Garganta profunda
El otro día me reuní con algunas de mis amigas de la facultad. En concreto, con las que están viviendo también aquí. Bueno, con las que viven aquí y me caen bien. Habíamos quedado para pasar una tarde tranquila y de paso ponernos al día con nuestras respectivas vidas.
Quedamos en una heladería. Igual no fue muy acertado, dadas las lluvias de los últimos días, pero qué le vamos a hacer, se nos había antojado ir allí. Estábamos cuatro: La Ardillita Feliz (con la que fui a la ópera no hace demasiado), La Selenita, Hellgirl y yo, por supuesto. Como no me gusta ser maleducada, voy a presentároslas rápidamente.
La Ardilita Feliz es una de esas personas que no pueden estarse nunca quietas: siempre está haciendo algo, siempre se trae algo entre manos, y todo, o al menos, todo lo que hace delante de mí, lo hace a la velocidad del rayo. Su hiperactividad le permite estar pendiente de varias cosas al mismo tiempo y además, de hacerlas todas bien. Y por si fuera poco, siempre está tan contenta, de ahí su nombre.
La Selenita es mucho más tranquila. La puntualidad no va con ella, ni los gritos, ni el estrés ni nada que se le parezca. Es como si viviera en un universo particular del que sale de vez en cuando para no convertirse en una marginada social. Es bastante difícil saber en lo que piensa: puede parecer estar absolutamente relajada cuando en realidad está planeando un elaborado y sangriento asesinato.
Hellgirl es, sencillamente, la horma de mi zapato. Cinéfila, irónica, y exquisitamente cruel, capaz de reírse de cualquiera en cualquier momento y cualquier lugar. Tenemos gustos bastante parecidos y podría pasarme mil años hablando con ella sin cansarme. Puede despertar el odio de cualquiera con sus palabras, pero a mí me encanta. Supongo que influye bastante el hecho de que a mí me trata como a una reina.
Estábamos pasando un rato bastante agradable, y además descubrí que gracias a mis queriditas amigas podría, en el futuro, ir por la cara a bastantes lados, con un poco de suerte, más divertidos que la ópera. Nos estábamos divirtiendo mucho y los helados no podían estar más buenos. Sin embargo, no se podía decir lo mismo de la vista.
Una pareja de amantes/novios se estaba pegando el lote en nuestras narices. No tendrían más de veinte años y se estaban pegando una buena repasada mutuamente. El chico le estaba haciendo una buena revisión a las amígdalas de su concubina, y ella tampoco que quedaba corta. Toda la heladería les miraba sin demasiada discreción, el morbo es lo que tiene.
El chico fue un momento al baño, dándole a la chica una tregua, que aprovechó para probar el helado, que ni siquiera había tocado y ya se estaba derritiendo. No fueron más que un par de lametazos, pues el chico regresó rápidamente y, como no, se abalanzó de nuevo sobre ella. Otra vez, volvió a meterle la lengua hasta la garganta, aunque tuvo que sacarla más pronto de lo que quería.
La chica se atragantó con una de las nueces del helado y comenzó a toser. Se estaba poniendo cada vez más roja, y el chico tenía una cara de acojonado que no podía con ella. Se levantó y se colocó detrás de ella, y comenzó a golpearle la espalda.
- Pero hombre, ¡no hagas eso! - gritó La Selenita, dejándonos estupefactas.
Acto seguido se levantó y cogió a la chica por la cintura y le apretó el estómago, haciendo una de esas maniobras de primeros auxilios para que la gente pueda sacar los restos de comida. En cuestión de segundos, la nuez que había causado todo aquello salió disparada de la boca de la chica.
- Pero, ¿desde cuándo sabes hacer esto? - le preguntamos, intrigadísimas.
- Ah, es que un verano mi madre me obligó a hacer un cursillo de socorrismo. Era eso o trabajar.
- Ah... - eso ya nos parecía más propio de ella.
La Selenita se convirtió, durante unos minutos, en una superheroína a la que muchos clientes se acercaron a felicitar. Y la chica le agradeció como mil millones de veces a mi amiga que la hubiese salvado. Incluso pagó nuestra cuenta en un acto de generosidad. Creo que yo también debería tener una habilidad de estas, y pasearme por restaurantes de etiqueta hipercaros, a ver si alguien me invita a mí también.
Quedamos en una heladería. Igual no fue muy acertado, dadas las lluvias de los últimos días, pero qué le vamos a hacer, se nos había antojado ir allí. Estábamos cuatro: La Ardillita Feliz (con la que fui a la ópera no hace demasiado), La Selenita, Hellgirl y yo, por supuesto. Como no me gusta ser maleducada, voy a presentároslas rápidamente.
La Ardilita Feliz es una de esas personas que no pueden estarse nunca quietas: siempre está haciendo algo, siempre se trae algo entre manos, y todo, o al menos, todo lo que hace delante de mí, lo hace a la velocidad del rayo. Su hiperactividad le permite estar pendiente de varias cosas al mismo tiempo y además, de hacerlas todas bien. Y por si fuera poco, siempre está tan contenta, de ahí su nombre.
La Selenita es mucho más tranquila. La puntualidad no va con ella, ni los gritos, ni el estrés ni nada que se le parezca. Es como si viviera en un universo particular del que sale de vez en cuando para no convertirse en una marginada social. Es bastante difícil saber en lo que piensa: puede parecer estar absolutamente relajada cuando en realidad está planeando un elaborado y sangriento asesinato.
Hellgirl es, sencillamente, la horma de mi zapato. Cinéfila, irónica, y exquisitamente cruel, capaz de reírse de cualquiera en cualquier momento y cualquier lugar. Tenemos gustos bastante parecidos y podría pasarme mil años hablando con ella sin cansarme. Puede despertar el odio de cualquiera con sus palabras, pero a mí me encanta. Supongo que influye bastante el hecho de que a mí me trata como a una reina.
Estábamos pasando un rato bastante agradable, y además descubrí que gracias a mis queriditas amigas podría, en el futuro, ir por la cara a bastantes lados, con un poco de suerte, más divertidos que la ópera. Nos estábamos divirtiendo mucho y los helados no podían estar más buenos. Sin embargo, no se podía decir lo mismo de la vista.
Una pareja de amantes/novios se estaba pegando el lote en nuestras narices. No tendrían más de veinte años y se estaban pegando una buena repasada mutuamente. El chico le estaba haciendo una buena revisión a las amígdalas de su concubina, y ella tampoco que quedaba corta. Toda la heladería les miraba sin demasiada discreción, el morbo es lo que tiene.
El chico fue un momento al baño, dándole a la chica una tregua, que aprovechó para probar el helado, que ni siquiera había tocado y ya se estaba derritiendo. No fueron más que un par de lametazos, pues el chico regresó rápidamente y, como no, se abalanzó de nuevo sobre ella. Otra vez, volvió a meterle la lengua hasta la garganta, aunque tuvo que sacarla más pronto de lo que quería.
