El humor del volcán
Dicen que cuando el volcán de esta ciudad se levanta de mal humor, el día aparece de mal humor, y la sensación es gris y fría. Sin embargo cuando su humor es más tolerable, el día se tolera de otro modo. Si el volcán amanece de buen humor, hará un día soleado, y por eso quema el sol, porque está relacionado con el interior del volcán. Eso decía Guayasamin, el pintor ecuatoriano, y por eso, para descansar de sus pinturas sociales, y poder renovar su mente y su inspiración, pintó cientos de Quitos de distintos colores, igual que el humor del volcán. A mi me debe pasar como a este, porque dependiendo de qué humor me levante así veo esta ciudad.
Este fin de semana la vi con otros ojos, quizás por la compañía de mi amiga Alicia y de toda su troupe viajera: su hermana Nekane, Sara, Belén y Ana. Con Alicia estudié hace unos años Humanidades, una carrera impresionante con unas salidas profesionales definidas aún más impresionantes: ¿ninguna? Fíjate tú por dónde que el destino hizo que unos meses atrás no hablaramos mucho en Madrid. Hizo que ella estudiara una historieta de estas nuestras de cooperación, e hizo que sus prácticas fueran en Cuenca (Ecuador). Si hay cosas emocionantes una debe ser esta, porque casi se me cae el pelo de agarrárme la cabeza cuando me dijeron sí, hay una Alicia trabajando en género en Cuenca...
Otra vez fui a Otavalo, y otra vez volví muy rápido. Ese pueblo es para disfrutarlo varios días y sin mercado, cuando no haya tanto movimiento de turistas... como yo. Aunque me vayan a dar una tarjeta de residente ecuatoriana aún me siento gringa como nos llaman por acá.
Pensamos que el mundo es muy grande y a veces se hace pequeño, y está lleno de personas pequeñas, que para tí se hacen grandes. Tener amigos de los de tomar cañas es muy sencillo, pero tener amigos de los de llamar de vez en cuando y no tener nada que esconder y sentirte como ayer es menos fácil.
Creo que este fin de semana vi Quito con buen humor; al volcán le debí causar cierta sensación e hizo que el sol saliera a quemar.
Por cierto, visitamos el museo de Guayasamin, la Capilla del Hombre, el único espacio que yo he visto que ha sido concebido para albergar una obra concreta, en un contexto concreto, y no como suele suceder: levantamos un muro y colgamos dos cuadros, ¡qué bonito museo! No me extraña que alguno dijera que los museos son como cementerios: eso sí, este no, aunque al lado descanse, debajo de un pino, el mismísimo Oswaldo esperando a su amigo: este es un lugar bueno para descansar los dos juntos, pues así lo haremos...
Hoy es lunes, y mi humor parece contagiado del fin de semana...
Este fin de semana la vi con otros ojos, quizás por la compañía de mi amiga Alicia y de toda su troupe viajera: su hermana Nekane, Sara, Belén y Ana. Con Alicia estudié hace unos años Humanidades, una carrera impresionante con unas salidas profesionales definidas aún más impresionantes: ¿ninguna? Fíjate tú por dónde que el destino hizo que unos meses atrás no hablaramos mucho en Madrid. Hizo que ella estudiara una historieta de estas nuestras de cooperación, e hizo que sus prácticas fueran en Cuenca (Ecuador). Si hay cosas emocionantes una debe ser esta, porque casi se me cae el pelo de agarrárme la cabeza cuando me dijeron sí, hay una Alicia trabajando en género en Cuenca...
Otra vez fui a Otavalo, y otra vez volví muy rápido. Ese pueblo es para disfrutarlo varios días y sin mercado, cuando no haya tanto movimiento de turistas... como yo. Aunque me vayan a dar una tarjeta de residente ecuatoriana aún me siento gringa como nos llaman por acá.
