Crisis vocacional
Las crisis vocacionales existen. Que se lo pregunten a los periodistas. Desde que nacemos y hasta que morimos, mientras nos hacemos, el periodismo nos pone a prueba una y otra vez, sin descanso ni piedad, pero no es fácil matar el gusanillo que llevamos dentro.
Primero, en la carrera, en universidades masificadas, sin medios y ante profesores que hace tiempo que perdieron la pasión por lo que enseñan, cocinamos nuestro futuro a fuego lento. Muy lento.
Luego, las prácticas. Horas y horas en una redacción haciendo lo que nadie quiere por cuatro duros al mes, en el mejor de los casos. Después, el trabajo. Horarios infernales, siempre con prisas y con presión y sin apenas vida social.
Pero un día, cuando te sientes al borde del abismo y piensas que lo mejor es mandarlo todo a tomar viento, abres el periódico y descubres
que Rusia ha invadido Georgia, y te encantaría estar allí. Vivir en primera persona un acontecimiento histórico, contarle a todos los demás cómo cambia el mundo sin que ellos apenas se den cuenta.
Mi sueño siempre ha sido ser corresponsal de guerra. Estoy muy lejos, lo sé, y ni siquiera estoy seguro de que tenga el valor suficiente para hacerlo. Pero no voy a tirar la toalla sin luchar. Tengo muchos años por delante, y demasiadas ganas de seguir aprendiendo como para darme por vencido.
Es duro decirlo, pero la guerra es el cénit del periodismo. No es cuestión de morbo, sino de deber, de pura vocación. Recuerdo que hace años, durante la guerra de Irak, me obligué a morderme la lengua en más de una ocasión. Nos vendieron una operación quirúrgica, sin muertos, precisa. Hablaron de un camino alfombrado de pétalos, y, tres semanas después, estábamos llorando la muerte de José Couso.
Hacía tres días que Couso se había dejado la vida en Bagdad cuando, en un entrenamiento, salió el tema a relucir. Casi todos estaban a favor de la guerra, y yo no tenía ánimo para discutir con todos. Entonces, alguien habló de Couso. "Es normal lo que le ha pasado. Que no hubiera ido". Enrojecí de ira y me marché. Recuerdo que esa noche apenas pude dormir por el enfado.
Si Couso no hubiera ido, si los demás no hubieran estado ahí, no te habrías enterado de que no existe la guerra quirúrgica ni las bombas
inteligentes. No sabrías que la guerra es un niño cubierto de polvo buscando entre los escombros a sus padres muertos. Que la guerra
es una mujer llorando con las manos hacia el cielo sobre el ataúd de sus hijos. Que la guerra es un monstruo que se alimenta de sangre seca. Que en la guerra se mata y se muere. Que la guerra es una mierda.
La muerte de Couso no fue la primera, ni será la última seguramente. Por desgracia. Pero esa certeza, lejos de hacer cundir el desaliento
nos anima a apretar los puños y seguir adelante sin miedo. Esa certeza hace más grande el convencimiento de que en la próxima batalla, en el siguiente conflicto bélico, tenemos que estar ahí.
Para que tú, delante del televisor, sepas que en el mundo muere gente injustamente. Que el cielo escupe fuego sobre sus casas y se aferran a sus hijos con el único propósito de morir juntos. Para que tú sepas que, eso que te parece normal, es la mayor de las atrocidades. Y que la próxima vez que algo así esté sucediendo, el "no haber ido" no valdrá como respuesta.
Primero, en la carrera, en universidades masificadas, sin medios y ante profesores que hace tiempo que perdieron la pasión por lo que enseñan, cocinamos nuestro futuro a fuego lento. Muy lento.
Luego, las prácticas. Horas y horas en una redacción haciendo lo que nadie quiere por cuatro duros al mes, en el mejor de los casos. Después, el trabajo. Horarios infernales, siempre con prisas y con presión y sin apenas vida social.
Pero un día, cuando te sientes al borde del abismo y piensas que lo mejor es mandarlo todo a tomar viento, abres el periódico y descubres
que Rusia ha invadido Georgia, y te encantaría estar allí. Vivir en primera persona un acontecimiento histórico, contarle a todos los demás cómo cambia el mundo sin que ellos apenas se den cuenta.
Mi sueño siempre ha sido ser corresponsal de guerra. Estoy muy lejos, lo sé, y ni siquiera estoy seguro de que tenga el valor suficiente para hacerlo. Pero no voy a tirar la toalla sin luchar. Tengo muchos años por delante, y demasiadas ganas de seguir aprendiendo como para darme por vencido.
Es duro decirlo, pero la guerra es el cénit del periodismo. No es cuestión de morbo, sino de deber, de pura vocación. Recuerdo que hace años, durante la guerra de Irak, me obligué a morderme la lengua en más de una ocasión. Nos vendieron una operación quirúrgica, sin muertos, precisa. Hablaron de un camino alfombrado de pétalos, y, tres semanas después, estábamos llorando la muerte de José Couso.