La chica se atragantó con una de las nueces del helado y comenzó a toser. Se estaba poniendo cada vez más roja, y el chico tenía una cara de acojonado que no podía con ella. Se levantó y se colocó detrás de ella, y comenzó a golpearle la espalda.
- Pero hombre, ¡no hagas eso! - gritó La Selenita, dejándonos estupefactas.
Acto seguido se levantó y cogió a la chica por la cintura y le apretó el estómago, haciendo una de esas maniobras de primeros auxilios para que la gente pueda sacar los restos de comida. En cuestión de segundos, la nuez que había causado todo aquello salió disparada de la boca de la chica.
- Pero, ¿desde cuándo sabes hacer esto? - le preguntamos, intrigadísimas.
- Ah, es que un verano mi madre me obligó a hacer un cursillo de socorrismo. Era eso o trabajar.
- Ah... - eso ya nos parecía más propio de ella.
La Selenita se convirtió, durante unos minutos, en una superheroína a la que muchos clientes se acercaron a felicitar. Y la chica le agradeció como mil millones de veces a mi amiga que la hubiese salvado. Incluso pagó nuestra cuenta en un acto de generosidad. Creo que yo también debería tener una habilidad de estas, y pasearme por restaurantes de etiqueta hipercaros, a ver si alguien me invita a mí también.
Battle Royale (II)
Como ya venía anunciando, la reunión de vecinos se convirtió en un gran espectáculo, digno de ser exhibido en las mejores pantallas de cine, o casi. La casa del presidente de la comunidad se iba llenando poco a poco de gente. A mi lado se sentaron dos marujonas que no dejaron de cacarear en todo el rato y que nos obligaron a El Frágil y a mí a arrejuntarnos en el sofá (qué desgracia).
Llegó un momento en que éramos tantos que la gente ya no tenía donde sentarse. Muchos comenzaban a impacientarse, pero la mujer del presidente no dejaba de decir que tenía que haber un representante de cada piso para empezar la reunión. También se dedicó con bastante insistencia a ofrecer galletas a todo el mundo.
El representante del 4º 3ª, un ejecutivo agresivo al que no le emocionaban demasiado estas veladas, fue el último en hacer aparición.
- Hola, lo siento, acabo de llegar del trabajo. ¿Por dónde vamos?
- Aún no hemos empezado, tiene que haber un representante de cada piso para poder votar al nuevo presidente – indicó la anfitriona.
- Y, ¿tampoco habéis hablado de ningún otro punto de la orden del día?
- Hombre, es que de eso tiene que encargarse el nuevo presidente, y todavía no sabemos quién va a ser.
- Pero si todo el mundo va a votar a su marido… como si no lo supiéramos
- Nunca se sabe, además hay tres nuevos vecinos, igual ellos prefieren votar a otra persona. Y creo que todos deberíamos darles la bienvenida al edificio, para que se sientan integrados en nuestra comunidad.
La mujer me señaló y luego hizo lo propio con un hombre de unos treinta años y una mujer de veintitantos. Me sentí super culpable del retraso de la reunión, y creo que el ejecutivo agresivo me odia a muerte desde ese día. Yo me limité a decir “hola”, porque me daba miedo que alguien dijera: ¿y por esta gilipollas no podemos empezar la reunión? El Frágil, viendo mi cara de pánico, me pasó la mano por el brazo y me dijo flojito al oído: “tú no te preocupes, tú di que sí a todo y ya está”.
- Bueno y que, ¿vamos a poner TDT o no? -, preguntó el ejecutivo agresivo.
- Ya te he dicho que hasta que no votemos no se pasa al siguiente punto.
- Pues votemos ya, joder, que en mi casa me esperan para cenar.
- Ahora sale mi marido, que está en la ducha. ¿Quieres una galleta?
- Que me esperan para cenar, coño, ¿está sorda o qué? ¡Que no quiero sus putas galletas!
El ejecutivo agresivo apartó el plato de galletas que la mujer del presidente le ofrecía. O no controló bien su fuerza, o la mujer no sujetaba del todo bien el plato. El caso es que salió disparado por el comedor, se cayó al suelo, se rompió en mil pedazos y todas las galletas salieron volando. Una aterrizó a mi lado y, como tenía mucha hambre, me la comí.
La primera dama se echó a llorar, se fue corriendo a la cocina, y las marujonas que se sentaban a mi lado fueron en su ayuda. El resto de los vecinos comenzó a hablar en un tono de voz cada vez más alto. La mujer del presidente, que no dejaba de llorar, y las marujonas entraron de nuevo en el comedor y barrieron el suelo, obligando a los vecinos a arrinconarse en una esquinita.
Por fin salió el presidente de la ducha, y se encontró con un campo de batalla en su propio comedor.
- Pero, ¿qué ha pasado aquí?
- Este (dijo una de las marujonas señalando al ejecutivo agresivo) que es un bruto. Tu mujer hace con todo su cariño las galletas y él va y se las tiras al suelo.
- ¡Si ha roto hasta el plato! - , exclamó la otra marujona.
- A ver, a ver, vamos a calmarnos un poco eh? -, dijo el presidente.
Cuando ya parecía que íbamos a votar, una de las vecinas dijo que algo olía a quemado. “¡La cena!”, dijo la anfitriona, que aún tenía los ojos húmedos. “Ahora vuelvo”. Resultó que no era la cena lo que se quemaba, sino la cortina del comedor. Una vecina, que se había asustado cuando las galletas volaron por los aires, había tirado sin querer su cigarro. La mujer del presidente casi se desmaya. “¡Que me quedo sin casa, que se me quema todo, llamad a los bomberos, corre!”. Bastó con lanzar un par de jarras de agua, pero las cortinas no pudieron salvarse.

La gente se estaba poniendo más y más nerviosa.
- ¿Es que no vamos a empezar nunca?
- ¿Y con la TDT que va a pasar? ¿Ponemos o no?
- Eso lo decidirá el nuevo presidente, ¿o no te has enterado aún?
- Podríamos cambiar los toldos, que el mió está roto y da lástima.
- Pues yo no pienso cambiarlo, que el mió está bien.
- Pues ya cambiaré sólo el mío
- ¡Eso es anticonstitucional! El toldo es parte de la fachada y han de ser todos iguales.
- ¡Pues ya compraré tela que sea igual!
- ¡Si no va a haber! ¡Si esa tela tiene veinticinco años por lo menos!
- Calmaos, por favor, calmaos -, repetía el presidente, sin demasiado éxito.
- Pues hablemos de cosas útiles, joder. A ver, ¿para cuándo ponemos un ascensor?
- ¡Es anticonstitucional! - dijo la mujer que estaba en contra de los toldos nuevos y que, casualmente, vivía en el primero.
- ¡Pues súbeme tú la compra hasta el cuarto!
