Tiempo
César se muere. Ocho meses de valiente lucha contra el puto cáncer; ocho meses apostando a vida contra una ruleta que sólo marcaba muerte. Y hoy le hemos comunicado a su mujer que suspendemos la quimio y pasamos a la radioterapia (para ahorrarle sufrimientos innecesarios), aunque todos sabemos que no hay nada que hacer. Sólo queremos darle un poco más de tiempo.
Tiempo. Lo que más pensamos que nos sobra y luego es lo que más echamos en falta. ¿Cuánto tiempo se necesita para desmontar una vida, para dibujar el mejor de los recuerdos entre los seres queridos? Desde luego, mucho más del que César tiene.
A estas alturas estoy más que acostumbrado a lidiar con la muerte. Mi trabajo es una pelea cuerpo a cuerpo contra ella; no hay empate posible, pero me consuela saber que tengo a los buenos de mi lado. Lo malo es que en esta película, la película de la vida, los malos ganan demasiadas veces. En cada batalla soy consciente de que puedo perder, pero está vez estaba convencido de que ganaría. Y me equivoqué. Mi caballo ganador no volverá a las carreras.
La gente a la que se lo he contado les parece una tontería. ¿Por qué te pones así? – me preguntan constantemente- ¿Por qué es éste diferente? Y lo cierto es que no tengo la respuesta. No sé por qué me está afectando tanto; no sé por qué, justo ahora, me pongo a maldecir contra quien maneja los hilos de toda esta mierda.
Es un tópico decir que siempre se mueren los mejores. No sé si César lo es; no es mi amigo, no le conozco lo suficiente como para juzgarle. Pero eso no quita que sea injusto. Su hijo aún no ha cumplido un año, todavía no anda, ni dice papá. César se lo va a perder todo y nosotros sólo hacemos que hablar de tiempo. 3 meses y el reloj se apaga, deja de funcionar, deja de latir, deja de ser. Nunca estamos preparados para irnos y, en cambio, hoy he vuelto a poner una fecha de caducidad.
Tiempo. Lo que más pensamos que nos sobra y luego es lo que más echamos en falta. ¿Cuánto tiempo se necesita para desmontar una vida, para dibujar el mejor de los recuerdos entre los seres queridos? Desde luego, mucho más del que César tiene.
A estas alturas estoy más que acostumbrado a lidiar con la muerte. Mi trabajo es una pelea cuerpo a cuerpo contra ella; no hay empate posible, pero me consuela saber que tengo a los buenos de mi lado. Lo malo es que en esta película, la película de la vida, los malos ganan demasiadas veces. En cada batalla soy consciente de que puedo perder, pero está vez estaba convencido de que ganaría. Y me equivoqué. Mi caballo ganador no volverá a las carreras.
La gente a la que se lo he contado les parece una tontería. ¿Por qué te pones así? – me preguntan constantemente- ¿Por qué es éste diferente? Y lo cierto es que no tengo la respuesta. No sé por qué me está afectando tanto; no sé por qué, justo ahora, me pongo a maldecir contra quien maneja los hilos de toda esta mierda.
Es un tópico decir que siempre se mueren los mejores. No sé si César lo es; no es mi amigo, no le conozco lo suficiente como para juzgarle. Pero eso no quita que sea injusto. Su hijo aún no ha cumplido un año, todavía no anda, ni dice papá. César se lo va a perder todo y nosotros sólo hacemos que hablar de tiempo. 3 meses y el reloj se apaga, deja de funcionar, deja de latir, deja de ser. Nunca estamos preparados para irnos y, en cambio, hoy he vuelto a poner una fecha de caducidad.
Un año ya
Lo primero de todo, me gustaría responder a uno de los comentarios hechos a mi anterior post. Es cierto que me he apuntado al concurso de 20 minutos, tan cierto como sé que mis posibilidades de ganar son nulas; me apunté porque me hacía ilusión que, tal vez, alguien se pasase por aquí, leyese lo que voy escribiendo y se animase a darme un voto. Pero en ningún caso se me habría ocurrido ir de blog en blog, colgando en todos un mensaje similar, para pedir votos a cambio de dar el mío propio. No me parece ético; quiero que si alguien me vota sea porque le gusta lo que escribo, no porque a cambio va a recibir un voto mío. Espero que con esto quede claro cual va a ser mi proceder ante lo que se me pedía en el comentario en cuestión.
