Carmen
Definitivamente estoy perdiendo la cabeza. No sorprenderé a nadie si afirmo que mi vida amoroso-sentimental en el último año ha sido más bien desastrosa, por no decir inexistente, pero estos últimos días han pasado cosas que me han llevado a replantearme mi condición de ser humano mentalmente estable.
Hace ya unos cuantos meses que me empecé a desvincular de las correrías nocturnas a las que mis amigos me habían hecho asiduo en los últimos tiempos. No nos equivoquemos; la causa de la decisión no ha sido el alcance de la madurez por mi parte, sino más bien el hecho de que mi madre empezaba a hacer demasiadas preguntas. Y claro, no iba a decirle que recurría a sus dotes de niñera para poder trajinarme a alguna desconocida. No lo habría entendido. Así que decidió que había llegado el momento de centrarme en mi vida laboral y familiar.
Pero entonces llegó Ella. Morena, cabello rizado negro sobre los hombros, penetrantes ojos grises, piernas de infarto, un precioso culo respingón… La imagen de la perfección visual hecha mujer. Y estudiante de 4º de Medicina.
Carmen se convirtió desde el primer día en “ese oscuro objeto de deseo” por el que suspirábamos todos los hombres heterosexuales que nos la cruzábamos: médicos, celadores, enfermeros… Pero ella tenía predilección por los médicos o, al menos, nos identificaba como las víctimas más débiles y cada vez que se cruzaba con alguno de nosotros nos susurraba frases al oído, consciente de su poder, del atractivo de lo prohibido.
He intentado ignorarla, pero a lo largo de esta semana ha pasado de las palabras a los hechos (no sólo conmigo) y me ha resultado difícil contenerme. Hasta el punto de que en los últimos días, sin saber muy bien como, nos hemos quedado a solas muchas veces y sus provocaciones han ido en aumento.
Esta noche, cuando estaba cambiándome para volver a casa, se ha acercado por la espalda y me ha acariciado el pelo. No he sabido comportarme como un adulto responsable; se me ha olvidado por completo que es una estudiante y que eso le otorga un status de intocable. Le he propuesto dar una vuelta en mi coche para despejarnos y me ha dicho que sí, aunque no hemos salido juntos. Y está claro que muy lejos no hemos ido, lo justo para alejarnos de posibles miradas indiscretas.
Creo que la he cagado. Le he puesto mi cabeza en bandeja, aunque, bien mirado, hoy no me ha servido de mucho tenerla sobre los hombros. Para colmo de males, no dejo de pensar en ella y soy incapaz de dormirme. Definitivamente, acabaré por volverme loco, si no lo estoy ya.
Hace ya unos cuantos meses que me empecé a desvincular de las correrías nocturnas a las que mis amigos me habían hecho asiduo en los últimos tiempos. No nos equivoquemos; la causa de la decisión no ha sido el alcance de la madurez por mi parte, sino más bien el hecho de que mi madre empezaba a hacer demasiadas preguntas. Y claro, no iba a decirle que recurría a sus dotes de niñera para poder trajinarme a alguna desconocida. No lo habría entendido. Así que decidió que había llegado el momento de centrarme en mi vida laboral y familiar.
Pero entonces llegó Ella. Morena, cabello rizado negro sobre los hombros, penetrantes ojos grises, piernas de infarto, un precioso culo respingón… La imagen de la perfección visual hecha mujer. Y estudiante de 4º de Medicina.
Carmen se convirtió desde el primer día en “ese oscuro objeto de deseo” por el que suspirábamos todos los hombres heterosexuales que nos la cruzábamos: médicos, celadores, enfermeros… Pero ella tenía predilección por los médicos o, al menos, nos identificaba como las víctimas más débiles y cada vez que se cruzaba con alguno de nosotros nos susurraba frases al oído, consciente de su poder, del atractivo de lo prohibido.
He intentado ignorarla, pero a lo largo de esta semana ha pasado de las palabras a los hechos (no sólo conmigo) y me ha resultado difícil contenerme. Hasta el punto de que en los últimos días, sin saber muy bien como, nos hemos quedado a solas muchas veces y sus provocaciones han ido en aumento.
Esta noche, cuando estaba cambiándome para volver a casa, se ha acercado por la espalda y me ha acariciado el pelo. No he sabido comportarme como un adulto responsable; se me ha olvidado por completo que es una estudiante y que eso le otorga un status de intocable. Le he propuesto dar una vuelta en mi coche para despejarnos y me ha dicho que sí, aunque no hemos salido juntos. Y está claro que muy lejos no hemos ido, lo justo para alejarnos de posibles miradas indiscretas.