- ¡Pues no haber vivido en el cuarto! Tú ya sabías que este edificio no tenía ascensor.
- Eso, y si no, haz la compra con “el terné” -, dijo una de las marujonas de mi lado.
- Mira, ahora me tiene que decir cómo tengo que hacer yo la compra. Pero, ¿quién te piensas que eres? Claro, como tú vives en el primero, los demás te importan una mierda.
- Tú ya sabías que en este edificio no había ascensor, no haberte mudado.
- ¿Qué pasa? ¿Ahora me estás echando?
Aquella pelea entre gallinas se convirtió en una batalla campal oral. Cada vecino quería defender su posición y todos gritaban al unísono sobre si había que poner o no ascensor. Las marujonas no paraban de moverse, y me empujaban constantemente contra El Frágil, que me recogía a cada golpe y me tranquilizaba pasándome la mano por la pierna, produciéndome unos escalofríos la mar de excitantes. “Tú no te preocupes, si pasas desapercibida, nadie te hará ni te dirá nada”.
Al final pudimos, medianamente, resolver todos los puntos previstos:
- El presidente volvió a revalidar su cargo.
- Los vecinos nos dieron la bienvenida a los nuevos inquilinos.
- Íbamos a cambiar los toldos.
- Iban a poner, mas tarde que temprano, la TDT.
- Ni hablar de ascensor.
Subimos a casa agotados, pero por lo menos habíamos salido ilesos, lo que ya era bastante. El Frágil me acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Faltó un beso apasionado, pero bueno, ya había vivido bastantes emociones ese día.
Llegó un momento en que éramos tantos que la gente ya no tenía donde sentarse. Muchos comenzaban a impacientarse, pero la mujer del presidente no dejaba de decir que tenía que haber un representante de cada piso para empezar la reunión. También se dedicó con bastante insistencia a ofrecer galletas a todo el mundo.
El representante del 4º 3ª, un ejecutivo agresivo al que no le emocionaban demasiado estas veladas, fue el último en hacer aparición.
- Hola, lo siento, acabo de llegar del trabajo. ¿Por dónde vamos?
- Aún no hemos empezado, tiene que haber un representante de cada piso para poder votar al nuevo presidente – indicó la anfitriona.
- Y, ¿tampoco habéis hablado de ningún otro punto de la orden del día?
- Hombre, es que de eso tiene que encargarse el nuevo presidente, y todavía no sabemos quién va a ser.
- Pero si todo el mundo va a votar a su marido… como si no lo supiéramos
- Nunca se sabe, además hay tres nuevos vecinos, igual ellos prefieren votar a otra persona. Y creo que todos deberíamos darles la bienvenida al edificio, para que se sientan integrados en nuestra comunidad.
La mujer me señaló y luego hizo lo propio con un hombre de unos treinta años y una mujer de veintitantos. Me sentí super culpable del retraso de la reunión, y creo que el ejecutivo agresivo me odia a muerte desde ese día. Yo me limité a decir “hola”, porque me daba miedo que alguien dijera: ¿y por esta gilipollas no podemos empezar la reunión? El Frágil, viendo mi cara de pánico, me pasó la mano por el brazo y me dijo flojito al oído: “tú no te preocupes, tú di que sí a todo y ya está”.
- Bueno y que, ¿vamos a poner TDT o no? -, preguntó el ejecutivo agresivo.
- Ya te he dicho que hasta que no votemos no se pasa al siguiente punto.
- Pues votemos ya, joder, que en mi casa me esperan para cenar.
- Ahora sale mi marido, que está en la ducha. ¿Quieres una galleta?
- Que me esperan para cenar, coño, ¿está sorda o qué? ¡Que no quiero sus putas galletas!
El ejecutivo agresivo apartó el plato de galletas que la mujer del presidente le ofrecía. O no controló bien su fuerza, o la mujer no sujetaba del todo bien el plato. El caso es que salió disparado por el comedor, se cayó al suelo, se rompió en mil pedazos y todas las galletas salieron volando. Una aterrizó a mi lado y, como tenía mucha hambre, me la comí.
La primera dama se echó a llorar, se fue corriendo a la cocina, y las marujonas que se sentaban a mi lado fueron en su ayuda. El resto de los vecinos comenzó a hablar en un tono de voz cada vez más alto. La mujer del presidente, que no dejaba de llorar, y las marujonas entraron de nuevo en el comedor y barrieron el suelo, obligando a los vecinos a arrinconarse en una esquinita.
Por fin salió el presidente de la ducha, y se encontró con un campo de batalla en su propio comedor.
- Pero, ¿qué ha pasado aquí?
- Este (dijo una de las marujonas señalando al ejecutivo agresivo) que es un bruto. Tu mujer hace con todo su cariño las galletas y él va y se las tiras al suelo.
- ¡Si ha roto hasta el plato! - , exclamó la otra marujona.
- A ver, a ver, vamos a calmarnos un poco eh? -, dijo el presidente.
Cuando ya parecía que íbamos a votar, una de las vecinas dijo que algo olía a quemado. “¡La cena!”, dijo la anfitriona, que aún tenía los ojos húmedos. “Ahora vuelvo”. Resultó que no era la cena lo que se quemaba, sino la cortina del comedor. Una vecina, que se había asustado cuando las galletas volaron por los aires, había tirado sin querer su cigarro. La mujer del presidente casi se desmaya. “¡Que me quedo sin casa, que se me quema todo, llamad a los bomberos, corre!”. Bastó con lanzar un par de jarras de agua, pero las cortinas no pudieron salvarse.

La gente se estaba poniendo más y más nerviosa.
- ¿Es que no vamos a empezar nunca?
- ¿Y con la TDT que va a pasar? ¿Ponemos o no?
- Eso lo decidirá el nuevo presidente, ¿o no te has enterado aún?
- Podríamos cambiar los toldos, que el mió está roto y da lástima.
- Pues yo no pienso cambiarlo, que el mió está bien.
- Pues ya cambiaré sólo el mío
- ¡Eso es anticonstitucional! El toldo es parte de la fachada y han de ser todos iguales.
- ¡Pues ya compraré tela que sea igual!
- ¡Si no va a haber! ¡Si esa tela tiene veinticinco años por lo menos!
- Calmaos, por favor, calmaos -, repetía el presidente, sin demasiado éxito.
- Pues hablemos de cosas útiles, joder. A ver, ¿para cuándo ponemos un ascensor?
- ¡Es anticonstitucional! - dijo la mujer que estaba en contra de los toldos nuevos y que, casualmente, vivía en el primero.
- ¡Pues súbeme tú la compra hasta el cuarto!
- ¡Pues no haber vivido en el cuarto! Tú ya sabías que este edificio no tenía ascensor.
- Eso, y si no, haz la compra con “el terné” -, dijo una de las marujonas de mi lado.
