Tonololailo.com
Afortunadamente para todos menos una pírrica minoría de “nostálgicos” hace bastante (aunque menos de lo que la gente se piensa) que desaparecieron algunos delitos y faltas que existían en España en la época de la dictadura. La “ley de vagos y maleantes” permitía meter en la cárcel (normalmente en el calabozo) a alguien simplemente por su aspecto físico o por su comportamiento.
Era la ley que se solía esgrimir cuando Franco o algún otro preboste del regimen visitaba cualquier infraestructura o una ciudad para quitarse de en medio a cualquiera que no diera el aspecto deseado. En este grupo se incluía cualquiera que estuviera mal vestido o desnutrido. Ya se sabe que en la España de Franco (y me refiero a la que él creía que existía) no había nadie con “malas pintas”.
En realidad esta cobertura legal ni siquiera era necesaria en los pueblos ya que se metía en el calabozo a la gente por los “santos cojones” del cabo de la Guadia Civil.
Bueno, el caso es que ya no existe y convendremos todos en que afortunadamente es así. Sin embargo, lo mismo que uno se acuerda de Herodes a veces cuando el crío de la vecina decide deleitarte con su repertorio de gritos y llantos, yo me acuerdo a veces de esa ley. Pero no por la gente con “malas pintas” que eso nunca me ha molestado sino por la gente maleducada que eso cada vez abunda más.
Una de las expresiones más actuales del mal gusto son sin duda todo lo que tiene que ver con los teléfonos móviles. Yo creo que, por ejemplo, al entrar en el AVE se debería prohibir terminantemente tener el móvil encendido ya que no se puede evitar que el gilipollas de turno se pase las dos horas y pico gritando a través de él. El AVE es sólo un ejemplo. Si fuese por mi el móvil se prohibiría en cafeterías y en la calle pero me consta que esto es absolutamente imposible así que centro mi esperanza en que alguien descubra que el móvil interfiere con algún dispositivo electrónico del tren. Al fin y al cabo ya me explicó un miembro de la benemérita que en los cuarteles no se debe encender el móvil para no interferir con “la informática”.
Pero de un tiempo a esta parte ha caído sobre los que amamos el silencio y somos admiradores del susurro otra plaga bíblica en forma de tonos, politonos y jodetonos. Lo peor de quien se baja un politono de melendi, de camela o del último capullo de la tele que grita… “Manoliiiiiii ar favo de coge er paratoooooooo” es que encima cree que hace gracia.
Tiene su lógica. Si su mal gusto le ha hecho gastarse varios euros para bajarse un tono tan estúpido, imagino que es que, además, le gusta. Esto hace que no sólo suene un rato sino que, además, lo deje sonar y lo ponga a toda leche para obsequiar a la concurrencia con su tonito de los cojones (no se confunda estos con los santos de la benemérita).
A mí esta lacra me ha llegado a mi empresa. De pronto, cada vez que suena un móvil (personal o de empresa) escucho lo mismo el último hit del progressive after-techno o a un capullo haciendo de niño de dos años gritando.
Y ahora se me presenta una duda. ¿Qué dice el estatuto de los trabajadores sobre esto?. ¿Puedo obligar a mis empleados a que pongan un tono de ring normal y corriente o a lo sumo cualquier de los éxitos de Vivaldi?. Incluso he pensado en buscar algún tono simple y convencerlos de que se trata del tono corporativo. Porqué si tenemos logo o colores corporativos, ¿Por qué no tonos?.
Estoy seguro que si me diera por imponer un tono la gente me diría que soy un cerdo explotador y que coarto la libertad de los demás. Así pues, para no coartar los derechos fundamentales de los señores trabajadores me tengo que aguantar situaciones como las de hace poco.
- Ring, ring (mi teléfono)
- Digamé?
- TitoBeno?
- Si, soy yo
- Hola, que soy putero.. que te iba yo a decir….(LERELE, LERELERELE, LERELELAAAAAAAAAAA)… joder te he pillado en un tablao?
- No, espera… María.. Mariaaa.. MARIAAAAA
- (María) que?
- Coge el movil… ar favo mi arma…
Decididamente, deberían prohibir los jodetonos de tonoslolailos.com
Era la ley que se solía esgrimir cuando Franco o algún otro preboste del regimen visitaba cualquier infraestructura o una ciudad para quitarse de en medio a cualquiera que no diera el aspecto deseado. En este grupo se incluía cualquiera que estuviera mal vestido o desnutrido. Ya se sabe que en la España de Franco (y me refiero a la que él creía que existía) no había nadie con “malas pintas”.
En realidad esta cobertura legal ni siquiera era necesaria en los pueblos ya que se metía en el calabozo a la gente por los “santos cojones” del cabo de la Guadia Civil.
Bueno, el caso es que ya no existe y convendremos todos en que afortunadamente es así. Sin embargo, lo mismo que uno se acuerda de Herodes a veces cuando el crío de la vecina decide deleitarte con su repertorio de gritos y llantos, yo me acuerdo a veces de esa ley. Pero no por la gente con “malas pintas” que eso nunca me ha molestado sino por la gente maleducada que eso cada vez abunda más.
Una de las expresiones más actuales del mal gusto son sin duda todo lo que tiene que ver con los teléfonos móviles. Yo creo que, por ejemplo, al entrar en el AVE se debería prohibir terminantemente tener el móvil encendido ya que no se puede evitar que el gilipollas de turno se pase las dos horas y pico gritando a través de él. El AVE es sólo un ejemplo. Si fuese por mi el móvil se prohibiría en cafeterías y en la calle pero me consta que esto es absolutamente imposible así que centro mi esperanza en que alguien descubra que el móvil interfiere con algún dispositivo electrónico del tren. Al fin y al cabo ya me explicó un miembro de la benemérita que en los cuarteles no se debe encender el móvil para no interferir con “la informática”.
Pero de un tiempo a esta parte ha caído sobre los que amamos el silencio y somos admiradores del susurro otra plaga bíblica en forma de tonos, politonos y jodetonos. Lo peor de quien se baja un politono de melendi, de camela o del último capullo de la tele que grita… “Manoliiiiiii ar favo de coge er paratoooooooo” es que encima cree que hace gracia.
Tiene su lógica. Si su mal gusto le ha hecho gastarse varios euros para bajarse un tono tan estúpido, imagino que es que, además, le gusta. Esto hace que no sólo suene un rato sino que, además, lo deje sonar y lo ponga a toda leche para obsequiar a la concurrencia con su tonito de los cojones (no se confunda estos con los santos de la benemérita).
A mí esta lacra me ha llegado a mi empresa. De pronto, cada vez que suena un móvil (personal o de empresa) escucho lo mismo el último hit del progressive after-techno o a un capullo haciendo de niño de dos años gritando.
Y ahora se me presenta una duda. ¿Qué dice el estatuto de los trabajadores sobre esto?. ¿Puedo obligar a mis empleados a que pongan un tono de ring normal y corriente o a lo sumo cualquier de los éxitos de Vivaldi?. Incluso he pensado en buscar algún tono simple y convencerlos de que se trata del tono corporativo. Porqué si tenemos logo o colores corporativos, ¿Por qué no tonos?.
Estoy seguro que si me diera por imponer un tono la gente me diría que soy un cerdo explotador y que coarto la libertad de los demás. Así pues, para no coartar los derechos fundamentales de los señores trabajadores me tengo que aguantar situaciones como las de hace poco.
- Ring, ring (mi teléfono)
- Digamé?
