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Soy un ser extraño que ha decidido compartir su (no)vida con todo aquél que esté interesado en gastar tiempo en mis historias Contador Gratis
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Puta
Llevo dos días apático. Bueno, no, más bien cabreado. Enfadado con el mundo y enfadado con ella. ¿Quién te crees que eres para hacer llorar a lo que más quiero? ¿Qué clase de madre pisotea a su hija? Sólo tú. ¡Qué gran hija de puta!

Espero que aquellos que lean estas líneas sepan perdonar lo grosero de mi lenguaje en el párrafo anterior, pero es que lo que hizo Cristina el domingo no tiene nombre. Como conté, aplazamos la celebración del cumpleaños de Cristina (hija) a ese día para que ella, siempre tan ocupada con su nueva vida, pudiese asistir.

La fiesta, muy familiar (la de los amiguitos la celebró el sábado), empezó a las cinco; la niña estaba preciosa, con su ropa nueva y, con una sonrisa de oreja a oreja, fue recibiendo a los invitados que llegaban para felicitarla. Para mí todo estaba saliendo a la perfección, la merienda estaba lista, todos hacían bromas y, la verdad, no echaba a nadie de menos (y Cristina tampoco). Hasta que sonó el teléfono.

Lo cogió mi hija, convencida de que era su madre para avisarnos de que se retrasaría; acertó en lo primero y falló en lo segundo. Era ese proyecto de mala zorra, que le llamaba para preguntarle si el ordenador le había gustado (¿cómo no iba a gustarle con lo caro que era?) y de paso decirle que, sintiéndolo mucho, le había surgido un “problemilla” de última hora y no podría venir a la fiesta.

Mi hija quiso que ella le explicase los motivos reales porque eso del problemilla no le convencía y, ni con pucheritos, fue capaz de conseguirlo. De las lagrimillas pasó al llanto y de ahí a encerrarse en su cuarto sin dejar de llorar. Se lo dije a Cristina (madre), que le estaba haciendo mucho daño y que se estaba portando como una arpía.

¿Sabéis lo que me contestó? Que no era su culpa, que ella nunca había querido tener una hija y que, a veces, le apetecía olvidarse un poco de que yo le arruiné la vida dejándola embarazada. De piedra. Sin palabras. Así me quedé. Y ahora sólo repito una, con todas las letras. Puta.
 
Casi, casi
No fue mal del todo. Realmente fue mejor de lo que yo esperaba teniendo en cuenta el último antecedente, pero también es cierto que podría haber ido mejor. Paloma se empeñó en que no fuese a recogerla, ya que era una cena entre amigos y no una cita, así que quedamos en la puerta del bareto de turno (algo cutre para mi gusto).

Me puse vaqueros por las razones que ya sabéis y mi hija me recomendó una camiseta naranja; yo había optado por una rosa chicle, pero ella tenía razón, parecía demasiado de la otra acera y una cosa es salir como amigos y otra bien distinta renunciar de partida a todas mis posibilidades. Ella iba arreglada, pero informal; también vaqueros, escotazo y el maquillaje adecuado.

Cenamos de bocadillo y me gustó (¿me estaré convirtiendo en un chico informal?). Después me propuso ir a tomar unas copas al garito de unos amigos y, si acaso, echarnos unos bailecitos. Me pareció bien y le dije que sí, sobre todo por las copas; lo del bailoteo ya era otra cosa porque, si bien me gusta hacer como que me muevo por la pista, creo que el sentido del ritmo lo perdí hace bastantes años.

Charlamos y nos reímos al ver que el resto de la gente bailaba igual o peor que nosotros y, tras unas divertidas dos horas, decidimos salir a dar un paseo. Me dijo que se lo había pasado muy bien y que le encantaría repetir; ingenuo de mí, le pregunté si la próxima sería en plan amigos o si sería algo más parecido a una cita. Se rió y me contestó que lo que yo quisiese con tal de que no me pusiese tenso.

- Te dije que era una cena entre amigos para evitar nervios, que me han dicho que las citas no son lo tuyo (vamos, que si que le habían llegado rumores del desastre).

Y así, paseando, llegamos al patio de su casa. No me pidió que la acompañase arriba, ni yo hice ademán de querer subir; le di un recatado beso en la mejilla y me despedí de ella hasta esta tarde (tenemos turno de noche). Una vez acostado, me acordé de que no me había acordado (valga la redundancia) de Cristina en toda la noche, hasta ese momento. Lástima, casi lo consigo, aunque creo que ya estoy cerca de mi objetivo.
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Otra cita
Se llama Paloma y es enfermera. Sí, es cierto, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero si ese hombre soy yo, entonces ni se sabe la de veces que caerá por culpa de la dichosa roca. Soy plenamente consciente del error que cometo al salir con alguien de mi trabajo (alguien a quien irremediablemente veré todos los días), pero es que he de confesar que las enfermeras me ponen.

