Cristina II
“Jorge, soy Cristina, ya sé que no son horas…Es casi Navidad y no lo llevo muy bien. Estoy sola, ¿sabes? Y te echo de menos. Bueno, a los dos. ¿Hay alguna posibilidad de que nos olvidemos de todo por unos días? Sólo mientras duren las fiestas, por la niña, por nosotros. No sé. Creo que es bueno perdonar y yo a ti te perdono. Llámame cuando llegues”.
He aquí el mensaje que la muy… dejo en el contestador. Mensaje que oí yo, oyó Paloma y que Cristina (hija) escucha una y otra vez (lo descubrió antes de que me diese tiempo a borrarlo) mientras pone morritos. Pero no, no y no. ¿Navidad? ¿Perdonar? ¿Por la niña? Es que me parto…
Lo que pasa es que su ligue (o lo que sea) le ha dado puerta en tan señaladas fechas y, a falta de chimenea, necesita alguien que le caliente la cama. Pero bueno chica, para eso están los consoladores (como diría Risto, perfectos en la ejecución) y yo no soy uno de ésos. Lo que más me jode es que diga que me echa de menos, aunque ya me suena a canción repetida.
Bueno, no. En realidad, lo que más me jode es que diga que es por la niña. Seguro que, como es tan buena madre y piensa tanto en ella, también se fue por ella, porque pensó que Cristina lo que necesitaba era que la dejasen tirada. Pôrque ella todo lo hace por y para los demás.
Ah! Pero me perdona. Eso me deja mucho más tranquilo. La de noches que habré estado sin dormir pensando en si sería capaz de perdonarme. Ja. ¿Perdonarme que? Igual me tiene que perdonar por haberla querido, por haber confiado en ella, por haberle dado mi vida… Da igual. Yo no la perdono, ni en Navidad, ni en Semana Santa, ni nunca. Que le den.
Y no la llamé, ni la llamaré, aunque ganas no me faltan. Me encantaría decirle cuatro cosas, pero no tengo su teléfono (salvo que su número sea “número privado”). Encima vuelvo a ser el malo de la película, porque parece que soy yo el que se interpone entre madre e hija y no es así. Cristina puede ver a la niña cuando quiera (o sea nunca), pero no jugar con nosotros (ahora os quiero, ahora no; ahora quiero libertad, ahora no). De eso ya me he cansado.
Termino este post como empezaba los anteriores, pidiendo disculpas por estar tan poco por aquí; entre el trabajo y las celebraciones familiares me queda muy poco tiempo libre (uno también necesita dormir), pero prometo ponerme al día en cuanto me sea posible. Ah! Y lo de Paloma sigue adelante, aunque de sexo, mejor no hablar.
He aquí el mensaje que la muy… dejo en el contestador. Mensaje que oí yo, oyó Paloma y que Cristina (hija) escucha una y otra vez (lo descubrió antes de que me diese tiempo a borrarlo) mientras pone morritos. Pero no, no y no. ¿Navidad? ¿Perdonar? ¿Por la niña? Es que me parto…
Lo que pasa es que su ligue (o lo que sea) le ha dado puerta en tan señaladas fechas y, a falta de chimenea, necesita alguien que le caliente la cama. Pero bueno chica, para eso están los consoladores (como diría Risto, perfectos en la ejecución) y yo no soy uno de ésos. Lo que más me jode es que diga que me echa de menos, aunque ya me suena a canción repetida.
Bueno, no. En realidad, lo que más me jode es que diga que es por la niña. Seguro que, como es tan buena madre y piensa tanto en ella, también se fue por ella, porque pensó que Cristina lo que necesitaba era que la dejasen tirada. Pôrque ella todo lo hace por y para los demás.
Ah! Pero me perdona. Eso me deja mucho más tranquilo. La de noches que habré estado sin dormir pensando en si sería capaz de perdonarme. Ja. ¿Perdonarme que? Igual me tiene que perdonar por haberla querido, por haber confiado en ella, por haberle dado mi vida… Da igual. Yo no la perdono, ni en Navidad, ni en Semana Santa, ni nunca. Que le den.
