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Vida y Miserias de VZ
escenas de una vida miserable en prácticas porciones individuales
Acerca de
Soy la cobarde heroina de una peli de serie B, perseguida hasta la tumba por muertos sin ojos y gigantescos tomates asesinos
Sindicación
 
Adivina quién viene esta noche
El sábado tuve la oportunidad de asistir a una velada realmente especial. En principio, El Frágil, El Fibroso y yo íbamos a cenar en su casa y luego íbamos a ir al cine. Sí, hacía frío y tenemos poca imaginación, ¿qué pasa? El plan me resultaba apetecible, pero cuando me enteré de que debía poner un plato más en la mesa, cuando ya no tenía escapatoria, el plan empezó a parecerme bastante horripilante.
- Pero, ¿quién viene?
- Ah, mi novia, que al final no sale con sus amigas
- Ah… (yujuuu)

Qué divertido. La noche tranquila y bonita con mis vecinitos acababa de convertirse en una surrealista cita de parejas. El Frágil se pasaría toda la noche pendiente de su futura ex novia y yo tendría que conformarme con darle conversación a El Fibroso. A ver, me cae genial y nos llevamos muy bien, pero cada uno tiene sus preferencias, está claro. Y si los tengo a los dos ahí, y veo que el otro no me hace caso, pues me jode, lógicamente.

Antes de seguir debo mencionar una crisis entre El Frágil y su futura ex novia que tuvo lugar cuando el blog no funcionaba. No sé si lo dije en su día, pero la futura ex novia de El Frágil es más mayor que él (tiene 26 o 27 años), tiene un buen trabajo (un buen sueldo) y una mentalidad más madura. Hace poco se cambió de piso por nosequé del alquiler, y le sugirió a El Frágil que se fuera a vivir con ella. Él dijo que lo pensaría, pero luego le dijo que no. Ella se enfadó, le dijo que era un crío, que si pensaba vivir toda la vida “como un universitario hormonado” y unas cuantas cosas igual de bonitas. Yo estaba ya frotándome las manos, pero al final se supone que lo arreglaron. Eso sí, la futura ex novia de El Frágil se marchó a vivir sola y él sigue siendo mi vecino de zulo. El caso es que la relación entre ellos se ha enfriado, no sé, se nota que no están tan cómodos como antes, y sé que a ella no le hace mucha gracia que yo esté por ahí todo el día, qué pena.

Bueno, después de este paréntesis, sigo con mi estupenda noche. La cena fue más o menos soportable, aunque la futura ex novia de El Frágil ponía malas caras de vez en cuando, sobre todo cuando los tres nos reíamos de “cosas nuestras”, por así decirlo. Ella no entendía de qué iba el asunto y hacía como que se reía, aunque en realidad no sabía por qué lo hacía. Era extraño, como si fuera una madre riéndose con su hijo y sus amigos, siguiéndoles la corriente, no sé.

Después de cenar fuimos al cine. Vimos Gomorra, una película que retrata el mundo de la mafia y que está basada en el libro homónimo de Roberto Saviano. Muy recomendable, la verdad. Nos sentamos en una fila más o menos al final de la sala, en el siguiente orden: la futura novia de El Frágil, El Frágil, yo y El Fibroso. "Algo es algo", pensé. Durante la película, El Fibroso me hablaba continuamente y casi siempre de cosas que no venían a cuento. Al final ya no le hacía ni caso. La futura ex novia de El Frágil no paraba de quejarse todo el rato porque no le gustaba la película y El Frágil le daba algo de conversación para que no se aburriera. Total, que no fue para nada romántico. Además, seguro que mucha gente creía que salíamos en plan parejitas y como ya he dicho, eso me horroriza. Sobre todo si el que más me interesa está con otra.