- Mira, ahora me tiene que decir cómo tengo que hacer yo la compra. Pero, ¿quién te piensas que eres? Claro, como tú vives en el primero, los demás te importan una mierda.
- Tú ya sabías que en este edificio no había ascensor, no haberte mudado.
- ¿Qué pasa? ¿Ahora me estás echando?
Aquella pelea entre gallinas se convirtió en una batalla campal oral. Cada vecino quería defender su posición y todos gritaban al unísono sobre si había que poner o no ascensor. Las marujonas no paraban de moverse, y me empujaban constantemente contra El Frágil, que me recogía a cada golpe y me tranquilizaba pasándome la mano por la pierna, produciéndome unos escalofríos la mar de excitantes. “Tú no te preocupes, si pasas desapercibida, nadie te hará ni te dirá nada”.
Al final pudimos, medianamente, resolver todos los puntos previstos:
- El presidente volvió a revalidar su cargo.
- Los vecinos nos dieron la bienvenida a los nuevos inquilinos.
- Íbamos a cambiar los toldos.
- Iban a poner, mas tarde que temprano, la TDT.
- Ni hablar de ascensor.
Subimos a casa agotados, pero por lo menos habíamos salido ilesos, lo que ya era bastante. El Frágil me acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Faltó un beso apasionado, pero bueno, ya había vivido bastantes emociones ese día.
Battle Royale (I)
El simple hecho de trasladarse a un nuevo edificio no es suficiente para estar plenamente integrado. Tampoco sirve saludar un par de veces a alguno de los vecinos, o aguantar sus broncas a través de las paredes. Ni siquiera escuchar como fornican a dos metros por debajo de tu cama. No. Hace falta un rito de iniciación, que asegure tu entrada triunfal en el nuevo clan. Y ese rito imprescindible, ese aro por el que tienes que pasar, es una reunión de vecinos.
El otro día encontré en mi buzón una nota cutre en un folio amarillento que me informaba del lugar de la susodicha reunión, la hora y el orden del día. Aunque lo ponía todo bien clarito, yo quería llegar al gran acontecimiento bien preparada, de modo que, ni corta ni perezosa, recorrí los dos pasos que me separan del piso de mis queridos vecinitos. El Fibroso me abrió la puerta y me invitó a pasar.
- Y, ¿a qué hora dices que es? – me preguntó El Fibroso, muy interesado.
- A las ocho y media
- Pues no voy a poder ir
- Ahh…
- Es que, no se si te lo había dicho pero, yo trabajo en un gimnasio y a esas horas aún estaré allí
- Ahh… - “Qué sorpresa”, pensé.
- Supongo que irá El Frágil, con que vaya uno ya vale…
- Ahh… - “Yujuuuuuu”, mis neuronitas daban saltos de alegría.
No tardé en despedirme, estaba demasiado emocionada como para fingir que sentía algún interés por él. Al día siguiente volví a aparecer por su piso y acordé con El Frágil que le pasaría a buscar para bajar juntos, “por eso de que no conozco a nadie y no se me da bien desenvolverme en sitios así”. El Frágil no puso ninguna objeción, de modo que me acompañaría a la reunión de vecinos. Eso podía considerarse como una cita, no tan romántica como esperaba, pero vaya.
El día en cuestión bajamos al 3º 2ª, donde vivía el presidente de la escalera y donde venia celebrándose la reunión desde que pusieron la primera piedra del edificio. Una mujer de unos cincuenta años nos abrió la puerta y nos acribilló a preguntas y a galletas de chocolate recién hechas.
- Bien, gracias- contestaba yo a casi todas las preguntas al tiempo que me hinchaba a galletas.
Habíamos llegado los primeros, y como la mujer iba a lo suyo por la casa, tuvimos un pequeño rato de intimidad.
- Hace días que no te pasas por el piso…
- Ya, es que he estado un poco ocupada…
- Ahora tenemos un buen arsenal de cervezas, yo de ti me aprovecharía…
- Mmmmm gracias por la información, lo tendré muy en cuenta
Vaya, o soy una puta creída o El Frágil comenzaba a apreciarme un poquito, o mucho, pero disimulándolo mucho también. Me gustaba más la tercera opción, así que decidí que esa sería la versión oficial.
El Frágil y yo estábamos pasando un rato muy estupendo cuando la casa comenzó a llenarse de gente. “Ya verás, 25 como mínimo”, me decía El Frágil. “Uno por piso, todo un espectáculo”. Al principio creía que exageraba, pero luego me di cuenta de que estaba en lo cierto. Aquello se convirtió en “todo un espectáculo”. Vaya si lo fue.
El otro día encontré en mi buzón una nota cutre en un folio amarillento que me informaba del lugar de la susodicha reunión, la hora y el orden del día. Aunque lo ponía todo bien clarito, yo quería llegar al gran acontecimiento bien preparada, de modo que, ni corta ni perezosa, recorrí los dos pasos que me separan del piso de mis queridos vecinitos. El Fibroso me abrió la puerta y me invitó a pasar.
- Y, ¿a qué hora dices que es? – me preguntó El Fibroso, muy interesado.
- A las ocho y media
- Pues no voy a poder ir
- Ahh…
- Es que, no se si te lo había dicho pero, yo trabajo en un gimnasio y a esas horas aún estaré allí
- Ahh… - “Qué sorpresa”, pensé.
- Supongo que irá El Frágil, con que vaya uno ya vale…
- Ahh… - “Yujuuuuuu”, mis neuronitas daban saltos de alegría.
No tardé en despedirme, estaba demasiado emocionada como para fingir que sentía algún interés por él. Al día siguiente volví a aparecer por su piso y acordé con El Frágil que le pasaría a buscar para bajar juntos, “por eso de que no conozco a nadie y no se me da bien desenvolverme en sitios así”. El Frágil no puso ninguna objeción, de modo que me acompañaría a la reunión de vecinos. Eso podía considerarse como una cita, no tan romántica como esperaba, pero vaya.
El día en cuestión bajamos al 3º 2ª, donde vivía el presidente de la escalera y donde venia celebrándose la reunión desde que pusieron la primera piedra del edificio. Una mujer de unos cincuenta años nos abrió la puerta y nos acribilló a preguntas y a galletas de chocolate recién hechas.
- Bien, gracias- contestaba yo a casi todas las preguntas al tiempo que me hinchaba a galletas.
Habíamos llegado los primeros, y como la mujer iba a lo suyo por la casa, tuvimos un pequeño rato de intimidad.
- Hace días que no te pasas por el piso…
- Ya, es que he estado un poco ocupada…
- Ahora tenemos un buen arsenal de cervezas, yo de ti me aprovecharía…
- Mmmmm gracias por la información, lo tendré muy en cuenta
Vaya, o soy una puta creída o El Frágil comenzaba a apreciarme un poquito, o mucho, pero disimulándolo mucho también. Me gustaba más la tercera opción, así que decidí que esa sería la versión oficial.
