Lejos del mundanal ruido

Aún tengo que ver esa película, pero supongo que un día de estos lo haré. Ahora que, por suerte o por desgracia, no tengo a nadie que me moleste. Ahora que, por suerte o por desgracia, nadie va a obligarme a que me trague ningún bodrio televisivo. Nunca antes había vivido sola y, aunque no es esta la ciudad más callada del mundo, ahora puedo pensar con claridad.
¿He hecho lo correcto? Bueno, por lo menos he hecho lo que quería, y ya que mi vida es mía, no está de más que haga lo que me venga en gana. Soy más que consciente que mucha gente pensará ahora mismo que soy una niñata egoísta incapaz de pensar en los demás o en el daño que pueden causar sus acciones a otras personas. En parte tienen razón: soy egoísta sí, y pienso en mí más que en cualquier otra persona, y no creo que eso tenga nada de malo. Pero no es cierto que no piense en las consecuencias de mis actos. Sí pienso, pero también pienso en las consecuencias de mis no-actos. ¿Qué hubiese pasado conmigo si nunca me hubiese ido?
No hubiese pasado nada. Me hubiese podrido cada vez más, anclada en un sitio en el que me ahogaba, que no sentía mío desde hacía ya bastante tiempo. Me hubiese convertido en algo que siempre he odiado: una persona convencional, que forma una familia, paga una hipoteca, tiene un trabajo tedioso y un matrimonio más tedioso todavía.
No es que aspire a ser la gran reina del mundo, ni pretendo que cambien de forma artificial las órbitas de todos los planetas del universo para que todo gire en torno a mí. Pero sí aspiro a construir pasito a pasito mi vida por mí misma. Como ya he dicho antes, sólo yo tengo el derecho a decidir qué hacer con ella. Tampoco pido tanto.





