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Venturas y desventuras de un tio raro
El sarcasmo, como toda forma de ironía, es una tristeza que no quiere llorar y se ríe.
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Podría decir que soy normal y amigo de mis amigos pero, aparte de ser una solemne tontería, no tengo claro ninguna de las dos cosas.
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Panegírico
Una de las cosas curiosas (aunque absolutamente esperables) del hecho de que los que escribamos blogs a la vez seamos lectores (y casi vicerversa) es la realimentación que se produce. Hace un par de días he leído un post atrasado de Miroslaw (aquí si pongo el enlace porque no lo tengo en mis accesos directos) que estaba inspirado en uno de Reich ( a esta no le pongo enlace que esta mu vista ;-) ) . Ayer, en una de las “puestas al día” semanales (¿debería ser “puesta a la semana”?), mi madre me contó que se encontró con una de mis antiguas profesoras de instituto, que por supuesto le preguntó por mí y que se alegró mucho de todo lo que le contó.

Una anécdota normal y corriente si no fuese por el simple hecho de que caí en la cuenta que, aunque recordaba perfectamente a aquella profesora de Lengua (en primero de BUP), no recordaba su nombre. En realidad debo decir que aún en este punto es normal y corriente porque yo soy fatal para los nombres. Aparte de eso, mi madre tampoco logró acordarse y ya se sabe que “mal de muchos consuelo de todos”. Lo que sucede es que en ese blog del que hablaba de Miroslaw (véase el enlace anterior) se trataba el hecho de que no recordaba el nombre de una chica con la que mantuvo una relación.

Yo también mantuve una relación con esta profesora pero no fue de la misma naturaleza. Tal vez tuviera que ver el hecho de que yo tendría trece años y ella veinte más (una vieja). Fue una relación de “amor-odio” como la que mantuve con alguna otra profesora (hace poco caí en la cuenta de que en todo BUP apenas tuve algún profesor, todas eran mujeres). La relación estaba marcada por la soberbia. Puntualizo, por mi soberbia. La soberbia es algo que, al revés que ha sucedido con la potencia sexual, me ha ido disminuyendo con la edad (y si cuela, cuela).

He de decir que ese primero de BUP fue una época de mi vida (de la que ya hablé en un post anterior) poco oportuna para ser mi profesora. Yo estaba en pleno inicio de “aborrescencia” y discutía por todo. Digamos que esta en esa fase donde pasas de creer que toda persona mayor que te rodea (padres, profes..) sabe de todo a confirmar que no tienen ni idea de nada. Curiosamente a los veinte suele volver a suceder el paso contrario. En estos casos siempre recuerdo la frase de Mark Twain que dijo “a los dieciséis la ignorancia de mi padre me producía nauseas. A los veinte me dije: joder, lo que ha aprendido el viejo en cuatro años”.

Mi disputa con esta profesora comenzó cuando criticó mi primera redacción. La redacción llevaba por título: “el barrio de Santa Cruz”. Al terminar mi lectura la profe en cuestión me criticó sin demasiada acritud: “No esta mal, pero parece un folleto turístico”. Debo decir que eso me cabreó. Y debo decir también que me cabreó incluso a pesar del hecho de que, como de costumbre, yo no había hecho la redacción y ante la sorpresa de que me pidiera que la leyera pillé un folleto turístico que tenía mi “compi” y poniéndolo sobre mi cuaderno leí el epígrafe dedicado al barrio de Santa Cruz. Tal vez lo que me dolió es que, en el fondo, no había conseguido engañarla.

Aún así, la disputa que recuerdo perfectamente sucedió después de que nos pidiera escribir un “relato corto”. Siempre he pensado que escribir sobre algo importante, o sobre algún suceso significativo es relativamente fácil. La maestría es escribir sobre algo nimio. En este caso, me planteé hacer un relato sobre nada. Y como no se me ocurrió nada que decir sobre la nada me fui al siguiente escalón en la jerarquía de lo insignificante. Escribí un relato de varias páginas sobre un cenicero con colillas que tenía en la mesita de al lado. Lamentablemente nunca conservé ese texto y es una pena porque, modestia aparte, me salió “bordao”. Sólo recuerdo como terminaba: “.. Y acabo ya porque mi madre se acaba de llevar el cenicero”.

