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Vida y Miserias de VZ
escenas de una vida miserable en prácticas porciones individuales
Acerca de
Soy la cobarde heroina de una peli de serie B, perseguida hasta la tumba por muertos sin ojos y gigantescos tomates asesinos
Sindicación
 
Ángeles con caras sucias
No es un gran misterio que los niños no me emocionan demasiado. Sí, me gustan para reírme un rato, pero cuando dejan de divertirme, ya se pueden ir yendo, que me molestan. Y si lo que pretenden es arreglarme el día con sus impertinencias, pues más aún.

El domingo volvía a casa después de haber pasado la tarde con La Selenita y una amiga suya. Yo iba tan tranquila, con mi depresión de fin de semana y con la intención de llegar lo más pronto posible a mi casa cuando diviso, a lo lejos, una manada de niños. Supongo que debían estar celebrando algún cumpleaños o algo así, porque había bastantes y también bastantes padres. Para volverse loco, vaya.

El caso es que me voy acercando a la manada, sigilosa y rápidamente, para poder superarla lo más pronto posible. Se oyen mil millones de gritos al unísono, que se van haciendo más fuertes a medida que me acerco. Niños que salen corriendo del local del cumpleaños / reunión / cárcel infantil, niños que estiran del abrigo a los padres / carceleros, en fin, un panorama no demasiado agradable.

Cuando estoy casi a punto de cruzarme con ellos puedo distinguir mejor la escena. La mayoría de los niños manchados de chocolate, comiendo tarta o pastelitos, los padres con cara de cansados, de impaciencia por irse de allí. No me extraña, la verdad. Y yo en medio de la marabunta, con lo poco temeraria que soy.

Me meto dentro de la manada, ya que es imposible esquivarla. La calzada está un poco encharcada y, joder, no voy a bajarme de la acera por ellos, que me dejen pasar, tengo mis derechos. Intento hacerme hueco entre los padres y los niños, algunos me miran y se ríen. Unos me tiran del abrigo. “Ya vale de tirar a la gente, que no os lo tenga que volver a repetir”, les dice la madre / alguacil.

Poco a poco veo el final de la manada, pero tengo que andarme con cuidado, no sea que aplaste a un niño o lo tire al suelo. Cuando consigo escapar, noto algo pegajoso en el abrigo. Descubro entonces que uno de los simpáticos niños que me tiraba del abrigo ha aprovechado el momento para limpiarse los restos de chocolate de su pastelito en él. Gracias, hombre, ya me lo comeré de postre para la cena. Menos mal que por lo menos mi abrigo es negro, porque un pegote de chocolate situado a cierta altura del cuerpo puede dar lugar a desagradables y escatológicas interpretaciones. En fin, la próxima vez me bajaré de la acera, por si mi maltrecho abrigo no puede recuperar de nuevo su honor mancillado.
 
Bonnie y Clyde
Ya sé que hace mucho que no actualizo, pero diré en mi defensa que todo tiene una explicación, simple y sencilla. Soy una vaga redomada, como ya he dicho otras veces. Además, este puente he estado en mi casa, o en la casa de mis padres (aunque se me hace raro llamarla así) y no he tenido demasiado tiempo ni demasiadas ganas de emplearlo escribiendo aquí.

Este fin de semana lo he aprovechado para ver a mi familia y a mis amigos, que hacía ya bastante que no los veía y, como es normal, los echaba bastante de menos. Lo bueno de mi pueblo es que como es más o menos pequeño, cuando sales, te encuentras con todo el mundo. Lo malo es que si sales y bebes, igual no tienes conversaciones demasiado profundas con la gente a la que ves, pero esa ya es otra cuestión.

El sábado por la noche salí con mis amigas. Hicimos el típico plan de borregos de mi pueblo, que consiste en acabar yendo a la misma zona de bares para ver a toda la gente. En otras circunstancias me hubiese parecido una mierda de plan, pero el sábado lo encontré estupendísimo. Como ya he dicho, vi a mucha gente a la que tenía ya bastantes ganas de ver, así que acabé bastante satisfecha con la noche y con mi pequeña visita en general.

