Camino de ninguna parte.
Muchas veces me he preguntado de donde era realmente, los cambios de residencia en mi vida han sido una constante, incluso en algún delirio llegue a reconocer en la moqueta de un barco o un avión un hogar.
Es curioso, pero ahí, sentado en una impersonal butaca con la sola compañía de una peli, un disco, un libro o simplemente pensado en mis cosas mientras miraba por la ventana o las compartía con el desconocido de al lado, me sentía seguro.
Trasladare de un sitio a otro es un precio que se te tiene que pagar por tener el cariño repartido, pero a la vez es un curioso e inesperado modo de encontrarse con uno mismo en el camino.
Hasta ahora, siendo estudiante sin muchos horarios que cumplir más que los de los tres meses al año que tienes de exámenes, como que más o menos me las he podido apañar para vivir asi.
El problema viene ahora que seguramente acabe la carrera en algunos meses y tenga que elegir donde pongo el huevo. En España soy el italiano, y en Italia el español. Ahora mismo me siento como si en este viaje fuera el copiloto que se habría bajado a empujar el coche gripado y se queda atrás al reanudar la marcha mientras ve la maquina avanzar sin poder hacer nada más para seguir: sólo, con la incertidumbre de una direccion y sus dos sentidos.
Quizás por haber tratado de renunciar a lo mínimo de lo mejor de cada sitio que estuvo en mi, un poco si que me halla convertido en un apátrida y la única solución sea seguir caminando en busca de un hueco donde ser feliz. El mundo es demasiado grande como para no tener uno donde solo ser yo hasta el final del viaje.
Es curioso, pero ahí, sentado en una impersonal butaca con la sola compañía de una peli, un disco, un libro o simplemente pensado en mis cosas mientras miraba por la ventana o las compartía con el desconocido de al lado, me sentía seguro.
Trasladare de un sitio a otro es un precio que se te tiene que pagar por tener el cariño repartido, pero a la vez es un curioso e inesperado modo de encontrarse con uno mismo en el camino.
Hasta ahora, siendo estudiante sin muchos horarios que cumplir más que los de los tres meses al año que tienes de exámenes, como que más o menos me las he podido apañar para vivir asi.
El problema viene ahora que seguramente acabe la carrera en algunos meses y tenga que elegir donde pongo el huevo. En España soy el italiano, y en Italia el español. Ahora mismo me siento como si en este viaje fuera el copiloto que se habría bajado a empujar el coche gripado y se queda atrás al reanudar la marcha mientras ve la maquina avanzar sin poder hacer nada más para seguir: sólo, con la incertidumbre de una direccion y sus dos sentidos.
Quizás por haber tratado de renunciar a lo mínimo de lo mejor de cada sitio que estuvo en mi, un poco si que me halla convertido en un apátrida y la única solución sea seguir caminando en busca de un hueco donde ser feliz. El mundo es demasiado grande como para no tener uno donde solo ser yo hasta el final del viaje.
A sobras con Roma.
Hoy ha sido una tarde extraña. Para empezar fui a la facultad a hablar con un profesor sobre el temario de la asignatura y me acabo encasquetando la bibliografía de otra de la que él se encargaba, pero que “va bene lo stesso” =? Pues de lujo fenómeno, tú pones la nota, yo estudio, tú mandas. È cosi.
Apenas encendí el móvil tenia una llamada perdida de la Piji. La muy mamona de ella llevaba bebiendo cerveza con R., C. y B. (el nombre de las folcloricas próximamente) ¡desde el medio día que hicieron una pausita en la que se suponía jornada bibliotequera de estudio intenso!; que me uniera a la fiesta: que nooo, tengo que estudiaaar, estoy cansaaao… ¡coño si es viernes! Pensé al colgar… con razón esta mañana instintivamente me había plantado un modelito de competi, si es que el subconsciente no me falla.
Aunque sin chorvo agenda de la que tirar para pasar la serata me puse en marcha en dirección a piazza Cavour. Detrás me esperaba el Tevere con los crios, patinando en la pista de hielo que le han endosao. Me acompañaron por el paseo de la orilla izquierda con San Pedro en el fondo sur animándome en la marcha. En la grada izquierda, los edificios del otro lado del lungo Tevere se asomaban coquetos y serenos con la luz del tramonto.
Luego cruce por el puente de Vittorio Emmanuele II y me metí por un par de callejones hasta llegar a la vía dei Coronari donde me recogieron sus miles de anticuarios. Reímos con antiguos carteles de circo, alucinamos con barrocas lámparas de cristal, nos sobresaltamos con las voces de los comerciantes que fumaban en sus puertas, planeamos un salón con muebles antiguos chinos y modernistas, deje caer lo mucho que me gustaría un broche de un caballito de mar para la próxima Navidad…
Y soñé, y soñé… hasta que replico la campana –una de las miles que te llaman al orden a lo largo de día en Roma- y comprendí que todo era un sueño.
¿La realidad era que estaba solo tomándome un aperitivo en la vía della Pace con la sola compañia de mi cocktail? ¿Me acompañaban mis fantasmas en frente de la mesa en la que un día todo pudo cambiar?
Ni lo se, ni me importa: si a un sabio “roma non basta una vita”, a un feliz ignorante le sobra.
Apenas encendí el móvil tenia una llamada perdida de la Piji. La muy mamona de ella llevaba bebiendo cerveza con R., C. y B. (el nombre de las folcloricas próximamente) ¡desde el medio día que hicieron una pausita en la que se suponía jornada bibliotequera de estudio intenso!; que me uniera a la fiesta: que nooo, tengo que estudiaaar, estoy cansaaao… ¡coño si es viernes! Pensé al colgar… con razón esta mañana instintivamente me había plantado un modelito de competi, si es que el subconsciente no me falla.
Aunque sin chorvo agenda de la que tirar para pasar la serata me puse en marcha en dirección a piazza Cavour. Detrás me esperaba el Tevere con los crios, patinando en la pista de hielo que le han endosao. Me acompañaron por el paseo de la orilla izquierda con San Pedro en el fondo sur animándome en la marcha. En la grada izquierda, los edificios del otro lado del lungo Tevere se asomaban coquetos y serenos con la luz del tramonto.
Luego cruce por el puente de Vittorio Emmanuele II y me metí por un par de callejones hasta llegar a la vía dei Coronari donde me recogieron sus miles de anticuarios. Reímos con antiguos carteles de circo, alucinamos con barrocas lámparas de cristal, nos sobresaltamos con las voces de los comerciantes que fumaban en sus puertas, planeamos un salón con muebles antiguos chinos y modernistas, deje caer lo mucho que me gustaría un broche de un caballito de mar para la próxima Navidad…
Y soñé, y soñé… hasta que replico la campana –una de las miles que te llaman al orden a lo largo de día en Roma- y comprendí que todo era un sueño.
¿La realidad era que estaba solo tomándome un aperitivo en la vía della Pace con la sola compañia de mi cocktail? ¿Me acompañaban mis fantasmas en frente de la mesa en la que un día todo pudo cambiar?
Ni lo se, ni me importa: si a un sabio “roma non basta una vita”, a un feliz ignorante le sobra.