Cuando lo leí recibí incluso aplausos. Cuando ya esperaba el halago incondicional de mi profe (ahora no podría decir que parecía un folleto) me sorprendió. Volvió a decirme que “no estaba mal” pero –puntualizó a mi modo de ver maliciosamente- un relato corto debe tener dos características: ser corto y ser un relato, osea ficción. Tu has escrito un montón de folios (de breve nada) y además has hecho una descripción. Muy buena e ingeniosa descripción pero no es un relato. Incluso con los halagos de por medio a mi esto me cabreó bastante.

En lo de la brevedad había poco que discutir. Ya por aquel entonces se dejaba entrever mi problema crónico con la capacidad de síntesis. Pero, ¿de donde coño se sacaba esta tía que un relato tenía que ser ficción?. Es más, para mi, un relato es precisamente relatar un hecho. Aún hoy mantengo mi postura. Esta tontería acabo con la sesión de lectura porque yo no era de los que me callaba ante tamaña injusticia. Semanas me duró la indignación y de vez en cuando renacía la discusión con el consiguiente suspiro de hartazgo de toda la clase que ya estaba harta de mi insistencia.

El epílogo de esta discusión bizantina sucedió cuando, pasados unos meses, volvió a plantear que todos escribiéramos un relato corto. Era algo que tenía preparado hacía tiempo. La venganza se sirve fría. Curiosamente en este caso recuerdo perfectamente mi relato:

“Ayer vi pasar a Maria. Pues eso, que me enrollé con ella y con su hermana”

Cuando lo leí, después de unos segundos de espera y al darse cuenta que ya había terminado me devolvió la mirada desafiante que yo le estaba echando y de forma sutil desarmó el resorte que yo tenía tensado para saltar en cuanto me criticara o me preguntara el porqué de tan escueta y extraña redacción. Al contrario, me miró, sonrió y dijo:

- Correcto. Es corto y es ficción.

Eso si, no pudo por menos que hacer una critica y me dijo que aún así, el hecho de ser breve y de ser un relato no es suficiente como para que un relato corto sea bueno. Y añadió, para mi escarnio, que le había gustado más la descripción del cenicero.

Pasados algunos años, me la encontré por la calle y, ante mi sorpresa, me colocó dos besos como si la conociera de toda la vida. Entonces me dijo algo que me dió mucho que pensar. Algo así como: “Sabes?, siempre me decepcionó que te fueses por ciencias. Cuando me leíste el folleto turístico en clase pensé que eras otro más de los niños inaguantables que se creen graciosos pero la redacción sobre el cenicero me hizo pensar que tenías algo especial”.

¿Osea que se dio cuenta de lo del folleto?. Nuevamente recuerdo la frase de Mark Twain. En ese momento, me quedé sin palabras y además mi vergüenza y el hecho de que fuese acompañado de amigos hizo que no pudiera decirle que, de aquel año tan especial para mi por muchas cosas, recuerdo a mis compañeros, mis juergas, las fiestas de instituto, mi primer “rollo” y muchas otras cosas, pero no tengo sitio en la memoria para nada que tenga que ver con el aspecto académico salvo mis discusiones sobre géneros literarios. Tampoco recuerdo a ninguna profesora excepto a ella. Y es cierto, no recuerdo su nombre, pero recuerdo que me instigó a mejorar. En definitiva, más de veinticinco años después, me acuerdo de ella con respeto, cariño y admiración.

Ya se que no soy breve y que, como siempre, le doy un trato especial al género pero esta es mi versión de un panegírico señorita.
 
¿Por qué lo llaman amor... ?
Todo el mundo sabe que los ordenadores se degradan. Primero comienzan brillantes, arrancando en un minuto y con cierta sensación de capacidad y velocidad. Después transcurre el tiempo, le instalas antivirus, anti-spyware y un sinfín de programas chorras que raramente se utilizan. Lo usas, y a veces abusas de él creyendo que es invulnerable (para eso le pusiste un antivirus el primer día que lo instalaste y que, por supuesto, jamás has actualizado). Al cabo de unos meses (y no digamos si son años) sucede lo que una amiga mía definió con maestría cuando le pregunté que le pasaba a su ordenador: “se me esta gastando el Windows”.