Supongo que suena a tópico típico. Probablemente la profesión de enfermera sea la que ocupe el número uno de la estúpida lista de trabajos que resultan morbosos a los hombres y yo no soy un caso especial. Si a las tías les gustan con uniforme, ¿por qué no me iban a gustar a mí con bata blanca?

Sí, lo sé. Hay otras profesiones que implican la mencionada prenda, pero no es lo mismo. Tras algunos años compartiendo pasillos con ellas, puedo afirmar que las enfermeras (al menos las de mi planta) son un mundo a parte, un universo que estoy deseoso de explorar (sobre todo ahora que hace siglos que no me como una rosca), siempre y cuando alguna me deje.

Después de la desastrosa cita con Carla, estaba convencido de que todos los visitantes de la cafetería (es decir, todo el plantel del hospital) estarían al tanto de mi vida y milagros, lo que me cerraba, de golpe, un mar en el que siempre tuve la esperanza de pescar. Pero me equivoqué: no sé si Carla terminó siendo más discreta de lo que pensaba o si ha sido Paloma la que ha decidido hacer caso omiso a sus palabras. Tanto me da.

El caso es que esta mañana se me ha acercado y me ha preguntado por mis turnos del fin de semana. Pensaba que venía para quejarse del mal horario que le había tocado y estaba a punto de ofrecerme como oído para sus quejas cuando me ha dicho “si tienes una noche de estas libre podíamos salir, ¿no?” De piedra me he quedado. He tardado por lo menos veinte segundos en responder (lelo, estoy lelo), pero lo he hecho.

Al final hemos quedado para esta noche (viernes), para cenar en plan amigos (paso a paso se llega a la meta); segundo intento de olvidar a Cristina y abrir la puerta a la siguiente fase de mi vida. Sólo me falta encontrar el remedio para que, esta vez sí, mi querida ex no haga acto de presencia en mis pensamientos. ¿Alguna propuesta?
 
Sujetador y vergüenzas
Después de unos días de inactividad, vuelvo con energías renovadas. Sé que he tenido esto un poco abandonado, pero tampoco quería aburrir a nadie relatando interminables jornadas de trabajo en las que no ha habido ni una triste anécdota que recordar. Aunque lo importante es que estoy aquí otra vez.

Durante los últimos días he decidido dejar de lado mi (desastrosa) vida sentimental y dedicarme por completo a la que va camino de convertirse en la mujer de mi vida. Cristina, que así se llama por si no lo recordáis, cumplió ayer once años y, por primera vez, fui plenamente consciente de que tengo en casa a una preadolescente.

Hemos dejado la celebración del cumpleaños para el próximo domingo, con la esperanza de que su ocupadísima madre pueda hacerle un hueco y se pase; al menos sabemos que no se ha olvidado de tan señalada fecha porque, si bien no llamó para felicitarla, sí que hizo llegar un enorme paquete a nombre de la niña (le ha comprado un ordenador nuevo; para eso sí que tienen dinero la muy…). Así que como no había fiesta, Cristinita decidió que podríamos festejarlo con una tarde de compras.

Maldita la hora en la que le dije sí; más de tres horas dando vueltas por Nuevo Centro para acabar volviendo a casa con un mulo de carga y más rojo que un tomate (por la vergüenza). Primero nos hemos gastado una pasta en pijotadas; es como su madre, sólo se compra marquitas y como paga la tarjeta parece que las cosas no cuestan. Después le he comprado su regalo de cumpleaños; un mp3 carísimo y que no sé yo si sabrá utilizar o si me tocara explicarle el manejo cuando se ponga a lloriquear (papi, porfa, enséñame). Pero lo peor ha llegado cuando ya nos íbamos a casa; juro que jamás he pasado más vergüenza que cuando me ha soltado:

- Papá, creo que ha llegado la hora de que me compres un sujetador

Un ¿qué? ¿Cómo la estoy educando para que me dé estos sustos? No es que tenga nada en contra de la ropa interior femenina; los que me conocen saben que me encanta y que podría hablar durante horas sobre ella, pero para mi es un shock que mi “niña” me sugiera que sea yo quien le compre el primer sujetador.

