La vida sigue igual
Lo reconozco. Durante los últimos meses he hecho lo imposible por desaparecer de la faz de la tierra. Y casi lo consigo. Pero la vida da muchas vueltas y hoy, le pese a quien le pese, me toca reaparecer.
A día de hoy, estoy hasta los mismísimos de eso que llaman mediación familiar, sobre todo porque no median nada y siempre es la misma parte la que tiene que dar su brazo a torcer, en este caso yo. Y tampoco tengo claro que mis múltiples concesiones estén siendo lo mejor para mi hija, sobre todo porque la amenaza de que su madre se vuelva a largar estará siempre presente. Pero tendremos que vivir con ella.
Aunque Cristina no pueda aceptarlo, no me importa su vida, con quién está o con quién deja de estar, ni si es feliz. Ya no es asunto mío. Lo único que me preocupa es que Cristinita esté bien cuando está con ella y, teniendo en cuenta que últimamente no hay forma de quitarle la sonrisa de la cara, creo que disfruta de los períodos que pasa con su madre, lo que tiene que ser bueno, digo yo.
Eso sí, nuestro contacto se limita a las reuniones quincenales que mantenemos con esos dos tipejos que nos desangran y que dejan que ella me insulte mientras yo callo por no parecer descortés, aunque olvido que me convierto en cobarde. Y no es que le tenga miedo, faltaría más, pero me aterroriza pensar que pueda utilizar alguna de mis frases en un futuro juicio. Porque, aunque nos empeñemos en negar lo evidente, este tema de la custodia terminará allí. Ni yo estoy dispuesto a ser un padre de fin de semana, ni ella quiere oír hablar de custodia compartida.
Mientras tanto, hoy estreno mi primera quincena de soltero (y no padre soltero como hasta ahora), ya que madre e hija volverán a pasar juntas las Fallas. La cuestión es ¿qué hacía yo cuando era simplemente soltero? Ha pasado tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Y, ¿sabes que? Que me da igual.
A día de hoy, estoy hasta los mismísimos de eso que llaman mediación familiar, sobre todo porque no median nada y siempre es la misma parte la que tiene que dar su brazo a torcer, en este caso yo. Y tampoco tengo claro que mis múltiples concesiones estén siendo lo mejor para mi hija, sobre todo porque la amenaza de que su madre se vuelva a largar estará siempre presente. Pero tendremos que vivir con ella.
Aunque Cristina no pueda aceptarlo, no me importa su vida, con quién está o con quién deja de estar, ni si es feliz. Ya no es asunto mío. Lo único que me preocupa es que Cristinita esté bien cuando está con ella y, teniendo en cuenta que últimamente no hay forma de quitarle la sonrisa de la cara, creo que disfruta de los períodos que pasa con su madre, lo que tiene que ser bueno, digo yo.
Eso sí, nuestro contacto se limita a las reuniones quincenales que mantenemos con esos dos tipejos que nos desangran y que dejan que ella me insulte mientras yo callo por no parecer descortés, aunque olvido que me convierto en cobarde. Y no es que le tenga miedo, faltaría más, pero me aterroriza pensar que pueda utilizar alguna de mis frases en un futuro juicio. Porque, aunque nos empeñemos en negar lo evidente, este tema de la custodia terminará allí. Ni yo estoy dispuesto a ser un padre de fin de semana, ni ella quiere oír hablar de custodia compartida.
Mientras tanto, hoy estreno mi primera quincena de soltero (y no padre soltero como hasta ahora), ya que madre e hija volverán a pasar juntas las Fallas. La cuestión es ¿qué hacía yo cuando era simplemente soltero? Ha pasado tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Y, ¿sabes que? Que me da igual.