Y no la llamé, ni la llamaré, aunque ganas no me faltan. Me encantaría decirle cuatro cosas, pero no tengo su teléfono (salvo que su número sea “número privado”). Encima vuelvo a ser el malo de la película, porque parece que soy yo el que se interpone entre madre e hija y no es así. Cristina puede ver a la niña cuando quiera (o sea nunca), pero no jugar con nosotros (ahora os quiero, ahora no; ahora quiero libertad, ahora no). De eso ya me he cansado.
Termino este post como empezaba los anteriores, pidiendo disculpas por estar tan poco por aquí; entre el trabajo y las celebraciones familiares me queda muy poco tiempo libre (uno también necesita dormir), pero prometo ponerme al día en cuanto me sea posible. Ah! Y lo de Paloma sigue adelante, aunque de sexo, mejor no hablar.
Coitus interruptus
Bueno, lo primero disculparme por haber estado tantos días sin dar señales de vida; se acerca la Navidad y me toca hacer de Papá Noel (las primeras navidades que pasamos mi niña y yo solos). Ahora que ya lo tengo todo comprado, me dispongo a poner al día este proyecto de diario, aunque tampoco puedo prometer que no vuelva a dejarlo abandonado en breve (se han cebado conmigo y me han jodido con los turnos).
Al final, la cita con Paloma acabó de una forma bastante chunga. Por si las moscas, dejé a la niña en casa de mis padres, ya que la última vez fuimos a su casa y no quería dar la impresión de ser un gorrón. Mi madre, que se olía de que iba la cosa, me dio una charla sobre ser responsable y otras tonterías que ya me decía cuando tenía quince años (con la diferencia de que ahora tengo 33).
Arreglado, pero informal, cogí la moto y me fui a recoger a Paloma; menos mal que hacía frío y había pasado de ponerse una faldita porque se me olvidó decirle que no iba a ir en coche. Cenamos en un japonés que hay en Campanar y nos fuimos de copas a la Gran Vía; como conducía y ya había bebido algún vaso de vino en la cena me reservé para la botella de whisky que tenía en casa, aunque Paloma bebió por los dos y fue ella la que me pidió que nos fuésemos a tomar la penúltima a mi casa.
Le tenía tantas ganas que empecé a meterle mano en el ascensor y ella iba tan contentilla que me siguió el juego (menos mal que no salió ningún vecino de esos a los que les da por sacar la basura a las tantas de la madrugada). Con una emoción que no me cabía en el pantalón (ya me entendéis), abrí la puerta y no llegamos ni al dormitorio. Pero no os penséis lo que no es, que a mí tampoco me gustan las prisas; me gusta disfrutar de cada momento.
Craso error. Justo cuando íbamos a entrar en materia, sonó el teléfono; evidentemente lo dejamos que sonase, porque cuando se empieza es una putada parar. Era Cristina. Siempre en el momento más inoportuno. Maldito el día en el que decidí comprarme un contestador convencional.
Al final, la cita con Paloma acabó de una forma bastante chunga. Por si las moscas, dejé a la niña en casa de mis padres, ya que la última vez fuimos a su casa y no quería dar la impresión de ser un gorrón. Mi madre, que se olía de que iba la cosa, me dio una charla sobre ser responsable y otras tonterías que ya me decía cuando tenía quince años (con la diferencia de que ahora tengo 33).
Arreglado, pero informal, cogí la moto y me fui a recoger a Paloma; menos mal que hacía frío y había pasado de ponerse una faldita porque se me olvidó decirle que no iba a ir en coche. Cenamos en un japonés que hay en Campanar y nos fuimos de copas a la Gran Vía; como conducía y ya había bebido algún vaso de vino en la cena me reservé para la botella de whisky que tenía en casa, aunque Paloma bebió por los dos y fue ella la que me pidió que nos fuésemos a tomar la penúltima a mi casa.
