrir que el hombre al que me había encontrado en el pasillo era uno de los tenores que cantaban. ¡Dios! ¡Y yo diciéndole que la ópera era una puta mierda en su cara! Seguro que debía pensar que era una palurda analfabeta que había ido allí a cazar un marido viejo y rico.
Cuando ya por fin se acabó la obra, nos levantamos y nos dirigimos hacia la salida. Al menos, eso era lo que yo creía. Craso error, mi querida amiga quería pasearse por lo camerinos para hablar con algunos de los cantantes. “Joderjoderjoderjoderjoder”, pensé. Aunque tampoco había para tanto, igual no nos encontrábamos con mi apreciado tenor.
Mala suerte. Nos los encontramos de pleno al doblar uno de los pasillos. Mi amiga, muy profesional, le para y comienza a interrogarle. Yo hago como que no va conmigo la cosa y les doy la espalda, me leo el programa, me arreglo el vestido, me muero de ganas de matar a mi amiga… Y entonces, el tenor me reconoce.
- Y a ti, ¿Qué te ha parecido?
- Oh, muy bien, me ha gustado
- Sí?, ¿al final sí?
- Sí, sí, mucho
- Ah, me alegro
Tuvo algo de compasión por mí y pudimos irnos antes de que me muriera de vergüenza ahí mismo. Eso sí, mi amiga me sometió a un interrogatorio digno de la Interpol.
- Pero, ¿de qué conoces tú a ese?
- Nada, una, que tiene contactos…
- Ah, joder, no tenía ni idea…
- Sí, soy una caja de sorpresas…
Comentario:
pero que paso con el enclenque?
Comentario:
Me gusta como escribes y tu blog sigue así te estaré leyendo un saludo;)Espero te guste el vídeo..