En ese momento es cuando debes plantearte una de dos soluciones. Las dos drásticas. Una es cambiar del Pentium IV 2,4 al Pentium IV 3,2. Tú no sabes que significa la cosa pero joder, lo que está clarísimo es que 3,2 es más que 2,4. De hecho, siempre tienes a mano ese experto que compra todos los meses “pc actual” que te dice que 3,2 es la velocidad del reloj que va a 3,2 Mhz. Puede que te preguntes que ganas con un ordenador cuyo reloj va más rápido (excepto tal vez que la primavera llegue antes) y realmente da igual. Tampoco es eso (largo de explicar, pero quien quiera que investigue) así que que más da. Para qué quitarle el gustillo al experto comprador de revistas.

La otra solución es reinstalar el PC. Desde que la informática es informática se han desarrollado tres técnicas innovadoras para solucionar los problemas que si bien se habían aplicado en otras tecnologías, se han sublimado en la ciencia de tratamiento automático de información.

A saber:

- La primera es la de apagar y encender. Es una técnica correctiva de primer nivel e incluso a vece se convierte en una práctica de mantenimiento preventivo: “niño, apaga y enciende que ya hace mucho que está funcionando y seguro que falla en cualquier momento”.

- La segunda es formatear y reinstalar. Es una solución reservada para los grandes momentos. Es algo así como la limpieza a fondo de los azulejos o de la parte trasera del hueco de frigorífico de la cocina. Una solución drástica que hay que manejar con prudencia y moderación.

- La tercera apenas utilizada consiste en leer los manuales y/o instrucciones y arreglar el fallo. La nombro sólo a efectos de estudio científico ya que es poco conocida y menos practicada.

No puedo evitar referirme a una anécdota que se cuenta entre Bill Gates y un alto directivo de General Motors (no recuerdo su nombre). Parece ser que Billy (en casa siempre le hemos llamado así) dijo en una conferencia que si la industria del automóvil hubiese evolucionado a la velocidad que la informática ahora tendríamos coches que gastarían una décima de litro por cada cien kilómetros. El tío de GM le contestó diciendo “es cierto, y probablemente yendo a doscientos por hora el coche se te colgaría y tendrías que apagarlo y volverlo a encender”.

En otro orden de cosas, he de decir que el hecho de tener estudios en el área de la informática ha tenido para mi grandes satisfacciones a nivel personal y profesional y algún que otro sinsabor. El más característico es el de los amigos y conocidos que pretenden que yo le arregle sus problemas con los ordenadores. Es relativamente habitual la llamada del tipo:

- Hola.. tu sabías de ordenadores no?
- Algo.
- Entonces seguro que puedes ayudarme. Verás tengo un programa de contabilidad checo-eslovaco (de antes de la separación) y en la página ocho, cuando le tienes que meter el iva de la base imponible de la partida de amortización adelantada, al meter un ocho el ordenador me pita.
- Pues no tengo ni idea. De hecho a partir del “entonces seguro que puedes ayudarme” no he entendido ni una palabra.
- Joder, pues vaya mierda informático que eres.

A veces se llega al extremo cuando alguien directamente te “invita” amablemente a que pases por su casa, te tomes una cerveza y ya “de paso” le reinstales el PC. A veces me molesto en explicarles que para hacer eso yo tengo a gente contratada y una de las razones es porque valoro mi tiempo y porque reinstalar un PC tiene que ver tanto con lo que a mi me apasiona de mi trabajo como lavar el coche lo tiene con la ingeniería aerodinámica.

Hace unas semanas, una señora de muy buen ver que conocí hace un tiempo me viene persiguiendo. Para mi desgracia, no ocurre como en mis fantasías. Por una parte me persigue sin llevar ese corsé que tan bien le queda en dicha fantasía y por otra no me busca para lo que yo pretendo. Me acosa si, pero sólo para que le “arregle su ordenador”.