Creo que la he cagado. Le he puesto mi cabeza en bandeja, aunque, bien mirado, hoy no me ha servido de mucho tenerla sobre los hombros. Para colmo de males, no dejo de pensar en ella y soy incapaz de dormirme. Definitivamente, acabaré por volverme loco, si no lo estoy ya.
Etiquetas: estudiante locura
Odio
Odio las rebajas. Odio a las personas a las que les gustan las rebajas. Odio a mi hija cuando me pide ir de rebajas.
El sábado empezó mi primera semana de vacaciones (el sábado vuelvo al trabajo) tenía todo planeado desde hacía días; un fin de semana familiar en una casita de la playa con unos amigos, fin de semana que seguro se habría prolongado hasta el jueves y que podría haber aprovechado para quitarme la palidez y coger algo de color, que ya toca.
Pero no. Ni playa, ni nada porque la señorita quería ir de compras; según ella necesitaba urgentemente un bikini (¿para qué si no vamos a ir a la playa?) y el domingo los encontraríamos “tiradísimos” de precio.
Llamé a mis amigos y les dije que nosotros iríamos el domingo, después de satisfacer los deseos de mi hija (sigo sin ser capaz de negarme a sus peticiones cuando me pone morritos). Y madrugué para terminar lo antes posible con las compras; claro que no conté con que Cristina no se iba a levantar hasta pasadas las once y que, una vez de compras, no se conformaría con un bikini.
Al final, más de doscientos euros metidos en dos bolsas (que, por supuesto, llevaba yo) porque no le bastó con elegir el trikini (que es la última moda) más caro, sino que necesitó una toalla y unas chanclas a juego (además de un vestido “monísimo” para cuando estuviese morena) y casi cuatro horas dando vueltas entre la marabunta de gente que continúa pensando que el primer día de rebajas regalan algo.
Cuando, por fin, llegamos a casa le dije que cogiese las cosas porque nos íbamos a Pobla y me dijo que no, que no podía ir a ningún sitio sin depilarse (¡Por Dios, que tiene once años!) y que yo como adulto que soy debería saberlo (claro, como me depilo todos los días…).
Así que al final nos hemos quedado en casa; yo sin playa y ella sin depilación. No, no me he negado a ello, pero es que no sé a donde tiene que ir, ni si es bueno dejarla tan pronto.
Definitivamente, lo que más odio es no saber que hacer y darme cuenta de que, por mucho que haga, sigo siendo un padre paleto jugando a ser algo que nunca podrá ser.
El sábado empezó mi primera semana de vacaciones (el sábado vuelvo al trabajo) tenía todo planeado desde hacía días; un fin de semana familiar en una casita de la playa con unos amigos, fin de semana que seguro se habría prolongado hasta el jueves y que podría haber aprovechado para quitarme la palidez y coger algo de color, que ya toca.
Pero no. Ni playa, ni nada porque la señorita quería ir de compras; según ella necesitaba urgentemente un bikini (¿para qué si no vamos a ir a la playa?) y el domingo los encontraríamos “tiradísimos” de precio.
Llamé a mis amigos y les dije que nosotros iríamos el domingo, después de satisfacer los deseos de mi hija (sigo sin ser capaz de negarme a sus peticiones cuando me pone morritos). Y madrugué para terminar lo antes posible con las compras; claro que no conté con que Cristina no se iba a levantar hasta pasadas las once y que, una vez de compras, no se conformaría con un bikini.
Al final, más de doscientos euros metidos en dos bolsas (que, por supuesto, llevaba yo) porque no le bastó con elegir el trikini (que es la última moda) más caro, sino que necesitó una toalla y unas chanclas a juego (además de un vestido “monísimo” para cuando estuviese morena) y casi cuatro horas dando vueltas entre la marabunta de gente que continúa pensando que el primer día de rebajas regalan algo.
Cuando, por fin, llegamos a casa le dije que cogiese las cosas porque nos íbamos a Pobla y me dijo que no, que no podía ir a ningún sitio sin depilarse (¡Por Dios, que tiene once años!) y que yo como adulto que soy debería saberlo (claro, como me depilo todos los días…).
Así que al final nos hemos quedado en casa; yo sin playa y ella sin depilación. No, no me he negado a ello, pero es que no sé a donde tiene que ir, ni si es bueno dejarla tan pronto.
Definitivamente, lo que más odio es no saber que hacer y darme cuenta de que, por mucho que haga, sigo siendo un padre paleto jugando a ser algo que nunca podrá ser.