PISCINA COMUNITARIA
A finales de los setenta, llegó a España la democracia y, con ella, las piscinas comunitarias llegaron a las clases bajas. Mi barrio fue construido por aquella época y, gracias a ello, vivo en un piso de 85m2 pero tengo una piscina enorme, ya que es para cuarenta bloques. Afortunadamente, no todo el mundo baja, porque se quedaría pequeña.
El otro día se me ocurrió bajar un rato a la piscina, que me da vergüenza lucir estas piernas tan blancas en verano. Para entrar en mi piscina hay dos opciones: por el lado derecho, donde se ponen mis vecinos, o por el lado izquierdo, donde se ponen todas las señoras que tienen niños pequeños. Valoré el riesgo de ser pisoteada por cincuenta niños pequeños y decidí entrar por el lado izquierdo igualmente. Siempre será más agradable que mis vecinos jugando al bingo y cantando las líneas a grito pelado.
Atravesé la valla, pasé por delante de un grupo de niños que se lo pasaban muy bien torturando a nosequé animalillo de la fauna piscinera y… ¡horror! Allí estaba ella. Rubia de bote que pretende que creamos que es natural con las cejas negras y con un bikini divino de la prestigiosa marca trestallasmenos que no dejaba nada a la imaginación, porque ella es de esas que usan la talla 38 aunque no la tengan. Al verla me entraron unas ganas locas de ir al excusado, porque esa es la sensación que ella me provoca, no sé por qué. Se llama Samanta e iba conmigo al instituto. Bueno, más que ir conmigo iba a la misma clase que yo, porque era demasiado guay como para acercarse a mí, no fuera que le contagiara algo.
Lo malo de las piscinas comunitarias para tantos bloques es que te encuentras con todo el barrio y en condiciones en las que no te gustaría encontrarte a nadie, que aún me da la risa floja cuando recuerdo al panadero en slip deportivo. Desafortunadamente, me vio y me invitó a extender mi toalla junto a ella. Qué raro, si normalmente huye de mí para no saludarme (se tiró toda una mañana evitándome en un centro comercial, Carmen estaba conmigo y puede corroborarlo). Seguramente querría algo. Y así era. Después de una hora de reloj contándome su estupenda vida sin preguntarme ni siquiera “¿qué tal estás?” me dio la fatal noticia: estaba preparando para este verano una cena de antiguos alumnos. Dicho esto se fue y yo me quedé aún más pálida.
Quizá hubiera sido mejor el bingo.
El otro día se me ocurrió bajar un rato a la piscina, que me da vergüenza lucir estas piernas tan blancas en verano. Para entrar en mi piscina hay dos opciones: por el lado derecho, donde se ponen mis vecinos, o por el lado izquierdo, donde se ponen todas las señoras que tienen niños pequeños. Valoré el riesgo de ser pisoteada por cincuenta niños pequeños y decidí entrar por el lado izquierdo igualmente. Siempre será más agradable que mis vecinos jugando al bingo y cantando las líneas a grito pelado.
Atravesé la valla, pasé por delante de un grupo de niños que se lo pasaban muy bien torturando a nosequé animalillo de la fauna piscinera y… ¡horror! Allí estaba ella. Rubia de bote que pretende que creamos que es natural con las cejas negras y con un bikini divino de la prestigiosa marca trestallasmenos que no dejaba nada a la imaginación, porque ella es de esas que usan la talla 38 aunque no la tengan. Al verla me entraron unas ganas locas de ir al excusado, porque esa es la sensación que ella me provoca, no sé por qué. Se llama Samanta e iba conmigo al instituto. Bueno, más que ir conmigo iba a la misma clase que yo, porque era demasiado guay como para acercarse a mí, no fuera que le contagiara algo.
Lo malo de las piscinas comunitarias para tantos bloques es que te encuentras con todo el barrio y en condiciones en las que no te gustaría encontrarte a nadie, que aún me da la risa floja cuando recuerdo al panadero en slip deportivo. Desafortunadamente, me vio y me invitó a extender mi toalla junto a ella. Qué raro, si normalmente huye de mí para no saludarme (se tiró toda una mañana evitándome en un centro comercial, Carmen estaba conmigo y puede corroborarlo). Seguramente querría algo. Y así era. Después de una hora de reloj contándome su estupenda vida sin preguntarme ni siquiera “¿qué tal estás?” me dio la fatal noticia: estaba preparando para este verano una cena de antiguos alumnos. Dicho esto se fue y yo me quedé aún más pálida.
Quizá hubiera sido mejor el bingo.
UN DÍA CUALQUIERA
Vaya día, y yo pensaba que con las vacaciones de la universidad iba a tener algo más de tiempo. Durante el curso, voy a una de las seis universidades públicas de la Comunidad de Madrid. Paso allí toda la mañana escuchando a sujetos de todo tipo y condición expresando sus ideas de todo tipo y condición. Aprender, la verdad, no aprendo mucho, porque algunos profesores no tienen interés en que aprendamos nada, pero ahí estoy.