Ya harto de esta situación que me causaba desazón, me dispuse este fin de semana a complacerle en aquello en lo que menos me complace a mi. Así que el viernes me dejó su ordenador y me he pasado gran parte del fin de semana reinstalando un PC que aunque suene aburrido es, además, odioso.

Una vez finalizado el trabajo la llamo.

- Buenas, ya tienes el ordenador listo.
- ¿Y como lo hacemos?

Joder, ¡igual que en mi fantasía!. Es cierto que hablamos de otro contexto pero la frase es calcada. Le digo que se pase por casa. No es muy galante pero en ese momento estoy lo suficientemente quemado como para no incluir los portes en el servicio.

A la hora aparece en mi casa la señora en cuestión con una falda muy elegante y una especie de camiseta escotada que me recuerda de pronto gran parte de las razones que me han llevado a perder un fin de semana peleando con el Windows de los cojones. La invito a una copa. Veo que el post me está quedando largo así que evitaré describir la siguientes dos horas (minuto arriba, minuto abajo).

Cuando se va me dice:

- Gracias por lo del ordenador. Eres un amor.

En estas, y no sé porqué, recuerdo el título de una película de hace tiempo. “¿Por qué lo llamarán amor cuando quieren decir sexo?”.
 
Mala pécora
Hoy he llegado de un viaje de unos días y cuando voy a mirar el correo me encuentro la prueba irrefutable de tu desfachatez y de tu rencor enfermizo.

Porque sí, es cierto que el tema del spam es una plaga que todos sufrimos. Ya sé que es habitual (me resisto a llamarlo normal) que recibamos decenas o cientos de mensajes no deseados que nos envía dios sabe quien. Además, soy plenamente consciente de que si se trata, como en este caso, de una dirección que aparece en un blog los robots que se encargan de ir recogiendo direcciones lo tienen muy fácil.

En definitiva, que no es nada extraordinario (si acaso muy ordinario) el recibir cientos de correos variopintos y, en la mayoría de los casos, casi surrealistas sobre pócimas mágicas, venta de todo tipo de cosas y, las que más me gustan, proposiciones indecentes de alegres jovencitas con mensajes del tipo "me gustaría que me quitases la faldita". A veces estos últimos son tan personalizados que uno no sabe si es spam o es que realmente conocí a la rubia en cuestión en uno de mis "múltiples" viajes por Rusia. Normalmente es entonces cuando compruebo que se refieren a mi como "querido risco100" y descubro el pastel.

Pero lo de hoy no es normal ni de recibo. Aquí se ve claramente la mano malintencionada de alguien capaz de organizar tal contubernio.

Porque, ¿me vas a decir que es pura casualidad el hecho de que dos semanas después de aquella noche, al abrir mi correo después de varios días, me encuentre unos doscientos mensajes de los cuales más o menos la cuarta parte me ofrecen innovadoras técnicas para alargarme el pene y el resto me invitan a comprar paquetes familiares de Viagra?.

¿No decías que eso le pasaba a todos y que no tenía importancia?. ¿No jurabas que el tamaño no importaba?. Mala pécora. Que sepas, que me di cuenta de que fingías. Te jodes.


PD: Este post es pura ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura maledicencia.
 
Chamán neardental
Parece ser que mientras los expertos discuten sobre el hecho de si el neardental es un paso evolutivo del homo sapiens o si se trata de una especie distinta que se extinguió, nosotros, los machos humanos aún tenemos rastros prehistóricos.

Hace poco asistí como espectador aburrido a un debate mil veces repetido sobre si es mejor que “la chica le entre al chico o no”. Yo en estas cosas no tengo preferencia y me dan igual las preferencias de los demás. Vaya, por si no ha quedado claro, que me importa una mierda.

Lo que si me altera algo (solo un poquito, tampoco hay que pasarse) es el argumento troglodita de que si la mujer es la primera que “entra” (no sé porqué este término me resulta infantil, o más bien adolescente) es que se trata de una “cualquiera”. Seguramente dicho esto, todas las mujeres (excepto alguna) y todos los hombres (excepto algunos más) estarán de acuerdo en que es una barbaridad sostener esta opinión.