El Frágil y yo estábamos pasando un rato muy estupendo cuando la casa comenzó a llenarse de gente. “Ya verás, 25 como mínimo”, me decía El Frágil. “Uno por piso, todo un espectáculo”. Al principio creía que exageraba, pero luego me di cuenta de que estaba en lo cierto. Aquello se convirtió en “todo un espectáculo”. Vaya si lo fue.
Una noche en la ópera
Vivir sola se me estaba haciendo bastante llevadero, más de lo que yo esperaba en un principio. Lo malo, era que prácticamente no conocía a nadie en la ciudad, a excepción de la viejecita sorda a la que alquilé el apartamento, mis queridos vecinitos y amigas de la facultad. Un buen día decidí que iba siendo hora de llamarlas: mi piso era visitable, tenía más de dos sillas y yo contaba con un poco de tiempo libre, después de la mudanza.
Cuando llamé a una de mis antiguas compañeras de clase, alias La ardillita feliz, casi se cae de culo. "Pero, ¿cómo no me has llamado antes? ¿cuánto tiempo llevas aquí? ¿quedamos? ¿mañana? ¿mañana?"
- Sí, claro.
- Vale, entonces me acompañarás a la ópera.
- ¿A la ópera?
- Sí, sí, que tengo que hacer una crítica.
- Vale pero, si me aburro, ¿puedo dormir un rato?
- Claro, claro, lo que tu quieras, mujer
- Ah, bueno, en ese caso...
No era el plan que esperaba para un jueves por la noche, pero bueno. La verdad es que nunca había ido a la ópera, "igual no es tan coñazo como parece en las películas y en los dibujos animados", pensé.
El día en cuestión me puse uno de los poquísimos vestidos decentes que tenía. Estoy bastante buena, tengo que reconocerlo, pero no me gusta ser siempre el centro de todas las miradas, es agotador. La ardillita feliz vino a recogerme en taxi y nos dirigimos a la ópera, aunque ni me acuerdo de qué obra fuimos a ver.
Me sentía como un vagabundo en el Ritz, una completa extraña entre tanto monóculo y tanto abrigo de rata muerta. Mi amiga me dijo que no todo el mundo era así, que también había gente barriobajera como nosotras. Eso me tranquilizó, aunque no dejaba de sentirme como una intrusa.
Comenzó la obra y ocurrió lo que esperaba: los ojos se me cerraban como si El Fibroso me hubiese colgado un par de sus pesas en ellas. Comencé a pellizcarme el brazo para despejarme, y me iba dando golpes en la cabeza disimuladamente. Pero qué va, no sirvió de nada. El sueño se iba apoderando cada vez más de mí, y yo no podía hacer nada por evitarlo. Me sentía mal, porque mi amiga estaba hiperatenta y yo parecía un crío de cinco años, revolviéndome en la butaca, cambiando de posición para encontrar la más incómoda y así no dormirme.

Como veía que de un momento a otro iba a quedarme definitivamente dormida, decidí ir al baño a echarme agua bien fría, a ver si así conseguía despejarme. Entré en el baño más lujoso que había visto en mi vida, era casi como mi comedor-cocina-sala de estar, sólo que mejor amueblado, pintado y con más glamour. Me eché como mil litros de agua por la cara, el cuello, los brazos, incluso por dentro del vestido, para que me quedara bien despierta. Y así, con los ojos bien abiertos, volví a mi butaca.
Por el pasillo me encontré a un hombre de unos cuarenta años, yo iba a lo mío y casi me chocó con él.
- ¡Cuidado, que me matas! -, dijo, riéndose un poco de mí.
- Lo siento, lo siento - , dije, yo, algo avergonzada.
- ¿Qué pasa? ¿Te aburre la obra o qué?
- Un poco, me estaba durmiendo...
- Te comprendo, la verdad es que ir a la ópera a veces es más eficaz que el mejor de los somníferos
- Pues sí, la verdad...
Y empezamos a reírnos. Fue extraño, pero bueno.
Volví de nuevo a mi butaca y seguí con el fantástico espectáculo. El agua me había despejado un poco, y la ópera se iba haciendo algo más soportable. De repente, me doy cuenta de que soy la persona más estúpida del mundo. Casi me muero al descubrir que el hombre al que me había encontrado en el pasillo era uno de los tenores que cantaban. ¡Dios! ¡Y yo diciéndole que la ópera era una puta mierda en su cara! Seguro que debía pensar que era una palurda analfabeta que había ido allí a cazar un marido viejo y rico.
Cuando ya por fin se acabó la obra, nos levantamos y nos dirigimos hacia la salida. Al menos, eso era lo que yo creía. Craso error, mi querida amiga quería pasearse por lo camerinos para hablar con algunos de los cantantes. “Joderjoderjoderjoderjoder”, pensé. Aunque tampoco había para tanto, igual no nos encontrábamos con mi apreciado tenor.
Mala suerte. Nos los encontramos de pleno al doblar uno de los pasillos. Mi amiga, muy profesional, le para y comienza a interrogarle. Yo hago como que no va conmigo la cosa y les doy la espalda, me leo el programa, me arreglo el vestido, me muero de ganas de matar a mi amiga… Y entonces, el tenor me reconoce.
- Y a ti, ¿Qué te ha parecido?
- Oh, muy bien, me ha gustado
- Sí?, ¿al final sí?
- Sí, sí, mucho
- Ah, me alegro
Tuvo algo de compasión por mí y pudimos irnos antes de que me muriera de vergüenza ahí mismo. Eso sí, mi amiga me sometió a un interrogatorio digno de la Interpol.
- Pero, ¿de qué conoces tú a ese?
- Nada, una, que tiene contactos…
- Ah, joder, no tenía ni idea…
- Sí, soy una caja de sorpresas…
Cuando llamé a una de mis antiguas compañeras de clase, alias La ardillita feliz, casi se cae de culo. "Pero, ¿cómo no me has llamado antes? ¿cuánto tiempo llevas aquí? ¿quedamos? ¿mañana? ¿mañana?"
- Sí, claro.
- Vale, entonces me acompañarás a la ópera.
- ¿A la ópera?
- Sí, sí, que tengo que hacer una crítica.
- Vale pero, si me aburro, ¿puedo dormir un rato?
- Claro, claro, lo que tu quieras, mujer
- Ah, bueno, en ese caso...
No era el plan que esperaba para un jueves por la noche, pero bueno. La verdad es que nunca había ido a la ópera, "igual no es tan coñazo como parece en las películas y en los dibujos animados", pensé.
El día en cuestión me puse uno de los poquísimos vestidos decentes que tenía. Estoy bastante buena, tengo que reconocerlo, pero no me gusta ser siempre el centro de todas las miradas, es agotador. La ardillita feliz vino a recogerme en taxi y nos dirigimos a la ópera, aunque ni me acuerdo de qué obra fuimos a ver.