Hacía tres días que Couso se había dejado la vida en Bagdad cuando, en un entrenamiento, salió el tema a relucir. Casi todos estaban a favor de la guerra, y yo no tenía ánimo para discutir con todos. Entonces, alguien habló de Couso. "Es normal lo que le ha pasado. Que no hubiera ido". Enrojecí de ira y me marché. Recuerdo que esa noche apenas pude dormir por el enfado.
Si Couso no hubiera ido, si los demás no hubieran estado ahí, no te habrías enterado de que no existe la guerra quirúrgica ni las bombas
inteligentes. No sabrías que la guerra es un niño cubierto de polvo buscando entre los escombros a sus padres muertos. Que la guerra
es una mujer llorando con las manos hacia el cielo sobre el ataúd de sus hijos. Que la guerra es un monstruo que se alimenta de sangre seca. Que en la guerra se mata y se muere. Que la guerra es una mierda.
La muerte de Couso no fue la primera, ni será la última seguramente. Por desgracia. Pero esa certeza, lejos de hacer cundir el desaliento
nos anima a apretar los puños y seguir adelante sin miedo. Esa certeza hace más grande el convencimiento de que en la próxima batalla, en el siguiente conflicto bélico, tenemos que estar ahí.
Para que tú, delante del televisor, sepas que en el mundo muere gente injustamente. Que el cielo escupe fuego sobre sus casas y se aferran a sus hijos con el único propósito de morir juntos. Para que tú sepas que, eso que te parece normal, es la mayor de las atrocidades. Y que la próxima vez que algo así esté sucediendo, el "no haber ido" no valdrá como respuesta.
... y tú
Caminaba entre la multitud con la cabeza agachada, en su perenne peregrinar mirando al suelo, sin dejarse contagiar de la algarabía que todos a su alrededor parecían compartir. Tragaba saliva y sentía en el paladar el regusto amargo que deja la vida cada vez que te asomas por la ventana y le echas un vistazo al mundo.
Lloramos muy despacio si tenemos en cuenta lo rápido que se esfuma el eco de una sonrisa. El descenso de una lágrima por nuestras mejillas se hace interminable, hasta que muere con su sabor salado en la comisura de la boca. Por eso, en su recuerdo, lejos de la amargura que disparaba la vida, llevaba tatuado su aliento, en finas hebras, para convertirlo cuando quisiera en su imagen.
La recordaba sin apenas esforzarse, sin ni siquiera cerrar los ojos. Incluso ahí, en medio de todos y lejos de cualquiera, podía notar sobre su mano el roce de la de ella. Antes de que mañana se convirtiese en ayer y ese ayer se esfumase para siempre, se permitió volver a pensar en ella. Una sonrisa.
Una voz amenazó con arrancarle de su sueño, pero devolvió el saludo con un tímido movimiento de cabeza, antes de apretar el paso. No quería formar parte de nada en ese momento, y todo lo que le pertenecía estaba en su cabeza. Continuó esquivando gente mientras soñaba despierto, saboreando lentamente el leve escalofrío que recorría toda su piel. Un abrazo.
A pesar de la música y el jaleo, notaba cómo en sus oídos latía intensamente su voz. No escuchaba palabras, o al menos no las entendía, sólo su eco lejano distanciándole del mundo. Dejó atrás la multitud. Cuando la música se convirtió en ruido, y el ruido apenas fue audible, cerró los ojos y se mordió el labio, como si el dolor fuera a despertarle de una vez de su sueño. Un beso.
Se encontró andando en una calle vacía, él y sus recuerdos contra el mundo. Sin ella. Otra vez sin ella. Se permitió un último vistazo atrás, no para despedirse de la gente, ni de las luces, ni de la música; sino para asegurarse de que su imagen todavía le acompañaba. Estaba ahí. Se armó del valor que nunca había tenido y miró decididamente al frente, caminando hacia un futuro que se le antojaba completamente desconocido, sin más compañía que la tenue luz de las farolas...
... y tú.
Lloramos muy despacio si tenemos en cuenta lo rápido que se esfuma el eco de una sonrisa. El descenso de una lágrima por nuestras mejillas se hace interminable, hasta que muere con su sabor salado en la comisura de la boca. Por eso, en su recuerdo, lejos de la amargura que disparaba la vida, llevaba tatuado su aliento, en finas hebras, para convertirlo cuando quisiera en su imagen.
La recordaba sin apenas esforzarse, sin ni siquiera cerrar los ojos. Incluso ahí, en medio de todos y lejos de cualquiera, podía notar sobre su mano el roce de la de ella. Antes de que mañana se convirtiese en ayer y ese ayer se esfumase para siempre, se permitió volver a pensar en ella. Una sonrisa.
