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(aunque sólo sea cinco minutos)
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Soy un ser extraño que ha decidido compartir su (no)vida con todo aquél que esté interesado en gastar tiempo en mis historias Contador Gratis
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Lunes de resaca
No tengo vergüenza. Lo reconozco y, como el primer paso es admitirlo, supongo que estoy en el buen camino para recuperarme de lo que hemos acordado en bautizar “síndrome de golfería post-relacional”, que viene a ser algo así como no parar por casa tantas noches como sea posible después de un largo período con pareja (tras el luto correspondiente por la ruptura de la misma).

Ahora que por fin me he dado cuenta de que tengo derecho a una vida de soltero (sin obviar mis responsabilidades como padre, por supuesto), he descubierto lo bien que sienta encadenar una juerga tras otra, aunque los años (y me jode aceptarlo) me van pasando factura. Y más después de haber dormido poco más de veinte horas en cinco días.

Así que esta mañana me he quedado dormido en mi despacho y si no llega a entrar una de las enfermeras creo que allí seguiría, babeando sobre algún talonario de recetas y manchándome la cara con la tinta de la pluma que he roto (sin querer) en medio de ese sueño en el que ella nunca tiene tiempo de decirme su nombre, aunque parece que siempre estará allí, sentada en el taburete de aquel bar al que antes nunca entraba y del que ahora no quiero salir.
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Cotilleos, cotilleos, cotilleos...
La cena con mis antiguos compañeros fue bastante bien, aunque evidentemente me tocó dar más explicaciones de las que a mí me habría gustado (sólo mis más allegados se habían enterado de mi separación). Ya se sabe, la novedad siempre llama la atención y después de tanto tiempo sin vernos todo el mundo se quería poner al día (ponerse al día es la forma que tenemos los médicos de decir “cotillear a saco la vida de los otros”).

Después del momento inicial de saludos y parloteos varios nos fuimos sentando en las mesas del restaurante; por suerte el que las montó estuvo iluminado por alguna fuerza divina y me colocó con personas bastante afines a mí (¿Qué habría pasado si me llegan a sentar al lado de Pacheco, que se pasó toda la carrera preguntando “¿hoy veremos algún cadáver?”?), por lo que pude disfrutar de una cena muy agradable.

Sentados conmigo estaban Luís Sopena (en mi promoción había unos cuantos), Teresa (embarazadísima), José Ignacio (presumiendo de mujer “made in me”) y Laura Barcelona (nada que ver con Laura Pérez, protagonista de las fantasías de media clase), todos ellos con sus respectivas parejas, y de solteros Eva Rubio (delgadísima y apagadísima) y yo (divino, por supuesto). Así que entre bromas, anécdotas y otras chorradas se nos pasaron volando las tres horas que estuvimos cenando.

Luego, en la discomóvil que habíamos contratado (para no tener que movernos del restaurante y evitar posibles multas/accidentes), aproveché para interaccionar con el resto de amistades pérdidas en estos años de ausencia.

Recordaba especialmente a dos compañeros; Paula García y Joan Ferrando. A ella la llamábamos “ratita de biblioteca” porque se pasaba el día buceando entre sus apuntes y tenía como segundo hogar la biblioteca de la universidad (también he de decir que, gracias a ella, muchos conseguimos aprobar exámenes e incluso sacar mejor nota de la que pensábamos). Y Joan, el sempiterno ligón de la clase, la envidia de todos los que, como yo, no se comían una rosca. Él siempre se rodeaba de las chicas más guapas (a veces no tan guapas), estudiantes o no, y las camelaba con ese aire de Don Juan arrebatador que aún conservaba la última vez que le vi.

Por carambolas del destino, dos personas tangencialmente opuestas como ellos acabaron juntos después de coincidir en el mismo centro hospitalario (tras haber estado sin dirigirse la palabra durante toda la carrera) y, enamoradísimos, se casaron en lo que nosotros apodamos “el bodorrio del año”. Pues bien, yo que pensaba que dos seres tan perfectos como ellos comerían perdices eternamente, me choqué de bruces con la realidad (no se si por azar o por exceso de cubatas): me encontré de casualidad con Paula y pude escuchar como les contaba a las otras “el dramón en que se había convertido su vida”.