Como conté, el día de Nochevieja puse punto final a un año de celibato y pude comprobar que estas cosas son como montar en bicicleta; una vez aprendidas no se olvidan, pese a la falta de práctica. He de admitir que no fue uno de esos polvos que recuerdas de por vida, demasiado alcohol y demasiados nervios (curiosa mezcla, ¿verdad?). Me lo encontré y ya está; no lo iba buscando, pero tampoco había salido con el propósito firme de negarme en caso de que pasase (¿Quién se va a imaginar que algo así puede suceder?).
No sé su nombre y no creo que la vuelva a ver, pero gracias, gracias por liberarme de ese peso llamado Cristina, durante una noche. Cristina… No puedo creer que ya haya pasado un año desde que se fue de casa (lo hizo el pasado día 9). El tiempo ha pasado más rápido de lo que creía y algunas heridas empiezan a cerrarse. Se va el odio, llega la indiferencia. Espero que el olvido no tarde mucho en hacer su aparición.
Siento que esta entrada sea tan sumamente penosa, pero es que tengo la cabeza en otra parte; de momento no puedo contar donde. Quizá mañana.
Como conté, el día de Nochevieja puse punto final a un año de celibato y pude comprobar que estas cosas son como montar en bicicleta; una vez aprendidas no se olvidan, pese a la falta de práctica. He de admitir que no fue uno de esos polvos que recuerdas de por vida, demasiado alcohol y demasiados nervios (curiosa mezcla, ¿verdad?). Me lo encontré y ya está; no lo iba buscando, pero tampoco había salido con el propósito firme de negarme en caso de que pasase (¿Quién se va a imaginar que algo así puede suceder?).
No sé su nombre y no creo que la vuelva a ver, pero gracias, gracias por liberarme de ese peso llamado Cristina, durante una noche. Cristina… No puedo creer que ya haya pasado un año desde que se fue de casa (lo hizo el pasado día 9). El tiempo ha pasado más rápido de lo que creía y algunas heridas empiezan a cerrarse. Se va el odio, llega la indiferencia. Espero que el olvido no tarde mucho en hacer su aparición.
Siento que esta entrada sea tan sumamente penosa, pero es que tengo la cabeza en otra parte; de momento no puedo contar donde. Quizá mañana.
Nochevieja
Después de unos días de inactividad, he regresado. Esta vez no es que haya estado hasta arriba de trabajo, sino que, por fin, he tenido unos días de vacaciones y los he disfrutado en compañía de la, por ahora, única mujer de mi vida (sin contar a mi madre, claro).
No sé hasta que punto esta omisión de la mujer con la que he venido saliendo puede resultar chocante, pero todo tiene una explicación y, en este caso, se remonta al día de Nochevieja. Llamé a Paloma para interesarme por sus planes, para ver en qué medida podíamos hacerlos coincidir con los míos (salir a dar una vuelta con los chicos, ya ves). Como suponía, tenía plan. Normal. Todas las enfermeras del mundo tienen plan para ese día.
Lo que me chocó fue que me dijese que disfrutase yo también de la noche, porque no hay nada mejor que empezar el año con un buen polvo a la luz de la luna, las estrellas y las burbujitas del champagne (cava en su defecto). Me quedé de piedra. A ver, no es que pensase que lo nuestro era algo serio, pero de ahí a que la mujer con la que he estado saliendo me invite a acostarme con otras… Y así se lo dije.
Me dijo que lo nuestro era un divertimento, que nos lo pasábamos genial juntos y que seguro que sabríamos seguir sacando partido a cada uno de nuestros (futuros) encuentros. Pero que de relación, nada de nada. De hecho, ella pensaba salir esa noche como lo que era, una mujer sin pareja y abierta a cualquier propuesta interesante que se le plantease. Y, claro, un amargado como yo no entraba entre ellas (esto no me lo dijo, pero lo pensaba seguro).
Le deseé una feliz noche y me despedí. Si alguna vez hubo alguna posibilidad de que yo tuviese algo con ella, se había desvanecido por completo. Ella era una mujer sin pareja y yo el capullo que había creído serlo. Como siempre, patético.
El caso es que ni siquiera me enfadé. Con el beneplácito de mi asesora personal de imagen, mi hija, salí dispuesto a no comerme la cabeza (y a no comérsela a mis amigos), con la intención de pasar una noche lo más entretenida posible.
Cenamos en casa de uno de mis amigos y, tras hacernos unas rondas, nos fuimos a La Indiana, como todos los años. Vamos siempre allí porque hay una mezcla de públicos interesante. Me explico. Hay mucha niña mona (y cuando digo niña quiero decir exactamente eso), de mirar y no tocar porque es delito, aunque éstas a mi no me van para nada. Luego está el pack “jóvenes” entre los que incluyo a tod@s l@s menores de 30 (y con eso no quiero decir que yo no lo sea); de este grupo siempre puedes ligar con alguna, porque las hay que descontrolan mucho, pero las borrachas tampoco son lo mío. Y luego están las potencialmente ligables (omito a las viejas salidas que se lanzan sobre cualquier hombre sin importarles nada más que lo que tiene entre las piernas).