Hasta ahora gastaba tops, como todas las crías, pero con esto de cumplir años se le ha subido el pavo a la cabeza y quiere uno “de verdad”. Consciente de la vergüenza que iba a pasar, le he propuesto que utilice alguno de los que su madre se dejó en casa, pero no ha colado. Ahí nos tenías a los dos, delante de la dependienta de El Corte Inglés, explicándole con detalle que es lo que queríamos exactamente (bueno, que es lo que quería ella).

Menos mal que le ha salido la vena pudorosa y no me ha preguntado mi opinión, porque me habría muerto. Eso sin contar lo que habrían opinado el resto de clientes que merodeaban por los probadores de la zona. He pagado y nos hemos ido; ella tan feliz como había salido de casa y yo cansado, con seis bolsas y tan avergonzado que creo que el rojo de la cara va a tardar semanas en irse.
 
Papá, ¿Qué es un cornudo?
Llego ahora a casa, después de un turno interminable y aburrido. No ha pasado nada. Parece una conspiración de los astros para convertir mi vida en un trayecto aburrido (aunque espero que sea largo). Sí, soy un melodramático y un pesimista, qué le voy a hacer.

Ayer tuve una interesante conversación con mi hija; es una niña despierta, tranquila y con la que se puede hablar de casi todo. Es tan madura que a veces se me olvida que sólo tiene once años (en realidad diez hasta el día 21) y meto la pata, aunque creo que esta vez no lo hice mal del todo. He oído (al menos un millón de veces) lo precoces que son los niños de hoy en día y que algunos parece que nacen enseñados; nunca le había dado importancia puesto que en todas las generaciones ha habido unos que iban por delante de los otros y no iba a ser la de mi hija una generación distinta.

Estábamos sentados delante de la tele, haciendo zapping en busca de algo medianamente potable, cuando se giró muy seria hacia mí y me preguntó (con esa cara de circunstancia que tanto me recuerda a su madre) que qué era un cornudo. Tentado estuve de contestarle que ante ella tenía a un claro ejemplo, pero me abstuve, todo sea por prolongar la infancia de mi hija (aunque a este paso sea sólo por unas semanas); le dije que un cornudo es un hombre al que su mujer no le es fiel (aplicable también a las mujeres en idéntica situación). Pero entonces me tocó explicarle en que consiste la fidelidad y eso ni yo no lo tengo claro.

Después de mi perorata, intentando evitar los ejemplos personales, quise averiguar de donde surgían esas inquietudes de mi hija y se lo pregunté, así, sin más. Me dijo que en el colegio decían que su padre era un cornudo y su madre una ramera (¿desde cuándo los niños utilizan esos términos?) y que quería descubrir lo que era cada cosa para saber si tenía que “partirle la cara” a los que lo decían. Y claro, ¿cómo le explica uno a su hija que es un cornudo y, lo que es peor, un cornudo consentido?

Intenté pintárselo lo más bonito posible, pero, seamos realistas, tonta no es y se dio cuenta de que yo pensaba igual que los que decían eso por el “cole”. Si digo que no lo hice mal del todo es porque le expliqué lo que quería saber (lo de cornudo; la explicación de ramera se la dejo a su madre, que para algo lo dicen de ella) lo mejor que pude, aunque estoy seguro de que mi explicación sólo le habrá creado más dudas (también me las ha creado a mí).

No me queda más remedio que ir aprendiendo a sobrellevar estas charlas, porque aún me queda mucho por pasar. Cualquier día de estos voy a ser el padre de una adolescente y entonces sí que estaré perdido. ¿Cómo voy a hablarle de compresas a mi niña, que todavía juega a ser princesa?
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Cristina
Ha llamado esta mañana. Hacía ya dos meses de la última llamada, así que había llegado a creer que no volvería a llamar y que, algún día, la olvidaríamos. Como siempre ha estado cortante, pero yo diría que más nerviosa de lo habitual; ha pedido hablar con Cristina (hija) y a mí no me ha dado más explicaciones. La niña ha terminado llorando y diciendo que la echa de menos, que quiere verla y su madre le habrá dicho, como siempre, que por el momento no es posible. Y van diez meses ya.

Conocí a Cristina con 20 años, en la cafetería de la facultad; ella tenía uno menos y estudiaba Enfermería (como no). Era una tía espectacular, de esas que te quitan el hipo y no lo digo por exagerar (aunque era más bien bajita). Por aquel entonces yo ya tenía mis motivos para estudiar Medicina y el hecho de saber que la encontraría todos los miércoles allí no hizo sino aumentar mi satisfacción por haber elegido esa carrera.