Una voz amenazó con arrancarle de su sueño, pero devolvió el saludo con un tímido movimiento de cabeza, antes de apretar el paso. No quería formar parte de nada en ese momento, y todo lo que le pertenecía estaba en su cabeza. Continuó esquivando gente mientras soñaba despierto, saboreando lentamente el leve escalofrío que recorría toda su piel. Un abrazo.
A pesar de la música y el jaleo, notaba cómo en sus oídos latía intensamente su voz. No escuchaba palabras, o al menos no las entendía, sólo su eco lejano distanciándole del mundo. Dejó atrás la multitud. Cuando la música se convirtió en ruido, y el ruido apenas fue audible, cerró los ojos y se mordió el labio, como si el dolor fuera a despertarle de una vez de su sueño. Un beso.
Se encontró andando en una calle vacía, él y sus recuerdos contra el mundo. Sin ella. Otra vez sin ella. Se permitió un último vistazo atrás, no para despedirse de la gente, ni de las luces, ni de la música; sino para asegurarse de que su imagen todavía le acompañaba. Estaba ahí. Se armó del valor que nunca había tenido y miró decididamente al frente, caminando hacia un futuro que se le antojaba completamente desconocido, sin más compañía que la tenue luz de las farolas...
... y tú.
La misma sal
No sabía por qué, pero el sonido del mar al romper en la orilla le tranquilizaba. Por eso, siempre que podía, se deslizaba desde la habitación del hotel hasta la playa, en medio de la noche, cuando el océano apenas es un tumulto de espuma. No le daba miedo enfrentarse sola contra el mar, porque sabía que éste estaba de su parte. Ya se conocían.
Llevaba puesta una camiseta que le llegaba hasta más allá del codo pero, aun así, cuando puso su pie sobre la arena notó como se le erizaba el vello de la nuca. Estaba fría. Le encantaba sentir la arena fría bajo sus pies descalzos. Le hacía sentirse viva, y ésa era una sensación que no se experimenta muy a menudo. Pocas veces toma uno conciencia de su existencia, y ella había aprendido a saborear esos momentos.
Avanzó unos metros y se sentó sobre la arena, dejando que el Mediterráneo, en su vaivén, jugara a mojarle las puntas de los pies en cada ida y venida. Se apartó el pelo de la cara y dejó que sus ojos se perdieran en el horizonte oscuro, soñando, una vez más, que soñaba despierta.
El rumor del mar y la brisa evocaron una tarde de invierno en París, esa ciudad a la que nunca ha ido pero que tan bien conoce. No le hace falta haberla recorrido para verla en sus ensoñaciones. Sigue siendo bonita a pesar de la niebla que empaña sus cristales, enfría su aliento y perla sus cornisas con un ligero rocío. Sigue siendo la desconocida a la que tanto ama.
A veces sueña que es la Torre Eiffel. Majestuosa, dominando el lecho dormido de una ciudad suicida que se alimenta de los sueños de gente como ella. Si estuviera en lo alto de la torre, le gustaría gritar y hacer que su voz inunde cada rincón de esa urbe de plata que destila el aroma de las rosas. Hacerla suya.
Le encantaría pasear por las calles su soledad y dejar un poquito de ella en cada uno de sus rincones. Quizá encontrara así alivio para un alma anciana, que en un cuerpo de veinte años pesa como si tuviera ochenta, de tan ajada como está.
Apenas se acuerda de la última vez que se rió de veras, con ganas, desde muy adentro. Quizá fue cuando él recorría con el dedo su espalda, y le susurraba al oído que nunca la iba a dejar. El primer amor dura apenas un suspiro, pero su final duele durante toda la vida.
Notó que tenía los ojos cerrados, apretados muy fuerte, para no dejar escapar la oscuridad. Al tiempo que una lágrima se deslizaba por su mejilla, el agua le cubrió los tobillos, devolviendo su mente a la realidad. Miró el horizonte y sintió que el mar lloraba con ella, con las mismas lágrimas, la misma sal. Y sonrió, antes de tumbarse sobre la arena y dejar que el mar la cubriera por completo…
Llevaba puesta una camiseta que le llegaba hasta más allá del codo pero, aun así, cuando puso su pie sobre la arena notó como se le erizaba el vello de la nuca. Estaba fría. Le encantaba sentir la arena fría bajo sus pies descalzos. Le hacía sentirse viva, y ésa era una sensación que no se experimenta muy a menudo. Pocas veces toma uno conciencia de su existencia, y ella había aprendido a saborear esos momentos.
Avanzó unos metros y se sentó sobre la arena, dejando que el Mediterráneo, en su vaivén, jugara a mojarle las puntas de los pies en cada ida y venida. Se apartó el pelo de la cara y dejó que sus ojos se perdieran en el horizonte oscuro, soñando, una vez más, que soñaba despierta.
