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Venturas y desventuras de un tio raro
El sarcasmo, como toda forma de ironía, es una tristeza que no quiere llorar y se ríe.
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Podría decir que soy normal y amigo de mis amigos pero, aparte de ser una solemne tontería, no tengo claro ninguna de las dos cosas.
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Las verdades incomodas
He visto recientemente la película “Una verdad incómoda”. Me ha gustado. En realidad aunque se presenta como película es un documental, o mejor dicho, una filmación de una conferencia de Al Gore el que fuera candidato y según muchos legítimo ganador de las elecciones del 2000.

Digo que me ha gustado porque se hace un esfuerzo en explicar el problema del calentamiento global de forma muy didáctica. También creo que tiene trampa pero en este caso prefiero esta trampa a la contraria.

Me explico. En esto del calentamiento global hay dos bandos. En uno están los que defienden que es el mayor problema con el que se enfrenta la raza humana en este siglo y están los que defienden que es un problema inventado. A mi me dio hace un tiempo por leer bastante sobre este tema y llegue a varias conclusiones. Una de ella es que es difícil llegar a una conclusión categórica. La otra (como siempre, es mía e intransferible) es que esto se ha convertido en discusiones de fundamentalistas.

En los dos bandos he visto trampas en los planteamientos, en la definición del problema y, sobre todo, en las consecuencias del mismo. Pero puestos a elegir entre el mal mayor y el mar menor me parece que es mejor equivocarse manteniendo todo lo que se dice en el documental y que básicamente es la teoría de los “catastrofistas” que equivocarse manteniendo que eso del calentamiento globlal es una patraña. Dicho de otra forma, preferiría que la opinión mundial se “equivocara” en el sentido de prevenir el vertido de CO2 que al revés.

Como me pasa en muchos ámbitos, a mí me han acusado a veces de intransigente en mis opiniones y, curiosamente otras de todo lo contrario. La cuestión es que a mi me convencen normalmente cuando me ofrecen argumentos lógicos y fundamentados. Por poner un ejemplo simple todo el mundo suele convenir en que en verano es conveniente quitar algo de aire a los neumáticos ya que se supone que con el calor el aire se expandirá. La razón me parecía lógica hasta que un compañero de universidad cuyo padre era mecánico me explicó que en realidad era justo al revés. El calor del aire de un neumático no tiene que ver con el calor del aire exterior sino que se deriva del calor que propaga la goma del neumático. Este calor se produce por el rozamiento y por la torsión continua que sufre la porción de neumático que está en contacto con el suelo. Cuanta menos presión tiene el neumático, más torsión se produce y consecuentemente más calor se propaga al aire interior. Así pues, mejor llevar el neumático siempre en su punto (y si acaso un poco más hinchado en verano). Algo similar me ocurrió no hace mucho cuando alguien me demostró el porqué era mucho más eficiente limpiarse los dientes antes de una comida que después de ella.

La cuestión es que me gusta encontrar razones y que estas razones sean lógicas. Con esto del calentamiento global pasa como con la medicina. Al tratarse de fenómenos y materias cubiertas por la ciencia damos por hecho que sus explicaciones están demostradas cuando en realidad hay mucho de hipótesis cuando no de pura fe y fundamentalismo.

Voy a poner un simple ejemplo que se muestra de forma muy espectacular en la película (insisto en recomendarla para quien no la haya visto). En el tiempo que estuve informándome sobre este tema vi el gráfico repetido mil veces de la relación entre la temperatura media y la concentración de dióxido de carbono (que por cierto creo que es bioxido) en la atmósfera. La forma tan didáctica y espectacular de mostrarlo en la película es realmente estupenda. Pero su conclusión no es tan evidente. La gráfica, para quien no la haya visto es de un periodo de seiscientos cincuenta mil años y esta obtenida del estudio de las burbujas en el hielo de la Antartida. Suponiendo que los datos sean correctos (y es mucho suponer) se nota una correlación entre las dos gráficas lo que indicaría “claramente” que la temperatura en la tierra es debida a la concentración de CO2 en la Tierra. Bueno, tal vez podríamos decir lo contrario al menos con la misma certeza no?. Pero siguiendo con el ejemplo, al final de la gráfica se observa como la concentración actual de CO2 es muchísimo mayor y la gráfica sube de manera espectacular.

A este gráfico se le ha denominado “palo de hockey” porque realmente lo parece ya que sube al final casi a noventa grados. En la película Al Gore viene a decir que la diferencia entre el punto medio de temperatura de ese gráfico y el punto bajo es la diferencia entre que en NY haga una primavera agradable o que esté enterrada en una milla de hielo. Depués muestra la concentración actual que esta mucho más lejos de la media que el punto mínimo y no dice nada. Luego muestra una proyección a cincuenta años donde la concentración de CO2 pasa con mucho del gráfico (para eso tiene el ingenioso recurso de montarse en una grúa para señalarlo). Entonces si se pregunta. ¿Si entre el punto medio y el punto bajo hay esa diferencia (un presupuesto que hace él por su cuenta) se imaginan la diferencia entre el punto medio y este punto de dentro de cincuenta años?. Obviamente a primera vista consigue el objetivo de meternos miedo en el cuerpo (por otra parte el objetivo de toda la película).