Le tenía tantas ganas que empecé a meterle mano en el ascensor y ella iba tan contentilla que me siguió el juego (menos mal que no salió ningún vecino de esos a los que les da por sacar la basura a las tantas de la madrugada). Con una emoción que no me cabía en el pantalón (ya me entendéis), abrí la puerta y no llegamos ni al dormitorio. Pero no os penséis lo que no es, que a mí tampoco me gustan las prisas; me gusta disfrutar de cada momento.
Craso error. Justo cuando íbamos a entrar en materia, sonó el teléfono; evidentemente lo dejamos que sonase, porque cuando se empieza es una putada parar. Era Cristina. Siempre en el momento más inoportuno. Maldito el día en el que decidí comprarme un contestador convencional.
Precauciones
Como ya viene siendo habitual, este finde he tenido esto un poco abandonado. Y no por líos de faldas precisamente; he tenido unos turnos infernales, supongo que para compensar todos los anteriores. Como me gusta decir a mí, una de cal y otra de arena.
La cosa con Paloma (por llamarla de alguna manera) sigue ahí; en el trabajo seguimos como siempre, aunque quizás sí es cierto que nos saludamos con más efusividad cada vez que nos cruzamos. Otra cosa es lo que pase fuera del hospital, aunque pasar, lo que se dice pasar, no ha pasado nada. Todavía.
Mis amigos dicen que la tercera cita es la del sexo, pero no sé si hacerles demasiado caso. Podría fingir que no recuerdo cuanto tardamos Cristina y yo en compartir cama (o similar), pero es absurdo mentirse a uno mismo. Sí la tercera es la buena (y ellos así lo creen) tengo que estar preparado; esto es como montar en bicicleta, aunque uno haga diez meses que no monta, se sigue acordando e incluso sueña con hacerlo (¿o soy el único idiota al que le pasa?).
Dispuesto a aprovisionarme de todo lo que me hiciese falta para la gran noche (se me olvidaba decir que hemos quedado para mañana), me he acercado a la farmacia. He esperado a que se vaciase un poco (no es de las que tienen maquinita en el exterior) y, luego, me he acercado al dependiente (hombre) para pedirle una caja de preservativos. Pero se ve que mis intentos de discreción le han parecido graciosos y ha decidido compartir mi petición con una pareja de ancianitas que acababan de entrar.
Al final medio barrio se ha enterado de que estaba comprando condones y más de uno me ha palmeado la espalda, como diciendo “machote”. Pobres ignorantes, y pobre de mí. No sé si verdaderamente con Paloma la tercera será como mis amigos dicen (con Cristina no lo fue), pero por si acaso tengo provisiones para unas cuantas citas más. Chico precavido vale por dos.
La cosa con Paloma (por llamarla de alguna manera) sigue ahí; en el trabajo seguimos como siempre, aunque quizás sí es cierto que nos saludamos con más efusividad cada vez que nos cruzamos. Otra cosa es lo que pase fuera del hospital, aunque pasar, lo que se dice pasar, no ha pasado nada. Todavía.
Mis amigos dicen que la tercera cita es la del sexo, pero no sé si hacerles demasiado caso. Podría fingir que no recuerdo cuanto tardamos Cristina y yo en compartir cama (o similar), pero es absurdo mentirse a uno mismo. Sí la tercera es la buena (y ellos así lo creen) tengo que estar preparado; esto es como montar en bicicleta, aunque uno haga diez meses que no monta, se sigue acordando e incluso sueña con hacerlo (¿o soy el único idiota al que le pasa?).