Cuando salimos del cine, El Frágil y su futura ex novia discutieron porque ella no había salido con sus amigas por estar con él y él “le hacía más caso a la butaca que a ella”. Se fue bastante cabreada: ni siquiera se dignó a despedirse. Yo creo que esperaba que El Frágil la siguiera o que le dijera que se quedara, pero él ni se inmutó. Nos fuimos a casa y estuvimos un rato los tres juntos. No hablamos de nada en especial, pero al menos tratamos de animar un poco a El Frágil, que parecía bastante asqueado, la verdad es que esos numeritos ya se los ha montado otras veces. A ver cómo acaba la historia. Mal, espero. Bueno, quiero que acabe bien. Bien para mí, se entiende.
 
El infierno del whisky
Odio el Whisky. Odio cómo huele. Odio cómo sabe. Odio que se me caiga por encima y que me deje apestada por los siglos de los siglos. Pero lo que más odio del whisky es que se acabe siempre más tarde que el vodka y que me obligue a elegir entre abstenerme o asquearme. Más que nada, porque siempre elijo mal.

Ayer fui a cenar con mis amigas La Selenita, La Ardillita Feliz y Hellgirl. Fuimos a casa de la primera, donde también acudieron dos amigas suyas. Qué decir de ellas: se parecían bastante en cuanto a carácter, lo que las convertía en un adorable trío cómico. Me divertí bastante con ellas, transmitían bastante confianza, como si nos conociéramos de toda la vida, y eso que sólo las había visto un par de veces antes.

El plan en sí para la noche no era nada del otro mundo: cenar y beber en casa y luego salir un rato por ahí. Un sábado como cualquier otro, vaya. Aunque yo lo recordaré siempre como el sábado víspera del día en el que adelgacé cuatro kilos en dos horas. No me gustaría ser escatológica para no herir sensibilidades pero igualmente lo voy a ser: hoy he vomitado hasta la bilis, hasta trocitos de estómago (ya sé que es mentira), hasta la cena de hace tres semanas… hasta la dignidad.

Como ya he anunciado antes, odio el whisky. Nunca me ha gustado y nunca me gustara, cosa que me sabe mal porque me gustaría poder hacerme la interesante e ir a bares mugrientos y oscuros y pedir un whisky doble con hielo detrás de otro. Me sentaría y esperaría a que alguien me acompañara (un apuesto caballero con un turbio pasado que ocultar), le seduciría con mis sutiles armas de mujer y le acabaría llevando a la perdición, como toda mujer fatal que se precie. Pero todo eso bebiendo vodka no queda tan miserable ni tan bonito. Qué putada.

Bien, después de cenar empezamos a beber y bueno, no habíamos calculado demasiado bien las cantidades necesarias. El vodka se acabó en poco rato, la ginebra del padre de La Selenita no quería acabar de entrar y lo único que quedaba era whisky. El whisky sólo le gustaba a La Ardillita Feliz y a una de las amigas de La Selenita, pero a las demás más bien nos asqueaba. Todas hicimos un esfuerzo, aunque cabe decir que a unas nos costó más que a otras.

Salimos de casa de La Selenita bastante felices: al menos el whisky había cumplido su función, por lo que me sentía más o menos satisfecha de mi esfuerzo. Sin embargo, tres paradas de metro más tarde, empecé a renegar del whisky, del transporte público y de los planes improvisados. Al principio no me encontraba demasiado mal, algo mareada, algo confusa, no sé, tampoco le di importancia, incluso me atreví a beber algo más. Eso sí, tengo unas lagunas mentales increíbles: ni siquiera sé cómo llegué más o menos sana y salva a mi casa.

Tampoco me explico cómo pude dormir de un tirón toda la noche, ni cómo no he vomitado durmiendo y me he ahogado en mi propio vómito. Supongo que mi organismo prefería que disfrutara del espectáculo estando consciente, qué cruel. Y realmente ha sido espectacular, como ya he dicho antes. He estado como dos horas yendo y viniendo hasta la taza del váter, esperando sacar lo insacable, lo que ya no tenía dentro. Me he sacado unos grandes pesos de encima y he aprendido la lección. Prometo no volver a beber. Nunca más. Al menos, hasta la semana que viene. Ya he dicho que siempre elijo mal.
 
