Crisis vocacional
Las crisis vocacionales existen. Que se lo pregunten a los periodistas. Desde que nacemos y hasta que morimos, mientras nos hacemos, el periodismo nos pone a prueba una y otra vez, sin descanso ni piedad, pero no es fácil matar el gusanillo que llevamos dentro.
Primero, en la carrera, en universidades masificadas, sin medios y ante profesores que hace tiempo que perdieron la pasión por lo que enseñan, cocinamos nuestro futuro a fuego lento. Muy lento.
Luego, las prácticas. Horas y horas en una redacción haciendo lo que nadie quiere por cuatro duros al mes, en el mejor de los casos. Después, el trabajo. Horarios infernales, siempre con prisas y con presión y sin apenas vida social.
Pero un día, cuando te sientes al borde del abismo y piensas que lo mejor es mandarlo todo a tomar viento, abres el periódico y descubres
que Rusia ha invadido Georgia, y te encantaría estar allí. Vivir en primera persona un acontecimiento histórico, contarle a todos los demás cómo cambia el mundo sin que ellos apenas se den cuenta.
Mi sueño siempre ha sido ser corresponsal de guerra. Estoy muy lejos, lo sé, y ni siquiera estoy seguro de que tenga el valor suficiente para hacerlo. Pero no voy a tirar la toalla sin luchar. Tengo muchos años por delante, y demasiadas ganas de seguir aprendiendo como para darme por vencido.
Es duro decirlo, pero la guerra es el cénit del periodismo. No es cuestión de morbo, sino de deber, de pura vocación. Recuerdo que hace años, durante la guerra de Irak, me obligué a morderme la lengua en más de una ocasión. Nos vendieron una operación quirúrgica, sin muertos, precisa. Hablaron de un camino alfombrado de pétalos, y, tres semanas después, estábamos llorando la muerte de José Couso.
Hacía tres días que Couso se había dejado la vida en Bagdad cuando, en un entrenamiento, salió el tema a relucir. Casi todos estaban a favor de la guerra, y yo no tenía ánimo para discutir con todos. Entonces, alguien habló de Couso. "Es normal lo que le ha pasado. Que no hubiera ido". Enrojecí de ira y me marché. Recuerdo que esa noche apenas pude dormir por el enfado.
Si Couso no hubiera ido, si los demás no hubieran estado ahí, no te habrías enterado de que no existe la guerra quirúrgica ni las bombas
inteligentes. No sabrías que la guerra es un niño cubierto de polvo buscando entre los escombros a sus padres muertos. Que la guerra
es una mujer llorando con las manos hacia el cielo sobre el ataúd de sus hijos. Que la guerra es un monstruo que se alimenta de sangre seca. Que en la guerra se mata y se muere. Que la guerra es una mierda.
La muerte de Couso no fue la primera, ni será la última seguramente. Por desgracia. Pero esa certeza, lejos de hacer cundir el desaliento
nos anima a apretar los puños y seguir adelante sin miedo. Esa certeza hace más grande el convencimiento de que en la próxima batalla, en el siguiente conflicto bélico, tenemos que estar ahí.
Para que tú, delante del televisor, sepas que en el mundo muere gente injustamente. Que el cielo escupe fuego sobre sus casas y se aferran a sus hijos con el único propósito de morir juntos. Para que tú sepas que, eso que te parece normal, es la mayor de las atrocidades. Y que la próxima vez que algo así esté sucediendo, el "no haber ido" no valdrá como respuesta.
Primero, en la carrera, en universidades masificadas, sin medios y ante profesores que hace tiempo que perdieron la pasión por lo que enseñan, cocinamos nuestro futuro a fuego lento. Muy lento.
Luego, las prácticas. Horas y horas en una redacción haciendo lo que nadie quiere por cuatro duros al mes, en el mejor de los casos. Después, el trabajo. Horarios infernales, siempre con prisas y con presión y sin apenas vida social.
Pero un día, cuando te sientes al borde del abismo y piensas que lo mejor es mandarlo todo a tomar viento, abres el periódico y descubres
que Rusia ha invadido Georgia, y te encantaría estar allí. Vivir en primera persona un acontecimiento histórico, contarle a todos los demás cómo cambia el mundo sin que ellos apenas se den cuenta.
Mi sueño siempre ha sido ser corresponsal de guerra. Estoy muy lejos, lo sé, y ni siquiera estoy seguro de que tenga el valor suficiente para hacerlo. Pero no voy a tirar la toalla sin luchar. Tengo muchos años por delante, y demasiadas ganas de seguir aprendiendo como para darme por vencido.
Es duro decirlo, pero la guerra es el cénit del periodismo. No es cuestión de morbo, sino de deber, de pura vocación. Recuerdo que hace años, durante la guerra de Irak, me obligué a morderme la lengua en más de una ocasión. Nos vendieron una operación quirúrgica, sin muertos, precisa. Hablaron de un camino alfombrado de pétalos, y, tres semanas después, estábamos llorando la muerte de José Couso.
Hacía tres días que Couso se había dejado la vida en Bagdad cuando, en un entrenamiento, salió el tema a relucir. Casi todos estaban a favor de la guerra, y yo no tenía ánimo para discutir con todos. Entonces, alguien habló de Couso. "Es normal lo que le ha pasado. Que no hubiera ido". Enrojecí de ira y me marché. Recuerdo que esa noche apenas pude dormir por el enfado.