Entre las personas con las que estuve, debo mencionar a uno de mis mejores amigos, el señor Clyde, conocido por sus ideas un tanto estrafalarias de niñito travieso. Después de nuestro feliz reencuentro, insiste en invitarme a algo.
- ¿Vodka con naranja te parece bien?
- Sí, está bien
- Vale, pues toma
- Pero…
- Tú haz como si nada, pero ahora vámonos de aquí.

Con todo su morro y su disimulo, Clyde había robado un cubata, casi entero, de la barra del bar donde estábamos. Como su antiguo dueño aún no se había dado cuenta de lo ocurrido, decidimos largarnos cuanto antes mejor. Una vez ubicados en otra zona del bar, Clyde repitió la operación, esta vez, para satisfacer su propia sed. Al principio me parecía un poco mal eso de irle quitando a la gente (era posible incluso que fueran nuestros conocidos) sus cubatas. Pero luego descubrí lo divertido que era eso de beber de gratis. Al fin y al cabo, una noche al año no hace daño.

Estuvimos en dos bares más y repetimos la operación, sincronizándonos para que el resultado fuese el mejor posible. Primero escudriñábamos la zona para encontrar el mejor lugar donde ubicarnos. Luego, uno robaba el vaso mientras el otro se ocupaba de despistar al dueño o de tratar de esconder al ladrón para que nadie se diera cuenta de lo que hacía. El resultado de nuestra coalición fue un total de seis cubatas robados, dos llenos del todo y el resto con, como mínimo, algo más de la mitad del contenido. Nunca ahorrar me había resultado tan divertido.
 
Mejor... imposible
Dice una ley inexorable que si algo puede salir mal, saldrá mal. La verdad es que yo nunca había hecho caso de esta premisa, es más, siempre me he considerado, a mi manera, una persona más o menos optimista. Siempre que me pasa algo malo, suelo pensar que “podría ser peor”, “así cuando te pase algo bueno, parecerá mejor” y demás autoconvicciones por el estilo.

Pero siempre hay días en los que los esquemas se te rompen. Días en los que te levantas y algo te pone de mal humor y ya no puedes librarte del cabreo durante todo el día. Esos días mandaría a la mierda a todo el mundo, me compraría una pistola y me libraría de toda esa gente que se interpone en mi camino. Efectivamente, ayer fue uno de esos días.

Para empezar, no me acordé de conectar el despertador. Me desperté gracias a una llamada de Dean (uno de los miembros de mi Rat Pack), que me preguntó si me había pasado algo. Yo al principio no entendía a qué venía aquello, pero lo entendí perfectamente cuando miré el reloj. Qué bien. Ya llegaba por lo menos una hora y media tarde a trabajar.

Me levanté de un salto y me convertí de repente en tal vez la persona más torpe del mundo. Quería desayunar deprisa, ducharme rapídisimo, vestirme velozmente y salir de casa volando. Y cuanto más deprisa quería ir, peor. Se me derramó la leche por el suelo, me resbalé y casi me caigo al suelo al salir de la ducha y cuando ya había bajado los cinco pisos de mi bloque, me doy cuenta de que me había dejado el móvil en casa. Ya sé que habría podido sobrevivir sin él, pero siempre que salgo sin él acabo necesitándolo para una urgencia. Y como ayer no estaba dispuesta a que me siguieran pasando cosas malas, volví a subir los cinco pisos, entré en casa y cogí el móvil.

Llego al trabajo jadeando. Ni siquiera me había inventado una excusa decente para justificar el retraso, aunque no sé si hubiese sido muy creíble, aún tenía las sábanas marcadas en la cara. Me esperaba alguna bronca, pero tampoco me dijeron nada, hasta se rieron un poco conmigo, diciéndome que eso le puede pasar a cualquiera.

La mañana fue pasando más o menos normal, aunque yo aún llevaba un nerviosismo encima del que era incapaz de librarme. Sentía la necesidad de hacerlo todo deprisa, sin perder ni un momento. Y a la hora de comer, engullí la comida apenas sin masticar, lo que hizo que me doliera la tripa toda la tarde. Por suerte, el sufrimiento se me hizo más o menos soportable, pero me moría de ganas de largarme a mi casa.

