-¡ Qué horror!-exclamó uno de los presentes.
Una coral espontánea se agolpaba en la calle Pez; atraídos por un surco rojizo que se deslizaba débilmente por la acera, coloreando a su paso la nevada que caía desde hacía días. Algunos vecinos había salido alertados por el estruendo; otros muchos seguían durmiendo. Eran las 11 de la mañana del 1 de Enero. La policía se abría toscamente paso entre la variopinta muchedumbre: señoras en bata rosa; niños juguetones; hombres con pijamas de raso; bolas de nieve y borrachos sin corbata que, a duras penas, lograban mantenerse de pie.
Alicia había acelerado el paso al escuchar las sirenas de la policía. La nieve se acumulaba debajo de sus zapatos negros de fino tacón y estuvo a punto de caerse. Dobló la esquina nerviosa, agilizando todavía más sus largas piernas. Una ambulancia trataba de acceder por la calle de San Roque mientras dos agentes custodiaban el cuerpo detrás de una cinta de “Prohibido el paso”.
-¿Qué es lo que ha pasado señora Engracia?-preguntó Alicia.
-No te has enterado todavía hija. Ha sido el chico ese, el de la tienda de fotografía de la plaza de San Idelfonso. Parece ser que se ha tirado desde la azotea.
Alicia permaneció en silencio
-Es una desgracia. Pobre muchacho.
-Si, es una pena-respondió angustiada Alicia.
Se llamaba Ángel Carro. Trabajaba en la tienda de fotografía que heredó de su tío a mediados de los 90. Ni demasiado alto ni demasiado bajo; no gordo pero tampoco delgado; pasaba de la treintena y nunca había estado casado. Su rostro sufrido se escondía todavía bajo la nieve, a la espera de la llegada del juez que decretará su defunción. Alicia lo conocía perfectamente, era un cliente habitual. Lo contrataba todos los viernes desde hacía dos años. La citaba en la esquina de la calle Madera, a las 8 y 30. Subían al pequeño apartamento en el que el vivía; follaban con fiereza, como a él le gustaba, y después Ángel solía invitarla a cenar, pagándole otra hora de servicios.
-Perdone señorita, pero no puede subir-le advirtió educadamente uno de los agentes aprestados en el número 57.
Alicia no protestó, tampoco tenía nada que hacer ahora en su casa. Había salido tímidamente el sol, derritiendo la nevada. Era viernes, y hoy no tendría que trabajar.
A la gente le gusta hablar. Le encanta. En la carnicería del barrio o en los pasillos del Congreso; cualquier lugar es adecuado para una rajada. El mundo necesita cotillear, es su válvula de escape. ¿Qué sería de A tu lado sin el famosillo al que dar estopa? ¿ De qué viviría Telefónica?...¡que el cielo se desplome sobre nuestra cabezas si nos quitan el venenoso placer de destripar despacito la vida de la vecindad!.
El cotilleo es un deporte olímpico del que mi madre es doble medallista. Nadie puede señalar donde comienza la intimidad, ni siquiera podemos asegurar un instante de libertad en lo más profundo del corazón. Somos parte de un show, juguetes en manos de niños aburridos. Y no quedan muchas alternativas, quizás coger nuestra chalanita y poner rumbo a ningún sitio. A ese punto inmenso del océano donde tu y yo estemos tan lejos que no podamos separarnos. Al más puro estilo Seth Cohen