El rumor del mar y la brisa evocaron una tarde de invierno en París, esa ciudad a la que nunca ha ido pero que tan bien conoce. No le hace falta haberla recorrido para verla en sus ensoñaciones. Sigue siendo bonita a pesar de la niebla que empaña sus cristales, enfría su aliento y perla sus cornisas con un ligero rocío. Sigue siendo la desconocida a la que tanto ama.
A veces sueña que es la Torre Eiffel. Majestuosa, dominando el lecho dormido de una ciudad suicida que se alimenta de los sueños de gente como ella. Si estuviera en lo alto de la torre, le gustaría gritar y hacer que su voz inunde cada rincón de esa urbe de plata que destila el aroma de las rosas. Hacerla suya.
Le encantaría pasear por las calles su soledad y dejar un poquito de ella en cada uno de sus rincones. Quizá encontrara así alivio para un alma anciana, que en un cuerpo de veinte años pesa como si tuviera ochenta, de tan ajada como está.
Apenas se acuerda de la última vez que se rió de veras, con ganas, desde muy adentro. Quizá fue cuando él recorría con el dedo su espalda, y le susurraba al oído que nunca la iba a dejar. El primer amor dura apenas un suspiro, pero su final duele durante toda la vida.
Notó que tenía los ojos cerrados, apretados muy fuerte, para no dejar escapar la oscuridad. Al tiempo que una lágrima se deslizaba por su mejilla, el agua le cubrió los tobillos, devolviendo su mente a la realidad. Miró el horizonte y sintió que el mar lloraba con ella, con las mismas lágrimas, la misma sal. Y sonrió, antes de tumbarse sobre la arena y dejar que el mar la cubriera por completo…
Un día más
Cuando el arma llegó a sus manos y sintió su tacto frío, los pelos se le pusieron de punta. Pesaba más de lo que podía haber imaginado, pero bien pensado era normal: cualquier cosa cuyo fin era matar tiene que tener más peso que la vida que se dispone a arrancar. La miró un instante antes de amartillarla, y se secó el sudor que perlaba su frente con la palma de la mano izquierda, mientras que con la derecha se metía la pistola en la boca.
Transcurrió un instante, pero a él le pareció una eternidad. En ese tiempo que no acababa nunca, su mente le traicionó por un momento y le regaló una sucesión de imágenes que, desde luego, no le confortaban. Era verdad lo que decían en las películas, pero todavía no había visto la luz y no estaba dentro de un túnel. Por eso se sintió decepcionado, al menos en parte.
Después, simplemente, se dejó llevar. Permitió que fuera su cerebro quien tomara la decisión, como si eso le eximiera de toda culpa. Había estado mirando en internet y sabía que el tiempo que pasaba desde que el cerebro daba la orden hasta que ésta se ejecutaba era insignificante, pero eso le bastaría para acordarse, por última vez, de lo poco bueno que había sido capaz de dar.
Se acordó de la universidad, quizá los mejores años de su vida. Qué lejos quedaban. Los profesores, los amigos, las fiestas… fue en una de ellas cuando la conoció en medio de una nube de ron y marihuana. También ella estaba borracha cuando salió tambaleándose a la terraza, decidiendo por el camino si quería respirar aire fresco o vomitar. Se apoyó sobre la barandilla y sintió una mano encima de la suya.
Aquel momento, lejano, vino a su mente con una claridad que incluso le costó discernir si de verdad estaba sucediendo. Le parecía tan real como la gota de sudor frío que sintió nacer en la parte posterior del cuello, y que se deslizaba por su columna vertebral, trizando cada uno de los nervios de su espalda.
Cerró los ojos con fuerza, llamando desesperadamente a una oscuridad que no llegaba, y apretó el gatillo. Cuando escuchó el ruido sordo del percutor, supo que el tambor estaba vacío, ahí no estaba la bala. Lo que sintió después no supo si era alivio o rabia; si estaba feliz por seguir viviendo o molesto por obligarse a soportarse unos segundos más.
Pasó la pistola al que estaba a su izquierda y se encendió un cigarrillo con la vista fija en el suelo. Le había dado dos caladas cuando escuchó una detonación que resonó en toda la nave, y que hizo que incluso temblaran las paredes. El suelo, alrededor, estaba cubierto de sangre y sesos, pero a él apenas le habían alcanzado unas gotas.
Se levantó pesadamente y recogió su chaqueta, preguntándose quién había ganado aquella mañana. Después de todo, el único ganador yacía en el suelo, con la cabeza abierta, y los perdedores eran los demás, aquellos que quedaban vivos para relatar su hazaña.