Mi clase es como cualquier otra. En ella se forman los típicos núcleos: los guays, los repelentes, los raritos (esos más que un grupo son unas pocas personas independientes)… y luego estamos mis amigas y yo que, aunque cada una tiene lo suyo, nos consideramos bastante normales comparadas con el resto de la clase; ya hablaré de mis amigas de la universidad más adelante. Y es que mi carrera es una de esas en las que sólo se mete la gente rara.
A las tres salgo de clase y me voy a trabajar. Trabajo a media jornada por las tardes en una tienda situada en la “zona noble” de Madrid a la que van muchas señoras finas, elegantes y limpias a comprar objetos de diseño, que no sé sabe muchas veces qué son o para qué sirven pero hacen bonito en las fiestas y, lo más importante, cuestan como mínimo un riñón y medio hígado.
Mi madre me consiguió este trabajo a través de una de esas señoras a cuya casa le quitó la mierda años ha. Mi abuela dice que esa señora es rica porque no gasta dinero y, la verdad, con los precios que tiene ya podría darme un sueldo más digno, que hay ensaladeras que cuestan más que mi trabajo. Me paga poco para la cantidad de tonterías que tengo que aguantar. Más de una vez he estado a punto de “subirme el sueldo” con un florero azul de cristal de bohemia pero no tengo dónde ponerlo.
Por lo que tengo entendido, la tienda es un negocio familiar. Sobrevivió a guerras, crisis económicas, catástrofes naturales y, más tarde, a mi torpeza, porque, por suerte para mi bolsillo, aún no he tirado ninguno de esos espantosos cacharros de diseño, cosa rara en mí. Tienen de todo: muebles, objetos de decoración, vajillas, figuritas… incluso un objeto que lleva años al fondo de la tienda y que aún no ha comprado nadie porque ni siquiera la dueña sabe qué es. La verdad es que hay mucha gente que lo mira pero ponen más cara de “¿qué hace esto aquí?” que de “¡oh, qué bonito, se lo voy a regalar a Borjamari!”. Por lo que tengo entendido, llego en los setenta, parece ser que para quedarse.
Después de cuatro horas en ese purgatorio de los objetos inútiles, vuelvo a casa, donde me espera la adorable familia que ya conocéis y, desde hace unos días, una abuela pastillera que no es que sea borde, es que tiene un carácter complicado. Uno de mis amigos dice que las cosas más duras siempre te las dicen las madres pero eso sólo lo decía hasta que conoció a mi abuela.
Mi clase es como cualquier otra. En ella se forman los típicos núcleos: los guays, los repelentes, los raritos (esos más que un grupo son unas pocas personas independientes)… y luego estamos mis amigas y yo que, aunque cada una tiene lo suyo, nos consideramos bastante normales comparadas con el resto de la clase; ya hablaré de mis amigas de la universidad más adelante. Y es que mi carrera es una de esas en las que sólo se mete la gente rara.
A las tres salgo de clase y me voy a trabajar. Trabajo a media jornada por las tardes en una tienda situada en la “zona noble” de Madrid a la que van muchas señoras finas, elegantes y limpias a comprar objetos de diseño, que no sé sabe muchas veces qué son o para qué sirven pero hacen bonito en las fiestas y, lo más importante, cuestan como mínimo un riñón y medio hígado.
Mi madre me consiguió este trabajo a través de una de esas señoras a cuya casa le quitó la mierda años ha. Mi abuela dice que esa señora es rica porque no gasta dinero y, la verdad, con los precios que tiene ya podría darme un sueldo más digno, que hay ensaladeras que cuestan más que mi trabajo. Me paga poco para la cantidad de tonterías que tengo que aguantar. Más de una vez he estado a punto de “subirme el sueldo” con un florero azul de cristal de bohemia pero no tengo dónde ponerlo.
Por lo que tengo entendido, la tienda es un negocio familiar. Sobrevivió a guerras, crisis económicas, catástrofes naturales y, más tarde, a mi torpeza, porque, por suerte para mi bolsillo, aún no he tirado ninguno de esos espantosos cacharros de diseño, cosa rara en mí. Tienen de todo: muebles, objetos de decoración, vajillas, figuritas… incluso un objeto que lleva años al fondo de la tienda y que aún no ha comprado nadie porque ni siquiera la dueña sabe qué es. La verdad es que hay mucha gente que lo mira pero ponen más cara de “¿qué hace esto aquí?” que de “¡oh, qué bonito, se lo voy a regalar a Borjamari!”. Por lo que tengo entendido, llego en los setenta, parece ser que para quedarse.
Después de cuatro horas en ese purgatorio de los objetos inútiles, vuelvo a casa, donde me espera la adorable familia que ya conocéis y, desde hace unos días, una abuela pastillera que no es que sea borde, es que tiene un carácter complicado. Uno de mis amigos dice que las cosas más duras siempre te las dicen las madres pero eso sólo lo decía hasta que conoció a mi abuela.
Y MI FAMILA...