Lo que no se dice es que si seguimos esas predicciones haciendo una regla de tres simple resultaría que con la concentración actual de CO2 ahora mismo deberíamos estar hirviendo. Y es cierto que estamos quemados en general, pero aún un poco crudos para mi gusto. En conclusión lo que no dice Al Gore es que los científicos no han encontrado ningún patrón determinista que encaje con sus datos. De hecho, el mismo Al Gore lleva veinte años haciendo las mismas conferencias y prediciendo una subida de temperatura exponencial para finales del siglo.. pasado.

Como la conferencia esta dirigida al mercado estadounidense pone como ejemplo de catástrofe debida al calentamiento global el Katrina. El Katrina fue un huracán más (de hecho no fue ni mucho menos el más fuerte ni siquiera de ese año) sólo que coincidió con una ciudad establecida por debajo del nivel del algua y con los diques sin mantenimiento desde hacia años.

Es uno más de los trucos que se usan en uno y otro sentido. Lo cierto es que por medio hay (como no) intereses muy importantes de carácter económico. Quien tenga interés en estos temas y de verdad quiera sacar conclusiones por si mismo podrá ver un gráfico sacado de datos del casquete polar donde se muestra que la concentración de CO2 y la temperatura de la tierra subió más rápidamente en el medioevo que en los últimos ciento cincuenta años. También tiene truco y curiosamente el mismo.

Como la gente se hace bastantes líos con esto y se apuntan a la progresía sin pensar demasiado, ahora resulta que en un mismo discurso nuestro presidente dice que su prioridad es luchar contra el calentamiento global y para eso opta por eliminar las centrales nucleares. Cojonudo!. No hay nada mejor que abrir más centrales térmicas para así eliminar el problema de la concentración de CO2.

En definitiva, que todo esto es como todo. Hay muchísima información, y mucha tergiversación (esta palabra si que me juego lo que sea a que no ha aparecido en un sms en la vida) de los datos. De hecho, incluso no están nada claro los datos en sí.

Volviendo al principio, a mi, después de una temporada de información sobre el tema no me quedo nada claro ninguna de las dos posturas pero, insisto en ello, las medidas que se proponen para solucionar el problema me convencen incluso aunque el problema no fuera tal. Así pues, apoyo a la progresía aunque no me verán con la cara pintada en una manifestación de Greenpeace.

De la misma razón que hay por ahí un tipo que defiende que hacer el amor producirá una energía positiva que afectará al campo magnético de la tierra y contribuirá a mejorar el medio ambiente. En fin, que si follando se mejora el Amazonas pues bien, y sino, pues digo yo que mucho mal no nos hará.
 
Mi mundo incognito
Hace no mucho me quede en casa una mañana y me sorprendí desagradablemente. Yo siempre me he considerado alguien informado pero me di cuenta de que ya no lo soy. Es algo similar a cuando, de pronto, ves a una chica bastante apetecible en el ascensor y te pregunta “a donde va usted señor?”. De pronto te das cuenta que no eres un adolescente (y que la niñata es estúpida, dicho sea de paso).

Yo tengo una teoría según la cual cada persona tiene cualidades que le hacen ser de una forma o de otra y tener ciertas características. A mi por ejemplo hay una cualidad que siempre he tenido: la curiosidad. Esa cualidad me ha permitido tener una buena colección de “conocimientos inútiles” que, a veces me han sido útiles cuando menos los esperabas y a veces, las más, y unida a mi cualidad innata de bocazas (que estoy intentando corregir), me han hecho parecer un pedante.

Pongo un ejemplo. A mi me gustan los documentales. No, no se trata de que me gusten “los documentales de la 2 y la música clásica”. Me gustan los documentales igual (de hecho mucho más) a como, por ejemplo me gusta el cine o el fútbol. Este gusto más mi interés “por todo” y unido a mi profesión que implica formación continua y a mi carrera profesional que ha sido muy diversa hace que haya aprendido muchas cosas de temas muy distintos.

De hecho, digo a veces y algún día lo escribí aquí que no entiendo como la gente puede ignorar como funcionan las cosas que le rodean. Una de las primeras cosas que hago cada vez que oigo algo sobre un tema nuevo es intentar conocer que hay detrás y como funciona. Es un hobby.

En el instituto conocí a alguien que gano las olimpiadas matemáticas y que sacó la carrera de exactas con nota media de 10 (todo matrículas de honor). Era un tío normal y corriente y, como sentía constantemente la necesidad de justificarse cuando la gente lo miraba como a un bicho raro, un día me dijo que en realidad a el las matemáticas desde pequeño le gustaban y las leía como quien lee un comic o ve una peli. Sin conseguir su propósito de no parecer un bicho raro he de decir que lo entendí. Hay quien es un maniático de las matemáticas y hay quien es un maniático del fútbol y se sabe de memoria la alineación de los equipos del partido Perú-Congo de 1973. La diferencia si acaso estriba en que el primero vivirá con un sueldo mísero del CSIC y el segundo saldrá en los programas de la telé y firmará autógrafos.