- TitoBeno?
- Si, soy yo
- Hola, que soy putero.. que te iba yo a decir….(LERELE, LERELERELE, LERELELAAAAAAAAAAA)… joder te he pillado en un tablao?
- No, espera… María.. Mariaaa.. MARIAAAAA
- (María) que?
- Coge el movil… ar favo mi arma…
Decididamente, deberían prohibir los jodetonos de tonoslolailos.com
Lluviendo
Un día una señora profesora muy cercana a mí (Digamos que la persona más cercana a mí en el mundo para dejarlo claro) me contó una de sus muchas anécdotas con críos pequeños.
Un niño en su clase le pidió a otro “las estijeras”, mi… bueno, esa señora profesora le intento corregir: “Manolito, no se dice estijeras, se dice: tijeras”. El crío miro a la profe y le dijo “no señorita, mi abuelo dice estijeras y mi abuelo es muy listo”. Ante mi sorpresa primero e indignación de adolescente después, la señora profesora me contó como lo había dejado pasar porque prefería que el crío mantuviese esa falta a que perdiese el respeto a su abuelo. Ya habría tiempo para que revirtiera ambas situaciones.
Por aquel entonces yo no lo entendí. Un error es un error y no corregirlo no hace sino afirmarlo. Además es curioso porque esa señora profesora me consta que no era precisamente tolerante con esos tipos de errores. Así pues, ¿cómo era posible que ante tamaña barbaridad (estijeras) esa “adalid de la corrección lingüística” hiciera oídos sordos?. Y todo por que el chaval mantuviera respeto a un viejo que, evidentemente, era un inculto?. No lo entendí.
Ayer estaba en el supermercado cerca de casa y mientras metía las cosas en las bolsas se me acercó una cría de no más de tres o cuatro años con las que a veces he coincidido en el ascensor. Es la típica cría parlanchina. La conversación fue, más o menos, la siguiente:
- Hola
- Hola
- Todo eso es para tu casa
- Claro, para comer
- Mi mama también compra para comer y me va a comprar un ….(inteligible)…..
- Mira que bien
- ¿No llevas capucha?, esta “lluviendo”.
- No, no llevo pero voy corriendo. Y no se dice “lluviendo”, se dice “lloviendo”.
- Pues mi mama dice lluviendo
- Anda, pues entonces estaré equivocado yo.
La niña me miro riéndose y asintiendo con la cabeza.
Cuando volvía corriendo bajo la lluvia aún tuve tiempo para sonreir mientras pensaba que, después de todo, esa señora profesora me había enseñado algo más que lingüística.
Un niño en su clase le pidió a otro “las estijeras”, mi… bueno, esa señora profesora le intento corregir: “Manolito, no se dice estijeras, se dice: tijeras”. El crío miro a la profe y le dijo “no señorita, mi abuelo dice estijeras y mi abuelo es muy listo”. Ante mi sorpresa primero e indignación de adolescente después, la señora profesora me contó como lo había dejado pasar porque prefería que el crío mantuviese esa falta a que perdiese el respeto a su abuelo. Ya habría tiempo para que revirtiera ambas situaciones.
Por aquel entonces yo no lo entendí. Un error es un error y no corregirlo no hace sino afirmarlo. Además es curioso porque esa señora profesora me consta que no era precisamente tolerante con esos tipos de errores. Así pues, ¿cómo era posible que ante tamaña barbaridad (estijeras) esa “adalid de la corrección lingüística” hiciera oídos sordos?. Y todo por que el chaval mantuviera respeto a un viejo que, evidentemente, era un inculto?. No lo entendí.
Ayer estaba en el supermercado cerca de casa y mientras metía las cosas en las bolsas se me acercó una cría de no más de tres o cuatro años con las que a veces he coincidido en el ascensor. Es la típica cría parlanchina. La conversación fue, más o menos, la siguiente:
- Hola
- Hola
- Todo eso es para tu casa
- Claro, para comer
- Mi mama también compra para comer y me va a comprar un ….(inteligible)…..
- Mira que bien
- ¿No llevas capucha?, esta “lluviendo”.
- No, no llevo pero voy corriendo. Y no se dice “lluviendo”, se dice “lloviendo”.
- Pues mi mama dice lluviendo
- Anda, pues entonces estaré equivocado yo.
La niña me miro riéndose y asintiendo con la cabeza.
Cuando volvía corriendo bajo la lluvia aún tuve tiempo para sonreir mientras pensaba que, después de todo, esa señora profesora me había enseñado algo más que lingüística.
Mintiendo con la verdad
Un día un amigo me contó una anécdota que rápidamente se convirtió en una de mis favoritas hasta que un día, no hace mucho, al contarla alguien dijo que se la había oído en la tele a Sanchez Dragó. Desde entonces prefiero contar otra cualquiera. No obstante, en este caso, la anécdota me vino a la mente porque casa como un guante (en una mano, se entiende).
La anécdota se refiere a un viaje a América que hizo el Arzobispo de Canterbury (creo que es el equivalente al papa en la iglesia anglicana) a principios del siglo XX.
Parece ser que durante el viaje en barco los asesores del Arzobispo le advirtieron de la malicia de la prensa estadounidense que tenía fama de amarillista y sensacionalista (vaya, al contrario que la inglesa….). Por eso quedaron en que sería muy cauto en sus respuestas para evitar malos entendidos y si no se le ocurría algo utilizaría el socorrido y muy gallego recurso de responder con otra pregunta.
Cuando llegó al puerto y conforme se bajaba del barco la prensa lo abordó y le preguntó:
- Arzobispo, ¿que piensa usted de la proliferación de burdeles en el este de Manhatan?
El pobre hombre que no se esperaba esa pregunta hizo lo que le habían dicho y respondió con otra pregunta:
- ¿Hay burdeles en el este de Manhatan?.
Al día siguiente los periódicos titulaban: El arzobispo de Canterbury, lo primero que preguntó al bajarse del barco es si había burdeles en el este de Manhatan.
Es una buena muestra de cómo se puede mentir diciendo la verdad. Yo recuerdo otra del ABC de Sevilla. En los tiempos en que era presidente de la Junta de Andalucía José Rodriguez de la Borbolla, mas conocido para sus amigos como “Pepote” resultó que había un mangante barriobajero que se llamaba “Pepote”. El ABC tituló con grandes tipos “La banda del Pepote vuelve a actuar”. A partir de ahí raro era el día en que no había un artículo sobre el Pepote. Al pobre chorizo le salió cara la coincidencia.
Últimamente los medios de comunicación están, si cabe, un poco más impresentables que de costumbre y se volvió a dar un ejemplo claro de mentira diciendo la verdad. En esta especie de estúpida guerra en la que se han entablado políticos y periodistas sobre el autor de los atentados del 11M. La necedad es tanta que parece ser que si ETA tuvo algo que ver, entonces gana el PP y el Mundo. Si fueron los islamistas, entonces gana el PSOE y el País.
Hace unos días, se descubrió una curiosa coincidencia. Un vecino de los suicidas de Leganés era policía. Y además, tenía papeles de investigaciones en su casa. Algunas de esas investigaciones eran, además, sobre ETA. Obviamente, al explotar la bomba, entre otras muchas cosas se encontraron esos papeles.
Ante esta casualidad el Mundo tituló: “Un policía declara que en el escombro de Leganés había papeles sobre ETA”.
Un arte esto de mentir con la verdad. De hecho yo ya voy practicando. El otro día aseguré a unos amigos que, tal vez por culpa de la edad, yo tenía problemas con el sexto polvo.