Tarde de perros
No me avergüenza reconocerlo, es algo que forma parte de mí y que no estoy muy segura de poder cambiar. Tal vez soy una de esas personas incapaces de madurar y superar sus temores, quién sabe. Me dan miedo los perros, ¿qué pasa? A ver, si son pequeños no, pero si tienen la suficiente altura como para poder saltar y llegarme a la cara, sí. Bueno, en realidad muchos animales me dan miedo, pero por suerte no suelo cruzarme a muchos tigres por la calle.

El caso es que hace un par de días tuve una pequeña experiencia terrorífica. Volvía a mi casa del trabajo y, al salir del metro, me tocaba recorrer un pequeño trayecto hasta mi querida morada. Como todos los días, vaya. Sin embargo, esa tarde me tenía reservada una sorpresita no demasiado agradable.

Unas dos calles antes de llegar a la mía, los veo, a lo lejos. Dos perros. Enormes. Y nada más. Nadie caminando por la calle. Nadie ni nada que puedan atraer su atención antes de lanzarse a mi yugular. Ya sé que todo esto parece un poco exagerado, pero siempre que veo un perro pienso que va a abalanzarse contra mí y a atacarme sin piedad. Si es cierto que los perros huelen el miedo, yo debo apestar, y mucho. Luego resulta que en realidad el animal ni me ha visto, pero eso ya es otra cosa.

Los perros se acercan. Cada vez son más grandes. Sigue sin pasar nadie por la calle. Miro hacia atrás. Tampoco hay nadie. Respiro hondo. Pero el corazón me late cada vez más y más deprisa. Los perros son ahora más grandes. “Vamos, son sólo dos putos perros, no saben ni que existes, ni se darán cuenta de que estás aquí”. Sigo autoconvenciéndome a mí misma de que no es para tanto, de que ya soy mayorcita y que debería superar estos traumas. Pero no puedo. Y me parece ridículo escribirlo, porque realmente no es tan grave. Pero cada uno tiene sus fobias, ¿no?

Se acerca el momento crucial. Los perros enormes pronto se cruzarán conmigo y es posible que no salga de esta. Trato de rememorar los momentos bonitos de mi vida, pero sólo me vienen a la mente los momentos traumáticos y terroríficos con otros perros. Qué deprimente, morir así. Sola. En medio de la calle. A manos de dos perros enormes.

De repente, veo la luz. No demasiado grande, pero algo es algo. Me acerco. Ya está casi. Cada vez más cerca. Ya llego. Ya estoy. Tal vez no sea la solución más valiente, pero sí la más segura para mi persona. ¿Cómo he podido ser tan lerda? ¿Cómo no se me había ocurrido antes? La salvación estaba a dos pasos de mí, y yo no había sido capaz de verla. Hasta ese momento. Ahí está, la mugrienta tienda de ultramarinos (en el cartelito lo pone eh? Así que muy, muy nueva no es) con el récord mundial de inspecciones de sanidad no superadas, al menos, eso es lo que yo creo.

Allá voy, entro en la tienda. Veo como los perros pasan por delante. Se alejan. No me han visto. No me han olido. No han percibido mi putrefacto olor a miedo. Me giro. Ahí está la mugrienta dependienta de la mugrienta tienda de mugrientos ultramarinos. No es plan de irme sin nada. Cogeré lo más barato. Y lo quemaré. Y tiraré las cenizas al espacio, para que nadie pueda resultar perjudicado. Me voy a casa. Cierro la puerta detrás de mí. Miro por la mirilla: tampoco están ahí los perros. Ni debajo de la cama. Ni de la mesa. He vuelto a librarme. He vuelto a burlar a la muerte. Como helado para celebrarlo. Hoy, con doble ración de nata.
 