Salió a la luz del día y se despidió del resto de la gente. Miró el reloj: las siete y veinte. Tenía por delante, al menos, un día más. Y quizá con un poco de suerte llegaría a casa a tiempo para acompañar a las niñas al colegio.
Transcurrió un instante, pero a él le pareció una eternidad. En ese tiempo que no acababa nunca, su mente le traicionó por un momento y le regaló una sucesión de imágenes que, desde luego, no le confortaban. Era verdad lo que decían en las películas, pero todavía no había visto la luz y no estaba dentro de un túnel. Por eso se sintió decepcionado, al menos en parte.
Después, simplemente, se dejó llevar. Permitió que fuera su cerebro quien tomara la decisión, como si eso le eximiera de toda culpa. Había estado mirando en internet y sabía que el tiempo que pasaba desde que el cerebro daba la orden hasta que ésta se ejecutaba era insignificante, pero eso le bastaría para acordarse, por última vez, de lo poco bueno que había sido capaz de dar.
Se acordó de la universidad, quizá los mejores años de su vida. Qué lejos quedaban. Los profesores, los amigos, las fiestas… fue en una de ellas cuando la conoció en medio de una nube de ron y marihuana. También ella estaba borracha cuando salió tambaleándose a la terraza, decidiendo por el camino si quería respirar aire fresco o vomitar. Se apoyó sobre la barandilla y sintió una mano encima de la suya.
Aquel momento, lejano, vino a su mente con una claridad que incluso le costó discernir si de verdad estaba sucediendo. Le parecía tan real como la gota de sudor frío que sintió nacer en la parte posterior del cuello, y que se deslizaba por su columna vertebral, trizando cada uno de los nervios de su espalda.
Cerró los ojos con fuerza, llamando desesperadamente a una oscuridad que no llegaba, y apretó el gatillo. Cuando escuchó el ruido sordo del percutor, supo que el tambor estaba vacío, ahí no estaba la bala. Lo que sintió después no supo si era alivio o rabia; si estaba feliz por seguir viviendo o molesto por obligarse a soportarse unos segundos más.
Pasó la pistola al que estaba a su izquierda y se encendió un cigarrillo con la vista fija en el suelo. Le había dado dos caladas cuando escuchó una detonación que resonó en toda la nave, y que hizo que incluso temblaran las paredes. El suelo, alrededor, estaba cubierto de sangre y sesos, pero a él apenas le habían alcanzado unas gotas.
Se levantó pesadamente y recogió su chaqueta, preguntándose quién había ganado aquella mañana. Después de todo, el único ganador yacía en el suelo, con la cabeza abierta, y los perdedores eran los demás, aquellos que quedaban vivos para relatar su hazaña.
Salió a la luz del día y se despidió del resto de la gente. Miró el reloj: las siete y veinte. Tenía por delante, al menos, un día más. Y quizá con un poco de suerte llegaría a casa a tiempo para acompañar a las niñas al colegio.
La vida está hecha de momentos
Esta frase, lapidaria, es verdad se mire por donde se mire. Todo nuestro mundo está construido por ráfagas, pequeños instantes que recordamos al echar la vista atrás para ver en qué nos hemos convertido. No es el titular de un manual de autoayuda ni el axioma alrededor del cual se construye una nueva filosofía. Salió de la boca de Nieves, cuando, después de perder dos partidas de dardos, nos atrevimos a mirar al futuro, ron mediante.
Es cierto que nuestra vida se compone de momentos, buenos y malos, y que quizá son estos últimos los que más nos enseñan, pero a la vez los que menos recordamos. Es una de las ventajas de la memoria selectiva: tenemos grabada a fuego la primera sonrisa de una chica bonita, ésa con la que desarmó nuestro corazón, pero cuando nos dijeron adiós esos mismos labios, que creíamos casi tangibles, se volvieron de pronto difusos.
Nadie está libre de pecado. Yo guardo unos cuantos pares de labios, alguna que otra boca, para soñar despierto de vez en cuando. No sería doloroso si no fuera porque, de noche, me sorprenden de nuevo, sin que yo las llame, sin aviso alguno, para recordarme que una vez me besaron, sí, pero que también me dijeron adiós. Hoy es una noche propicia para ello. Las tormentas siempre vienen cargadas de recuerdos, y a menudo no los eliges, vienen porque sí.
Hoy, como tantas noches, miraré hacia otro lado. Miento a menudo cuando hablo del tema intentando esconder mi cobardía con indiferencia, tirando del manido ‘más vale malo conocido…’, conformándome con lo poco que tengo con tal de no ponerme en peligro. Pero lo cierto es que todos, absolutamente todos, nos morimos por soñar despiertos.