La anécdota se refiere a un viaje a América que hizo el Arzobispo de Canterbury (creo que es el equivalente al papa en la iglesia anglicana) a principios del siglo XX.
Parece ser que durante el viaje en barco los asesores del Arzobispo le advirtieron de la malicia de la prensa estadounidense que tenía fama de amarillista y sensacionalista (vaya, al contrario que la inglesa….). Por eso quedaron en que sería muy cauto en sus respuestas para evitar malos entendidos y si no se le ocurría algo utilizaría el socorrido y muy gallego recurso de responder con otra pregunta.
Cuando llegó al puerto y conforme se bajaba del barco la prensa lo abordó y le preguntó:
- Arzobispo, ¿que piensa usted de la proliferación de burdeles en el este de Manhatan?
El pobre hombre que no se esperaba esa pregunta hizo lo que le habían dicho y respondió con otra pregunta:
- ¿Hay burdeles en el este de Manhatan?.
Al día siguiente los periódicos titulaban: El arzobispo de Canterbury, lo primero que preguntó al bajarse del barco es si había burdeles en el este de Manhatan.
Es una buena muestra de cómo se puede mentir diciendo la verdad. Yo recuerdo otra del ABC de Sevilla. En los tiempos en que era presidente de la Junta de Andalucía José Rodriguez de la Borbolla, mas conocido para sus amigos como “Pepote” resultó que había un mangante barriobajero que se llamaba “Pepote”. El ABC tituló con grandes tipos “La banda del Pepote vuelve a actuar”. A partir de ahí raro era el día en que no había un artículo sobre el Pepote. Al pobre chorizo le salió cara la coincidencia.
Últimamente los medios de comunicación están, si cabe, un poco más impresentables que de costumbre y se volvió a dar un ejemplo claro de mentira diciendo la verdad. En esta especie de estúpida guerra en la que se han entablado políticos y periodistas sobre el autor de los atentados del 11M. La necedad es tanta que parece ser que si ETA tuvo algo que ver, entonces gana el PP y el Mundo. Si fueron los islamistas, entonces gana el PSOE y el País.
Hace unos días, se descubrió una curiosa coincidencia. Un vecino de los suicidas de Leganés era policía. Y además, tenía papeles de investigaciones en su casa. Algunas de esas investigaciones eran, además, sobre ETA. Obviamente, al explotar la bomba, entre otras muchas cosas se encontraron esos papeles.
Ante esta casualidad el Mundo tituló: “Un policía declara que en el escombro de Leganés había papeles sobre ETA”.
Un arte esto de mentir con la verdad. De hecho yo ya voy practicando. El otro día aseguré a unos amigos que, tal vez por culpa de la edad, yo tenía problemas con el sexto polvo.
Historias de un retrete. El secreto está en el corcho (epílogo)
(Post en tres partes y un epílogo a modo de conclusión)
Hace años (veinte fácilmente) un amigo que tenía un bar de copas me planteó un problema un tanto curioso. Un problema pelín escatológico pero real como la vida misma. Resulta que ese hombre es un maniático de la limpieza y le jodía bastante el hecho de que el servicio de su bar estuviese sucio. Para ello hacia que limpiaran el servicio todos los días un par de veces. Parece ser que excepto en los fines de semana conseguía que su servicio estuviese aceptablemente limpio. Al menos el de las chicas. Porque el servicio de caballeros, según sus propias palabras, el único caballero que lo visitaba es el que tenía pintado en la puerta.
Su problema se resumía en como hacer que los “caballeros” no se mearan fuera del tiesto. Pero en este caso hablaba de forma literal.
Como me pasa a veces, y no se porqué, el tío me preguntó si conocía alguna solución. Lo curioso es que yo creo que me preguntan por aquello que desde siempre he sido un tecnólogo. Imagino que esperaría algo así como un sistema que emitiera un campo magnético que impidiera que la gente se meara fuera. Bueno, en realidad nos los pregunto a toda la pandilla de amigos pero yo me lo tomé como una consulta directa.
Aunque así a bote-pronto pueda resultar una estupidez, durante un tiempo pensé en alguna solución. Pensaba en una forma de rediseñar un inodoro pero me di cuenta de que, en cuestión de diseño, es un artefacto difícil de superar.
Un día, poco después, me sucedió una cosa aparentemente intrascendente. Estábamos hablando un grupo de amigos. No recuerdo la conversación pero si recuerdo que estábamos enfrascados en una discusión apasionante hasta que de pronto pasó un niño con una pelota que hacía ruido. Creo que era de esas que llevan cascabeles dentro. De pronto, todos nos quedamos mirando la pelota y dejamos de hablar.
En ese momento me di cuenta de que, en realidad, todos somos como críos y nos entretenemos y despistamos con las mismas cosas. Inmediatamente se me ocurrió una idea para el problema de mi amigo del bar.
La siguiente vez que fui a verlo le comenté que tenía una solución pero quería probarla a ver si funcionaba. Pasé al servicio y le dije que no mirara y que al final de la noche me pasaría y veríamos si había funcionado. Cuando llegué a última hora con unos amigos el tío me esperaba riendo. “No se como lo has hecho pero acabo de ir al servicio y está limpio o al menos, menos sucio de lo normal. Parece que la gente no se mea fuera”. Ni siquiera se había dado cuenta de nada. Por fin se lo dije:
- ¿No has visto un corcho flotando?.
- Pues no recuerdo.
- Pues esa es la solución. La gente se entretiene meándole al corcho y así no se mean fuera.
Hicimos bromas de todo tipo y hubo alguien que me aconsejó montar una empresa. Desarrollando aún más la idea llegamos a la conclusión de que podríamos poner la foto impresa de un político, o de alguien conocido en el corcho o en el inodoro para que la gente se entretuviera apuntándole a los ojos o a la boca. Ahora se me ocurre que a lo mejor sería complicado conseguir los derechos de imagen de esa persona. Animado por las copas que llevábamos encima, aquello se convirtió en una autentica tormenta de ideas. De pronto nos surgieron como veinte ideas de dispositivos con el fin de que los cafres (entre los que sin duda nos encontrábamos) se mearan dentro.
Alguna vez me he acordado de esta anécdota del corcho y lo que más me gusta de ella es que con el tiempo me di cuenta que era un buen ejemplo de una solución extremadamente simple obtenida mediante pensamiento paralelo.
Hace unos días entré en un retrete en un bar de copas y observé que en el inodoro había algo que parecía un muñeco de plástico azul. Parecía algo así como una mosca. Inmediatamente me surgió una duda. Para confirmar miré en los otros inodoros del servicio y voila!. Allá estaba. Un muñequito en cada inodoro.
Cuando salía un amigo me dijo: “Te lo has pasado bien no? Porque sales del servicio riéndote”. En realidad iba pensando en que, una vez más, alguien había aprovechado mi idea. Pensé en que lo mismo había sido cualquiera de los que estábamos aquella noche de hace veinte años en aquel bar de copas.
Una vez más, simplemente, alguien no sólo había pensado lo mismo, sino que además se había atrevido a hacerlo. De hecho, me quede con las ganas de preguntarle al dueño si realmente eso se vendía o simplemente había tenido él mismo la idea y había utilizado cualquier muñequito para la función.
Podría haber contado la anécdota tal cual pero creo que los antecedentes son importantes para entender porqué me llamó tanto la atención el dichoso muñequito. Mis acompañantes de aquella noche le echaron la culpa a los whiskys.