Siguiendo con mi caso, aparte de esa curiosidad y ese gusto por aprender cosas nuevas, siempre me ha gustado estar razonablemente enterado de la actualidad. Suelo escuchar la radio (sobre todo en el coche) y ver las noticias por la mañana o a la hora de comer. Y, aunque cada vez me aburren más las estupideces del binomio periodista-político, más o menos creo que puedo decir que sé de que va la confrontación del día.

Pero algo se me ha escurrido de mis ojos y de mis orejas. Un mundo incógnito que a veces descubro parcialmente. Lo justo para reconocer mi ignorancia. Hace poco, en una charla vino a colación una frase que recordé de Einstein y que siempre me gustó

Todos somos ignorantes, lo que pasa es que ignoramos cosas distintas

Pues bien, yo he descubierto una de las áreas de mi ignorancia. Podría decir que es el mundo “del corazón” pero va mucho más allá. Se trata de ese conocimiento común que se comparte por la mayoría de la gente.

Pongo otro ejemplo. Si yo os hablo de “un globo, dos globos” seguro que todos los que tenemos cierta edad y nos hemos criado en este país de pronto recordamos. Ese programa infantil forma parte de nuestro subsconciente colectivo tanto como las tetas de Sabrina saltando por fuera de su camisetita o el sketch de las empanadillas de Mósotoles.

Yo me descubro de vez en cuando (y cada vez más) como un inadaptado social. En esa mañana en la que abrí los ojos ví como unos señores se pasaban una hora discutiendo sobre personas a las que llamaban con su nombre y sin apellido. Eso daba una clara señal de que era archiconocidas. Y así, mientras alguien hablaba de “Pulpillo”, “Humberto” o “Fran” como si no hubiera más que uno, yo casi en tiempo real iba buscando en el google para saber quien era.

Lo mismo me pasó, por ejemplo, cuando leí un post de Amanda sobre un tío que sale en la tele en Operación Triunfo. Dio la casualidad que no hace mucho alguien en una tertulia de la radio lo nombró también. Debe ser un tío espectacular pero lo que a mi me parece increíble es que no tengo ni idea de quien es.

Es cierto que tengo muchísimo trabajo y el poco tiempo libre que tengo lo utilizo viendo documentales o mi último vicio que son las series americanas. Hay mucha gente que dice: “yo no veo la tele”. Yo nunca lo digo pero, quitando las noticas de las siete y media de la mañana lo cierto es que raramente veo la tele. Hace unos días, intenté ver el “aquí hay tomate” pero es superior a mi, me da vergüenza ajena y tengo que apagar la tele. Es algo que me pasa desde siempre eso de la vergüenza ajena y que no logro controlar (y esto tal vez merece otro post reflexivo).

Así que aquí estoy, preocupado y con firme propósito de intentar mejorar en mi condición de ignorante. Que nadie se confunda, nunca me importará si la mujer del cuñao de una que se acostó con un torero se la pega al marido con un concursante de gran hermano, pero si quiero saber al menos quien son esos concursantes porque no soporto que se hable de “Javier” o “Luisa” y yo no tenga ni puta idea de quien se está hablando.

Para terminar quiero hacer un esfuerzo que sé que será infructuoso y que no tiene que ver exactamente con el tema del post sino sobre la curiosa forma de percepción que noto a menudo. Seguro que alguien lee este post y saca como conclusión que estoy “presumiendo” de que veo documentales y no veo “gran hermano”.

Alguna vez cuando he dicho algo similar a lo que he escrito en este post me sucede que alguien me dice. “Seguro que eres de esos que después no se pierde un programa del corazón a escondidas”. Aquí me ha pasado ya varias veces (la última fue en ese post sobre venderse bien) que alguien lee una cosa y se imagina el resto (es lo típico de.. bueno tu dices que alguien te dijo para, de esta forma, terminar diciendo que…).

Gracias por la astucia que se me supone pero lo cierto es que a mi no me va el “como diciendo”. Aparte de que, como he dicho, yo veo los documentales porque me divierten, lo cierto es que me estoy empezando a preocupar de ser el animador de la fiesta cuando se habla de coches, de tecnología, de procesos de fabricación o de la rotación de la luna y pasar a un segundisimo plano cuando se habla de la última conquista del torero de moda. Ni que decir tiene que los primeros suspuestos suponen un infimo porcentaje de las charlas de café y copas.

Así pues cuando digo que me jode no saber quien es “fulanito” es que de verdad me molesta y me considero ignorante. Mi forma de ver las cosas es que la ignorancia siempre es mala aunque sea ignorancia de estupideces.

Así pues, me apunto como tarea enterarme de quien es esa gente. Empezaré con el protagonista del post de Amanda. ¿Alguien me dice cuando echan operación triunfo y donde?.
 
Reducción al absurdo
Como decía Schopenhauer (léase “chopemjaguer” con mucho énfasis y autosatisfacción interior) el hombre cambia porque se harta. Bueno, confesaré que en realidad la frase es de origen popular pero es que es tan pobre que precisaba de la autoridad moral de un filósofo alemán (a falta de un austrohungaro que llevarse a la boca).