Dispuesto a aprovisionarme de todo lo que me hiciese falta para la gran noche (se me olvidaba decir que hemos quedado para mañana), me he acercado a la farmacia. He esperado a que se vaciase un poco (no es de las que tienen maquinita en el exterior) y, luego, me he acercado al dependiente (hombre) para pedirle una caja de preservativos. Pero se ve que mis intentos de discreción le han parecido graciosos y ha decidido compartir mi petición con una pareja de ancianitas que acababan de entrar.
Al final medio barrio se ha enterado de que estaba comprando condones y más de uno me ha palmeado la espalda, como diciendo “machote”. Pobres ignorantes, y pobre de mí. No sé si verdaderamente con Paloma la tercera será como mis amigos dicen (con Cristina no lo fue), pero por si acaso tengo provisiones para unas cuantas citas más. Chico precavido vale por dos.
Metamorfosis
Debería estar durmiendo y, sin embargo, aquí estoy, sentado una vez más frente a la pantalla, mientras dejo que mis manos se expresen por mí. Una vez más, no consigo dormir y mi turno empieza en unas horas, así que no vale la pena que me vuelva a meter en la cama.
Durante la cena, Cristina me ha estado contando cosas del colegio, de lo que le enseñan y de lo que no. Y entre todo el batiburrillo de nombres que iba diciendo, he notado alguno que se repetía más de la cuenta. Sus mejores amigas, he supuesto, sin saciar la intriga que me producía no asociar esos nombres a unas caras: Laura, Elena, Paloma… Adrián. ¡Adrián!
Ha sido oír el nombre del chaval y me he transformado en un inquisidor, pero al estilo Perales. Sí, sí, ¿quién es él?, ¿a qué dedica el tiempo libre?, etc. Entonces Cristina se ha puesto roja y me ha lanzado una de sus evasivas: “Es uno de mi clase, se sienta cerca de mí”. Sí, claro y como soy tonto, pues me lo creo.
He sufrido mi segunda metamorfosis de la noche; me he convertido en una portera cotilla y he utilizado todas mis estrategias (algunas no muy lícitas) para sonsacarle el máximo de información. Le ha costado, pero ha reconocido que le gusta, aunque me ha hecho prometer que no se lo diré a nadie (como si alguno de mis conocidos supiese de la existencia del tal Adrián), ni haré bromas al respecto.
Sinceramente, pensé que me tomaría bastante peor una noticia así. Pero en el fondo sé que son niños y que aún me quedan unos años para empezar a preocuparme de verdad; mientras sean unos críos inocentes no tendré motivos para alterarme. Además, me siento muy orgulloso de que mi hija tenga la suficiente confianza en mí como para hacerme confidencias de este tipo (vale, lo admito, la he presionado un poco para que lo hiciera).
Supongo que soy su adulto de referencia (si es que eso existe), pero me pregunto si siempre será igual o si llegará un momento en el que entre nosotros habrá temas tabú. No sé, probablemente sólo el tiempo tenga la respuesta.
Durante la cena, Cristina me ha estado contando cosas del colegio, de lo que le enseñan y de lo que no. Y entre todo el batiburrillo de nombres que iba diciendo, he notado alguno que se repetía más de la cuenta. Sus mejores amigas, he supuesto, sin saciar la intriga que me producía no asociar esos nombres a unas caras: Laura, Elena, Paloma… Adrián. ¡Adrián!
Ha sido oír el nombre del chaval y me he transformado en un inquisidor, pero al estilo Perales. Sí, sí, ¿quién es él?, ¿a qué dedica el tiempo libre?, etc. Entonces Cristina se ha puesto roja y me ha lanzado una de sus evasivas: “Es uno de mi clase, se sienta cerca de mí”. Sí, claro y como soy tonto, pues me lo creo.
He sufrido mi segunda metamorfosis de la noche; me he convertido en una portera cotilla y he utilizado todas mis estrategias (algunas no muy lícitas) para sonsacarle el máximo de información. Le ha costado, pero ha reconocido que le gusta, aunque me ha hecho prometer que no se lo diré a nadie (como si alguno de mis conocidos supiese de la existencia del tal Adrián), ni haré bromas al respecto.