Hace años (veinte fácilmente) un amigo que tenía un bar de copas me planteó un problema un tanto curioso. Un problema pelín escatológico pero real como la vida misma. Resulta que ese hombre es un maniático de la limpieza y le jodía bastante el hecho de que el servicio de su bar estuviese sucio. Para ello hacia que limpiaran el servicio todos los días un par de veces. Parece ser que excepto en los fines de semana conseguía que su servicio estuviese aceptablemente limpio. Al menos el de las chicas. Porque el servicio de caballeros, según sus propias palabras, el único caballero que lo visitaba es el que tenía pintado en la puerta.
Su problema se resumía en como hacer que los “caballeros” no se mearan fuera del tiesto. Pero en este caso hablaba de forma literal.
Como me pasa a veces, y no se porqué, el tío me preguntó si conocía alguna solución. Lo curioso es que yo creo que me preguntan por aquello que desde siempre he sido un tecnólogo. Imagino que esperaría algo así como un sistema que emitiera un campo magnético que impidiera que la gente se meara fuera. Bueno, en realidad nos los pregunto a toda la pandilla de amigos pero yo me lo tomé como una consulta directa.
Aunque así a bote-pronto pueda resultar una estupidez, durante un tiempo pensé en alguna solución. Pensaba en una forma de rediseñar un inodoro pero me di cuenta de que, en cuestión de diseño, es un artefacto difícil de superar.
Un día, poco después, me sucedió una cosa aparentemente intrascendente. Estábamos hablando un grupo de amigos. No recuerdo la conversación pero si recuerdo que estábamos enfrascados en una discusión apasionante hasta que de pronto pasó un niño con una pelota que hacía ruido. Creo que era de esas que llevan cascabeles dentro. De pronto, todos nos quedamos mirando la pelota y dejamos de hablar.
En ese momento me di cuenta de que, en realidad, todos somos como críos y nos entretenemos y despistamos con las mismas cosas. Inmediatamente se me ocurrió una idea para el problema de mi amigo del bar.
La siguiente vez que fui a verlo le comenté que tenía una solución pero quería probarla a ver si funcionaba. Pasé al servicio y le dije que no mirara y que al final de la noche me pasaría y veríamos si había funcionado. Cuando llegué a última hora con unos amigos el tío me esperaba riendo. “No se como lo has hecho pero acabo de ir al servicio y está limpio o al menos, menos sucio de lo normal. Parece que la gente no se mea fuera”. Ni siquiera se había dado cuenta de nada. Por fin se lo dije:
- ¿No has visto un corcho flotando?.
- Pues no recuerdo.
- Pues esa es la solución. La gente se entretiene meándole al corcho y así no se mean fuera.
Hicimos bromas de todo tipo y hubo alguien que me aconsejó montar una empresa. Desarrollando aún más la idea llegamos a la conclusión de que podríamos poner la foto impresa de un político, o de alguien conocido en el corcho o en el inodoro para que la gente se entretuviera apuntándole a los ojos o a la boca. Ahora se me ocurre que a lo mejor sería complicado conseguir los derechos de imagen de esa persona. Animado por las copas que llevábamos encima, aquello se convirtió en una autentica tormenta de ideas. De pronto nos surgieron como veinte ideas de dispositivos con el fin de que los cafres (entre los que sin duda nos encontrábamos) se mearan dentro.
Alguna vez me he acordado de esta anécdota del corcho y lo que más me gusta de ella es que con el tiempo me di cuenta que era un buen ejemplo de una solución extremadamente simple obtenida mediante pensamiento paralelo.
Hace unos días entré en un retrete en un bar de copas y observé que en el inodoro había algo que parecía un muñeco de plástico azul. Parecía algo así como una mosca. Inmediatamente me surgió una duda. Para confirmar miré en los otros inodoros del servicio y voila!. Allá estaba. Un muñequito en cada inodoro.
Cuando salía un amigo me dijo: “Te lo has pasado bien no? Porque sales del servicio riéndote”. En realidad iba pensando en que, una vez más, alguien había aprovechado mi idea. Pensé en que lo mismo había sido cualquiera de los que estábamos aquella noche de hace veinte años en aquel bar de copas.
Una vez más, simplemente, alguien no sólo había pensado lo mismo, sino que además se había atrevido a hacerlo. De hecho, me quede con las ganas de preguntarle al dueño si realmente eso se vendía o simplemente había tenido él mismo la idea y había utilizado cualquier muñequito para la función.
Podría haber contado la anécdota tal cual pero creo que los antecedentes son importantes para entender porqué me llamó tanto la atención el dichoso muñequito. Mis acompañantes de aquella noche le echaron la culpa a los whiskys.
Historías de un retrete. La fábrica de ideas (3 de 3)
(Post en tres partes y un epílogo a modo de conclusión)
Hace ya bastantes años, conocí a un tipo que estaba haciendo un master de esos muy renombrados. No se trataba de un MBA sino de algo relacionado con el marketing. Un día me comentó que para el proyecto final del master tenía que plantear un nuevo producto y su plan de lanzamiento al mercado. Me preguntó si se me ocurría alguno. Según le dijeron el producto en sí no importaba pero todo el mundo entendía que si el producto era atractivo o novedoso el proyecto quedaría mejor.
Yo, medio en broma medio en serio, le comenté mi observación de años de que a las natillas industriales les faltaba la galleta Maria. Así que –le dije- yo lanzaría las natillas con galleta. Ante mi sorpresa al tío le encantó la idea. Gracias a el estudio que el mismo hizo (yo, obviamente, no me habría preocupado de eso) descubrió que de las empresas que fabricaban natillas ninguna lo hacía con galleta. Al final hizo el proyecto y parece que la cosa le salió bastante bien. Como el tío era legal me dijo que en las presentaciones de los proyectos había “caza-talentos” y también “caza-ideas” y me propuso patentar la cosa antes de hacerla publica. En realidad yo había intentado hacer una broma. ¿Para qué iba yo a patentar eso?. Y con la pereza que me da a mi cualquier papeleo.
Años después, vi un anuncio (creo que de Danone) donde lanzaban a bombo y platillo la gran novedad: natillas con galleta “como las de casa de toda la vida”.
Esta anécdota, real como la vida misma, es sólo un ejemplo de lo que me ha sucedido con cierta frecuencia. Un día, de hace unos años alguien se apropió de una idea y me lo contaron. A mi no se me ocurrió nada más estúpido que decir que: “que se la quede. Al fin y al cabo el tiene mi idea, pero la fábrica la tengo yo”. Y así me va con mucha fábrica pero regalando el producto.
He de decir que me consta que esto que me pasa a mí le sucede a mucha gente. En la última empresa en la que estuve, que era americana, pasaron una circular animando a la gente a patentar ideas. El folleto era curioso y decía cosas que me llamaron la atención. Una de ellas venía a decir que da igual la idea que se te ocurra, miles o millones de personas la habrían tenido antes y miles o millones la volverán a tener. Lo importante es patentarla.
Tal vez por esta forma de pensar es que los americanos tienen una cultura de la patente tan distinta a los europeos. Solo un ejemplo: las motos Harley Davdison tienen patentado su ruido. Esto puede parecer estúpido pero no hace mucho vi un documental donde se explicaba como los japoneses imitaban a los coches de lujo europeos. Una de las cosas que me llamó la atención es como se comían el coco hasta conseguir que el ruido de cerrar una puerta fuese idéntico a los Mercedes o BMW ya que en sus estudios descubrieron que detalles como el sonido al cerrar la puerta (y otro muchos como el olor) eran clave para el usuario para identificar el lujo. En el caso de las motos, cualquiera que sepa o le gusten sabrá que las Harley tienen un ruido muy especial.
