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Vida y Miserias de VZ
escenas de una vida miserable en prácticas porciones individuales
Acerca de
Soy la cobarde heroina de una peli de serie B, perseguida hasta la tumba por muertos sin ojos y gigantescos tomates asesinos
Sindicación
 
La extraña pareja (I)
Algo que sucede inevitablemente cuando te cambias de casa es que tienes que conocer a tus nuevos vecinos. En la escalera, en las reuniones de edificio o a través de gritos que traspasan las paredes. Hay vecinos de todas clases: desagradables, pesados, gruñones, madrugadores, poco sigilosos, marujones, trasnochadores, amantes del sadomaso, desconfiados, campeones del mundo de hacer rodar diminutas bolas de cristal por el suelo, coleccionistas de animales ruidosos, especialistas en arrastrar sillas o, simplemente, unos hijos de la gran puta.

Tarde o temprano acabas cruzándote con uno de ellos y nunca sabes qué va a ocurrir: si te va a mirar extrañado en plan "el del quinto ya vuelve a subir putas al edificio" o si va a organizarte una fiesta de bienvenida. En mi caso, al no tener ascensor, era bastante probable que, más temprando que tarde, me encontrara con uno de mis nuevos vecinos.

Fue justamente el día que fui a Ikea a comprar "muebles" con los que adecentar mi pequeña guarida. Salí del taxi (era imposible llevar todo aquello en tren) y me dispuse a coger fuerzas para cargar con todo. Me esperaban cinco pisos de escaleras, que seguramente iban a hacerse cada vez más altas y más numerosas.



Estaba buscando la llave de la puerta del portal cuando alguien, a mis espaldas, abrió la puerta por mí. Me giré y vi, por primera vez, a uno de mis vecinos, El Fibroso, una suerte de semi dios griego, con más músculos que vocabulario. Me sonrió y le di las gracias. Echó un vistazo a toda mi mercancía y dedujo, muy inteligentemente, que acababa de mudarme.

- Pues sí, he llegado esta semana.
- ¿Y en qué piso vives?
- ¡En el quinto! - dije, entre desesperada y esperanzada
- ¿Sí? Si quieres te ayudo, yo vivo también en el quinto.
- Ah bueno, si no te importa...
Me faltó colocarle una baca en los hombros, en menos de diez segundos El Fibroso se había cargado a la espalda casi todos mis bultos.
Cuando llegamos a nuestra planta, le di las gracias como mil millones de veces. "No es nada, mujer", dijo, entre jadeos reprimidos.

- Te invitaría a pasar y tomar algo, pero aún tengo que montar las sillas, las mesas, y no tengo ni una triste lata de cerveza.
- Tranquila, mujer. ¿Por qué no te pasas un ratito por mi piso y descansamos un rato mientras nos tomamos una caña bien fresquita? Yo creo que nos lo merecemos...
El Fibroso tenía razón, así que accedí a pasar a su piso a aprovecharme un poco más de él.

El Fibroso me invitó a que me sentara en su sofá. Yo no puse ningún tipo de objeción, no me gusta ser maleducada. Me senté y me quedé como diez segundos con los ojos cerrados, estaba realmente exhausta, y eso que apenas había subido nada de mis compras. Cuando volví a abrir los ojos, El Fibroso me informó de que no le quedaban cervezas. "Bajo al súper un momento, no tardo nada. Tú, como en tu casa. Ahora vengo". No tuve tiempo ni de decirle adiós. Así que seguí disfrutando del sofá de El Fibroso, que en ese momento me parecía el más cómodo del mundo.
 
Comentario:
Qué majo, no? Aunque tiene que ser un corte que de repente te dejen sola en el piso de alguien a quien conoces desde hace 10 segundos... jejeje
Saluditos!
No