Y es que es cierto que en cierta forma puede decirse que todo el mundo termina cansándose de todo. Lo único que cambia es el tiempo que tarda en que el hartazgo se nos haga insoportable y nos haga cambiar.

Me comenta un amigo/conocido -ignorante de que no es suficientemente amigo como para que me interese lo que me cuenta- que se separa de su mujer. La razón es tan habitual como que ya no se aguantan más. No es que no se quieran que hace mucho que sucedió, es que simplemente ya no pueden ni verse. Así pues, después de unos cuantos años de una convivencia puramente funcional y unidos mucho más por la hipoteca pendiente que por el amor o siquiera el cariño, deciden de mutuo acuerdo, y sin más peleas e insultos de los puramente cotidianos, separarse.

Nada excesivamente novedoso y absolutamente nada excitante como conversación de sobremesa. Soy curioso pero nunca he sido cotilla.

De hecho, Schopenauer (esta vez sí) dijo “La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren” pero yo no estoy para nada de acuerdo (es que los filósofos alemanes es lo que tienen, que quedan bien a veces y sus apellidos te llenan la boca pero fallan bastante). A mi me suele suceder justo al contrario. La atención a lo que hacen los demás me suele aburrir.

Lo realmente curioso es el argumento de un tercero en cuestión que, aprovechando la desgracia (si bien es cierto que la forma de contarla no implicaba precisamente tristeza sino más bien alivio), no dudó en soltar (del verbo parir) una sentencia que, curiosamente, he oído ya unas cuentas veces. La razón de los divorcios no es otra que el aumento en la esperanza de vida.

El sorprendente giro retórico, que incluye como buena ”boutade” su dosis de verdad y su dosis de ignorancia, consiste en plantear el matrimonio como algo con caducidad. De esta forma, parece ser que hace siglos, cuando la esperanza de vida estaba por los cuarenta años los matrimonios convivían apenas unos cuantos. Ahora, con el aumento de la edad media de fallecimiento se nos hace mucho más difícil aguantar porque el “hasta que la muerte nos separe” es mucho más largo.

Según esta teoría el hombre (en genérico, hombre o mujer) está preparado y programado para un matrimonio de cierta duración y no soporta uno mayor.

La cosa se habría quedado así y no me hubiese afectado lo más mínimo sino fuera el hecho de que, para justificar su extravagante teoría osó poner como ejemplo la relación que yo tuve y que según él fue perfecta únicamente porque no duró lo suficiente.

Me molestó mucho el argumento. Hace mucho que cuando me molesto no me altero así que simplemente opté por usar fríos datos para rebatirle. En primer lugar le volví a explicar que eso de que hace un siglo la vida media era de cuarenta años simplemente significa que había mucha mortandad infantil que es la que baja la media. Eso de que la gente moría de vieja a los cuarenta es una simpleza. En segundo lugar le hice notar que según las estadísticas oficiales los divorcios se producen entre los siete y los quince años de matrimonio y en tercer lugar es evidente (con solo ver la edad de matrimonio de nuestros padres y abuelos) que la gente ahora se casa años más tarde que en las generaciones anteriores. Así pues, lo normal es que incluso cuando todo va bien haya menos años de convivencia.

Pero sobre todo –le dije- tu hipótesis (incluyendo tu coroloario sobre mi relación de la que tampoco, y remarco tampoco, tienes ni idea) se desmonta fácilmente utilizando el método de reducción al absurdo.

Ante su excepticismo sobre el hecho de que se pudiera aplicar dicho método en este caso le desvelé el misterio.

Fácil. Todo lo que has dicho se reduce a tu opinión gratuita y, reconozcamoslo, tu eres bastante absurdo tío.
 
A la única persona
He escuchado una canción del nuevo disco de Alejandro Sanz que se llama “a la primera persona”. Obviamente es una canción pero me ha recordado algo que me dijeron no hace mucho y que me llamó la atención sobremanera.

Alguien me dijo (con otras palabras) que “la primera persona que me quiera me tendrá”. Aunque el tono era de broma me pareció que subyacía algo de verdad en la afirmación.

Obviamente no se trata de irse con la primera persona que llegue. De hecho quien me lo dijo no es precisamente “un saldo”. Lo que quise entender es que hay quien está expectante y deseando que llegue alguien que le quiera.

Eso es lo que me llamó la atención. Hay mucha gente que sólo espera a alguien que le quiera.

A partir de esa conversación pensé en mi situación. Hace muchos años yo pasé por una época en la que deseé enamorarme o, al menos, encontrar alguien con quien compartir mi vida. Fue justo después de un montón de cambios y alguna relación intrascendente. Todas las noches que salía, o cuando me encontraba con alguien, más o menos inconscientemente pensaba “a lo mejor hoy encuentro mi media naranja”.