También hay grandes contraejemplos curiosos en esto de las patentes. IBM no patentó el PC porque cuando se lo plantearon llegaron a la conclusión de que “ninguna empresa en el mundo tiene capacidad para hacerlo”.
No obstante, hoy en día no se les ocurriría. De hecho, hasta la barra de progreso de los programas informáticos está patentada.
Es cierto que tener una idea es una cosa y hacerla o desarrollarla es otra. De hecho, una de las cosas que suelo contar yo es como le expliqué que era y para que podía servir Internet en la época que casi nadie lo conocía a un chico que terminó montando uno de los proveedores de Internet más grandes de España que vendió años después por unos cuantos miles de millones de pesetas. En realidad, lo cuento como anécdota porque la verdad es que el mérito de ver una oportunidad es mínimo con respecto al de llevarla a cabo y desarrollarla.
Como en muchas otras facetas de la vida, cada vez le doy más importancia a lo que implica esfuerzo (en este caso el desarrollar la idea) que a lo “innato” (tener una idea).
Aún así, yo si he desarrollado algunas ideas en el ámbito de mi trabajo pero nunca me planteé patentarlas. Bueno, una vez sí, hice todo el proceso y gasté casi año y medio (y unos mil euros) hasta que me dieron la patente. Lo gracioso de esto es que se trata de un invento que no creo que termine por desarrollar nunca.
Actualización: Cosa curiosa. Poco despues de publicar este post leo la siguiente noticia:
"E=mc2 no es de Einstein, sino del italiano Olinto de Pretto.
Según el historiador matemático Umberto Bartocci, Olinto de Pretto de Vicenza publicó la ecuación E=mc2 en la revista científica Atte en 1903, dos años antes que Einstein."
Próximo capítulo: El secreto está en el corcho (epílogo)
Hace ya bastantes años, conocí a un tipo que estaba haciendo un master de esos muy renombrados. No se trataba de un MBA sino de algo relacionado con el marketing. Un día me comentó que para el proyecto final del master tenía que plantear un nuevo producto y su plan de lanzamiento al mercado. Me preguntó si se me ocurría alguno. Según le dijeron el producto en sí no importaba pero todo el mundo entendía que si el producto era atractivo o novedoso el proyecto quedaría mejor.
Yo, medio en broma medio en serio, le comenté mi observación de años de que a las natillas industriales les faltaba la galleta Maria. Así que –le dije- yo lanzaría las natillas con galleta. Ante mi sorpresa al tío le encantó la idea. Gracias a el estudio que el mismo hizo (yo, obviamente, no me habría preocupado de eso) descubrió que de las empresas que fabricaban natillas ninguna lo hacía con galleta. Al final hizo el proyecto y parece que la cosa le salió bastante bien. Como el tío era legal me dijo que en las presentaciones de los proyectos había “caza-talentos” y también “caza-ideas” y me propuso patentar la cosa antes de hacerla publica. En realidad yo había intentado hacer una broma. ¿Para qué iba yo a patentar eso?. Y con la pereza que me da a mi cualquier papeleo.
Años después, vi un anuncio (creo que de Danone) donde lanzaban a bombo y platillo la gran novedad: natillas con galleta “como las de casa de toda la vida”.
Esta anécdota, real como la vida misma, es sólo un ejemplo de lo que me ha sucedido con cierta frecuencia. Un día, de hace unos años alguien se apropió de una idea y me lo contaron. A mi no se me ocurrió nada más estúpido que decir que: “que se la quede. Al fin y al cabo el tiene mi idea, pero la fábrica la tengo yo”. Y así me va con mucha fábrica pero regalando el producto.
He de decir que me consta que esto que me pasa a mí le sucede a mucha gente. En la última empresa en la que estuve, que era americana, pasaron una circular animando a la gente a patentar ideas. El folleto era curioso y decía cosas que me llamaron la atención. Una de ellas venía a decir que da igual la idea que se te ocurra, miles o millones de personas la habrían tenido antes y miles o millones la volverán a tener. Lo importante es patentarla.
Tal vez por esta forma de pensar es que los americanos tienen una cultura de la patente tan distinta a los europeos. Solo un ejemplo: las motos Harley Davdison tienen patentado su ruido. Esto puede parecer estúpido pero no hace mucho vi un documental donde se explicaba como los japoneses imitaban a los coches de lujo europeos. Una de las cosas que me llamó la atención es como se comían el coco hasta conseguir que el ruido de cerrar una puerta fuese idéntico a los Mercedes o BMW ya que en sus estudios descubrieron que detalles como el sonido al cerrar la puerta (y otro muchos como el olor) eran clave para el usuario para identificar el lujo. En el caso de las motos, cualquiera que sepa o le gusten sabrá que las Harley tienen un ruido muy especial.
También hay grandes contraejemplos curiosos en esto de las patentes. IBM no patentó el PC porque cuando se lo plantearon llegaron a la conclusión de que “ninguna empresa en el mundo tiene capacidad para hacerlo”.
No obstante, hoy en día no se les ocurriría. De hecho, hasta la barra de progreso de los programas informáticos está patentada.
Es cierto que tener una idea es una cosa y hacerla o desarrollarla es otra. De hecho, una de las cosas que suelo contar yo es como le expliqué que era y para que podía servir Internet en la época que casi nadie lo conocía a un chico que terminó montando uno de los proveedores de Internet más grandes de España que vendió años después por unos cuantos miles de millones de pesetas. En realidad, lo cuento como anécdota porque la verdad es que el mérito de ver una oportunidad es mínimo con respecto al de llevarla a cabo y desarrollarla.
Como en muchas otras facetas de la vida, cada vez le doy más importancia a lo que implica esfuerzo (en este caso el desarrollar la idea) que a lo “innato” (tener una idea).
Aún así, yo si he desarrollado algunas ideas en el ámbito de mi trabajo pero nunca me planteé patentarlas. Bueno, una vez sí, hice todo el proceso y gasté casi año y medio (y unos mil euros) hasta que me dieron la patente. Lo gracioso de esto es que se trata de un invento que no creo que termine por desarrollar nunca.
Actualización: Cosa curiosa. Poco despues de publicar este post leo la siguiente noticia:
"E=mc2 no es de Einstein, sino del italiano Olinto de Pretto.
Según el historiador matemático Umberto Bartocci, Olinto de Pretto de Vicenza publicó la ecuación E=mc2 en la revista científica Atte en 1903, dos años antes que Einstein."
Próximo capítulo: El secreto está en el corcho (epílogo)
Historias de un retrete. La simplicidad (2 de 3).
(Post en tres partes y un epílogo a modo de conclusión)
Es algo que me apasiona cada vez más. Me encanta la simplicidad de las cosas en todos los órdenes. Para mi, un aparato, un diseño o una solución, cuanto más simple, más bella. Es algo que ha ido de menos a más en mi vida (ya sabéis, como la potencia sexual). “Colecciono” anécdotas sobre ello. Muchas veces, precisamente la simplicidad proviene del pensamiento paralelo (véase post anterior, si se quiere y tiene tiempo).