Al principio se hizo la dura; hablaba poco y con monosílabos, pasando de mí cada vez que le proponía una cita, pero yo soy (o era) muy persistente. Después de unos meses persiguiéndola, me dijo que sí, que vendría conmigo a la feria. Así descubrí a la verdadera Cristina, un espíritu libre, cuyas máximas aspiraciones eran pasárselo bien, terminar de estudiar y encontrar algo que le diese el dinero suficiente para vivir sin calentarse la cabeza. Me gustó porque, en aquellos momentos, yo era igual que ella.

Lo malo vino después. Nos cortamos las alas y nos encerramos en una jaula de 80m2 (que, siete años después, pasó a ser de 110); una jaula grande, pero insuficiente para las ansias de libertad que ella tenía. Yo me supe adaptar, pero siempre tuve la sensación de que ella se sentía atrapada, oprimida, aunque me lo negaba cada vez que le preguntaba.

El 9 de enero, después de un turno agotador, llegué a casa cuando aún no eran las seis (de la mañana). Me la encontré delante de una taza de café y le pregunté si entraba temprano ese día; me dijo que no, que me estaba esperando porque ya no podía más, que se ahogaba, que se moría en un sitio tan pequeño y que necesitaba ser libre. Así, de repente, me dijo que me dejaba, que nos dejaba para recuperar su libertad porque su hija ya no la necesitaba como antes y ya no tenía motivos para sentirse culpable. Nunca quiso atarse y ya no podía seguir negando sus ganas de volar. Quería vivir sin dueño.

Y se fue. No nos dijo dónde, ni si volvería; no dejo un teléfono, ni una dirección. Se llevó todas sus cosas, pidiendo tiempo para reflexionar. Ahora llama de vez en cuando, para hablar con Cristina y decirle cuanto la echa de menos; la mentira siempre ha sido su especialidad y yo tardé demasiado en darme cuenta.
 
Fracaso rotundo
Ha sido un completo desastre. No sólo no he conseguido dejar de pensar en Cristina, sino que tampoco he parado de hablar de ella y, para colmo, ha sido Carla la que ha empezado la conversación, para luego echarme en cara que todavía no lo haya superado.

La cosa ya pintaba mal cuando la he recogido. Iba vestida con una falda-cinturón roja y un top que, lo que se dice sugerir, no sugería nada (simplemente porque se veía todo); no tengo nada en contra de este tipo de vestimenta, es más, en otras condiciones me habría sido imposible decirle al “soldadito” que no se pusiese firme, pero hoy esperaba algo más informal, no sé, unos vaqueros o algo así. Desde que se ha sentado en el coche ha intentado ponerme cachondo y no lo ha conseguido porque… En realidad no sé porque no lo ha conseguido.

He aparcado el coche en el primer sitio que he encontrado relativamente cerca del restaurante y hemos ido andando desde allí; un paseíto por el Carmen que nunca viene mal para ir abriendo el apetito. Tal y como iba vestida era un poco difícil que los chavales que andaban por la calle no le soltasen alguna burrada (todos hemos hecho eso alguna vez, aunque fuese bajo los efectos del alcohol); lo malo es que ella esperaba que yo la defendiese y estaba tan anonadado por sus repetidos intentos de abalanzarse sobre mi bragueta durante el trayecto, que he sido incapaz de abrir la boca hasta que nos han dado la carta del restaurante.

La cena ha sido lo único que se ha salvado, aunque me ha salido por un pico (hay que ver lo que bebe la tía y que vinito ha pedido). Cuando hemos terminado iba doblada y era incapaz de andar con los tacones que se había puesto. Como he podido la he metido en el coche y la he acercado a su casa; allí me ha propuesto subir y le he dicho que no (definitivamente me estoy volviendo lelo), con su consiguiente enfado. Me ha dicho que debo ser maricón, porque con lo “buenorra” que está ella no hay tío que se resista y que ha acabado hasta los mismísimos huevos (¿encima es un travesti?) de oír hablar de mi ex: “que si Cristina esto, que si aquello, que si ella pedía eso…” (y eso que ha sido ella la que me ha preguntado como lo llevaba).

Así que me siento frustrado e incapaz de comprender porque no puedo olvidar, aunque sea un ratito, a esa arpía, porque, aunque lo negaré si alguien me lo pregunta, eso es lo que es Cristina. Esta noche se podría resumir de una forma muy sencilla: un fracaso más y un polvo menos, por gilipollas.
 