Pasó el tiempo y la cosa se me fue pasando. No encontré mi media naranja y poco a poco llegué a un estado de escepticismo en este aspecto. Seguía saliendo por supuesto (de hecho fue una de las épocas de mi vida en las que más salía), viajando, quedando con amigos y teniendo relaciones más o menos esporádicas pero ya no me planteaba para nada el tema de la pareja. Incluso estaba relativamente confortable. Mi ritmo de vida y mi trabajo eran además incompatibles con una relación estable (pensaba yo). Fue entonces cuando, sin venir a cuento, me enamoré perdidamente y encontré no mi media naranja sino alguien que no casaba para nada conmigo pero que me convirtió en el hombre más feliz del mundo.

A veces pienso en que ahora, con esta habitual pero extraña sensación de apatía que tengo desde hace tiempo en cuanto a este tema, estoy en una situación similar a cuando la conocí a Ella. Sin embargo creo que no. Cada fase tiene su estado y yo ahora mismo casi diría que estoy cerrado a cualquier relación “seria” que implique demasiado compromiso.

No es que diga que estoy cerrado, que no lo estoy, es que siento que estoy cerrado. Hoy día me parece inconcebible por ejemplo compartir mi espacio con una mujer. Sé que no suena demasiado bien pero es así. No hace mucho alguien me diagnóstico (era doctora en medicina además) “alergia al compromiso”. Algo muy habitual en ciertos hombres según su criterio.

No creo que sea eso. Lo mismo que en pleno agosto nos resulta inconcebible que podamos llevar una abrigo en enero y en invierno nos parece mentira que podamos salir a la calle casi sin ropa, a mi me resulta realmente difícil actulamente imaginarme en una relación de pareja estable compartiendo mi vida. Y, por otra parte, estoy realmente cómodo (confortable es la palabra que suelo utilizar constantemente) con mi vida actual.

¿Eso quiere decir que no vuelva a enamorarme nunca?. Creo que no pero desde luego lo que tengo claro es que la única razón sería volver a encontrar “el amor de mi vida” y eso, francamente, lo veo difícil. Bajo ningún concepto esperaré a "alguien que me quiera" o "a la primera persona que me sepa comprender".

Vuelvo a pensar en la canción de Alejandro Sanz y sigo creyendo que no puede haber nada más alejado de mi estado de ánimo actual que lo que cuenta en su canción. Sin embargo, me ha gustado. Sólo la he escuchado una vez en la radio y no la recuerdo pero sé que me gustó. Así que me da por buscar la letra y encuentro alguna estrofa.

Pero es que a la primera persona que me ayude a sentir otra vez
pienso entregarle mi vida, pienso entregarle mi fe,
aunque si no eres la persona que soñaba para qué
(¿qué voy a hacer? nada).


Tal vez no sea tan diferente de lo que siento.
 
Telégrafo
Cuando era pequeño jugábamos a un juego que llamábamos “el telégrafo”. Seguro que con uno u otro nombre (a los juegos les pasa como a los pescados que en cada sitio se les llama de una forma) todos lo conocemos. Se trataba básicamente de que alguien le decía al oído una cosa a un segundo, este segundo se lo repetía al tercero y así sucesivamente.

La gracia, como ya habréis imaginado, consistía en observar que de lo que había dicho el primero a lo que había entendido el último había notables diferencias en el mejor de los casos. Lo más habitual es que no tuviera nada que ver.

En general, en el tiempo que llevo escribiendo blogs me suele pasar en alguna ocasión que la gente entiende algo distinto a lo que yo quiero expresar. Eso lo atribuyo siempre y sin excepción a mi poca habilidad para explicarme. Otras veces lo que sucede es que los comentarios se centran sobre partes a las que yo no doy demasiada importancia pero en este caso casi me gusta porque descubro nuevos matices.

En el caso del post anterior sin embargo, sin renunciar a la posibilidad de que no haya logrado explicarme, me parece que ha sucedido lo del telégrafo. De hecho me da la impresión de que algunos comentarios están más basados en los comentarios anteriores que en el post. No me molesta, pero no deja de ser curioso.

El post, como suele pasar a menudo está basado en un hecho real. No hace demasiado, alguien en una conversación informal nos dijo (no sólo a mí) que a ella (sorpresa!) no le gustaba su forma de ser, que a veces creía que no era buena persona y saco a colación el mucho más habitual “yo soy infiel por naturaleza”. Una de las personas que escuchaba esto mantuvo una relación con ella y al poco tiempo (en concreto hace dos días) me decía que la señorita en cuestión le había jodido simplemente porque había sido fiel a su infidelidad crónica.

En el post, precisamente lo primero que digo es que yo no considero a nadie mala persona. De hecho remarco que no conozco a nadie que pueda llamarle así. Y eso es porque aparte de que suelo juzgar lo indispensable (amigo ¿?), creo que el término buena persona se suele utilizar a menudo generalizando y mala persona implicaría que alguien sería malo siempre lo cual es muy duro. También digo, y me reafirmo, que seguramente todas las buenas personas del mundo alguna vez han hecho algo de lo que no estén orgullosos (en mi caso más de una vez).

De hecho utilizar el término “mala persona” es simplemente por contraposición a “buena persona”. Tampoco considero mala persona a esa chica (aunque desde luego no creo que sea la amiga más recomendable).

