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Vente pa Malasia Pepe
Blog que nació en Roma y desde entonces me ha seguido hasta Kuala Lumpur.
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Aventuras y desventuras de un joven de la Provincia con variados recursos. Hoy aquí y mañana... pues allí.
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Mamá quiero ser anoréxico.
Hoy me he levantado tarde y me he quedado sin excursión a Ostia Antica, pero a Dios gracias que uno es una persona de recursos y este tipo de calamidades para mi no son mas que simples imprevistos salvables. Así que nada, me prepare, me metí entre pecho y espalda el capuchino y el cornetto de por las mañanas y vía (del Corso para ser mas exactos).

Le hice caso a Marco y me fui en bus hasta la piazza del Popolo pasando así por villa Borghese, el precioso pulmón derecho de Roma. Después de recrearme un poco más en la maravillosa plaza der Pueblo, comencé a caminar por la Vía del Corso a la caza de algo bueno, bonito y barato. En esto que veo una tienda con un escaparate de camisetas muy chulas y me decido a entrar. Como iba con las gafas mega ultra hiper fashion que me he comprado aquí para pasar un poco más por autóctono (son tan necesarias como la boina ladeada en Paris que se habrá tenido que comprar la Vicky), pues como que no veía un carajo. Me pilla por banda la dependienta, me empieza a enseñar camisetas, todo como muy estupendo, me quito las gafas... y como que la dependienta no era la rubia espectacular de cuando entre, sino el dependiente travesti al que los focos le delataban la piel rasurada bajo los kilos de base y maquillaje.
¿Podré estar en una ciudad mojigata como esta y que esto me pase a mí, en mi primera incursión consumista? Porque vale que en Londres por curioso acabara a mis 13 añitos en una tienda de ropa y plataformas llenita de drags, pero, ¿¿esto en la ciudad del Papa?? ¡¡Santa Madonna!! Esto llega a San Pedro y a la Piedad se le cambia la cara. Fijo vamos.

Total, que tras reponerme del impacto, sigo con mi vueltecita, y entro en otro negozzio. Otra vez camisetas, se me vuelve a adosar la dependienta (de esta puedo confirmar el sexo porque ya me había quedao con la mosca detrás de la oreja y hasta que no le vi colgando el hilillo del tampax por debajo de la falda no pare de examinarla). Empieza a enseñarme camisetas mega petadas, y yo que no, que a mi grandecitas, que luego me las tengo que llevar a España y alli la grasa embuchá la dejamos pa las cañas de lomo y demás; ella erre que erre, que me la pruebe, que son grandecitas –y una mierda pensando yo-. Al final ná, la perra gorda pa ella. El resto sucedio así: Me pruebo la L, se me cae la primera lágrima; me miro en el espejo, la niña por imbécil tiene que ir a por la fregona, una tila, los pañuelos y una XL.
¿Estos animales no se han enterado del follón de la anorexia? ¿Fueron directos a la metrosesualida sin pasar por la casilla del heroin chic y sus consecuencias? Debe ser, porque desde que el otro dia le escuché al Marcos que estaba gordo pensé que poco más me faltaba por ver en este país, pero no, aun me quedaba la tarde de compras.
 
Comentario:
Mi querido sobrino, como ya me tienes harto (y envidioso) con tus comentarios pijo-fashion-internacionales, voy a suplir tu experiencia espacial con la mía temporal, y así demostrarte quién es realmente el Rey del Glam. Por suerte o por desgracia, my dear nephew, (y sigue batallita del tío, o sea que si quieres puedes dejar ya de leer) viví mi infancia y parte de mi adolescencia durante los años 60, esa época que tú y tus imberbes amiguitos sólo conocéis de oídas. La viví además en una atlántica ciudad de provincias sin más proyección internacional que su puerto "de gran calado": mucho marinero y mucha puta. Pero hete aquí que yo también era pijo de salida, como tú. (Luego he venido a menos evidentemente; si no, a buenas horas iba a estar yo escribiéndote esto en vez de reportajes para el Vogue...) Y en un principio fui a un colegio mixto, de inspiración inglesa, que me abrió los ojos a los mundos de ultramar. Pero a lo que íbamos. A finales de los sesenta empezaron a abrise en mi ciudad las primeras tiendas que vendían productos de importación. Una de ellas traía posters (cuando todavía no se conocía semejante concepto en España) de Inglaterra, que entonces se desmelenaba a ritmo de los Beatles. Eran carísimos, pero empleando todos mis ahorros conseguí agenciarme uno absolutamente psicodélico, donde se veía a una chica a la que le salían un monton de flores (como formando una estela de humo) de la boca, en colores de alucine (rosas, morados, plateados, dorados). Bueno, en realidad no se sabía muy bien si le salían o le entraban, porque encima de su cabeza ponía en unas letras enormes que ocupaban casi todo el poster: EAT FLOWERS. Tal cual. COME FLORES. Me parecía un consejo de lo más moderno, que aún hoy continúo siguiendo, comiéndome todo capullo que se me pone a tiro... Y ahora vamos adonde realmente quería llegar, que es la primera boutique de ropa de importación que conocí. La compraban en Carnaby Street, que entonces era lo más, y la vendían aquí a precio de oro en la primera planta de una tienda de ropa tradicional, decorada con un estilo que de aquélla rozaba lo supersónico. Estaba toda tapizada de azul marino y tenía unos probadores en forma de tubo, con unas puertas semicirculares que siempre se atascaban. Casí no podías probarte la ropa porque a duras penas te daba el espacio para estirar una pierna, pero como todos éramos tan modernos, nos daba igual. Así podías dejar la puerta de marras medio abierta y ligar con los dependientes, que también eran muy modernos... El caso es que allí me compré mi primera camisa amarilla cuello Mao, y mis primeros pantalones de campana. Eran más horteras que los de Los Manolos, pero a mí me parecían preciosísimos. Casí no cabía en ellos, y el efecto aún resultaba más exagerado debido a una cremallera al descubierto anchísima que casi reventaba sola. Los bolsillos también iban por fuera, y el color tiraba a verde botella (sin comentarios). Cuando mi padre me vio llegar con el conjuntito por poco se muere de un síncope y me echa de casa. Pero al final prevalecieron mi atuendo y los aires renovadores de los sesenta. ¡Qué cojones! Al fin y al cabo Massiel había ganado Eurovisión con un vestido mini que se había comprado el día anterior en Carnaby Street... Y a mi padre, afortunadamente, le encantaba Massiel. Tanto temperamento y tanta furia española a él, que había querido ser torero o legionario, le ponía un montón, así que tuvo que tragar con los pantalones "La, la, la". Spain, ten points. De modo que no te me pongas fashion, sobrino, porque sin tus ancestros no serías nadie... Ni habrías nacido, ni tendrías cuerpo (ni gordo ni delgado) para lucir tu supermegarropa italiana.
No