Mañana será un nuevo punto de partida. No podré negarlo; ni aunque golpee con fuerza el amanecer. Ni aunque te engañé con el diablo. Jamás. Mayo siempre tendrá 31 días y 500 noches. En realidad tampoco me importa; mientras sepa que tú me estás esperando, no perderé el sentido. Incluso ahora que el cielo de Madrid empieza a cubrirse por una nube rojiza, de mariposas envenenadas. Incluso así, no puedo permitírmelo.
Llevo días con la maleta preparada, sentado en la acera, con el sol dándome la espalda; como si pudiera olvidarme. Justo como tú me encontraste. A mi lado juegan un par de chiquillos, sus madres no les hacen demasiado caso. Creó ver un camión, al fondo, subiendo la Castellana; pero tampoco me hagas mucho caso, tengo los ojos cansados de imaginarte.
Espérame un poco más, por favor. Después de todo, when you look into my eyes, yo vuelvo a ser feliz.
La cuesta de enero había llegado también al barrio. Se dejaba notar en todas las esquinas; desde la frutería de la señora Engracia a la destartalada farmacia de la calle Madera. En el “Sitting Bull” los que entraban no pedían más que un café con sacarina y a las novicias del convento de la Encarnación las ofrendas no les llegaron ni para el roscón de reyes. Incluso el ayuntamiento había retrasado el encendido del alumbrado público, a ver si así ahorraban algo. Solamente el antiguo cine porno mantiene su rutina de visitas clandestinas.
No había nada especialmente interesante en las rebajas de los grandes almacenes de Callao; quizás un abrigo de plumas y una minifalda rosa. Alicia llevaba toda la tarde buscando unos zapatos; negros, de tacón alto. No había manera de encontrarlos, siempre la misma respuesta:
-La 37 no se la tenemos señorita, lo sentimos.
Al final, como casi siempre, desistió. Ya volveré la semana que viene- se dijo, creyendo que así se convencería. Estaba anocheciendo. Como casi siempre en invierno. Alicia encendió un cigarrillo y avanzó unos metros hasta sentarse en las escalerillas de un portal. Tenía las manos enrojecidas por el frío. Un niñito se acercó y le ofreció una octavilla de publicidad. Alicia agarró el pasquín sonriente, y se entretuvo jugando con el hasta dar forma a una avioncito de papel. El autobús 47 se detuvo en frente; eran más de las ocho.
Alicia se bajó en el callejón de San Pablo. Todavía le sobraban un par de minutos para entrar a su clase de fotografía de los viernes, así que decidió ir dando un paseo. Atravesó la plaza Carlos Cabronero, se paró un instante, mientras una bandada de palomas azoradas engullía el alpiste que una caricaturista les arrojaba. La calle Pez estaba casi desierta, como si el fin de semana no empezase todavía en esta parte de la ciudad. En el teatro Alfil hoy no había función de la Cenicienta y el único ruido que se distinguía era el de unos niños dando pelotazos contra la pared.
-Bienvenidos aventurados aprendices de fotógrafos- introdujo el profesor entre risas. Era un tipo maduro, con la barba algo canosa. Su nariz afilada, como la de un águila y unas gafas cuadradas, de pasta, conformaban un aspecto de intelectual de los 70. Alicia se sentó al final de la clase. Colocó encima de la mesa las fotografías que les habían encargado y se recostó sobre el asiento. La segunda clase iba a comenzar.
-¡ Qué horror!-exclamó uno de los presentes.
Una coral espontánea se agolpaba en la calle Pez; atraídos por un surco rojizo que se deslizaba débilmente por la acera, coloreando a su paso la nevada que caía desde hacía días. Algunos vecinos había salido alertados por el estruendo; otros muchos seguían durmiendo. Eran las 11 de la mañana del 1 de Enero. La policía se abría toscamente paso entre la variopinta muchedumbre: señoras en bata rosa; niños juguetones; hombres con pijamas de raso; bolas de nieve y borrachos sin corbata que, a duras penas, lograban mantenerse de pie.
Alicia había acelerado el paso al escuchar las sirenas de la policía. La nieve se acumulaba debajo de sus zapatos negros de fino tacón y estuvo a punto de caerse. Dobló la esquina nerviosa, agilizando todavía más sus largas piernas. Una ambulancia trataba de acceder por la calle de San Roque mientras dos agentes custodiaban el cuerpo detrás de una cinta de “Prohibido el paso”.
-¿Qué es lo que ha pasado señora Engracia?-preguntó Alicia.
-No te has enterado todavía hija. Ha sido el chico ese, el de la tienda de fotografía de la plaza de San Idelfonso. Parece ser que se ha tirado desde la azotea.
Alicia permaneció en silencio
-Es una desgracia. Pobre muchacho.