Y al final, simplemente me reafirmo en el curioso hecho de que cada vez que alguien me ha dicho que no era buena persona, tenía razón, al menos en el ámbito al que se refería (que casi siempre ha sido el mismo por otra parte). En cuanto a que me hicieran daño si, mucho, pero hace unos veinte años. Ahora suelo ser mucho menos ingenuo.

A partir de ahí, quien quiera seguir pensando que yo he dividido la humanidad entra malos malísimos y buenos angelicales, que siga pensándolo. Al fin y al cabo el telégrafo no deja de ser divertido y alimenta mi nostalgia.
 
Malas personas
Yo conozco algunas buenas personas. Imagino que todos las conocemos. Pecando de inmodestia yo me considero buena persona o, como se dice en mi tierra, “buena gente”. También imagino que en alguna ocasión todas esas buenas personas (las que yo conozco, las que conocen los demás, yo mismo) habremos hecho algo con lo que nos hayamos ganado el calificativo de “malos”.

Mientras que, como digo, encontrarse con “buenas personas” es paradójicamente (viviendo en el mundo que vivimos) bastante habitual, conocer a una mala persona es raro. Tal vez sea por la rotundidad del término pero, apoyado en el hecho de que no tengo ningún rencor enquistado, me resulta difícil calificar a alguien que conozco como mala persona.

Mi padre solía decir (y digo yo que lo seguirá haciendo) que hasta el más despreciable siempre tiene un par de amigos que lo consideran bueno. A mí, que no creo que me den la medalla a la ingenuidad, me cuesta trabajo pensar que haya gente mala por naturaleza. Eso si, que me cueste trabajo no quiere decir que no lo piense. En estas cosas merece hacerse un esfuerzo.

Un caso realmente excepcional y curioso se produce con las personas que te dicen : “yo soy una mala persona”. La primera vez que me lo dijeron fue hace muchísimos años (muchos reales y más aún en mi recuerdo). Fue una mujer de la que estaba enamorado. Yo quise traducir esa frase por algo así como “a veces no me gusta lo que hago” y, llegando aún más lejos y sin duda animado por mi enamoramiento de casi adolescente le di otro sentido: “en realidad soy tan buena que me considero mala por el hecho de cometer algún error”. Esa mujer, poco después, me hizo el mayor daño que jamás me hayan hecho.

Lo cierto es que la frasecita en cuestión (“yo soy mala persona” o cualquiera similar) desconcierta bastante. Para gente como yo que le da vueltas y vueltas a las cosas puede ser el principio de un tiovivo mental. ¿Es realmente mala persona?. ¿Reconocerlo la hace mejor persona?. ¿Qué es peor, alguien que dice que es malo y lo es o alguien que dice que es bueno y no lo es?. Por otra parte se puede caer en la tentación de tomarse como un reto demostrar a el/la sujeto en cuestión que esta equivocado/a.

La experiencia, como a veces sucede, se ha encargado de secar el arroyo que movía esta noria mental. La vida es jodidamente terca a veces. Creo recordar que me han dicho algo similar en cuatro ocasiones y, en las cuatro, he comprobado que era cierto.

La última ocasión en que me lo dijeron fue hace semanas e, inmediatamente, recordé el dolor de las antiguas bofetadas así que me retiré un par de pasos. Hubo alguien (un amigo/conocido) que no lo hizo. El otro día me llamó. Había confirmado en primera persona que, efectivamente, el autodiagnóstico era certero.

Por una vez me contuve y no solté el consabido “¿lo ves?, te lo dije”. Imagino que como todos, mi amigo aprenderá de los errores. A mi me costó tres intentos pero por fin lo conseguí.

A lo mejor a mi me pillará alguien que diga que es bueno y me decepcione pero lo que si tengo claro es que no vuelvo a caer en la trampa de escuchar a alguien decir que es mala persona y no creerla.



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Meritoriaje
El meritoriaje es un palabro bastante inusual y que, de hecho, creo que no existe como tal (para confirmarlo lo he buscado en la rae y, al menos así escrito, no aparece).

Aparte de eso, supongo que la mayoría de los comunes tenemos una idea de que significa. Para mi se puede resumir en la idea de una especie de ley de vida o “justicia divina” que hace que los mejores y que hacen más méritos son los que acaban destacando y ocupando puestos privilegiados o de responsabilidad.

Dicho así incluso podría pensarse que el meritoriaje es una consecuencia de la eugenesia (otro palabro) que se basa en la teoría de la mejora continua de la raza. Lo realmente sorprendente (al menos para mi) de la eugenesia, que hoy día se atribuye a ideologías nazis, es que era una idea bastante aceptada en los ámbitos intelectuales y científicos de principio del pasado siglo. De hecho en Estados Unidos se instauraron leyes sobre la esterilización de los disminuidos síquicos y físicos. Esto, como el vergonzante hecho de los campos de concentración para americanos de origen japonés, es algo que se suele obviar con frecuencia. Lo curioso de todo esto es que el padre de la eugenesia que hoy se considera una aberración es Darwin que en su libro “la decadencia de la raza humana” defiende el hecho de que la única raza que no elimina a los débiles es la humana y que, con el tiempo, esto conseguirá que no evolucionemos a mejor como hacen todas las especies. Otro representante de esta idelogía era Sabino Arana (el “héroe” nacionalista vasco)

Otro argumento que apoya la eugenesia se utiliza incluso hoy en día aunque por supuesto nunca directamente: las clases más bajas son las que más se reproducen y eso va en contra la esencia de la ley de la evolución natural. Seguramente en esto están de acuerdo la inmensa mayoría de los que dicen “yo no soy racista pero es que….” Que son legión en estos días.