Una tarde en el circo (II)
He aquí la segunda y esperada entrega de la boda de mi prima. Siento el retraso, no he tenido demasiado tiempo estos días, entre estornudos y trabajo. Espero que hayaís podido dormir bien y que la espera no se os haya hecho demasiado larga (todo esto en tono irónico eh? bueno, menos lo de los estornudos y el trabajo, por desgracia).

Sin duda uno de los número más espectaculares del circo es el del Ilusionista. Aunque había varios, uno destacaba por encima de los demás. Su gran truco era el de hacer desaparecer a todas las féminas que se encontaran a su alrededor. De verdad eh? yo lo experimenté de primera mano, al igual que la gran mayoría de mujeres "casaderas" invitadas a la ceremonia. El Ilusionista se acercaba a una mujer, decía unas pocas palabras mágicas... y la mujer en cuestión aparecía de repente a medio kilómetro - poco más o menos - de él. Las palabras mágicas variaban de una mujer a otra, en el caso de mi hermana y yo, fueron: hola guapas, ¿queréis beber algo? No os preocupéis, yo invito. Acto seguido se puso a reír como diciendo "eh, ¿habéis visto que gracioso soy? la gracia está en que hay barra libre y que en realidad no tienes que pagar nada y... uhh voy a darme golpes contra esa mesa de ahí..." Lo dicho: en cuanto terminó la frase, mi hermana y yo lo habíamos perdido de vista misteriosamente.

Turno ahora para Los Payasos, cuya presencia en el circo puede decirse que es obligada. Este grupo está formado por hombres de mediana edad tirando a maduritos-no-interesantes. Su especialidad es contar chistes verdes que avergüenzan a sus mujeres, que tratan de esconderse detrás de las servilletas o de un abanico, como si nadie fuera a percatarse. También se dedican a proponer brindis absurdos o a cantar porque sí en mitad del banquete. Los Payasos amenizaron bastante la boda, aunque yo ya me reía de ellos antes de sus numeritos. Ver a unos hombres con la cara roja, la mirada desafiante y con la risa floja todo el día encima es que me puede, no puedo evitarlo.

A continuación entra en escena La Domadora de Leones, que ofrece a los presentes una actuación estelar haciendo gala de su valentía y capacidad vocal. Se trata, ni más ni menos, de la madre de la novia, que trata de poner orden aquí y allá, aunque no siempre con demasiado éxito, todo hay que decirlo. La Domadora de Leones demostró, ya desde el principio, su capacidad de liderazgo. Indicaba a los invitados dónde debían sentarse en la iglesia, en el banquete, cuándo debían brindar, cuándo se repartían los regalos, quién debía salir en cada foto... y una larga serie de complicadas empresas. Su objetivo principal era que todo fuese perfecto, aunque relajarse un poco no le habría ido mal, que no todos los días se casa una hija, digo yo. En fin, supongo que una madre siempre tiene que hacer el papel de madre, esté donde esté.

Y terminamos con El Zoo del Circo, un grupo formado por animales de varias especies que básicamente se dedicaban a ser brutos, romper cosas, emborracharse y tirarse por el suelo. Sí, son los amigos del novio, los que más disfrutan en las bodas: está más que comprobado. En El Zoo del Circo hay tigres fantasma ("yo una vez me follé a cuatro en una noche"), monos, conejillos de indias ("¿has probado alguna vez a ponerte de pie en el respaldo de una silla?") y unas cuantas especies más.

De toda la fauna presente yo destaco a El Loro y El Pavo Real. El Loro era un chico que iba muy, muy borracho. Y a mí me tocó soportarlo en la fase de "mi vida es una mierda y estoy solo en el mundo". Sí, empezó a contarme su vida en capítulos, aunque acababa siempre contándome las mismas cosas, una y otra vez. Fascinante. El Pavo Real era algo más entretenido, aunque era un idiota total. Se paseó por todo el comedor de chica en chica, a ver si alguna le hacía un poco de caso. Y sí, también vino a por mí. Justo cuando mi hermana estaba en el baño. Lo había calculado todo, no tenía escapatoria. Así que empezó a contarme que él iba cada día al gimnasio, que le gustaba depilarse "porque yo creo que no es algo que tengáis que hacer sólo vosotras" y no sé cuántas chorradas más. Por suerte, mi hermana me rescató antes de que perdiera el juicio y pudimos huir de él a tiempo.