Mi hermana tuvo más suerte o fue más lista, cosa que todo el mundo me recuerda continuamente. Ella fue más oportuna y decidió golpear el útero de mi madre cuando ésta leía un reportaje sobre Carmina Ordóñez en una revista del corazón. Exacto, mi hermana se llama Carmen. Es algo menor que yo pero siempre ha sido superior a mí: es más alta, más guapa, estudia una carrera más difícil, saca mejores notas y, sobre todo, tiene más suerte, porque los hay que nacen con estrella y los hay que nacen estrellados.
No recuerdo muy bien cómo era mi vida sin Carmen, ya que sólo nos llevamos dos años. Supongo que sería algo mejor pero, con una madre limpiadora compulsiva y un padre que no puede vivir sin jornada de liga, tampoco sería mucho más normal de lo que es ahora.
Mi madre, como ya sabéis, está obsesionada con la limpieza y ha sabido aprovecharlo para ganarse la vida. Aparte de la desinfección y el glamour, no tiene muchas aficiones. Bueno, tiene una: el color rosa. Siempre lo he odiado pero mi madre se empeñó, antes de que yo tuviera autonomía para decidir, que mi habitación sería de ese color y ningún año faltan los calcetines rosas o el jersey rosa el día de reyes, por más que le diga que a mí me va más el marrón.
La tercera persona con la que comparto los 80 metros cuadrados de mi casa es mi padre. Tiene un trabajo de lo más normal (trabaja en una oficina) y su única afición conocida, si no tenemos en cuenta el dormirse la película del sábado por la tarde, es el fútbol. El siempre quiso tener un hijo con quien ver el fútbol pero acabó con dos niñas que aborrecen dicho deporte. Es posible que parte de mi mala suerte la haya heredado de él. Las jornadas de liga, de Champion, de UEFA y de Copa del Rey son sagradas en mi casa, así como los torneos de verano, los mundiales, los campeonatos europeos y, en general, todo lo que sea fútbol. Durante las casi dos horas de partido no podemos decirle nada ni después si ha perdido su equipo o el equipo por el que más simpatía siente, porque no hace falta que juegue su equipo para que vea el partido. Lo peor es cuando gana: la celebración puede durar horas. Recuerdo que el último domingo de liga no me dejó estudiar para un examen que tenía al día siguiente porque su equipo había ganado la liga.
El resto de mi entorno es normal: vivo en un barrio corriente, de bloques altos y parques con botellones, y tengo vecinos corrientes, dentro de lo normales que pueden llegar a ser los vecinos, esos seres con los que, afortunadamente, compartes poco más que el ascensor y la piscina y que hacen cosas tan civilizadas como vaciar por la ventana el cubo de fregar. No son ni finos, ni elegantes ni, por supuesto, limpios.
No recuerdo muy bien cómo era mi vida sin Carmen, ya que sólo nos llevamos dos años. Supongo que sería algo mejor pero, con una madre limpiadora compulsiva y un padre que no puede vivir sin jornada de liga, tampoco sería mucho más normal de lo que es ahora.
Mi madre, como ya sabéis, está obsesionada con la limpieza y ha sabido aprovecharlo para ganarse la vida. Aparte de la desinfección y el glamour, no tiene muchas aficiones. Bueno, tiene una: el color rosa. Siempre lo he odiado pero mi madre se empeñó, antes de que yo tuviera autonomía para decidir, que mi habitación sería de ese color y ningún año faltan los calcetines rosas o el jersey rosa el día de reyes, por más que le diga que a mí me va más el marrón.
La tercera persona con la que comparto los 80 metros cuadrados de mi casa es mi padre. Tiene un trabajo de lo más normal (trabaja en una oficina) y su única afición conocida, si no tenemos en cuenta el dormirse la película del sábado por la tarde, es el fútbol. El siempre quiso tener un hijo con quien ver el fútbol pero acabó con dos niñas que aborrecen dicho deporte. Es posible que parte de mi mala suerte la haya heredado de él. Las jornadas de liga, de Champion, de UEFA y de Copa del Rey son sagradas en mi casa, así como los torneos de verano, los mundiales, los campeonatos europeos y, en general, todo lo que sea fútbol. Durante las casi dos horas de partido no podemos decirle nada ni después si ha perdido su equipo o el equipo por el que más simpatía siente, porque no hace falta que juegue su equipo para que vea el partido. Lo peor es cuando gana: la celebración puede durar horas. Recuerdo que el último domingo de liga no me dejó estudiar para un examen que tenía al día siguiente porque su equipo había ganado la liga.
El resto de mi entorno es normal: vivo en un barrio corriente, de bloques altos y parques con botellones, y tengo vecinos corrientes, dentro de lo normales que pueden llegar a ser los vecinos, esos seres con los que, afortunadamente, compartes poco más que el ascensor y la piscina y que hacen cosas tan civilizadas como vaciar por la ventana el cubo de fregar. No son ni finos, ni elegantes ni, por supuesto, limpios.