Al llegar, descubro que mi pequeño zulo se había convertido en una especie de microondas. Con las prisas de la mañana, no me había acordado de regular el termostato de la calefacción, y aquello parecía el salón de invitados del infierno. Y si sumamos el calor de mi casa al que ya llevaba yo de serie de todo el día el ambiente aún parecía más infernal. Por suerte, para estas situaciones siempre cuento con el refugio de mis vecinitos, que me acogieron muy gentilmente. Me quedé a cenar con ellos y hasta tuve la sensación de que el día se iba arreglando poco a poco. Ya era hora, eran por lo menos las nueve y media de la noche.
 
Adivina quién viene esta noche
El sábado tuve la oportunidad de asistir a una velada realmente especial. En principio, El Frágil, El Fibroso y yo íbamos a cenar en su casa y luego íbamos a ir al cine. Sí, hacía frío y tenemos poca imaginación, ¿qué pasa? El plan me resultaba apetecible, pero cuando me enteré de que debía poner un plato más en la mesa, cuando ya no tenía escapatoria, el plan empezó a parecerme bastante horripilante.
- Pero, ¿quién viene?
- Ah, mi novia, que al final no sale con sus amigas
- Ah… (yujuuu)

Qué divertido. La noche tranquila y bonita con mis vecinitos acababa de convertirse en una surrealista cita de parejas. El Frágil se pasaría toda la noche pendiente de su futura ex novia y yo tendría que conformarme con darle conversación a El Fibroso. A ver, me cae genial y nos llevamos muy bien, pero cada uno tiene sus preferencias, está claro. Y si los tengo a los dos ahí, y veo que el otro no me hace caso, pues me jode, lógicamente.

Antes de seguir debo mencionar una crisis entre El Frágil y su futura ex novia que tuvo lugar cuando el blog no funcionaba. No sé si lo dije en su día, pero la futura ex novia de El Frágil es más mayor que él (tiene 26 o 27 años), tiene un buen trabajo (un buen sueldo) y una mentalidad más madura. Hace poco se cambió de piso por nosequé del alquiler, y le sugirió a El Frágil que se fuera a vivir con ella. Él dijo que lo pensaría, pero luego le dijo que no. Ella se enfadó, le dijo que era un crío, que si pensaba vivir toda la vida “como un universitario hormonado” y unas cuantas cosas igual de bonitas. Yo estaba ya frotándome las manos, pero al final se supone que lo arreglaron. Eso sí, la futura ex novia de El Frágil se marchó a vivir sola y él sigue siendo mi vecino de zulo. El caso es que la relación entre ellos se ha enfriado, no sé, se nota que no están tan cómodos como antes, y sé que a ella no le hace mucha gracia que yo esté por ahí todo el día, qué pena.

Bueno, después de este paréntesis, sigo con mi estupenda noche. La cena fue más o menos soportable, aunque la futura ex novia de El Frágil ponía malas caras de vez en cuando, sobre todo cuando los tres nos reíamos de “cosas nuestras”, por así decirlo. Ella no entendía de qué iba el asunto y hacía como que se reía, aunque en realidad no sabía por qué lo hacía. Era extraño, como si fuera una madre riéndose con su hijo y sus amigos, siguiéndoles la corriente, no sé.

Después de cenar fuimos al cine. Vimos Gomorra, una película que retrata el mundo de la mafia y que está basada en el libro homónimo de Roberto Saviano. Muy recomendable, la verdad. Nos sentamos en una fila más o menos al final de la sala, en el siguiente orden: la futura novia de El Frágil, El Frágil, yo y El Fibroso. "Algo es algo", pensé. Durante la película, El Fibroso me hablaba continuamente y casi siempre de cosas que no venían a cuento. Al final ya no le hacía ni caso. La futura ex novia de El Frágil no paraba de quejarse todo el rato porque no le gustaba la película y El Frágil le daba algo de conversación para que no se aburriera. Total, que no fue para nada romántico. Además, seguro que mucha gente creía que salíamos en plan parejitas y como ya he dicho, eso me horroriza. Sobre todo si el que más me interesa está con otra.