Y como soy un cotilla sin remedio, pues me tuve que enterar de toda la historia, así que me fui a buscar a mi partenaire en lo que a rumorología post-universitaria se refiere, mi amigo Luís (Sopena). Y me lo contó todo: felizmente casados y forrados (Paula es psiquiatra y Joan dermatólogo con clínica privada), resulta que un buen día Paula descubrió que su marido le era infiel, pero pensó que él no la dejaría por otra y decidió pasarlo por alto (creo que esto me suena de algo). Claro que ella no contaba con el poder de persuasión de la amante-recepcionista-granzorraquesetiraamimarido y siguió viviendo su película de loquera encantada de haberse conocido. Total, que hace cinco meses Joan le dijo que no podía seguir viviendo una mentira, que había conocido a la mujer de su vida y que se iba, dejándola a cargo de sus dos hijos (ella que siempre había calificado a los niños como pozos de bacterias y virus), uno de dos añitos y otro,¡ qué broma más macabra!, de nueve semanas y media. Así que era la primera vez que salía de casa desde entonces y, por lo visto, no estaba siendo la fiesta de su vida.

En definitiva, mis miedos por ser no sólo el más divino, sino también el más desgraciado de la fiesta se borraron de un plumazo e intenté pasármelo lo mejor posible (lo conseguí), aunque quizás debería haberme acercado a Paula y haberle dicho que sabía por lo que estaba pasando. Pero finalmente pensé que su situación no tiene nada que ver con la mía (mi hija ya era capaz de vivir por sí misma), así que preferí limitarme a darle dos besos y hacer como si no hubiese oído nada. A veces en mejor dejar que la herida cicatrice sola…
 
Divino
Hacía tiempo que no me pasaba tanto en el baño mirándome el careto y aseándome, así que cuando me he querido dar cuenta ya estaba mi madre en casa atosigándome (que si qué hago para cenar, que si la niña puede ver nosequé…).

¿Y por qué me paso tanto tiempo arreglándome si no tengo una cita? Pues porque hoy tengo la cena que mis compañeros de la facultad celebran todos los años y he tomado la decisión (un poco empujado por mi hija, que dice que me van a salir telarañas) de unirme a ellos.

He de confesar que los primeros años (justo después de licenciarme y cuando todavía era interno) contaba los días para que llegara la cena; me gustaba ir a presumir de familia y de felicidad, una felicidad que me salía hasta por las orejas. Y cuando todavía éramos felices (o al menos yo lo era), llegó un día en el que a Cristina le empezaron a entrar jaquecas justo el día de la cena y claro, no iba a dejarla en casa.

Y así, cinco años sin verlos (el año pasado no tenía muchas ganas de ir a dar explicaciones) y sin tener prácticamente noticias de ellos. Pero hoy vuelvo, Jorgito sigue siendo del grupo y, aunque los años no pasan en balde, ¿quién dice que después de tantas horas preparándome no voy a ser el más “divino” de la fiesta?
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De vuelta
Hace casi una semana que volvimos de las Américas, pero no he tenido tiempo (ni tampoco muchas ganas, la verdad) de ponerme delante del ordenador a escribir unas cuantas quejas y lamentos, que es lo que últimamente se me da mejor (quejarme y lamentarme, no escribir).

Las vacaciones han ido bien; estuvimos cuatro días en Orlando, tiempo más que suficiente para acabar deseándole la muerte a Mickey y compañía, y ocho en Miami, intentando disfrutar de la playa, aunque las noticias de la llegada de temporales acababan por meternos el miedo en el cuerpo.

Mentiría si dijese que, después de una semana con mi hija, no tenía ganas de salir y tratar de mantener una conversación con alguien de mi edad; pero tuvimos la suerte de coincidir en el hotel (en el de Miami) con una familia de españoles, Cristina hizo migas con una de las hijas y yo aproveché para salir alguna noche al bar del hotel.

En definitiva, lo hemos pasado muy bien y hemos aprovechado para acercarnos un poco más (mi hija y yo, claro), aunque sigo teniendo la extraña sensación de que crece demasiado rápido para mí. Y, bueno, todo habría sido perfecto si no me hubiese tenido que reincorporar al trabajo una semana antes de lo previsto; pero es que uno de mis compañeros ha sido padre y se ha cogido 15 días de permiso. ¡Maldita ley!
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