Este es un típico asunto en el que la opinión formal y la real difieren a veces. En el machismo antropológico pasa como en el tema del racismo y la xenofobia, que nadie lo reconoce pero después los actos nos contradicen (“el típico, no se trata de racismo pero es que ese puto moro viene a quitarme el trabajo…”).

En esta conversación de la que hablo y que sucedió hace unas semanas uno de los “contertulios” vino a decir con muy buenas palabras que no sólo es que no le gusta que las mujeres den el primer paso sino que si lo dan con él no puede evitar tener prejuicios con la chica en cuestión. No recuerdo exactamente sus palabras pero era una forma muy sibilina y educada de decir que si una mujer le tiraba los tejos, más o menos explícitamente, él la consideraba una “fresca”. No sé porqué pero me recordó la frase de Groucho: “Jamás seré miembro de un club que acepte como socio a alguien como yo”. También me vino a la cabeza mi caso. Teniendo en cuenta que yo no soy mucho de ligar, si encima despreciara a quien intentase ligar conmigo iría apañado.

Debo decir que, como ocurre generalmente con el machismo, esta forma de pensar no es, ni mucho menos, exclusividad de los hombres. Muchísimas mujeres piensan igual.

Otra variedad (extrema, es cierto) de esta forma de pensar tan característica la escuché hace mucho con un tío muy peculiar que solíamos encontrarnos en un sitio de copas donde íbamos. “Fantasma” o “Ligón de playa” o directamente impresentable serían alguna de las definiciones que le encajarían. En una de sus impagables disquisiciones filosóficas descubrimos que tenía novia “y además está muy buena”. Alguien le preguntó que porque en vez de pasar cada noche intentando follarse a la primera que veía no se limitaba a quedarse con su novia. Cuando ya creía que mi opinión sobre el tío en cuestión no podía ser más baja soltó la frase que consiguió lo imposible: “Yo con mi novia no follo por follar, eso es de putas y mi novia es muy respetable”.

Lo cierto es que es una pena que sus padres no opinaran lo mismo. Una noche les dió por follar y le engendraron. Imagino que lo harían con condones retardantes.

Este caso resulta casi un esperpento pero mi experiencia me dice que esta forma de pensar esta bastante extendida aunque poco reconocida. Será que por mucho que un Neardental se depile y se vuelva metrosexual sigue siendo un animal poco racional. O tal vez no sea un problema de falta de evolución sino de malformación genética.

A quien dude que esto este generalizado podría olvidar los casos más obvios y recapacitar en la cantidad de gente (hombres y mujeres) que consideran a un promiscuo como un tipo con éxito y a una promiscua como a una pelandusca (o pelandrusca que es lo mismo pero con una r más).

Hoy estaba revisando algunos blogs y he leído un post en el blog de Reich. En él cuenta una anécdota. De hecho, quiero pensar que tiene como base de inspiración su propio comentario a mi post anterior. Una situación donde ella se lleva el gato al agua. El gato es un tío macizo y el agua no lo dice pero los que somos de natural “bien pensados” lo imaginamos.

En el post, un comentario que, curiosamente, pasa inadvertido para muchos:

Mi estupor no deja de crecer cada día que veo los alardes aquí mostrados acerca del comportamiento de la perfecta meretriz.

Lo firma un tal Brujito. Antes de continuar decir que el brujo demostró su incultura precisamente cuando quería deslumbrar. El uso de “meretriz” que se puede traducir por puta solía aplicarse a una “clase muy específica” de putas: La que se casaba con un hombre por dinero.

Por curiosidad he pasado a su blog. Aparte del hecho de que es tan malo que merecería estar entre los primeros en el concurso de “20minutos”, llama la atención el hecho de que cuenta, de una forma tan infantil que al principio creía que se trataba de un niño del colegio, la “apasionante” historia de su vida, sus andazas amorosas, y finalmente, como ha ligado con una “compi” de su trabajo.