Por cierto, la solución al problema anterior, como alguien puso en su comentario es simple: se trata de una moneda de cinco pesetas y otra de veinticinco. Cumple las condiciones: son dos monedas, suman treinta y una de ellas es de veinticinco o sea que una de ellas no es un duro. La cuestión es que aunque oímos o leemos que una de ellas no sea un duro solemos pensar que ninguna de ellas puede ser un duro. Se trata de que nos ponemos límites nosotros mismos y que no somos capaces de reconocer una solución simple cuando esperamos que sea compleja.
Por cierto, interesante el comentario de los dos tipos de monedas. Digamos que eso entraría en el grupo de los juegos de significado. Sólo un pero: no había monedas de diez pesetas que yo sepa.
Siguiendo con el tema de la simplicidad debo decir que una de las razones por las que me encanta es porque a veces me cuesta bastante alcanzarla.
Hay un par de ejemplos sobre la simplicidad que nunca he sabido si realmente eran ciertos o no, pero que merecerían serlo. Los dos tienen que ver con la carrera espacial y la forma en que americanos y rusos se plantearon las soluciones a problemas que se le planteaban.
Hay por ahí una estadística que dice que durante la carrera espacial, y como consecuencia de ella, los americanos registraron casi ciento veinte mil patentes. Creo que casi todo el mundo sabe que cosas como el teflón, el velcro, el láser, el GPS, el tubo de pasta dentrífica o los pañales desechables fueron inventados o desarrollados para dicha carrera.
Como siempre se habla de los americanos (la nueva Roma al fin y al cabo) y nos olvidamos de la Unión Soviética (La Cartago.. si seguimos el paralelismo histórico). En esta “Guerra Púnica” en que se convirtió la carrera espacial hubo multitud de anécdotas. Una de ellas se refiere a la solución para el despliegue de las patas de alunizaje de la capsula espacial. Parece ser que durante bastante tiempo hubo un problema común que consistía en como y cuando se deberían desplegar las patas para alunizar. Si se hacía demasiado pronto, la nave podía desequilibrarse. Si se hacía demasiado tarde, la nave podría pegarse una castaña considerable.
La cuestión es que, para rizar el rizo, ni siquiera se sabía como era la superficie lunar. Según cuentan (a mi no me consta) los americanos investigaron durante meses con todo tipo de dispositivos electrónicos de medida tales como rayos láser, ultrasonidos, etc.. hasta que encontraron un modo automático de desplegar las patas cuando la capsula se encontrara a un determinado espacio del suelo lunar. El despliegue se hacía con unos motores servos. Lo cierto es que la solución se demostró que fue eficaz aunque hubo dudas hasta el último momento.
Los rusos por su parte optaron por una solución asombrosa. Dispusieron una especie de artilugio mecánico con una especie de palo, cuando se empujaba el palo las patas se extendían. Este palo sobresalía de la capsula y al alunizar, cuando el palo chocó con la luna, las patas se abrieron de forma mecánica aprovechando la fuerza del peso de la capsula. Igual de eficaz pero mucho más eficiente y sobre todo, increíblemente simple.
La otra anécdota la he oído más veces lo cual tampoco asegura que sea cierta. Se trata de la solución que se tomó para un problema bastante curioso. En uno de los viajes espaciales los americanos se dieron cuenta de que los bolígrafos no funcionaban en ausencia de gravedad. Se pusieron al trabajo y desarrollaron una técnica por la que se hizo famoso “paper mate”: Un sistema de bombeo de tinta (en realidad supongo que tendrá que ver con la capilaridad) que permitía escribir incluso sin gravedad (o boca arriba contra ella). Parece ser que el bolígrafo original americano es una versión mejorada del que se puede encontrar en cualquier papelería.
Según cuentan, bastantes años después, cuando cayó el muro y se levanto un poco el secretismo sobre todos estos temas que mantenía la Unión Soviética, una delegación americana fue a visitar la ciudad de las estrellas que era donde estaba el equivalente a la NASA rusa. Entre muchas otras cosas, alguien preguntó como habían solucionado el tema de la escritura sin gravedad e incluso, con cierta prepotencia, les preguntó si simplemente no habrían comprado los bolígrafos americanos en cualquier papelería. El ruso, sin demasiado interés le dijo: “Ah no, nosotros escribimos con lápices”.
(Siguiente capítulo: la fábrica de ideas)
Es algo que me apasiona cada vez más. Me encanta la simplicidad de las cosas en todos los órdenes. Para mi, un aparato, un diseño o una solución, cuanto más simple, más bella. Es algo que ha ido de menos a más en mi vida (ya sabéis, como la potencia sexual). “Colecciono” anécdotas sobre ello. Muchas veces, precisamente la simplicidad proviene del pensamiento paralelo (véase post anterior, si se quiere y tiene tiempo).
Por cierto, la solución al problema anterior, como alguien puso en su comentario es simple: se trata de una moneda de cinco pesetas y otra de veinticinco. Cumple las condiciones: son dos monedas, suman treinta y una de ellas es de veinticinco o sea que una de ellas no es un duro. La cuestión es que aunque oímos o leemos que una de ellas no sea un duro solemos pensar que ninguna de ellas puede ser un duro. Se trata de que nos ponemos límites nosotros mismos y que no somos capaces de reconocer una solución simple cuando esperamos que sea compleja.
Por cierto, interesante el comentario de los dos tipos de monedas. Digamos que eso entraría en el grupo de los juegos de significado. Sólo un pero: no había monedas de diez pesetas que yo sepa.
Siguiendo con el tema de la simplicidad debo decir que una de las razones por las que me encanta es porque a veces me cuesta bastante alcanzarla.
Hay un par de ejemplos sobre la simplicidad que nunca he sabido si realmente eran ciertos o no, pero que merecerían serlo. Los dos tienen que ver con la carrera espacial y la forma en que americanos y rusos se plantearon las soluciones a problemas que se le planteaban.
Hay por ahí una estadística que dice que durante la carrera espacial, y como consecuencia de ella, los americanos registraron casi ciento veinte mil patentes. Creo que casi todo el mundo sabe que cosas como el teflón, el velcro, el láser, el GPS, el tubo de pasta dentrífica o los pañales desechables fueron inventados o desarrollados para dicha carrera.
Como siempre se habla de los americanos (la nueva Roma al fin y al cabo) y nos olvidamos de la Unión Soviética (La Cartago.. si seguimos el paralelismo histórico). En esta “Guerra Púnica” en que se convirtió la carrera espacial hubo multitud de anécdotas. Una de ellas se refiere a la solución para el despliegue de las patas de alunizaje de la capsula espacial. Parece ser que durante bastante tiempo hubo un problema común que consistía en como y cuando se deberían desplegar las patas para alunizar. Si se hacía demasiado pronto, la nave podía desequilibrarse. Si se hacía demasiado tarde, la nave podría pegarse una castaña considerable.
La cuestión es que, para rizar el rizo, ni siquiera se sabía como era la superficie lunar. Según cuentan (a mi no me consta) los americanos investigaron durante meses con todo tipo de dispositivos electrónicos de medida tales como rayos láser, ultrasonidos, etc.. hasta que encontraron un modo automático de desplegar las patas cuando la capsula se encontrara a un determinado espacio del suelo lunar. El despliegue se hacía con unos motores servos. Lo cierto es que la solución se demostró que fue eficaz aunque hubo dudas hasta el último momento.
Los rusos por su parte optaron por una solución asombrosa. Dispusieron una especie de artilugio mecánico con una especie de palo, cuando se empujaba el palo las patas se extendían. Este palo sobresalía de la capsula y al alunizar, cuando el palo chocó con la luna, las patas se abrieron de forma mecánica aprovechando la fuerza del peso de la capsula. Igual de eficaz pero mucho más eficiente y sobre todo, increíblemente simple.