Me sentía como un vagabundo en el Ritz, una completa extraña entre tanto monóculo y tanto abrigo de rata muerta. Mi amiga me dijo que no todo el mundo era así, que también había gente barriobajera como nosotras. Eso me tranquilizó, aunque no dejaba de sentirme como una intrusa.
Comenzó la obra y ocurrió lo que esperaba: los ojos se me cerraban como si El Fibroso me hubiese colgado un par de sus pesas en ellas. Comencé a pellizcarme el brazo para despejarme, y me iba dando golpes en la cabeza disimuladamente. Pero qué va, no sirvió de nada. El sueño se iba apoderando cada vez más de mí, y yo no podía hacer nada por evitarlo. Me sentía mal, porque mi amiga estaba hiperatenta y yo parecía un crío de cinco años, revolviéndome en la butaca, cambiando de posición para encontrar la más incómoda y así no dormirme.

Como veía que de un momento a otro iba a quedarme definitivamente dormida, decidí ir al baño a echarme agua bien fría, a ver si así conseguía despejarme. Entré en el baño más lujoso que había visto en mi vida, era casi como mi comedor-cocina-sala de estar, sólo que mejor amueblado, pintado y con más glamour. Me eché como mil litros de agua por la cara, el cuello, los brazos, incluso por dentro del vestido, para que me quedara bien despierta. Y así, con los ojos bien abiertos, volví a mi butaca.
Por el pasillo me encontré a un hombre de unos cuarenta años, yo iba a lo mío y casi me chocó con él.
- ¡Cuidado, que me matas! -, dijo, riéndose un poco de mí.
- Lo siento, lo siento - , dije, yo, algo avergonzada.
- ¿Qué pasa? ¿Te aburre la obra o qué?
- Un poco, me estaba durmiendo...
- Te comprendo, la verdad es que ir a la ópera a veces es más eficaz que el mejor de los somníferos
- Pues sí, la verdad...
Y empezamos a reírnos. Fue extraño, pero bueno.
Volví de nuevo a mi butaca y seguí con el fantástico espectáculo. El agua me había despejado un poco, y la ópera se iba haciendo algo más soportable. De repente, me doy cuenta de que soy la persona más estúpida del mundo. Casi me muero al descubrir que el hombre al que me había encontrado en el pasillo era uno de los tenores que cantaban. ¡Dios! ¡Y yo diciéndole que la ópera era una puta mierda en su cara! Seguro que debía pensar que era una palurda analfabeta que había ido allí a cazar un marido viejo y rico.
Cuando ya por fin se acabó la obra, nos levantamos y nos dirigimos hacia la salida. Al menos, eso era lo que yo creía. Craso error, mi querida amiga quería pasearse por lo camerinos para hablar con algunos de los cantantes. “Joderjoderjoderjoderjoder”, pensé. Aunque tampoco había para tanto, igual no nos encontrábamos con mi apreciado tenor.
Mala suerte. Nos los encontramos de pleno al doblar uno de los pasillos. Mi amiga, muy profesional, le para y comienza a interrogarle. Yo hago como que no va conmigo la cosa y les doy la espalda, me leo el programa, me arreglo el vestido, me muero de ganas de matar a mi amiga… Y entonces, el tenor me reconoce.
- Y a ti, ¿Qué te ha parecido?
- Oh, muy bien, me ha gustado
- Sí?, ¿al final sí?
- Sí, sí, mucho
- Ah, me alegro
Tuvo algo de compasión por mí y pudimos irnos antes de que me muriera de vergüenza ahí mismo. Eso sí, mi amiga me sometió a un interrogatorio digno de la Interpol.
- Pero, ¿de qué conoces tú a ese?
- Nada, una, que tiene contactos…
- Ah, joder, no tenía ni idea…
- Sí, soy una caja de sorpresas…
La extraña pareja (II)
Como iba diciendo, El Fibroso había salido raudo y veloz en busca de cervezas. Mientras, yo seguía en su sofá y, como hace cualquier persona normal en casa de un desconocido, comencé a fijarme en la decoración de la casa y las pertenencias de su inquilino, para así descubrir si era un psicópata desequilibrado, un fetichista de las pelis de serie B o un coleccionista de latas vacías de atún. Pronto descubrí que El Fibroso era realmente un friki fan de los gimnasios: tenía por lo menos tres revistas sobre musculitos y aparatos de entrenamiento en la mesita del comedor, aunque en una de las estanterías tenía una colección bastante completa. "Este tío no debe tener ni medio gramo de cerebro", pensé. No es que tenga yo demasiados prejuicios, pero joder, un tío tan obsesionado con su aspecto físico debe tener algún tipo de carencia, de modo que sólo cabían dos alternativas: o la tenía microscópica o era tonto perdido. Me decanté por la segunda opción porque me parecía la menos cruel, o igual no, no estoy muy segura.
Andaba yo entretenida reconstruyendo la vida de El Fibroso cuando de pronto, una puerta se abre. No era la de la entrada, sino la de una de las habitaciones. Rápidamente, me senté en el sofá, aunque creo que se notó bastante que estaba fisgando. Hice como que no estaba portándome como una maleducada y me giré para saludar. Y allí estaba. El coinquilino de El Fibroso, alias El Frágil. El prototipo de mi hombre ideal hecho realidad. Al menos, físicamente hablando. Enclenque, uno setenta y poco, piernas flacas pero fuertes, melena oscura, abundante pero graciosa, revuelta, cayéndole por unas mejillas casi transparentes. Y la guinda, unos ojos azul oscuro que casi hacen que me desmaye.
- Ah, hola.
- Ho, ho, hola... - dije, yo, aún recuperándome.
- ¿Has venido con...?
- Sí, sí, ha ido al super un momento...
- Ah, ya, ya...
No debía dejar que interpretase que era un ligue de El Fibroso, así que me apresuré en aclararle las cosas a El Frágil.
- Soy la nueva vecina, vivo aquí al lado, acabo de trasladarme...
- ¿Sí? Qué bien... ¿Y qué tal llevas los cinco pisos sin ascensor?
- Bueno, así ya no me sentiré tan culpable por no ir al gimnasio al que no pensaba apuntarme...
Le hice reír. Era una buena señal. Al menos, de que El Frágil era más inteligente que El Fibroso. O de que la tenía algo más grande que él. Con un poco de suerte, igual las dos cosas. En fin, no puedo evitar ser demasiado optimista a veces.
El Fibroso no tardó en aparecer, de modo que dejamos de hacer chistes sobre nuestra excelente forma física. Pasamos entonces a beber cerveza delante de la tele, y a contarnos un poco de dónde veníamos y adónde íbamos y si estábamos solos en el universo. Descubrí que El Fibroso y El Frágil llevaban viviendo juntos tres años, y, aunque tenían sus diferencias, habían conseguido no matarse el uno al otro en aquella caja de zapatos. Yo opté por no contarles todo, únicamente dije que me había venido a vivir aquí por trabajo. Nada de ex novios, nada de abandonos, nada de "soy una bruja caprichosa sin corazón". No iba a estropear un momento tan hiperfantástico.
