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Un hombre y un destino incierto
Acerca de
LOS CAMBIOS EN LA VIDA SON COMO ESQUIAR EN UNA PISTA NEGRA; ASUSTA LA VISION DESDE ARRIBA PERO TE LLENA DE SATISFACION CUANDO LLEGAS ABAJO...A VECES CON ALGUN MORATON.
Sindicación
 
Y LOS GANADORES SON....
  Hace unos días volví a encontrarme con mi amigo el mar, es una visita que acostumbro a realizar periódicamente cada vez que se me plantea la oportunidad. Para gente tan fantástica como Illyakin o Betty, que cuentan con su estímulo diariamente, seguramente esto no les resulte de gran importancia, pero para mi supone un repaso a un pasado lleno de ternura; desde muy joven ha estado asociado con algún gran encuentro amoroso, momentos carnales, de risas, investigaciones profundas sobre las reacciones que puede producir un beso, atreverse o no, deseo, amistades, juergas, vacaciones y marcadores en el camino de la vida. No se si me explico: seguramente no recuerde lo que hice el miércoles de la semana pasada o hace dos días, pero si recuerdo lo que sucedió un lunes de julio hace más de una década por que ese día algo sucedió que me dejó huella. Hay sucesos que se quedan grabados en la química del funcionamiento de nuestro cerebro.

  Como decía, me gusta bajar por las tardes cuando casi todo el mundo ya se ha ido, buscar una zona apartada, extender una gran toalla y quedarme mirando la línea del horizonte del mar, como llegan las olas y su espuma blanca a romper contra la orilla, vislumbrar algún pequeño velero en la lejanía, gente paseando, sentir el calor debilitado del sol y empezar a recordar sucesos del pasado como el que pasa paginas de un libro.

  Escuchar como el mar me saluda y pregunta por Perla:

  -Y ella… ¿como está? Sé que aunque no hables de ella sigue estando en un rincón de tu corazón, puedo oírla como te habla. Algo arde dentro de ti cuando piensas en encuentros vividos. ¿Seguirá teniendo tanta magia su piel? Sé que podría alimentarme de su presencia, engordaría con su mirada, maduraría con su sensibilidad. Me encanta no haberla escuchado jamás una crítica despectiva hacia nadie; siempre tan positiva.

  Pero esta vez mis recuerdos se han dirigido hacia mucha más gente además del viejo amor prohibido: algún amigo que se fue, nuevas amistades, unas reales… otras etéreas (como sugería mi amigo Cronopio). O quizás no tan etéreas si puedo empezar a sentirlas tan cercanas. Si, esta vez hubo una reflexión sobre nuevas costumbres de estos doce últimos meses, nuevas formas de hacer amigos, gente que frecuentemente esperas que hayan actualizado, (si, mejor no hablemos al respecto sobre mi), contactos agregados con los que nunca coincides tanto como quisieras, algunos incluso estando agregados con los que aun no he coincidido. Me acordé de todos vosotros y me hubiera gustado tener un portátil a mano para poder leeros en mis mínimos momentos de paz, sentado sobre la arena.

  A mi regreso me encuentro con que varios de vosotros me habéis premiado… ¡¡ os habéis acordado de mi al igual que yo me he acordado de vosotros!! Me pedís que siga la cadena y recíprocamente vote otros blogs. ¿Qué diríais si os pidieran que eligierais una sola canción preferida de entre todas las que conocéis? Seguro que no sería una decisión justa.

  Votaría a muchos de mis enlaces, porque estoy estrechando vínculos importantes con ellos. A mucha gente nueva que aparece en este mundo, porque prometen. A gente con la que discrepo, porque a pesar de ello somos muchos los que les leemos. A gente rara, porque muestran una cara que desconozco. A gente brillante, porque no hay un solo post que me deje indiferente. A los que adoptan personalidades falsas, porque es como leer novelas y a gente nueva que descubres de vez en cuando.