-Si, es una pena-respondió angustiada Alicia.
Se llamaba Ángel Carro. Trabajaba en la tienda de fotografía que heredó de su tío a mediados de los 90. Ni demasiado alto ni demasiado bajo; no gordo pero tampoco delgado; pasaba de la treintena y nunca había estado casado. Su rostro sufrido se escondía todavía bajo la nieve, a la espera de la llegada del juez que decretará su defunción. Alicia lo conocía perfectamente, era un cliente habitual. Lo contrataba todos los viernes desde hacía dos años. La citaba en la esquina de la calle Madera, a las 8 y 30. Subían al pequeño apartamento en el que el vivía; follaban con fiereza, como a él le gustaba, y después Ángel solía invitarla a cenar, pagándole otra hora de servicios.
-Perdone señorita, pero no puede subir-le advirtió educadamente uno de los agentes aprestados en el número 57.
Alicia no protestó, tampoco tenía nada que hacer ahora en su casa. Había salido tímidamente el sol, derritiendo la nevada. Era viernes, y hoy no tendría que trabajar.
A la gente le gusta hablar. Le encanta. En la carnicería del barrio o en los pasillos del Congreso; cualquier lugar es adecuado para una rajada. El mundo necesita cotillear, es su válvula de escape. ¿Qué sería de A tu lado sin el famosillo al que dar estopa? ¿ De qué viviría Telefónica?...¡que el cielo se desplome sobre nuestra cabezas si nos quitan el venenoso placer de destripar despacito la vida de la vecindad!.
El cotilleo es un deporte olímpico del que mi madre es doble medallista. Nadie puede señalar donde comienza la intimidad, ni siquiera podemos asegurar un instante de libertad en lo más profundo del corazón. Somos parte de un show, juguetes en manos de niños aburridos. Y no quedan muchas alternativas, quizás coger nuestra chalanita y poner rumbo a ningún sitio. A ese punto inmenso del océano donde tu y yo estemos tan lejos que no podamos separarnos. Al más puro estilo Seth Cohen
Tengo la impresión de que el mundo se ha vuelto loco, completamente loco. También puede ser que yo me haya vuelto cuerdo, torpemente cuerdo. Resulta que hoy no me salen las cuentas, 1+1 no son 7...
Desfile hace algún tiempo, mi particular lista de bagatelas: dudas, sueños, temores, anhelos..,todo aquello que no alcanzaba a comprender y que, como había dejado de creer en mi dios, no solucionaban mis rezos y plegarias dominicales. “Cuando te hagas mayor lo entenderás todo” acertaron a advertirme. En fin. Hoy, tiempo después, he vuelto a pensar en ello. Y resulta que, o es que todavía no me he hecho mayor o que, al ser mayor, me he dado cuenta de que hay cosas que nunca entenderé. Pero vayamos por partes.
Mi madre siempre me ha dijo que la política era cosa de mayores y que, yo, era demasiado joven para entenderla. Quizás por esto nunca me preocupe por los escándalos del GAL, por el rodillo socialista o por la apisonadora popular. A mi siempre me cayeron simpáticos Roldán y Marío Conde. Pero hoy, 22 de Marzo, he empezado a preocuparme. ETA ha decretado un “alto al fuego permanente”, una oportunidad única para el problema vasco.., pero tampoco esta vez nos vamos a poner de acuerdo. España 1 y no 51…
Tengo mis dudas que esta sociedad este preparada para afrontar un asunto tan complejo como el de Euskalerria. Nadie puede dudar de la identidad de ese pueblo, ni de ninguno de los conforman España, pero tampoco nadie puede olvidar que los muros y fronteras son un freno para el progreso. Un niño como yo se ha dado cuenta que este es un mundo societario, que no comunitario, y en él, cada nación debe cuidar de si misma, pero sin olvidar que la armonía es el único camino seguro.
Seguro que alguno saldrá a celebrarlo hoy hasta la madrugada, incluso en Canarias. Hay motivo, y más ahora que el botellón se ha puesto de moda. Yo mientras seguiré leyendo el Quijote, haber si al final va a resultar que Sancho también estaba loco…
A mi siempre me ha gustado ir de farol, apostar fuerte a caballo perdedor. Así tiene más gracia. Las causas perdidas despiertan siempre la parte bizantina del espíritu: “tú culo es mi culo” que dicen algunos. Quizás por esto, todos hemos recorrido de apoco inmensas praderas encima de “La Poderosa”; hemos saltado con el Diego y su mano de dios; hemos disparado al estrellado cielo de Bagdad y, empapados por la lluvia, hemos clamado justicia. Ausentes, como ellos.