Cuando salimos del cine, El Frágil y su futura ex novia discutieron porque ella no había salido con sus amigas por estar con él y él “le hacía más caso a la butaca que a ella”. Se fue bastante cabreada: ni siquiera se dignó a despedirse. Yo creo que esperaba que El Frágil la siguiera o que le dijera que se quedara, pero él ni se inmutó. Nos fuimos a casa y estuvimos un rato los tres juntos. No hablamos de nada en especial, pero al menos tratamos de animar un poco a El Frágil, que parecía bastante asqueado, la verdad es que esos numeritos ya se los ha montado otras veces. A ver cómo acaba la historia. Mal, espero. Bueno, quiero que acabe bien. Bien para mí, se entiende.
 
El infierno del whisky
Odio el Whisky. Odio cómo huele. Odio cómo sabe. Odio que se me caiga por encima y que me deje apestada por los siglos de los siglos. Pero lo que más odio del whisky es que se acabe siempre más tarde que el vodka y que me obligue a elegir entre abstenerme o asquearme. Más que nada, porque siempre elijo mal.

Ayer fui a cenar con mis amigas La Selenita, La Ardillita Feliz y Hellgirl. Fuimos a casa de la primera, donde también acudieron dos amigas suyas. Qué decir de ellas: se parecían bastante en cuanto a carácter, lo que las convertía en un adorable trío cómico. Me divertí bastante con ellas, transmitían bastante confianza, como si nos conociéramos de toda la vida, y eso que sólo las había visto un par de veces antes.

El plan en sí para la noche no era nada del otro mundo: cenar y beber en casa y luego salir un rato por ahí. Un sábado como cualquier otro, vaya. Aunque yo lo recordaré siempre como el sábado víspera del día en el que adelgacé cuatro kilos en dos horas. No me gustaría ser escatológica para no herir sensibilidades pero igualmente lo voy a ser: hoy he vomitado hasta la bilis, hasta trocitos de estómago (ya sé que es mentira), hasta la cena de hace tres semanas… hasta la dignidad.

Como ya he anunciado antes, odio el whisky. Nunca me ha gustado y nunca me gustara, cosa que me sabe mal porque me gustaría poder hacerme la interesante e ir a bares mugrientos y oscuros y pedir un whisky doble con hielo detrás de otro. Me sentaría y esperaría a que alguien me acompañara (un apuesto caballero con un turbio pasado que ocultar), le seduciría con mis sutiles armas de mujer y le acabaría llevando a la perdición, como toda mujer fatal que se precie. Pero todo eso bebiendo vodka no queda tan miserable ni tan bonito. Qué putada.

Bien, después de cenar empezamos a beber y bueno, no habíamos calculado demasiado bien las cantidades necesarias. El vodka se acabó en poco rato, la ginebra del padre de La Selenita no quería acabar de entrar y lo único que quedaba era whisky. El whisky sólo le gustaba a La Ardillita Feliz y a una de las amigas de La Selenita, pero a las demás más bien nos asqueaba. Todas hicimos un esfuerzo, aunque cabe decir que a unas nos costó más que a otras.

Salimos de casa de La Selenita bastante felices: al menos el whisky había cumplido su función, por lo que me sentía más o menos satisfecha de mi esfuerzo. Sin embargo, tres paradas de metro más tarde, empecé a renegar del whisky, del transporte público y de los planes improvisados. Al principio no me encontraba demasiado mal, algo mareada, algo confusa, no sé, tampoco le di importancia, incluso me atreví a beber algo más. Eso sí, tengo unas lagunas mentales increíbles: ni siquiera sé cómo llegué más o menos sana y salva a mi casa.

Tampoco me explico cómo pude dormir de un tirón toda la noche, ni cómo no he vomitado durmiendo y me he ahogado en mi propio vómito. Supongo que mi organismo prefería que disfrutara del espectáculo estando consciente, qué cruel. Y realmente ha sido espectacular, como ya he dicho antes. He estado como dos horas yendo y viniendo hasta la taza del váter, esperando sacar lo insacable, lo que ya no tenía dentro. Me he sacado unos grandes pesos de encima y he aprendido la lección. Prometo no volver a beber. Nunca más. Al menos, hasta la semana que viene. Ya he dicho que siempre elijo mal.