Pero bueno, sin meterme en más berenjenales , debo decir que yo cuando era un crío (y con la ingenuidad típica de la edad) creía en el meritoriaje. Por poner solo un ejemplo, yo pensaba que los profesores eran personas muy preparadas y que si estaban ahí era por algo. Por supuesto, podía criticar al político de turno pero siempre presuponía que, estando o no de acuerdo con lo que hacía el hecho de haber alcanzado esa posición no era casual sino por su valía personal y profesional. Lo mismo en general con cualquier puesto de responsabilidad. El presidente de un banco debía ser una persona extremadamente preparada e inteligente, el consultor de turno sería alguien inteligente y con una formación espectacular, etc..

Esa percepción se fue diluyendo con la edad y fueron cayendo mitos y “totems”. Primero le tocó a los profesores y después, poco a poco a profesionales y políticos. No hablemos de los “consultores”. Mi teoría sobre el meritoriaje se volvía cada vez más débil cuando conocía a algunas personas con alta responsabilidad. Cual péndulo llegó el momento en que casi me situé en el lado opuesto y, apoyado en las pruebas empíricas, pensé que, de alguna forma, había cierta predisposición cósmica a encontrarme a la gente más inútil en los puestos de responsabilidad. Obviamente se trata de una idea tan extrema y seguramente injusta como la primera.

Hay un argumento al respecto que apoya esta percepción y que yo he comprobado con frecuencia. Es “el principio de Peter”. La mayoría de gente piensa que se trata de una broma (algo así como la ley de Murphy) pero en realidad la frase es el extracto de un estudio bastante interesante sobre la mejora de la productividad que escribió un tal Laurence J. Peter (por cierto, lectura interesante si a alguien le gustan estos temas).

El principio de Peter viene a decir que “el hombre va ascendiendo hasta llegar al más alto grado de ineficiencia”. Esto, que insisto puede parecer una broma, se produce continuamente. El proceso es el siguiente: cuando alguien domina un trabajo como premio se le asciende a otro distinto. Obviamente, al principio no sabe de que va la nueva ocupación y poco a poco va aprendiendo. Cuando por fin destaca en su nuevo trabajo como premio se le asciende a otro. Llega un momento en el que la persona no termina de controlar la nueva ocupación y como nunca termina de hacer bien su trabajo se queda en él sin poder ascender. A esto se refiere el principio y viene a decir que en líneas generales (siempre se generaliza en estas cosas) la gente termina en los puestos en los que es ineficiente.

Otro factor que he descubierto que existe constantemente y normalmente nadie contempla cuando hace estudios es el factor suerte. Aquello tan viejo de estar en el momento justo en el sitio adecuado. A mi mismo me sucedió. Mi vida profesional sufrió un cambio en un momento dado cuando conocí a alguien que necesitaba una persona concreta con mis conocimientos para un proyecto determinado. Tanto mi status profesional como económico cambió de pronto. Es cierto que yo quiero pensar que estaba preparado para el reto y que lo hice bien pero también es cierto que sin esas circunstancias seguramente mi carrera hubiese sido otra.

Lo de los políticos es caso aparte. Si en otros ámbitos he encontrado de todo, en el caso de los políticos siempre he observado una sospechosa homegeneidad. Hay una cuña ideológica en radio intereconomía que pone de manifiesto unos datos cuando menos soprendentes. Más de la mitad de los diputados de la comunidad de Madrid (imagino que estadísticamente se podrá extender a cualquier región) no tienen estudios universitarios y la inmensa mayoría jamás ha trabajado en algo que no sea política. Es cierto que, como dijo alguien (Bakunin creo) las personas instruidas no son por fuerza las más inteligentes, sino, precisamente las que han sido más instruidas. Pero no deja de ser curioso que quien se supone tiene que administrar y legislar disponga de una formación y experiencia tan pobre.

Por cuestiones profesionales llevo una temporada en contacto con políticos y, aparte de algunas perlas como la que ya comenté en un post pasado, me he dado cuenta de que en general son personas de una increíble incultura y falta de preparación. Es casi grotesco ver como el vedel de cualquier ministerio o consejería pasa pruebas que difícilmente pasaría el ministro de turno.

Hay algo aún más grave. Con cierta sorpresa compruebo como cuando hablo con personal técnico o administrativo los argumentos del bien común, el ahorro de costes, la eficiencia, etc. son una constante y sin embargo en los cargos políticos nunca aparecen. Parecería lógico pensar que debería ser al revés (digo yo).

