En la plaza de las palmeras los niños juegan al balón
las niñas desvisten a Barbi y mi madre me da un petisuis,
mientras el tuerto cuenta las estrellas a plena luz del día
con la esperanza de que un día encuentre solamente esa
que tiene nombre de mujer, y que mancha de pecado
las sábanas sagradas en las que duerme el cielo.
Por allí viene whyskito Mateo, a tragos cortos
con la vida olvidada en uno de los bolsillos
justo al ladito de una foto de Camarón.
¡ No grites! que no tengo ganas de escucharte
le susurra a la sombra que se pierde a su vera
El auto de Carmen se aburre en doble fila,
entre ajos y crisantemos, con olor a despedida
se pudren las horas detrás de la ventanilla de su taxi
mientras siete cardenales de pasión se reparten,
a partes desiguales, el corazón.
A esa hora tranquila en la que la tarde se incendia
los bomberos bajan la calle, en busca de una caña
y el perro de la tía Angustias persigue su propia cola,
como aquel que persigue el tiempo, y no se da cuenta,
de que no hay forma de atraparlo.
Repican las campanas de la iglesia de Santa María,
auspiciadas por el ron-ron de las gaviotas
que reniegan del olor a mar y se ocultan, sin remiendo,
en los nidos calientes y tristes que se tejen en los portales.
La plaza de está quedando vacía, más sola que la luna,
rodeada por estrellas, que beben whisky con cerveza;
la bohemia se hace cargo de los sueños de insomnio
y a mi, que se me está acabando el petisuis,
me ha dado por pensar en ti...en mi... en nosotros.