Sabemos que, tarde o temprano, todo se acaba. Nos da igual. Me da igual. Sigo soñando despierto. Si no cierro los ojos la veo. Su pelo rubio, sus ojos claros, y sueño que me sonríe. Y es esa sonrisa la que me empuja cada noche a soñar, a repetir una y otra vez lo que quizá, en un futuro sea algo más que una simple visión. Tengo muy claro que, cuando cierre los ojos, quizá acudan a mi mente un puñado de malos momentos. En algunos también la veo, porque sólo cuando se haya ido podré añorarla a mi antojo. Será entonces cuando su pelo, sus ojos y su sonrisa se conviertan en otro momento amargo, y ya formará parte de mi vida.
Brindo por ello.
Es cierto que nuestra vida se compone de momentos, buenos y malos, y que quizá son estos últimos los que más nos enseñan, pero a la vez los que menos recordamos. Es una de las ventajas de la memoria selectiva: tenemos grabada a fuego la primera sonrisa de una chica bonita, ésa con la que desarmó nuestro corazón, pero cuando nos dijeron adiós esos mismos labios, que creíamos casi tangibles, se volvieron de pronto difusos.
Nadie está libre de pecado. Yo guardo unos cuantos pares de labios, alguna que otra boca, para soñar despierto de vez en cuando. No sería doloroso si no fuera porque, de noche, me sorprenden de nuevo, sin que yo las llame, sin aviso alguno, para recordarme que una vez me besaron, sí, pero que también me dijeron adiós. Hoy es una noche propicia para ello. Las tormentas siempre vienen cargadas de recuerdos, y a menudo no los eliges, vienen porque sí.
Hoy, como tantas noches, miraré hacia otro lado. Miento a menudo cuando hablo del tema intentando esconder mi cobardía con indiferencia, tirando del manido ‘más vale malo conocido…’, conformándome con lo poco que tengo con tal de no ponerme en peligro. Pero lo cierto es que todos, absolutamente todos, nos morimos por soñar despiertos.
Sabemos que, tarde o temprano, todo se acaba. Nos da igual. Me da igual. Sigo soñando despierto. Si no cierro los ojos la veo. Su pelo rubio, sus ojos claros, y sueño que me sonríe. Y es esa sonrisa la que me empuja cada noche a soñar, a repetir una y otra vez lo que quizá, en un futuro sea algo más que una simple visión. Tengo muy claro que, cuando cierre los ojos, quizá acudan a mi mente un puñado de malos momentos. En algunos también la veo, porque sólo cuando se haya ido podré añorarla a mi antojo. Será entonces cuando su pelo, sus ojos y su sonrisa se conviertan en otro momento amargo, y ya formará parte de mi vida.
Brindo por ello.
El universo de Connolly
Lo reconozco, soy adicto a la novela negra. Lo descubrí hace poco, cuando buscaba entre los estantes de una de las librerías públicas de Madrid y cayó en mis manos un libro con una estrafalaria portada… ‘Perfil Asesino’. En él aparecía un atribulado detective privado con nombre de músico de jazz, Charlie Parker, con el que comparte incluso el mote, Bird; y con una existencia más bien complicada. No sabía, que la historia había comenzado antes, dos libros antes, con ‘Todo lo que muere’. Para entonces, ya estaba enganchado.
Uno de los puntos fuertes de John Connolly, el autor de la saga, es su capacidad para llenar de intensidad cualquier lance de la historia, para dibujar con palabras un escenario de tensión perfectamente descrito. Lo que en el cine ocupa un solo fotograma, en palabras de Connolly se extiende por páginas y páginas que te aceleran el pulso de forma irremediable. No da un solo segundo de respiro.
Aun así, no se fíen de mí. Ni de mí ni de nadie, porque cada persona es un mundo y cada libro, un universo distinto que varía según los ojos de quien lo mira. Si pueden, adentraros en la vida de Charlie Parker, unas páginas os bastarán para empatizar con él y convertiros en Bird, hasta tal punto de que es fácil sentir en la palma de la mano el frío y duro tacto de su Smith & Wesson.
Sea como fuere, el universo de Connolly es una razón más para no nadar en la mierda que nos ofrece la televisión. No sé vosotros (permitidme que os tutee), pero yo cada vez estoy más cansado de Ristos y Belenes Esteban, de las patrañas que nos vomitan una y otra vez por televisión. Ahora telecinco (con minúscula) anuncia a bombo y platillo una nueva edición de Gran Hermano. Una aguja más que clavarnos debajo de las uñas, una vuelta más en el potro de tortura. Una hornada de tertulianos y comentaristas, malencarados y maleducados, con los que llenar los minutos de bazofia televisiva.
Menos mal que hay personas como Connolly, mejor dicho, como Charlie Parker, destinadas a salvar a personajes como yo. ¡Ay de mí!