Tengo una cita
Hoy tengo mi primera cita desde que Cristina se fue de casa y estoy nervioso. Supongo que en parte es normal porque he perdido la dinámica esa de salir con otras personas, pero, aún así, no me acostumbro a este estado de ansiedad. ¡Joder, si es que hasta tiemblo! Mi hija me ha recomendado “una tilita y un par de valiums” porque ella es naturalista y está en contra de la automedicación.

Como no sabía que ponerme, me he plantado unos vaqueros que, según dicen, hacen que parezca que tengo el culo bonito (eso significa que sin ellos no lo tengo, ¿no?). Si la cita es un desastre, al menos que recuerde algo bueno de mí (es broma). ¿Camisa o camiseta? Camiseta. No tengo nada en contra de las camisas, pero es que me paso el día con camisa y corbata y me apetece variar.

¿Qué se supone que se hace en una primera cita? Buff, ya ni me acuerdo. No tengo una primera cita desde hace la tira (lo triste es que hace tres meses que no tengo una cita de ninguna clase, ni siquiera con el dentista). He pensado en pedirle consejo a Cristinita, pero me ha parecido todavía más deprimente; si alguien supiese que es mi hija de once años la que me aconseja creo que aún saldría menos.

Bueno, volvamos a la cita de esta noche. Se llama Carla, veintimuchos, castaña con mechas, ojos ¿marrones o verdes?, buen tipo, etc. La conozco desde hace un par de años, pero nunca me había llamado la atención; trabaja en la cafetería de mi hospital (vale mío no, de la Conselleria), así que la veo todos los días. Últimamente juraría que ha estado tonteando conmigo así que, esta mañana, he sido valiente y le he propuesto ir a cenar al Shiraz, mi restaurante preferido.

En fin, ya ha llegado mi madre así que es hora de coger el coche e ir a buscar a mi “acompañante”. Voy a echarme el último chorrito de colonia y a pasarme el peine por última vez, que no piense que soy un desaliñado. Deseadme suerte, es mi primera oportunidad de olvidarme de Cristina y empezar una nueva (¿y feliz?) vida.

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Presentación (de un ser patético)
Me llamo Jorge y tengo 33 años; soy oncólogo y un pringado. Buena presentación, a que sí? No, en serio. Soy un chico (odio decir hombre, me hace sentir viejo y eso es algo que negaré mientras pueda) normal y corriente que ha decidido dejar de dar la lata a sus amigos y desahogarse en Internet; sé que ellos me lo agradecerán.

Empecemos por el principio. Vivo (o sobrevivo) en Valencia, de manera independiente (gracias a Dios) y digamos que me relaciono bien con mi entorno. Me defino como un urbanita, es decir, la ciudad es mi habitat y no me saques de aquí porque no respondo. Como todo médico que se precie curro en un hospital y, si bien podría decir que soy el rey de la planta, lo cierto es que soy un pringado más (suele pasar cuando eres de los últimos en llegar).

Estudié Medicina porque mi hermano es médico y me dijo que se ligaba mucho; con 18 años tenía la cabeza hecha un lío (joder, que poco ha cambiado eso) y la perspectiva de tener mi cama (o mi coche, en su defecto) ocupada jueves sí, jueves también, fue el impulso que me faltaba para ponerme la bata (o al menos intentarlo).

Lo cierto es que ligar, lo que se dice ligar, nada de nada. Si acaso algún tonteo con las chicas de Enfermería, pero nada reseñable. Así que no me quedó más remedio que buscar mi vocación de doctor por alguna parte que no fuese en las faldas y la encontré, me costo lo mío, pero la encontré.

Y con la vocación llegó Cristina; ya hablaré otro día de ella, porque esto es sólo una presentación y ella da para mucho más. Cristina ha sido una pieza clave en mi vida y la que me ha convertido en el pringado más peripatético del mundo mundial (toma Manolito).

Como supongo adivinaréis, me ha dejado. Se ha largado de mi vida y me ha dejado de recuerdo una bonita depresión y a nuestra hija, que tampoco la entiende, ni me entiende a mí. Pero esa es otra historia.

Así que este es el panorama de mi vida. Soltero, con niña y con un trabajo que me exprime a tope; mis amigos me sugirieron esto, escribir un blog y contar lo que se me ocurriese (no sabían como librarse de mí los cabrones); lo voy a hacer, total, no hago daño a nadie y al que no le guste, pues que no lo lea.
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