Y hasta aquí la crónica de la boda de mi prima: diversión, vodka y cócteles a raudales. Y una resaca... de dos días. Pero mereció la pena, tengo que reconocerlo.
 
Una tarde en el circo (I)
Mil años más tarde, después de días y días sin entrar aquí (para qué, pensaba yo) descubro fascinada que alguien se ha dignado a arreglar esto. Qué bien, ya tenía yo ganas de volver a airear mis miserias por aquí, que eso de guardarse las cosas no está nada bien, todo el mundo lo sabe. Durante este tiempo me han pasado unas cuantas cosas que seguramente hubiese contado aquí, pero creo que, después de dar tanto el coñazo con la boda de mi prima, lo más justo es contar como fue el gran acontecimiento. Y si no es lo más justo me da igual, es lo que tengo escrito desde hace ya más de un mes.

La boda fue muy, muy divertida. La ceremonia en sí no es que me emocionara demasiado, pero el banquete fue espectacular. No por nada en especial, sino por el elenco de artistas y la fauna que se dejó ver por allí. Podría decirse que aquel banquete era como un espectáculo circense, donde cada uno tenía su función.

De empezar el espectáculo se encargaban Los Enanos Malabaristas, también conocidos como los niños tocapelotas. No es que los niños no me gusten, pero hay que reconocer que cuando quieren pueden ponerse muy pesados. Mención especial para unas niñas que no dejaban de preguntarnos a mi hermana y a mí si éramos novias y que a ver cuándo íbamos a casarnos, “ahora que los que sois así también podéis”. También insistían bastante con que nos besáramos para demostrarles nuestro amor. Hartas de desmentir nuestra incestuosa relación, mi hermana y yo acabamos dándonos un pequeño beso falso en la boca (en realidad sólo llegamos a rozarnos un poco los labios), que dejó bastante satisfechas (y algo perturbadas) a las niñas.

En segundo lugar hicieron su intervención El Coro De Las Mujeres Barbudas, esas mujeres mayores con las que ya no puedes meterte, no por respeto ni educación, sino porque les importa más bien poco lo que nadie diga de ellas. Ellas son las V.I.P. de la vida y pueden hacer y decir lo que les dé la gana, cuando y donde quieran. No importa que ellas tengo pelo en la cara (y en sus verrugas) o que su báscula las haya denunciado por explotación, ellas pueden meterse con cualquiera sin ningún tipo de discreción ni disimulo. Sus víctimas favoritas son otras mujeres más jóvenes que han ganado algún que otro kilo después del embarazo, las que se han divorciado teniendo niños pequeños y las que han vuelto a casarse después de un primer matrimonio fallido. Yo creo que lo que les ocurre a estas mujeres es que les jode que otras hayan hecho lo que alguna vez les apeteció hacer y no hicieron. O eso, o hace tiempo que perdieron la costumbre de hablar de cosas interesantes.

El circo cambia radicalmente de tono con la llegada de Los Equilibristas, sin duda uno de los números más divertidos. Los Equilibristas son un grupo bastante heterogéneo, integrado por personas de todas los sexos y edades (bueno, igual los niños no). Los equilibristas tratan de mantenerse siempre en pie a pesar de los obstáculos (cualquier parte del mobiliario de la sala) y las adversidades (la elevada cantidad de alcohol en sangre que llevan). En el caso de que acaben en el suelo, hacen constar a los espectadores que “ha sido a propósito” o que “hay algo en el suelo que resbala”. Hasta a unos profesionales como ellos puede pasarles, son cosas del directo.

Y hasta aquí la primera entrega de la crónica circense de la boda de mi prima, que esto está quedando muy largo. El próximo día, más. Si la tele lo hace, yo también.