Uno de los puntos fuertes de John Connolly, el autor de la saga, es su capacidad para llenar de intensidad cualquier lance de la historia, para dibujar con palabras un escenario de tensión perfectamente descrito. Lo que en el cine ocupa un solo fotograma, en palabras de Connolly se extiende por páginas y páginas que te aceleran el pulso de forma irremediable. No da un solo segundo de respiro.
Aun así, no se fíen de mí. Ni de mí ni de nadie, porque cada persona es un mundo y cada libro, un universo distinto que varía según los ojos de quien lo mira. Si pueden, adentraros en la vida de Charlie Parker, unas páginas os bastarán para empatizar con él y convertiros en Bird, hasta tal punto de que es fácil sentir en la palma de la mano el frío y duro tacto de su Smith & Wesson.
Sea como fuere, el universo de Connolly es una razón más para no nadar en la mierda que nos ofrece la televisión. No sé vosotros (permitidme que os tutee), pero yo cada vez estoy más cansado de Ristos y Belenes Esteban, de las patrañas que nos vomitan una y otra vez por televisión. Ahora telecinco (con minúscula) anuncia a bombo y platillo una nueva edición de Gran Hermano. Una aguja más que clavarnos debajo de las uñas, una vuelta más en el potro de tortura. Una hornada de tertulianos y comentaristas, malencarados y maleducados, con los que llenar los minutos de bazofia televisiva.
Menos mal que hay personas como Connolly, mejor dicho, como Charlie Parker, destinadas a salvar a personajes como yo. ¡Ay de mí!
Adiós
No son mis manos las que te acarician hoy, es toda mi vida la que recorre tu cuerpo. Despacio, poco a poco, siguiendo la estela de esa gota de sudor que busca pesadamente el final de tu espalda. Fuera, la noche cae a traición sobre la ventana, el cielo negro, las calles negras, negro también el manto que envuelve a la luna. No tiene sentido pensar en ti si mañana he de olvidarte. No tiene sentido hablar si lo único que se puede decir ha de sonar a despedida. Mientras, mis recuerdos siguen naciendo en el filo de tu piel, y van a morir enredados en tu pelo.
Estás llorando. Lo sé, a lo mejor tú también sabes que me he dado cuenta, y por eso no quieres mirarme. Lo último que recuerde de ti será el brillo de tu piel. A ti te quedará para siempre el roce de mi mano. La luna está de nuestra parte, por eso, espera, impaciente, en lo alto del cielo, a pesar de la fina lluvia que comienza a golpear la ventana. Será el sol el que marque el fin, el que te lleve de aquí para siempre. Aún quedan unas horas.
Podríamos estar hablando, riendo, besándonos; pero no. Yo te acaricio, y tú lloras. Sé que si me duermo no te volveré a ver. No es un temor, es una certeza. Mañana tú no estarás aquí, y yo no estaré para ti. No puedo seguirte. No puedes esperarme.
Llegaste a mí descalza, una lejana tarde de abril. Te irás para siempre desnuda, y sólo me quedará el sabor de tu espalda. Quiero probarlo una vez más. Es mi alma la que empuja mi cuerpo hacia delante, hasta que mis labios se encuentran con tu piel detrás de tu hombro; y te estremeces. Salado, como siempre; amargo por primera vez. Despacito, sin querer romper el silencio, giras sobre la cama y te quedas frente a mí. De nuevo. ¿Ves como estabas llorando? Lo sabía. Lo que no sabía es que también lloraba yo.
Y entonces lo hiciste, sin querer, pero lo hiciste. Hiciste lo posible para que olvidarte fuera imposible. Me condenaste a ti para siempre. Acercaste tu mejilla a la mía, y ahí se me clavó tu olor. Te acercaste despacio, muy lento, hasta tocarnos, y ahí se me clavó tu piel. Me miraste fijamente, con la intensidad de quien mira a la luz un instante antes de correr hacia la muerte, y ahí se me clavó el azul de tus ojos. En ese instante comprendí que era la última vez que mi cama se llenaba de ti, que mañana ese hueco estaría vacío, quizá aún caliente, pero vacío para siempre.
Empecé a temblar. Y entonces me besaste y, por un instante, en ese beso, volvimos a aquella tarde de abril, tú descalza en el parque, radiante, y ahí se me clavó tu imagen, tu esencia, tu alma. La última puñalada me la dio la puerta que se cerró cuando aún estaba amaneciendo. Al despertar ya no estabas. Me asomé a la ventana, pero ya estabas lejos, muy lejos, eras ya inalcanzable. El sol lucía en lo alto del cielo, pleno, feliz, alegre. Después de todo, había hecho bien su trabajo.
Estás llorando. Lo sé, a lo mejor tú también sabes que me he dado cuenta, y por eso no quieres mirarme. Lo último que recuerde de ti será el brillo de tu piel. A ti te quedará para siempre el roce de mi mano. La luna está de nuestra parte, por eso, espera, impaciente, en lo alto del cielo, a pesar de la fina lluvia que comienza a golpear la ventana. Será el sol el que marque el fin, el que te lleve de aquí para siempre. Aún quedan unas horas.