  Gracias por elegirme a pesar de que me encuentre últimamente en calma chicha y mis velas no se hinchen lo suficiente para seguir avanzando por este inmenso mar. Yo os voto a todos vosotros y a muchos más.

  Buen vuelo.




 
ABUELO.
  Mi abuelo materno se llamaba Juan Andrés. Fue un hombre al que la guerra civil le sorprendió ya en filas y que por ello entre unas cosas y otras gastó sus más preciados años de juventud en el ejército sometido a disciplina castrense y que a pesar de ello, sólo contaba las historias buenas que le sucedieron.

  Su vida la dedicó a la ganadería y desde muy pequeño tuvo que dedicarse a trashumar con el ganado, costumbre esta que hoy creo que prácticamente está extinguida, recorriendo según la época tierras castellanas y extremeñas, atravesando sierras, viajando por cañadas y vías pecuarias hoy en desuso.

  En los viajes le acompañaban otras familias con sus hijos y entre todos formaban una pequeña comunidad. Tanto él como mi madre y tíos nos contaban infinidad de historias, costumbres y anécdotas que a la generación de nuestros hijos les parecerá leyendas. Nos hablaban acerca de encuentros con “maquis”, con toros bravos escapados, de cómo niños con apenas diez años se quedaban solos al cargo del rebaño en mitad del campo sin más defensa y ayuda que una lumbre y unos perros mastines con collares de espinas para repeler el ataque de los lobos. Historias de penurias y de tiempos difíciles pero también de costumbres, rituales y fiestas sencillas vividas con intensidad.

  De entre sus historias y costumbres una siempre pellizcó mi interés. Todos los niños que hacían el camino, se veían obligados durante temporadas a no asistir a la escuela y las veces que iban, no siempre eran la misma clase y los mismos compañeros.

  Para compensar esta perdida de cultura y aprendizaje, mi abuelo reunía cuando los quehaceres lo permitían, a toda la chiquillería que podía en su a veces improvisado chozo y compensaba la ausencia de radio, televisión y playstation con lecturas de libros más o menos clásicos y repasos de aritmética, geografía, historia y el saber más elemental. Por este motivo y otros mi abuelo era una persona especial entre sus compañeros, una especie de profesor no oficial, la cúspide del saber entre muchos de los suyos, muy respetado y querido, alguien que entre su equipaje no faltaba nunca una pequeña colección de libros.

  Hay varias historias muy bonitas acerca de cómo se perdieron esos libros, como los anheló mi madre durante mucho tiempo y como una de mis hermanas consiguió varios títulos de ellos después de indagar durante un par de años a través de coleccionistas de antigüedades, subastas, familiares de propietarios de las editoriales ya desaparecidas y de consultas navegando por este medio infinito que es Internet, pero estas quedan para el recuerdo familiar.

  Hace unos días volví a salir a comprar libros a una cadena comercial que se dedica a tal efecto. Reconozco que desde un tiempo atrás consumo menos libros de los que compro, en fin, el comprar libros debe ser un vicio, una tara genética, reminiscencias del subconsciente que se acuerda del abuelo. Compré varios títulos dejándome aconsejar por varias amistades: Abril rojo de Santiago Roncagliolo, Cuentos de Mario Benedetti, y otro titulado Inteligencia emocional de Goleman. También compré para regalar un par de novelas que en este caso soy yo quien las aconseja para las personas a las que fueron regaladas.

  He comenzado a leer a Goleman y su Inteligencia emocional y a cada página que paso no puedo dejar de acordarme del abuelo; no se si será por la relación en mi cabeza libro/abuelo, o si porque creo que debió tener mucho de lo que trata este libro: Inteligencia emocional. Alguien que tenía mucha empatía, que sabía comprender a la gente, que gustaba de ayudar y que destacaba por su forma de ser por encima de muchos otros. Por eso hoy he decidido dedicarle este post aunque nunca pueda leerlo.

  Dedicado al abuelo que SIEMPRE tenía los bolsillos llenos de caramelos para todo el mundo y con el que no pasé tanto tiempo como me hubiera gustado.

  Buen vuelo.