Andaba yo entretenida reconstruyendo la vida de El Fibroso cuando de pronto, una puerta se abre. No era la de la entrada, sino la de una de las habitaciones. Rápidamente, me senté en el sofá, aunque creo que se notó bastante que estaba fisgando. Hice como que no estaba portándome como una maleducada y me giré para saludar. Y allí estaba. El coinquilino de El Fibroso, alias El Frágil. El prototipo de mi hombre ideal hecho realidad. Al menos, físicamente hablando. Enclenque, uno setenta y poco, piernas flacas pero fuertes, melena oscura, abundante pero graciosa, revuelta, cayéndole por unas mejillas casi transparentes. Y la guinda, unos ojos azul oscuro que casi hacen que me desmaye.
- Ah, hola.
- Ho, ho, hola... - dije, yo, aún recuperándome.
- ¿Has venido con...?
- Sí, sí, ha ido al super un momento...
- Ah, ya, ya...
No debía dejar que interpretase que era un ligue de El Fibroso, así que me apresuré en aclararle las cosas a El Frágil.
- Soy la nueva vecina, vivo aquí al lado, acabo de trasladarme...
- ¿Sí? Qué bien... ¿Y qué tal llevas los cinco pisos sin ascensor?
- Bueno, así ya no me sentiré tan culpable por no ir al gimnasio al que no pensaba apuntarme...
Le hice reír. Era una buena señal. Al menos, de que El Frágil era más inteligente que El Fibroso. O de que la tenía algo más grande que él. Con un poco de suerte, igual las dos cosas. En fin, no puedo evitar ser demasiado optimista a veces.
El Fibroso no tardó en aparecer, de modo que dejamos de hacer chistes sobre nuestra excelente forma física. Pasamos entonces a beber cerveza delante de la tele, y a contarnos un poco de dónde veníamos y adónde íbamos y si estábamos solos en el universo. Descubrí que El Fibroso y El Frágil llevaban viviendo juntos tres años, y, aunque tenían sus diferencias, habían conseguido no matarse el uno al otro en aquella caja de zapatos. Yo opté por no contarles todo, únicamente dije que me había venido a vivir aquí por trabajo. Nada de ex novios, nada de abandonos, nada de "soy una bruja caprichosa sin corazón". No iba a estropear un momento tan hiperfantástico.
La extraña pareja (I)
Algo que sucede inevitablemente cuando te cambias de casa es que tienes que conocer a tus nuevos vecinos. En la escalera, en las reuniones de edificio o a través de gritos que traspasan las paredes. Hay vecinos de todas clases: desagradables, pesados, gruñones, madrugadores, poco sigilosos, marujones, trasnochadores, amantes del sadomaso, desconfiados, campeones del mundo de hacer rodar diminutas bolas de cristal por el suelo, coleccionistas de animales ruidosos, especialistas en arrastrar sillas o, simplemente, unos hijos de la gran puta.
Tarde o temprano acabas cruzándote con uno de ellos y nunca sabes qué va a ocurrir: si te va a mirar extrañado en plan "el del quinto ya vuelve a subir putas al edificio" o si va a organizarte una fiesta de bienvenida. En mi caso, al no tener ascensor, era bastante probable que, más temprando que tarde, me encontrara con uno de mis nuevos vecinos.
Fue justamente el día que fui a Ikea a comprar "muebles" con los que adecentar mi pequeña guarida. Salí del taxi (era imposible llevar todo aquello en tren) y me dispuse a coger fuerzas para cargar con todo. Me esperaban cinco pisos de escaleras, que seguramente iban a hacerse cada vez más altas y más numerosas.

Estaba buscando la llave de la puerta del portal cuando alguien, a mis espaldas, abrió la puerta por mí. Me giré y vi, por primera vez, a uno de mis vecinos, El Fibroso, una suerte de semi dios griego, con más músculos que vocabulario. Me sonrió y le di las gracias. Echó un vistazo a toda mi mercancía y dedujo, muy inteligentemente, que acababa de mudarme.
- Pues sí, he llegado esta semana.
- ¿Y en qué piso vives?
- ¡En el quinto! - dije, entre desesperada y esperanzada
- ¿Sí? Si quieres te ayudo, yo vivo también en el quinto.
- Ah bueno, si no te importa...
Me faltó colocarle una baca en los hombros, en menos de diez segundos El Fibroso se había cargado a la espalda casi todos mis bultos.
Cuando llegamos a nuestra planta, le di las gracias como mil millones de veces. "No es nada, mujer", dijo, entre jadeos reprimidos.
- Te invitaría a pasar y tomar algo, pero aún tengo que montar las sillas, las mesas, y no tengo ni una triste lata de cerveza.
- Tranquila, mujer. ¿Por qué no te pasas un ratito por mi piso y descansamos un rato mientras nos tomamos una caña bien fresquita? Yo creo que nos lo merecemos...
El Fibroso tenía razón, así que accedí a pasar a su piso a aprovecharme un poco más de él.
El Fibroso me invitó a que me sentara en su sofá. Yo no puse ningún tipo de objeción, no me gusta ser maleducada. Me senté y me quedé como diez segundos con los ojos cerrados, estaba realmente exhausta, y eso que apenas había subido nada de mis compras. Cuando volví a abrir los ojos, El Fibroso me informó de que no le quedaban cervezas. "Bajo al súper un momento, no tardo nada. Tú, como en tu casa. Ahora vengo". No tuve tiempo ni de decirle adiós. Así que seguí disfrutando del sofá de El Fibroso, que en ese momento me parecía el más cómodo del mundo.
Tarde o temprano acabas cruzándote con uno de ellos y nunca sabes qué va a ocurrir: si te va a mirar extrañado en plan "el del quinto ya vuelve a subir putas al edificio" o si va a organizarte una fiesta de bienvenida. En mi caso, al no tener ascensor, era bastante probable que, más temprando que tarde, me encontrara con uno de mis nuevos vecinos.
Fue justamente el día que fui a Ikea a comprar "muebles" con los que adecentar mi pequeña guarida. Salí del taxi (era imposible llevar todo aquello en tren) y me dispuse a coger fuerzas para cargar con todo. Me esperaban cinco pisos de escaleras, que seguramente iban a hacerse cada vez más altas y más numerosas.

Estaba buscando la llave de la puerta del portal cuando alguien, a mis espaldas, abrió la puerta por mí. Me giré y vi, por primera vez, a uno de mis vecinos, El Fibroso, una suerte de semi dios griego, con más músculos que vocabulario. Me sonrió y le di las gracias. Echó un vistazo a toda mi mercancía y dedujo, muy inteligentemente, que acababa de mudarme.
- Pues sí, he llegado esta semana.
