La música retumbaba con violencia en mis oídos, se deshacían pequeñas partículas de placer camino de nuestro cerebro. Los espasmos se repetían, en un movimiento picarescamente irritante, a lo largo de un giro que podía durar minutos, segundos o cualquier milésima parte cuantificable de tiempo. Los muchachos saltaban, bailaban, se retorcían formando perfectas coreografías nunca ensayadas. Me empezaba a poner nervioso, mi cuerpo rezumaba un sudor frío, tierno, pecaminoso...como el de un asesino que no puede mirar los ojos inmóviles de sus víctimas. Ya nadie brinca, todo el mundo gime, jalea, envilece como animales sin amaestrar. Es la hora, mi cuerpo se confiesa, el silencio se adueña del mundanal ruido, ya no queda tiempo. El calor rehuye su huida, prefiere quedarse, regocijarse en nuestra miseria, volverse fuego, infierno..hasta explotar...pummm.
El olor a placer se clava, escuece, envenena. Yo no siento nada, soy feliz
No me despertéis mañana, que no me acordaré de nada... y no podré decir que fui feliz.
¿Tienes algo que contarme? Yo es que es oír hablar de reventones y me pongo nervioso. Vamos, que estoy que reviento...