Ahora, a mitad de la partida, a mis cartas les ha entrado la gripe. Se han puesto coloradas y duermen boca abajo. Parecen haber olvidado que en la vida, como en el poker, la carta más alta no siempre gana. A veces basta con mirar a los ojos, jugar como si no hubiera nada que perder, como si al levantarse de la cama no existiera más que el hoy, el trozo de lasaña de ayer y un dos de corazones. El nuestro.
Y si las cartas vienen mal dadas, pues “cogemos y nos vamos pal pueblo”. Después de todo habrá merecido la pena conocer el calor de tus labios. Esta es mi apuesta. Mi farol. Tú.
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Córtame la mano,
y no me la des,
mientras yo me evado
contra la pared.
Cámbiate de acera,
cámbiate de bando,
deja que me muera
muy de vez en cuando,
para que la suerte
sea para mal
y no odie a la muerte
si me haces llorar,
si me haces reir
un infierno entero,
si me haces sentir
más de lo que quiero.
Como un animal
valiente y capaz
de entrar en el cielo;
porque es justo ahora
de una vez por todas
que no tengo miedo.
Anónimo Asecas
El equilibrio es imposible. Va y viene como un giratutto que se agavilla clandestino al sueño. Huye con una urgencia terrible cuando intuye que tú estás por venir. Se pasea por la habitación manchándose los pies de olor familiar y frunce el ceño al oír tus susurros de sirena. Imagino que no reconocerás su piel morena ni su cabello rubio. Imagino que él nunca se atrevió a mirarte de frente, a secarte las lágrimas. Imagino que él siempre tuvo miedo, que componía canciones para Caetano Veloso compadeciéndose por no poder besarte.
Ahora han pasado las horas y el equilibrio ha desertado. Ha fracasado dejándome sólo a tus pies. Y no pierde el tiempo evocando su vieja gloria, cuando compartíamos soledad; cuando éramos piratas temidos desde el Callao a Finisterre. Ahora ha aprendido a mirar el tiempo en relojes digitales; y cree firmemente que ahí, tú y yo no existimos. Y se disfraza de pingüino al atardecer, y me pide que cante por última vez nuestra canción; y me ofrece un lustro de lunes al sol….
A mi, ahora, me apetece imaginar al equilibrio recolectando claveles para nuestra revolución.
Desde este lado de ti todo parece más complicado, una ecuación con mil respuestas esperándome encima del escritorio. Justo al ladito del último folio en blanco donde escribiste tu nombre. Yo sigo tumbado en la cama; justo como estaba cuando te fuiste. No me apetece moverme, me gusta ver como se apagan las llamas bajo la lluvia, quietito, soñándote en silencio, que es como me has enseñado a disfrutar del amor. Y el salón desordenado, justo como tú lo dejaste: zapatillas, platos sucios y un vasito de zumo de melocotón.
Después de tanto tiempo me he dado cuenta que nunca llegaré a entenderte. Justo lo mismo que tú descubriste el primer día. No entiendo cuando lloras sin motivo, o cuando el motivo soy yo. No entiendo como puedes vivir sin mí, aunque tampoco se como puedes sobrevivir a mí. Quizás no necesitemos entendernos; a lo mejor basta con el corazón. Dime que me quieres y ya no te soltaré más. Justo entonces no me daré ni cuenta que Francia se quema, que en el bar de la esquina ya no se puede fumar y que la guerra no ha hecho más que comenzar. Justo entonces me deslizaré por tu piel, me perderé en tus labios y …te diré la verdad: te quiero, a pesar de todo.
Apaga la luz. Túmbate en la cama, despacio, que hoy quiero hablarte con el corazón. No alces la voz, que esto es solamente entre tú y yo; y así, en bajito nos entendemos mejor. Voy a contarte una historia, un cuento de hadas, de esos que me contaba mi abuelo...: “Érase una vez una hermosa princesa de lagrimosos ojos, profundos, como lo más azul del océano; de marcadas facciones y cabellos avellana, que se paseaba por la ciudad sin levantar sospecha, oculta entre la multitud, escondida....pero un lluvioso día de primavera todo cambió, su cuerpo de ángel se deslizó delante del joven caballero y, en ese mismo instante, el cielo dejó de envejecer...” shuuuu, bajito amor, no te vayas a despertar... “y desde esa noche la persiguió en sueños, robándole sonrisas para iluminar la oscuridad; contemplándola en silencio; amándola hasta quedarse sin aliento; queriéndola como nunca más se vio a nadie querer, desde lo más profundo del alma...”
Mi abuelo nunca terminó de contarme esta historia, pero un día lluvioso de primavera me advirtió que las princesas de cuento, a veces, se hacen realidad. Y entonces comprendí que todo era verdad, que los niños son los seres más felices y yo, a tu lado, soy el más feliz de los niños. Grazas. Ya no pido nada más. Solamente TÚ y yo, así, en bajito...