Si Couso no hubiera ido, si los demás no hubieran estado ahí, no te habrías enterado de que no existe la guerra quirúrgica ni las bombas
inteligentes. No sabrías que la guerra es un niño cubierto de polvo buscando entre los escombros a sus padres muertos. Que la guerra
es una mujer llorando con las manos hacia el cielo sobre el ataúd de sus hijos. Que la guerra es un monstruo que se alimenta de sangre seca. Que en la guerra se mata y se muere. Que la guerra es una mierda.
La muerte de Couso no fue la primera, ni será la última seguramente. Por desgracia. Pero esa certeza, lejos de hacer cundir el desaliento
nos anima a apretar los puños y seguir adelante sin miedo. Esa certeza hace más grande el convencimiento de que en la próxima batalla, en el siguiente conflicto bélico, tenemos que estar ahí.
Para que tú, delante del televisor, sepas que en el mundo muere gente injustamente. Que el cielo escupe fuego sobre sus casas y se aferran a sus hijos con el único propósito de morir juntos. Para que tú sepas que, eso que te parece normal, es la mayor de las atrocidades. Y que la próxima vez que algo así esté sucediendo, el "no haber ido" no valdrá como respuesta.
... y tú
Caminaba entre la multitud con la cabeza agachada, en su perenne peregrinar mirando al suelo, sin dejarse contagiar de la algarabía que todos a su alrededor parecían compartir. Tragaba saliva y sentía en el paladar el regusto amargo que deja la vida cada vez que te asomas por la ventana y le echas un vistazo al mundo.
Lloramos muy despacio si tenemos en cuenta lo rápido que se esfuma el eco de una sonrisa. El descenso de una lágrima por nuestras mejillas se hace interminable, hasta que muere con su sabor salado en la comisura de la boca. Por eso, en su recuerdo, lejos de la amargura que disparaba la vida, llevaba tatuado su aliento, en finas hebras, para convertirlo cuando quisiera en su imagen.
La recordaba sin apenas esforzarse, sin ni siquiera cerrar los ojos. Incluso ahí, en medio de todos y lejos de cualquiera, podía notar sobre su mano el roce de la de ella. Antes de que mañana se convirtiese en ayer y ese ayer se esfumase para siempre, se permitió volver a pensar en ella. Una sonrisa.
Una voz amenazó con arrancarle de su sueño, pero devolvió el saludo con un tímido movimiento de cabeza, antes de apretar el paso. No quería formar parte de nada en ese momento, y todo lo que le pertenecía estaba en su cabeza. Continuó esquivando gente mientras soñaba despierto, saboreando lentamente el leve escalofrío que recorría toda su piel. Un abrazo.
A pesar de la música y el jaleo, notaba cómo en sus oídos latía intensamente su voz. No escuchaba palabras, o al menos no las entendía, sólo su eco lejano distanciándole del mundo. Dejó atrás la multitud. Cuando la música se convirtió en ruido, y el ruido apenas fue audible, cerró los ojos y se mordió el labio, como si el dolor fuera a despertarle de una vez de su sueño. Un beso.
Se encontró andando en una calle vacía, él y sus recuerdos contra el mundo. Sin ella. Otra vez sin ella. Se permitió un último vistazo atrás, no para despedirse de la gente, ni de las luces, ni de la música; sino para asegurarse de que su imagen todavía le acompañaba. Estaba ahí. Se armó del valor que nunca había tenido y miró decididamente al frente, caminando hacia un futuro que se le antojaba completamente desconocido, sin más compañía que la tenue luz de las farolas...
... y tú.
Lloramos muy despacio si tenemos en cuenta lo rápido que se esfuma el eco de una sonrisa. El descenso de una lágrima por nuestras mejillas se hace interminable, hasta que muere con su sabor salado en la comisura de la boca. Por eso, en su recuerdo, lejos de la amargura que disparaba la vida, llevaba tatuado su aliento, en finas hebras, para convertirlo cuando quisiera en su imagen.
La recordaba sin apenas esforzarse, sin ni siquiera cerrar los ojos. Incluso ahí, en medio de todos y lejos de cualquiera, podía notar sobre su mano el roce de la de ella. Antes de que mañana se convirtiese en ayer y ese ayer se esfumase para siempre, se permitió volver a pensar en ella. Una sonrisa.
Una voz amenazó con arrancarle de su sueño, pero devolvió el saludo con un tímido movimiento de cabeza, antes de apretar el paso. No quería formar parte de nada en ese momento, y todo lo que le pertenecía estaba en su cabeza. Continuó esquivando gente mientras soñaba despierto, saboreando lentamente el leve escalofrío que recorría toda su piel. Un abrazo.
A pesar de la música y el jaleo, notaba cómo en sus oídos latía intensamente su voz. No escuchaba palabras, o al menos no las entendía, sólo su eco lejano distanciándole del mundo. Dejó atrás la multitud. Cuando la música se convirtió en ruido, y el ruido apenas fue audible, cerró los ojos y se mordió el labio, como si el dolor fuera a despertarle de una vez de su sueño. Un beso.
Se encontró andando en una calle vacía, él y sus recuerdos contra el mundo. Sin ella. Otra vez sin ella. Se permitió un último vistazo atrás, no para despedirse de la gente, ni de las luces, ni de la música; sino para asegurarse de que su imagen todavía le acompañaba. Estaba ahí. Se armó del valor que nunca había tenido y miró decididamente al frente, caminando hacia un futuro que se le antojaba completamente desconocido, sin más compañía que la tenue luz de las farolas...
... y tú.