Como su “compi” es “muy católica” el chaval se folla todo lo que encuentra e incluso invita a las lectoras (espero que sólo sean lectoras, yo al menos no me he dado por aludido) a si quieren engrosar las extendidísimas filas de las mujeres que disfrutan de su arte en la cama. Porque además, el tio es una máquina y proporciona “de nuevo” a una casada “el segundo orgasmo de su vida”. Imagino que el primero también sería obra suya.

Mientras tanto, eso si, ha demostrado un amor sin límites por su “compi”. Tanto que incluso la escogió frente a una “profesora de danza del vientre” que le hacia ojitos.

Aunque no lo he hecho nunca (a pesar de que en determinados momentos me apetecía) no puedo dejar de, aplicando el derecho de cita que refleja nuestro ordenamiento jurídico, poner un párrafo literal:

… ella dijo que no quería asfixiarme y que le parecía normal que hablase con mis amigos fuesen del sexo que fuesen, cosa que a mi no me gustó, esperaba que le pareciese mal y me instara a no hacerlo... así que ese mismo día quedé con una y se lo dije... la pobre pasó muy mala tarde y por la noche hablamos sobre ello, me confesó que se moría de celos pero que no podía prohibirme hacerlo, yo solo le pedía que si de verdad me quiere me ate un poquito...

Una joya el chaval. Creo que el autor de “la mujer intelijente” pensaría en aquello de que la realidad supera la ficción.

Y es que esto de los blogs engancha porque, a la vuelta de un link, te puedes encontrar de pronto con un brujito, un chamán neardental con blog. Estoy por enlazarlo.


Qué podemos agregar ... que no se haya dicho ya ... o que sí se haya dicho

Les luthiers

 
¿Dónde estabais cuando os necesité?
Madrid, algún día de hace unos años. Tres de la mañana. En el sitio de moda, como en la mayoría de sitios de moda, es fácil reconocer, actualizados a principios del siglo XXI, a muchos de los arquetipos que en su día enumeró Sabina en su canción “todos menos tú”.


Nietos de toreros disfrazados de ciclistas, ediles socialistas, putones verbeneros.
Peluqueros de esos que se llaman estilistas, musculitos, posturitas, cronistas carroñeros, divorciadas calentonas con pelo a lo Madonna, trotamundos fantasmas, soplones de la pasma, pintorcillos vanguardistas, genios del diseño, camellos que te pasan papelinas contra el sueño, Marcadores de paquete en la cola del retrete, escritores que no escriben, vividores que no viven, jet de pacotilla, directores que no ruedan, más chorizos que en Revilla con corbatas de seda, muera la locura, viva el trapicheo, tontopollas sin cura, estrategas del magreo.


Aquel día conocí a una chica que bien podría catalogarse en varios de los más típicos tópicos. Aún recuerdo la sensación tan extraña que me suponía el hecho de que un conocido, mayor que yo por cierto, me presentara a “sus amigas”. Un grupo de chicas que compartían, además de cuerpos espectaculares, el hecho de que es muy probable que no hubiesen nacido cuando Tejero entró en el congreso.

Me sentía un poco gilipollas. Creo que ya he dicho alguna vez que no soy mucho de jovencitas (aunque ahora que soy un maduro interesante la cosa está cambiando claro). Las risitas y los grititos nunca han sido muy de mi agrado ni aunque los profiriesen preciosidades de escotes prominentes. Cuando ya creía que sería difícil superar el tópico apareció Cintia.

No era precisamente una chica que pasara inadvertida. A juego con sus casi ciento ochenta centímetros (calculo yo), sus ojos claros y su melena rubia larga y muy lacia la chica lucía un cuerpo de escándalo. Lucía porque lo tenía, y lucía porque ella se encargaba de que se notara. Cuando saludó a sus amigas, los saltitos y las risas nerviosas juntos a algún “tía” que se le escapó no hicieron sino incrementar mi sensación de que me encontraba ante un espécimen de libro de lo que vulgarmente se conoce como “espectacular rubia tonta”. Al poco, por si el tópico no estaba suficientemente alimentado, ella misma se presentó como modelo, actriz y bailarina. Lo dicho, de libro.