Por eso cuando últimamente he escuchado algunas de las estupideces que han dicho políticos (en estos temas da igual el color porque, lamentablemente, son iguales) he dado una vuelta de tuerca a lo que anterioremente suponía cuando escuchaba estas cosas. Habitualmente les daba al menos el valor del cinismo. Pensaba que era evidente que alguien que detenta puestos de esa responsabilidad no podía ser tan tonto y que en realidad era una puesta en escena para contentar al “populacho”. Creo que fue un presidente norteamericano el que dijo que jamás cometería el error de minusvalorar la estupidez del pueblo estadounidense. Yo siempre he pensado lo contrario, que la gente es mucho más inteligente de lo que esta clase cree.

En un concierto de Aute escuché una frase que siempre me gustó. “He cambiado la letra de esta canción porque no quedaba claro lo que quería decir. Ahora queda claro que no quería decir nada”. Pues después de mi experiencia de las últimas semanas puedo decir que cuando escucho decir las tonterías que se dicen (una muy sonada, por inoportuna y por simple, ha sido la de Zapatero en la cumbre iberoamericana) ya no pienso que forma parte de una estrategia, simplemente es que son tontos.
 
Vendiendome
- Es que a mi me gustan las mujeres.
- Joder, vaya tío raro, y a quien no les gusta las mujeres?
- Es que a mi me gustan las mujeres incluso aunque no me las folle
- A mi también joder
- Esta bien, lo diré más claro. A mi me gustan incluso inmediatamente después de habérmelas follado.
- Ahhh.. joder que rarito eres

Esta conversación la tuve hace un tiempo con un colega de trabajo. Y la saco a colación en este post por dos cosas. La primera es porque me da la gana y la segunda es porque la verdad es que no puedo evitar alucinar con la forma de razonar de las mujeres. Ya sé que hay tantas formas de ser como mujeres pero, de la misma forma que madre sólo hay una porque todas son la misma, podríamos decir que las mujeres, en su infinita variedad, son únicas.

Hace poco tuve una conversación que he tenido varias veces. Como me pasa en muchos aspectos (e imagino que no seré especial y que le sucederá a casi todo el mundo) hay un tema en el que varias veces me han “acusado” de algo y de lo contrario. Se trata de si se me da bien el marketing personal (autopersonal en este caso). Alguna vez me han dicho que se me da fatal eso de “venderme” y otras lo contrario. Mentiría si niego que el hecho de que haya surgido este tema en varias ocasiones (sea cual fuere la postura de la interlocutora) me ha preocupado porque, de hecho, no creo que yo tenga ningún interés especial en “ponerme en el mercado”. Además que no me veo yo muy comercial (ni bueno ni malo) de mi mismo (ni de nadie).

El otro día fue más divertido porque, por primera vez asistí a la conversación como un tercero. Además en este caso estaban representadas las dos posturas. Se trataba de dos mujeres, una de ella me conoce hace tiempo y la otra a quien conocí hace poco. Una vez más salió el tema en cuestión y la mujer que me conocía de hace más tiempo volvió a decirme que, en su opinión, yo no sé hacerme valer. En ese momento, la otra mujer terció y se establecido una especie de discusión agradable sobre el tema. En dos ocasiones que intenté terciar directamente me mandaron callar así que tuve que limitarme (y eso es mucho límite para mi) a escuchar.

Resumiendo una conversación de varios minutos los razonamientos eran más o menos los siguientes.

Mi amiga defendía que yo no sabía venderme porque siempre que hablaba sobre cualquier tema intentaba banalizar los éxitos y agrandaba los fracasos, minimizaba mis virtudes y ampliaba mis defectos.

- “A veces me pone de los nervios cuando cuenta algo y de pronto, atribuye a un amigo una frase brillante cuando yo sé, porque estuve allí, que fue suya. Sin embargo, cuando sucede algo poco afortunado siempre se pone él como protagonista.”.

La otra chica me sorprendió con su diagnóstico. Según ella esa era la mejor forma de venderme porque de esa forma (yo) promovía la sorpresa agradable. Aunque la conozco de tres o cuatro veces que hemos salido (dentro de un grupo de gente) y no creo que hayamos tenido una conversación de más de treinta segundos los dos solos puso algunos ejemplos curiosos.

- Me hace gracia cuando habla sobre los temas más diversos, comienza advirtiendo que él sobre ese tema no tiene mucha idea y luego nos demuestra unos conocimientos impresionantes. Es algo así como un… ya ves, sobre lo que menos sé, sé un huevo y, además, no le doy importancia. Es una forma de venderse cojonuda.

La conversación prosiguió con multitud de ejemplos concretos que unas veces me hacían reír, otras sonrojarme y otras avergonzarme.

No puede dejar de pensar que, en ambos casos y por razones opuestas, no terminaba muy bien parado y, una vez más, recordé las conclusiones de los test del cosmopolitan sobre “como es tu pareja” donde, fuese cual fuese el resultado, los hombres siempre salían trasquilados. En definitiva, creo que no tenía forma de quedar medianamente bien con ellas.

Al final de la discusión, cada una con su idea inicial, se me ocurrió preguntar: Entonces, independientemente de mi habilidad para venderme o no, ¿vosotras me compraríais?. Se miraron, se echaron a reír y se fueron las dos a pedir una copa.

En fin, mi madre solía decir eso de que el buen paño en el arca se vende.