- ¿Y en qué piso vives?
- ¡En el quinto! - dije, entre desesperada y esperanzada
- ¿Sí? Si quieres te ayudo, yo vivo también en el quinto.
- Ah bueno, si no te importa...
Me faltó colocarle una baca en los hombros, en menos de diez segundos El Fibroso se había cargado a la espalda casi todos mis bultos.
Cuando llegamos a nuestra planta, le di las gracias como mil millones de veces. "No es nada, mujer", dijo, entre jadeos reprimidos.
- Te invitaría a pasar y tomar algo, pero aún tengo que montar las sillas, las mesas, y no tengo ni una triste lata de cerveza.
- Tranquila, mujer. ¿Por qué no te pasas un ratito por mi piso y descansamos un rato mientras nos tomamos una caña bien fresquita? Yo creo que nos lo merecemos...
El Fibroso tenía razón, así que accedí a pasar a su piso a aprovecharme un poco más de él.
El Fibroso me invitó a que me sentara en su sofá. Yo no puse ningún tipo de objeción, no me gusta ser maleducada. Me senté y me quedé como diez segundos con los ojos cerrados, estaba realmente exhausta, y eso que apenas había subido nada de mis compras. Cuando volví a abrir los ojos, El Fibroso me informó de que no le quedaban cervezas. "Bajo al súper un momento, no tardo nada. Tú, como en tu casa. Ahora vengo". No tuve tiempo ni de decirle adiós. Así que seguí disfrutando del sofá de El Fibroso, que en ese momento me parecía el más cómodo del mundo.
El apartamento
Aunque es más viejo que yo, más pequeño que una caja de zapatos, y está en un quinto piso sin ascensor, mi apartamento tiene algo que me hace feliz. Igual es que es el primer habitáculo al que puedo llamar mío. Igual es que es la primera vez que tengo entre manos algo que supone unas cuantas responsabilidades. Como un hijo, sólo que un apartamento te da muchas más alegrías. Aunque tampoco puedo hablar mucho, nunca he tenido un hijo. De todas formas, un apartamento no se pone a llorar en mitad de la noche ni tienes que llevarlo al colegio a la hora de la siesta. No hay color, desde luego.
Encontré por pura casualidad este apartamento, pues me había perdido entre tanto lío de calles. Una vez más, fue el hambre y mi habilidoso olfato los que me guiaron. Estaba cansada de andar y andar y dar vueltas por la ciudad buscando un piso en el que guarecerme día sí y día también ahora que había decidido empezar a vivir por mi cuenta. Tengo que reconocer que soy malísima con los planos, que soy incapaz de orientarme y mucho más si tengo hambre y estoy cansada. De repente, al pasar por una calle estrechita y empinada, huelo a comida caliente y ya me pierdo, o me vuelvo a encontrar. Sigo el rastro y me encuentro de frente con un restaurante pakistaní. Me quedo mirando por los cristales: no estaría mal reponer fuerzas, me digo.
Y no estuvo mal. Salí de allí con el estómago satisfecho, lista para emprender de nuevo la búsqueda de mi nueva guarida. Y la vi. La encontré. A veinte metros del restaurante pakistaní. "Se alquila". Un quinto, estaba bien, siempre me había gustado ese número. Nadie roba en un quinto piso. Mucho menos en un quinto piso sin ascensor. Sí, definitivamente sí. Me apunté el número y llamé. No contestaban. Vaya. Esperé. Volví a llamar. No lo cogían. Cuando estaba a punto de colgar, una viejecita me deja casi sorda. ¿Diga? ¿Digaaaaa?
Y yo, en medio de la calle, sola, de pie, gritando:
- Llamaba por lo del piso en alquiler de la calle *****.
- ¿El piso?
- Sí
- Sí, es aquí.
- Pues cuénteme señora, que estoy interesada.
- Pues mira, que estoy ya mayor para subir tantas escaleras, que el médico me ha dicho que me van a tener que operar de la rodilla y ya no estoy para subir tantas escaleras, que el edificio no tiene ascensor y yo ya no estoy para subir tantas escaleras, que me tienen que operar la rodilla y claro, yo no voy a poder subir tantas escaleras...
Media hora más tarde, la viejecita me había contado su vida y la de la mitad de su familia. Hasta prometí ir a verla al hospital cuando la hubiesen operado. También hablamos un poco de la cuestión del alquiler, no tan importante como sus geranios, pero bueno. Acordamos en vernos una semana más tarde para ver el piso y asegurarse de que no era una persona "de esas que no te puedes fiar ni esto".
Y vimos el piso. Y me enamoré. Y me daba igual que aún oliera a viejecita sorda y que la pintura estuviese desconchada. Iba a ser mío y sólo mío. Y eso me bastaba, al menos, de momento. La viejecita y yo nos citamos otro día para dejarlo todo ya cerrado. Iba a traerse a su hijo, abogado, que ella "no se enteraba mucho de estos chanchullos". Y nos vimos. Y firmé el contrato y el apartamento empezó a ser mío y ya lo estaba echando de menos aunque sólo lo había visto una vez. Ya tenía donde caerme muerta. Ya estaba feliz.
Lejos del mundanal ruido

Aún tengo que ver esa película, pero supongo que un día de estos lo haré. Ahora que, por suerte o por desgracia, no tengo a nadie que me moleste. Ahora que, por suerte o por desgracia, nadie va a obligarme a que me trague ningún bodrio televisivo. Nunca antes había vivido sola y, aunque no es esta la ciudad más callada del mundo, ahora puedo pensar con claridad.
¿He hecho lo correcto? Bueno, por lo menos he hecho lo que quería, y ya que mi vida es mía, no está de más que haga lo que me venga en gana. Soy más que consciente que mucha gente pensará ahora mismo que soy una niñata egoísta incapaz de pensar en los demás o en el daño que pueden causar sus acciones a otras personas. En parte tienen razón: soy egoísta sí, y pienso en mí más que en cualquier otra persona, y no creo que eso tenga nada de malo. Pero no es cierto que no piense en las consecuencias de mis actos. Sí pienso, pero también pienso en las consecuencias de mis no-actos. ¿Qué hubiese pasado conmigo si nunca me hubiese ido?
No hubiese pasado nada. Me hubiese podrido cada vez más, anclada en un sitio en el que me ahogaba, que no sentía mío desde hacía ya bastante tiempo. Me hubiese convertido en algo que siempre he odiado: una persona convencional, que forma una familia, paga una hipoteca, tiene un trabajo tedioso y un matrimonio más tedioso todavía.
No es que aspire a ser la gran reina del mundo, ni pretendo que cambien de forma artificial las órbitas de todos los planetas del universo para que todo gire en torno a mí. Pero sí aspiro a construir pasito a pasito mi vida por mí misma. Como ya he dicho antes, sólo yo tengo el derecho a decidir qué hacer con ella. Tampoco pido tanto.