Podríamos estar hablando, riendo, besándonos; pero no. Yo te acaricio, y tú lloras. Sé que si me duermo no te volveré a ver. No es un temor, es una certeza. Mañana tú no estarás aquí, y yo no estaré para ti. No puedo seguirte. No puedes esperarme.
Llegaste a mí descalza, una lejana tarde de abril. Te irás para siempre desnuda, y sólo me quedará el sabor de tu espalda. Quiero probarlo una vez más. Es mi alma la que empuja mi cuerpo hacia delante, hasta que mis labios se encuentran con tu piel detrás de tu hombro; y te estremeces. Salado, como siempre; amargo por primera vez. Despacito, sin querer romper el silencio, giras sobre la cama y te quedas frente a mí. De nuevo. ¿Ves como estabas llorando? Lo sabía. Lo que no sabía es que también lloraba yo.
Y entonces lo hiciste, sin querer, pero lo hiciste. Hiciste lo posible para que olvidarte fuera imposible. Me condenaste a ti para siempre. Acercaste tu mejilla a la mía, y ahí se me clavó tu olor. Te acercaste despacio, muy lento, hasta tocarnos, y ahí se me clavó tu piel. Me miraste fijamente, con la intensidad de quien mira a la luz un instante antes de correr hacia la muerte, y ahí se me clavó el azul de tus ojos. En ese instante comprendí que era la última vez que mi cama se llenaba de ti, que mañana ese hueco estaría vacío, quizá aún caliente, pero vacío para siempre.
Empecé a temblar. Y entonces me besaste y, por un instante, en ese beso, volvimos a aquella tarde de abril, tú descalza en el parque, radiante, y ahí se me clavó tu imagen, tu esencia, tu alma. La última puñalada me la dio la puerta que se cerró cuando aún estaba amaneciendo. Al despertar ya no estabas. Me asomé a la ventana, pero ya estabas lejos, muy lejos, eras ya inalcanzable. El sol lucía en lo alto del cielo, pleno, feliz, alegre. Después de todo, había hecho bien su trabajo.
¿Qué es un cuerpo que late?
Supongo que una buena forma de estrenar este blog es explicar un poco su título. Pertecene a una frase del libro Socorro, perdón, de Beigbeder, un relato que neurosis tras neurosis construye un retrato perfecto de la realidad. En el libro, el protagonista cuestiona su ser: no estoy seguro de si tengo un corazón, pero sí de que tengo un cuerpo que late...
Así más o menos entiendo yo mi vida. Yo sí que estoy seguro de tener un corazón, porque le oigo latir todas las noches, pero también tengo un cuerpo que late. Siempre he necesitado para ello un bolígrafo y una hoja en blanco, en los primeros años, o un ordenador, ahora, para latir de forma rítmica.
No puedo prometer una periodicidad fija, ni siquiera una temática común en todos los post (se llaman así no?). Lo único que hay seguro en este blog es que hablaré de lo que me apetezca en cada momento, incluso publicaré viejas historias que escribí hace años... escribiré y hablaré para quien me quiera leer y escuchar, ni más ni menos, pero sobre todo para dar salida a todo lo que se amontona detrás de mi frente, porque los pensamientos enquistados corren el riesgo de convertirse en un mal recuerdo.
Así, sin más, destrozo contra el casco de mi nave este post, que servirá de botella de cava para inaugurar este barco. Estoy abierto a comentarios, sugerencias y críticas. Si has llegado hasta aquí, bienvenido a los latidos de un cuerpo, el mío, que necesita gritar para saber que sigue existiendo.
Así más o menos entiendo yo mi vida. Yo sí que estoy seguro de tener un corazón, porque le oigo latir todas las noches, pero también tengo un cuerpo que late. Siempre he necesitado para ello un bolígrafo y una hoja en blanco, en los primeros años, o un ordenador, ahora, para latir de forma rítmica.
No puedo prometer una periodicidad fija, ni siquiera una temática común en todos los post (se llaman así no?). Lo único que hay seguro en este blog es que hablaré de lo que me apetezca en cada momento, incluso publicaré viejas historias que escribí hace años... escribiré y hablaré para quien me quiera leer y escuchar, ni más ni menos, pero sobre todo para dar salida a todo lo que se amontona detrás de mi frente, porque los pensamientos enquistados corren el riesgo de convertirse en un mal recuerdo.
Así, sin más, destrozo contra el casco de mi nave este post, que servirá de botella de cava para inaugurar este barco. Estoy abierto a comentarios, sugerencias y críticas. Si has llegado hasta aquí, bienvenido a los latidos de un cuerpo, el mío, que necesita gritar para saber que sigue existiendo.