Sinceramente, pensé que me tomaría bastante peor una noticia así. Pero en el fondo sé que son niños y que aún me quedan unos años para empezar a preocuparme de verdad; mientras sean unos críos inocentes no tendré motivos para alterarme. Además, me siento muy orgulloso de que mi hija tenga la suficiente confianza en mí como para hacerme confidencias de este tipo (vale, lo admito, la he presionado un poco para que lo hiciera).
Supongo que soy su adulto de referencia (si es que eso existe), pero me pregunto si siempre será igual o si llegará un momento en el que entre nosotros habrá temas tabú. No sé, probablemente sólo el tiempo tenga la respuesta.
Conversaciones de pasillo
Soy un desgraciado. O al menos así es como me siento. Por si no fuera bastante tener que acostumbrarme a mi vida de padre soltero (algo que voy consiguiendo con la ayuda de Cristinita), encima tengo que soportar los cotilleos de pasillo. Normalmente me resbala lo que puedan decir los otros médicos, me da igual lo que piensen de mí y de mi vida precisamente por eso, porque es mía. Pero hay comentarios a los que uno no puede hacer oídos sordos.
- ¿Sabes a quién me hice anoche?
- ¿Te hiciste? Las cosas por su nombre. A ver, ¿a qué pava te camelaste?
- A Cristina V (es una omisión mía, por respeto), la enfermera esa que pidió el traslado a primeros de año, la que estaba cañón. ¿Sabes quién te digo?
- Sí, claro. Apuesto a que me la conozco mejor que tú. Yo me la tiré unas cuantas veces cuando todavía estaba con el panoli.
- ¿Cuándo aún estaba con Jorge? Joder con la Cris, hay que ver lo sueltecita que es...
Y así han seguido un buen rato. Cachondeándose y poniéndose medallitas por lo que habían hecho con ella (y de lo que ella se había dejado hacer). Los protagonistas de la conversación eran un residente de oncología (un niñato de veintitantos) y un celador (no sabía yo que Cristina había bajado el listón) y, evidentemente, se han callado en cuanto me han visto aparecer. Hipócritas.
Estaría mintiendo si dijese que no sabía que Cristina me era infiel. Soy consciente de que la cornamenta no me cabía en la cabeza. Lo que no podía esperar es que me engañase con gente del trabajo; la creí más discreta y. una vez más, me equivoqué. Encima ahora estoy jodido y cabreado por estarlo; debería darme igual lo que dijesen de ella, es libre de hacer lo que quiera con quien quiera. Pero me jode.
Siento que este post sea tan deprimente, pero así es como estoy, así es como hace que me sienta.
- ¿Sabes a quién me hice anoche?
- ¿Te hiciste? Las cosas por su nombre. A ver, ¿a qué pava te camelaste?
- A Cristina V (es una omisión mía, por respeto), la enfermera esa que pidió el traslado a primeros de año, la que estaba cañón. ¿Sabes quién te digo?
- Sí, claro. Apuesto a que me la conozco mejor que tú. Yo me la tiré unas cuantas veces cuando todavía estaba con el panoli.
- ¿Cuándo aún estaba con Jorge? Joder con la Cris, hay que ver lo sueltecita que es...
Y así han seguido un buen rato. Cachondeándose y poniéndose medallitas por lo que habían hecho con ella (y de lo que ella se había dejado hacer). Los protagonistas de la conversación eran un residente de oncología (un niñato de veintitantos) y un celador (no sabía yo que Cristina había bajado el listón) y, evidentemente, se han callado en cuanto me han visto aparecer. Hipócritas.
Estaría mintiendo si dijese que no sabía que Cristina me era infiel. Soy consciente de que la cornamenta no me cabía en la cabeza. Lo que no podía esperar es que me engañase con gente del trabajo; la creí más discreta y. una vez más, me equivoqué. Encima ahora estoy jodido y cabreado por estarlo; debería darme igual lo que dijesen de ella, es libre de hacer lo que quiera con quien quiera. Pero me jode.