Ni recuerdo cómo ni porqué, durante esa noche tuve la ocasión de entablar alguna conversación con ella y me di cuenta de que pudiera que no fuese tan tonta como yo había supuesto. O tal vez es que me la esperaba tan tonta que era fácil defraudar mis expectativas al respecto. Durante las semanas siguientes me di cuenta de que mi primera impresión era injusta. De hecho, todas las impresiones que he tenido (incluso mucho después) con esa chica han sido injustas.

En las semanas en las que coincidimos jamás quedamos para vernos pero parecía (estas cosas nunca sabes si son verdad o es que te gustarían que lo fuesen) que nos buscábamos y en más de una ocasión nos separábamos del grupo. En realidad no sucedió nada más que algunas conversaciones en las que, entre otras cosas, ella me hablaba de su novio (actor y bailarín como no) y yo de mi pareja del momento (ejecutiva como no). Los dos con relaciones a distancia. Más de una vez me hubiese gustado proponerle que lleváramos a cabo la famosa frase de “si no está contigo quien amas ama a quien esté contigo” pero no se dió el caso. Al poco tiempo deje de ver al grupito de marras y ahí quedo todo. Una historia cotidiana más.

Un día de mes de Febrero del presente año. Por fin voy a ver ese musical del que tanto me han hablado. Voy con una amiga. Se apagan las luces y suenan los primeros acordes. De pronto aparecen unas cuantas bailarinas y bailarines. Aunque tanto ellas como ellos lucen impresionantes (ellos con esos ocho abdominales marcaditos que ya no se llevan para nada), me fijo en una de las bailarinas que sinceramente de espalda está “como buena pero sin como”. Cuando se da la vuelta, desde la fila dos del teatro, y a pesar de que yo suelo ser un desastre para las caras (es legendaria mi nula capacidad fisonomista), tardo dos segundos en reconocerla. Se trata de “mi amiga” Cintia. Continúa el musical y en uno de los números las bailarinas caen en el frente de escenario. Cintia está a tres metros y ante mi sorpresa, levanta un poco la cara, me mira, sonríe y guiña un ojo.

Mi amiga de pronto dice.

- Oye, juraría que la rubia cañón te ha guiñado el ojo
- A mi?, no creo. Será a otro detrás.

El tío de al lado me mira un tanto extrañado y a pesar de que agarra con fuerza la mano de su pareja noto como sus ojos brillan con cierta envidia. De pronto me da por pensar lo bien que hubiese quedado si en vez de con mi amiga voy con algún amigo. Sonrío pensando en las barbaridades que me hubiese dicho Chimo, o Andrés o Ricardo y el “pegote” que me habría tirado.

Entonces me da por pensar: Joder, ¿donde se meten tus amigos cuando de verdad los necesitas?
 
La memoria del dolor
No diría yo que sea alguien que lo ha pasado particularmente mal en la vida. Como creo que sucede con la mayoría de personas, ha habido épocas buenas y épocas malas. Hace mucho tiempo pasé por una situación particularmente difícil. Problemas de amores (de desamores más bien). La cuestión es que, a pesar de que anímicamente me encontraba hundido, visto con perspectiva creo que gestioné bien la crisis. Me planteé que o hacía algo, o me hundía en el “proceloso mar de la depresión”.

Como no me gustan para nada las cosas procelosas, y particularmente las aguas procelosas que suelen ser frías, me centré en otros aspectos de mi vida que había dejado apartados y puse en marcha una especie de mecanismo interno que de forma perfectamente consciente he procurado mantener siempre. Yo lo llamo “la memoria del dolor”.

El mecanismo es simple. Lo mismo que cuando estas enfermo piensas “en lo bien que estas cuando estas bien” a mi me dio un día en aquella época por pensar en lo bien que estaba cuando estaba “normal”.

Ahondando en el ejemplo recapacité en el hecho de que, aunque cuando estas temblando con cuarenta de fiebre y tiritando darías lo que fueras por simplemente estar bien, cuando se te pasa y te levantas te notas “normal” y no aprecias lo que es el hecho de no tener dolor. Ese día de hace muchos años, me prometí que cuando llegaran mejores momentos me acordaría de lo mal que lo estaba pasando e intentaría apreciarlos.

