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Diarios de un náufrago en altamar
Breves historias de una vida cada día más larga...
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Mañana nunca será ayer.
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AVIONCITOS DE PAPEL.II

La cuesta de enero había llegado también al barrio. Se dejaba notar en todas las esquinas; desde la frutería de la señora Engracia a la destartalada farmacia de la calle Madera. En el “Sitting Bull” los que entraban no pedían más que un café con sacarina y a las novicias del convento de la Encarnación las ofrendas no les llegaron ni para el roscón de reyes. Incluso el ayuntamiento había retrasado el encendido del alumbrado público, a ver si así ahorraban algo. Solamente el antiguo cine porno mantiene su rutina de visitas clandestinas.

No había nada especialmente interesante en las rebajas de los grandes almacenes de Callao; quizás un abrigo de plumas y una minifalda rosa. Alicia llevaba toda la tarde buscando unos zapatos; negros, de tacón alto. No había manera de encontrarlos, siempre la misma respuesta:
-La 37 no se la tenemos señorita, lo sentimos.

Al final, como casi siempre, desistió. Ya volveré la semana que viene- se dijo, creyendo que así se convencería. Estaba anocheciendo. Como casi siempre en invierno. Alicia encendió un cigarrillo y avanzó unos metros hasta sentarse en las escalerillas de un portal. Tenía las manos enrojecidas por el frío. Un niñito se acercó y le ofreció una octavilla de publicidad. Alicia agarró el pasquín sonriente, y se entretuvo jugando con el hasta dar forma a una avioncito de papel. El autobús 47 se detuvo en frente; eran más de las ocho.

Alicia se bajó en el callejón de San Pablo. Todavía le sobraban un par de minutos para entrar a su clase de fotografía de los viernes, así que decidió ir dando un paseo. Atravesó la plaza Carlos Cabronero, se paró un instante, mientras una bandada de palomas azoradas engullía el alpiste que una caricaturista les arrojaba. La calle Pez estaba casi desierta, como si el fin de semana no empezase todavía en esta parte de la ciudad. En el teatro Alfil hoy no había función de la Cenicienta y el único ruido que se distinguía era el de unos niños dando pelotazos contra la pared.

-Bienvenidos aventurados aprendices de fotógrafos- introdujo el profesor entre risas. Era un tipo maduro, con la barba algo canosa. Su nariz afilada, como la de un águila y unas gafas cuadradas, de pasta, conformaban un aspecto de intelectual de los 70. Alicia se sentó al final de la clase. Colocó encima de la mesa las fotografías que les habían encargado y se recostó sobre el asiento. La segunda clase iba a comenzar.

No