La otra anécdota la he oído más veces lo cual tampoco asegura que sea cierta. Se trata de la solución que se tomó para un problema bastante curioso. En uno de los viajes espaciales los americanos se dieron cuenta de que los bolígrafos no funcionaban en ausencia de gravedad. Se pusieron al trabajo y desarrollaron una técnica por la que se hizo famoso “paper mate”: Un sistema de bombeo de tinta (en realidad supongo que tendrá que ver con la capilaridad) que permitía escribir incluso sin gravedad (o boca arriba contra ella). Parece ser que el bolígrafo original americano es una versión mejorada del que se puede encontrar en cualquier papelería.
Según cuentan, bastantes años después, cuando cayó el muro y se levanto un poco el secretismo sobre todos estos temas que mantenía la Unión Soviética, una delegación americana fue a visitar la ciudad de las estrellas que era donde estaba el equivalente a la NASA rusa. Entre muchas otras cosas, alguien preguntó como habían solucionado el tema de la escritura sin gravedad e incluso, con cierta prepotencia, les preguntó si simplemente no habrían comprado los bolígrafos americanos en cualquier papelería. El ruso, sin demasiado interés le dijo: “Ah no, nosotros escribimos con lápices”.
(Siguiente capítulo: la fábrica de ideas)
Historias de un retrete. El pensamiento paralelo (1 de 3)
(Post en tres partes y un epílogo a modo de conclusión)
El pensamiento paralelo, por si alguien no lo sabe, consiste en acercarse a los problemas desde una perspectiva distinta a la aparentemente lógica y directa. Es una técnica que siempre me gustó. Gracias a esa técnica aprobé la única asignatura que jamás creí que pudiera aprobar: Cálculo numérico. En realidad, para ser justos debo decir que gracias al pensamiento paralelo y gracias a que el profesor en cuestión sabía apreciarlo. Se trataba de un profesor del que ya hablé en su día (el de la anécdota de “por uebos”) que tenía a gala no aprobar a casi nadie. Cuando yo aprobé recuerdo perfectamente que el ratio fue de dieciséis aprobados sobre setecientos veinte presentados.
Por cierto, es curioso pero muchos años después aún mantengo la costumbre de escribir los números con letras y es por culpa de este señor.
La cuestión es que con este hombre daba igual estudiar y de hecho, te dejaba los apuntes en el examen. La mayoría de las veces se trataba de una cuestión de “idea feliz”. Afortunadamente yo tuve una.
Años antes, en el instituto recuerdo como si fuese hoy lo que me reí con el teorema de Bolzano. En resumen el teorema dice que si una curva es continua y en un punto es menor que cero y en otro punto es mayor que cero, en alguno de los puntos es igual a cero. Aún recuerdo que en su día pensé: “¡Manda huevos pasar a la historia por esa perogrullada!”. Tal vez por eso, siempre recordé ese teorema. Un día escuché una versión aún más “perogrullesca" de este teorema. Si una parte de la carretera está en un lado del río y la otra en el otro lado del río y la carretera no esta cortada, entonces en algún punto hay un puente.
En el examen de cálculo, ante nuestra sorpresa, nos encontramos con dos ejercicios. Uno de ellos “asequible” y el otro infumable. Una de las estúpidas reglas de este tipo y que hacía que fuese un milagro aprobar era que puntuaba cada ejercicio de uno a nueve (según él el diez no existía) pero eso si, tenías que tener un tres al menos en cada uno para hacerte media.
Una vez hice el “asequible” donde yo esperaba al menos sacar un aprobado parcial me dispuse a leer el “infumable”. El enunciado era simple: “Demostrar que existe un valor x para el que se cumple la siguiente ecuación”. El problema era la ecuación. Una ecuación diferencial de enésimo grado. Sinceramente ni me acuerdo de que tipo de ecuación era. Recuerdo que por aquel entonces identifiqué cual era la solución esperada. Fue uno de esos desarrollos que se explicaron en unas tres semanas de clase a razón de cuatro horas por semana y en las que si no te acordabas de un paso estabas perdido. Una de esas demostraciones a las que son tan aficionados los matemáticos y en las que cuando llegas al final no sabes ni porqué y para qué la comenzaste.
Yo no recordaba ni un paso con lo que, en un primer momento, me dispuse a rendirme y a entregar el examen con la certeza de que, una vez más, suspendería. En un momento de lucidez pensé en aplicar de alguna forma el pensamiento paralelo y hice mi propio “brainstorm” (tormenta de ideas) con un papel blanco comencé a hacer cosas con la ecuación sin mucha idea. Me tire media hora haciendo dibujitos, y operaciones básicas con la ecuación. De pronto, se me ocurrió pasar todo a un lado de la ecuación y dejarla igualada a cero y ahí surgió la idea feliz. Si demostraba que había un valor x para la que la nueva ecuación fuese cero estaría demostrando que la ecuación original tenía un valor x para el que había solución y así ya estaría demostrado el ejercicio.
Ahí fue cuando caí en la idea feliz. No sé si funcionaría pero lo intentaría. Sustituí la x por un valor positivo alto y tardé diez minutos con la calculadora en obtener un resultado. Después hice la sustitución por un valor negativo y obtuve otro resultado. Casi doy un salto en la silla cuando me di cuenta que uno era negativo y el otro positivo.
Mi respuesta al ejercicio dos fue increíblemente escueta. “Puesto que si sustituyo x por el valor tal me da positivo y si lo sustituyo por el valor cual es negativo y como la función es, por definición, continua, según el teorema de Bolzano existe un valor x en el que la función es igual a cero. Lo cual demuestra que la ecuación original tiene solución.
No dejaba de ser gracioso el hecho de que mi examen tuviera tres folios mientras que la mayoría de los demás en el montón pasaban fácilmente de los veinte.
Aunque me fui contento, no tenía ninguna esperanza hasta que un par de semanas después vi mi nombre en aquella ridícula cuartilla donde estaban los afortunados. Creo que fue al año siguiente cuando, en la cafetería (prácticamente lo único que yo conocía de la facultad) el profesor me reconoció que evidentemente no era la respuesta esperada pero matemáticamente era irrefutable. Pasado el tiempo he aprendido a valorar la cintura de ese profesor para admitir tal cosa. Aunque recuerdo que puso su guinda: “no te puse un diez porque no demostraste el teorema de Bolzano, pero como eso se da en BUP tampoco te suspendí del todo”.
A partir de ahí en varias ocasiones la técnica del pensamiento paralelo me ha servido y me ha solucionado problemas. Es algo que todo el mundo puede intentar pero que curiosamente muy pocos quieren intentar. Lo único que hay que hacer, como en general en cualquier proceso de inventiva es intentar “desaprender” y no crearse límites que no existen.
Yo solía plantear un problema a la gente que trabajaba conmigo para ilustrarle sobre este tema. Se trata de un simple ejercicio que consiste en juntar treinta pesetas con dos monedas de curso legal (cuando había pesetas claro) pero con una condición: una de ellas no puede ser un duro (cinco pesetas).