Más adelante he repetido alguna vez esa sensación y esa auto-promesa. En épocas malas a nivel profesional o afectivo y cuando peor lo estaba pasando siempre me decía a mi mismo “recuerdalo, recuerdalo…”. Ese recuerdo no tiene nada que ver con el rencor como alguien pueda pensar. Su objetivo es simplemente valorar lo que se tiene.

Habrá gente que considere esto una estrategia conformista pero lo cierto es que a mi me ha servido de mucho. Por ejemplo para contrarrestar mi (a veces desmedida) ambición en determinados ámbitos. De hecho, nunca me supuso un problema el conformismo. No soy una persona precisamente apegada a la seguridad en ninguno de los aspectos de la vida. Tal vez el más evidente es mi carrera profesional donde casi se podría decir que huyo del arquetipo de la seguridad: el “puesto y sueldo fijo” y donde, cada vez que he llegado a un punto de estabilidad, no me ha temblado el pulso para emprender nuevos retos. Tampoco se puede decir que haya optado por el camino clásico y socialmente aceptado de “boda y niños”.

Sin embargo, está técnica de la “memoria del dolor” me ha permitido centrarme no sólo en las metas sino en el camino y apreciar los lujos cotidianos. El lujo de estar bien, de tener mis amigos, de no pasar hambre, de tener a mi familia, de trabajar en algo que me gusta o incluso el mucho más mundano lujo de sentarme en el sofá de mi casa, beber una cerveza y ver un partido de fútbol, una peli, un documental o el capítulo doce de la tercera temporada de house (esto es sólo para hacer rabiar a alguien).

Esto no es un hablar por hablar. Suena ridículo como casi todas las cosas que hacemos sólos en la intimidad (y que no reconoceremos nunca claro) pero yo llego a expresarlo en voz alta diciendo “que bien estoy” cuando, en una noche fría, me acurruco con una mantita en el sofá.

También me ha ayudado en los tiempos malos, en los dolores agudos de corazón, en el momento de perder a la persona que más quieres, cuando me he dado cuenta de alguna traición. En los distintos sinsabores de la vida he aprendido a consolarme, al menos un poco, apreciando las cosas buenas y relativizando las malas. También aprovecho para añadir ítems a mi lista de “dolores” que, tarde o temprano, se convierten en “ausencias de dolor, osea lujos”.

Incluso podría decir que, paradójicamente para los que consideren que se trata de una cuestión de conformismo, esta forma de plantearme las cosas fue una de las principales razones por las que decidí dar un paso bastante difícil como fue dejar un puesto “fijo, seguro y bien remunerado” y arriesgarme en una aventura empresarial. La cuestión es que, quería volver a tener el lujo, muchas veces inadvertido, de disfrutar de lo que hacía.

Así pues, a mi me ha ido bien pero no doy recetas porque, si en nada soy proselitista en esto menos. No hace demasiado tuve una charla intentando explicarle “mi teoría” a alguien. En una de tantas conversaciones que se tienen detrás de una taza de café me dijo: “siempre me ha sorprendido que un tío tan ambicioso como tu, a la vez diga que su vida es confortable. Normalmente la gente suele querer siempre más”. Yo le contesté que seguramente no me entendía porque él no tenía “memoria del dolor”.

Me expliqué un poco mas (mucho más en realidad) pero fue un intento infructuoso (no sé si como este). Al final, lo solucioné con el consabido: "Yo, es que soy muy raro" a lo que, el asintió de forma casi imperceptible, como se hacen las cosas que se piensan pero que se consideran de mala educación manifestar.

Cuando venía al trabajo en coche y he escuchado una canción que decía:


Todo lo que no se ve
Lo que nadie nos contó
Lo que se quedo en la piel
La memoria del dolor


Seguramente, Fito y sus colegas “los fitipaldis”, no pensaban precisamente en lo mismo que yo al referirse a la memoria del dolor, pero desde entonces, tengo el estribillo en la cabeza.