Siento que este post sea tan deprimente, pero así es como estoy, así es como hace que me sienta.
Una de cal y otra de arena
Ayer volví a salir con Paloma. Fue improvisado; nos encontramos en el parking y, sin planearlo, le pregunté si tenía algo que hacer esa noche. Me dijo que no, que no solía hacer planes entre semana, pero que siempre podía hacer una excepción conmigo.
Evidentemente me tomaba el pelo, pero decidí seguirle el juego y, casi sin quererlo, acabé proponiéndole una pseudocita. Claro que antes tuve que pedirle permiso a Cristinita (simbólicamente) y rogar a mi madre que se quedase unas horas más en casa (me echa un cable como “niñera”). Una vez las dos mujeres de mi vida me dieron el visto bueno, le hice una proposición en firme. Y me dijo que sí.
Bueno, en realidad me soltó un “en tu casa o en la mía” (con su correspondiente carcajada), en un claro intento de ponerme nervioso, pero no lo consiguió. Directamente, me decanté por un terreno neutral, el Shiraz, aunque sabía lo que me podía costar la cena con alguien que traga (y bebe) como un tío.
Lo pasamos bien. Fue una cena cálida, rehogada con un buen vino y una grata conversación, en la que no apareció ningún tema incómodo. Nos tomamos la última en su casa, bailamos al son de un gran disco de jazz (cuyo nombre no recuerdo) y, a una hora prudente, me despedí.
¿Pudo haber pasado algo más? Seguro que sí. Pero prefiero hacer las cosas a mi ritmo; lento, pero seguro. Ya viví una relación acelerada con Cristina y sólo hay que ver como ha terminado. Mejor dejar que las cosas pasen cuando tengan que pasar.
Y hablando de la reina de Roma, hoy ha vuelto a llamar. Llorando y diciendo incoherencias; que se arrepiente de lo que dijo, que quiere ver a la niña, que la echa de menos y una larga serie de “bla” a los que no he prestado atención. ¿Cómo voy a olvidarme de ella si cada vez que todo parece ir bien se empeña en aparecer?
Evidentemente me tomaba el pelo, pero decidí seguirle el juego y, casi sin quererlo, acabé proponiéndole una pseudocita. Claro que antes tuve que pedirle permiso a Cristinita (simbólicamente) y rogar a mi madre que se quedase unas horas más en casa (me echa un cable como “niñera”). Una vez las dos mujeres de mi vida me dieron el visto bueno, le hice una proposición en firme. Y me dijo que sí.
Bueno, en realidad me soltó un “en tu casa o en la mía” (con su correspondiente carcajada), en un claro intento de ponerme nervioso, pero no lo consiguió. Directamente, me decanté por un terreno neutral, el Shiraz, aunque sabía lo que me podía costar la cena con alguien que traga (y bebe) como un tío.
Lo pasamos bien. Fue una cena cálida, rehogada con un buen vino y una grata conversación, en la que no apareció ningún tema incómodo. Nos tomamos la última en su casa, bailamos al son de un gran disco de jazz (cuyo nombre no recuerdo) y, a una hora prudente, me despedí.
¿Pudo haber pasado algo más? Seguro que sí. Pero prefiero hacer las cosas a mi ritmo; lento, pero seguro. Ya viví una relación acelerada con Cristina y sólo hay que ver como ha terminado. Mejor dejar que las cosas pasen cuando tengan que pasar.
Y hablando de la reina de Roma, hoy ha vuelto a llamar. Llorando y diciendo incoherencias; que se arrepiente de lo que dijo, que quiere ver a la niña, que la echa de menos y una larga serie de “bla” a los que no he prestado atención. ¿Cómo voy a olvidarme de ella si cada vez que todo parece ir bien se empeña en aparecer?