El problema de las de este grupo es que a las que les entro por los ojos, las espanto cuando hablo y a las que les parezco encantador, no me encuentran ningún atractivo. Y ni estoy dispuesto a callarme para tirarme a una, ni salgo de marcha para hacer amigas a las que (y perdón por la expresión) se follarán otros.
Aunque si soy sincero, tanto problema no hubo. Hora y poco después de haber entrado, cuando ya había perdido de vista a la mitad de mis amigos (incluidos a los que tienen pareja), noté que alguien me tocaba el culo. Y no como si se hubiese chocado accidentalmente. Cuando me giré no le hizo ascos a mi cara (vamos, que no le parecí horroroso) y, sin mediar palabra, se me tiró encima. La miré de arriba abajo con disimulo; morena, boniqueta y de tamaño muy manejable. Ni le pregunté el nombre. A la mierda los principios. Una noche, es una noche.
No sé hasta que punto esta omisión de la mujer con la que he venido saliendo puede resultar chocante, pero todo tiene una explicación y, en este caso, se remonta al día de Nochevieja. Llamé a Paloma para interesarme por sus planes, para ver en qué medida podíamos hacerlos coincidir con los míos (salir a dar una vuelta con los chicos, ya ves). Como suponía, tenía plan. Normal. Todas las enfermeras del mundo tienen plan para ese día.
Lo que me chocó fue que me dijese que disfrutase yo también de la noche, porque no hay nada mejor que empezar el año con un buen polvo a la luz de la luna, las estrellas y las burbujitas del champagne (cava en su defecto). Me quedé de piedra. A ver, no es que pensase que lo nuestro era algo serio, pero de ahí a que la mujer con la que he estado saliendo me invite a acostarme con otras… Y así se lo dije.
Me dijo que lo nuestro era un divertimento, que nos lo pasábamos genial juntos y que seguro que sabríamos seguir sacando partido a cada uno de nuestros (futuros) encuentros. Pero que de relación, nada de nada. De hecho, ella pensaba salir esa noche como lo que era, una mujer sin pareja y abierta a cualquier propuesta interesante que se le plantease. Y, claro, un amargado como yo no entraba entre ellas (esto no me lo dijo, pero lo pensaba seguro).
Le deseé una feliz noche y me despedí. Si alguna vez hubo alguna posibilidad de que yo tuviese algo con ella, se había desvanecido por completo. Ella era una mujer sin pareja y yo el capullo que había creído serlo. Como siempre, patético.
El caso es que ni siquiera me enfadé. Con el beneplácito de mi asesora personal de imagen, mi hija, salí dispuesto a no comerme la cabeza (y a no comérsela a mis amigos), con la intención de pasar una noche lo más entretenida posible.
Cenamos en casa de uno de mis amigos y, tras hacernos unas rondas, nos fuimos a La Indiana, como todos los años. Vamos siempre allí porque hay una mezcla de públicos interesante. Me explico. Hay mucha niña mona (y cuando digo niña quiero decir exactamente eso), de mirar y no tocar porque es delito, aunque éstas a mi no me van para nada. Luego está el pack “jóvenes” entre los que incluyo a tod@s l@s menores de 30 (y con eso no quiero decir que yo no lo sea); de este grupo siempre puedes ligar con alguna, porque las hay que descontrolan mucho, pero las borrachas tampoco son lo mío. Y luego están las potencialmente ligables (omito a las viejas salidas que se lanzan sobre cualquier hombre sin importarles nada más que lo que tiene entre las piernas).
El problema de las de este grupo es que a las que les entro por los ojos, las espanto cuando hablo y a las que les parezco encantador, no me encuentran ningún atractivo. Y ni estoy dispuesto a callarme para tirarme a una, ni salgo de marcha para hacer amigas a las que (y perdón por la expresión) se follarán otros.
Aunque si soy sincero, tanto problema no hubo. Hora y poco después de haber entrado, cuando ya había perdido de vista a la mitad de mis amigos (incluidos a los que tienen pareja), noté que alguien me tocaba el culo. Y no como si se hubiese chocado accidentalmente. Cuando me giré no le hizo ascos a mi cara (vamos, que no le parecí horroroso) y, sin mediar palabra, se me tiró encima. La miré de arriba abajo con disimulo; morena, boniqueta y de tamaño muy manejable. Ni le pregunté el nombre. A la mierda los principios. Una noche, es una noche.