(Siguiente capitulo: La simplicidad)
El pensamiento paralelo, por si alguien no lo sabe, consiste en acercarse a los problemas desde una perspectiva distinta a la aparentemente lógica y directa. Es una técnica que siempre me gustó. Gracias a esa técnica aprobé la única asignatura que jamás creí que pudiera aprobar: Cálculo numérico. En realidad, para ser justos debo decir que gracias al pensamiento paralelo y gracias a que el profesor en cuestión sabía apreciarlo. Se trataba de un profesor del que ya hablé en su día (el de la anécdota de “por uebos”) que tenía a gala no aprobar a casi nadie. Cuando yo aprobé recuerdo perfectamente que el ratio fue de dieciséis aprobados sobre setecientos veinte presentados.
Por cierto, es curioso pero muchos años después aún mantengo la costumbre de escribir los números con letras y es por culpa de este señor.
La cuestión es que con este hombre daba igual estudiar y de hecho, te dejaba los apuntes en el examen. La mayoría de las veces se trataba de una cuestión de “idea feliz”. Afortunadamente yo tuve una.
Años antes, en el instituto recuerdo como si fuese hoy lo que me reí con el teorema de Bolzano. En resumen el teorema dice que si una curva es continua y en un punto es menor que cero y en otro punto es mayor que cero, en alguno de los puntos es igual a cero. Aún recuerdo que en su día pensé: “¡Manda huevos pasar a la historia por esa perogrullada!”. Tal vez por eso, siempre recordé ese teorema. Un día escuché una versión aún más “perogrullesca" de este teorema. Si una parte de la carretera está en un lado del río y la otra en el otro lado del río y la carretera no esta cortada, entonces en algún punto hay un puente.
En el examen de cálculo, ante nuestra sorpresa, nos encontramos con dos ejercicios. Uno de ellos “asequible” y el otro infumable. Una de las estúpidas reglas de este tipo y que hacía que fuese un milagro aprobar era que puntuaba cada ejercicio de uno a nueve (según él el diez no existía) pero eso si, tenías que tener un tres al menos en cada uno para hacerte media.
Una vez hice el “asequible” donde yo esperaba al menos sacar un aprobado parcial me dispuse a leer el “infumable”. El enunciado era simple: “Demostrar que existe un valor x para el que se cumple la siguiente ecuación”. El problema era la ecuación. Una ecuación diferencial de enésimo grado. Sinceramente ni me acuerdo de que tipo de ecuación era. Recuerdo que por aquel entonces identifiqué cual era la solución esperada. Fue uno de esos desarrollos que se explicaron en unas tres semanas de clase a razón de cuatro horas por semana y en las que si no te acordabas de un paso estabas perdido. Una de esas demostraciones a las que son tan aficionados los matemáticos y en las que cuando llegas al final no sabes ni porqué y para qué la comenzaste.
Yo no recordaba ni un paso con lo que, en un primer momento, me dispuse a rendirme y a entregar el examen con la certeza de que, una vez más, suspendería. En un momento de lucidez pensé en aplicar de alguna forma el pensamiento paralelo y hice mi propio “brainstorm” (tormenta de ideas) con un papel blanco comencé a hacer cosas con la ecuación sin mucha idea. Me tire media hora haciendo dibujitos, y operaciones básicas con la ecuación. De pronto, se me ocurrió pasar todo a un lado de la ecuación y dejarla igualada a cero y ahí surgió la idea feliz. Si demostraba que había un valor x para la que la nueva ecuación fuese cero estaría demostrando que la ecuación original tenía un valor x para el que había solución y así ya estaría demostrado el ejercicio.
Ahí fue cuando caí en la idea feliz. No sé si funcionaría pero lo intentaría. Sustituí la x por un valor positivo alto y tardé diez minutos con la calculadora en obtener un resultado. Después hice la sustitución por un valor negativo y obtuve otro resultado. Casi doy un salto en la silla cuando me di cuenta que uno era negativo y el otro positivo.
Mi respuesta al ejercicio dos fue increíblemente escueta. “Puesto que si sustituyo x por el valor tal me da positivo y si lo sustituyo por el valor cual es negativo y como la función es, por definición, continua, según el teorema de Bolzano existe un valor x en el que la función es igual a cero. Lo cual demuestra que la ecuación original tiene solución.
No dejaba de ser gracioso el hecho de que mi examen tuviera tres folios mientras que la mayoría de los demás en el montón pasaban fácilmente de los veinte.
Aunque me fui contento, no tenía ninguna esperanza hasta que un par de semanas después vi mi nombre en aquella ridícula cuartilla donde estaban los afortunados. Creo que fue al año siguiente cuando, en la cafetería (prácticamente lo único que yo conocía de la facultad) el profesor me reconoció que evidentemente no era la respuesta esperada pero matemáticamente era irrefutable. Pasado el tiempo he aprendido a valorar la cintura de ese profesor para admitir tal cosa. Aunque recuerdo que puso su guinda: “no te puse un diez porque no demostraste el teorema de Bolzano, pero como eso se da en BUP tampoco te suspendí del todo”.
A partir de ahí en varias ocasiones la técnica del pensamiento paralelo me ha servido y me ha solucionado problemas. Es algo que todo el mundo puede intentar pero que curiosamente muy pocos quieren intentar. Lo único que hay que hacer, como en general en cualquier proceso de inventiva es intentar “desaprender” y no crearse límites que no existen.
Yo solía plantear un problema a la gente que trabajaba conmigo para ilustrarle sobre este tema. Se trata de un simple ejercicio que consiste en juntar treinta pesetas con dos monedas de curso legal (cuando había pesetas claro) pero con una condición: una de ellas no puede ser un duro (cinco pesetas).
(Siguiente capitulo: La simplicidad)
Excusatio
Porque tengo novia
Porque tengo mucho trabajo
Porque no me dejan
Porque no tengo dinero.
Porque me viene mal hoy.
Porque Excusatio non petita, accusatio manifesta.
Porque sería peor el remedio que la enfermedad.
Porque me ha sido materialmente imposible.
Porque se me olvidó.
Porque mañana madrugo.
Porque sería empeorar las cosas.
Porque no me gusta hacer daño.
Porque pretendo ser coherente.
Porque estoy enfermo.
Porque nunca se me dio bien eso.
Porque yo no solo lo digo, sino que además lo hago.
Porque me da miedo.
Porque soy un caballero.
Es increíble la cantidad de excusas que se suelo utilizar cuando simplemente es que no me apetece.
PD: gracias a todos los que se preocupan por mi pero no es necesario. En cualquier caso siempre que tenga algo que decir y ganas de hacerlo volveré por aquí.
PD2: Parece que no aprendo. Siempre me ha parecido que a los post les sientan mal las postdatas.
Porque tengo mucho trabajo
Porque no me dejan
Porque no tengo dinero.
Porque me viene mal hoy.
Porque Excusatio non petita, accusatio manifesta.
Porque sería peor el remedio que la enfermedad.
Porque me ha sido materialmente imposible.
Porque se me olvidó.
Porque mañana madrugo.
Porque sería empeorar las cosas.
Porque no me gusta hacer daño.
Porque pretendo ser coherente.
Porque estoy enfermo.
Porque nunca se me dio bien eso.
Porque yo no solo lo digo, sino que además lo hago.
Porque me da miedo.
Porque soy un caballero.
Es increíble la cantidad de excusas que se suelo utilizar cuando simplemente es que no me apetece.
PD: gracias a todos los que se preocupan por mi pero no es necesario. En cualquier caso siempre que tenga algo que decir y ganas de hacerlo volveré por aquí.
PD2: Parece que no aprendo. Siempre me ha parecido que a los post les sientan mal las postdatas.