Pensamos que el mundo es muy grande y a veces se hace pequeño, y está lleno de personas pequeñas, que para tí se hacen grandes. Tener amigos de los de tomar cañas es muy sencillo, pero tener amigos de los de llamar de vez en cuando y no tener nada que esconder y sentirte como ayer es menos fácil.
Creo que este fin de semana vi Quito con buen humor; al volcán le debí causar cierta sensación e hizo que el sol saliera a quemar.
Por cierto, visitamos el museo de Guayasamin, la Capilla del Hombre, el único espacio que yo he visto que ha sido concebido para albergar una obra concreta, en un contexto concreto, y no como suele suceder: levantamos un muro y colgamos dos cuadros, ¡qué bonito museo! No me extraña que alguno dijera que los museos son como cementerios: eso sí, este no, aunque al lado descanse, debajo de un pino, el mismísimo Oswaldo esperando a su amigo: este es un lugar bueno para descansar los dos juntos, pues así lo haremos...
Hoy es lunes, y mi humor parece contagiado del fin de semana...
Unas pistas...
http://www.guayasamin.com
Desde mi ventana
Han pasado más de dos semanas desde que llegué a esta ciudad de la mitad del mundo y hasta hoy no me había dado cuenta del todo de la vista que tengo a través de mi ventana.
A través de mi ventana veo un edificio blanco, que es donde trabajo, primer piso, estoy segura: veo un pedazo de hierba verde que se mueve un poco cuando hace viento. Al fondo, un pedazo azul. le acompañan las nubes, y a las nubes un volcán. A veces las nubes son blancas, otras más negras, dependiendo de la hora del día. En Quito las cuatro estaciones las puedes vivir en un solo día, de eso se jactan y de eso se quejan.
Para salir de casa hay que prepararse cual cebolla: una capa, otra capa, otra... En la mañana hace fresco, y si te da algún rayo de sol, te deslumbra. Al medio día, como sea día de salir el sol, éste calienta tanto que quema: calor directo. Dicen por aquí, y no me extraña, que será por eso por lo que los Incas adoraban al sol. Si sale el sol hace un día de verano madrileño; si no sale mucho, hace frío (y estamos en verano). La tarde, de vez en cuando, se acompaña de una ligera lluvia de esas que calan y mojan aunque casi no las ves. Por la noche suele caer el fresco otra vez, y puede llegar al frío.
Después de esta descripción casi numérica sólo me queda decir por hoy que son las seis y veinte de la tarde en Quito y que desde mi ventana se está viendo anochecer. Tengo nubes azul-rosa-moradas y creo que quieren esconderse destrás de mi trozo de volcán. Las dejaré que se vayan. Hoy han trabajado un rato largo...
A través de mi ventana veo un edificio blanco, que es donde trabajo, primer piso, estoy segura: veo un pedazo de hierba verde que se mueve un poco cuando hace viento. Al fondo, un pedazo azul. le acompañan las nubes, y a las nubes un volcán. A veces las nubes son blancas, otras más negras, dependiendo de la hora del día. En Quito las cuatro estaciones las puedes vivir en un solo día, de eso se jactan y de eso se quejan.
Para salir de casa hay que prepararse cual cebolla: una capa, otra capa, otra... En la mañana hace fresco, y si te da algún rayo de sol, te deslumbra. Al medio día, como sea día de salir el sol, éste calienta tanto que quema: calor directo. Dicen por aquí, y no me extraña, que será por eso por lo que los Incas adoraban al sol. Si sale el sol hace un día de verano madrileño; si no sale mucho, hace frío (y estamos en verano). La tarde, de vez en cuando, se acompaña de una ligera lluvia de esas que calan y mojan aunque casi no las ves. Por la noche suele caer el fresco otra vez, y puede llegar al frío.
Después de esta descripción casi numérica sólo me queda decir por hoy que son las seis y veinte de la tarde en Quito y que desde mi ventana se está viendo anochecer. Tengo nubes azul-rosa-moradas y creo que quieren esconderse destrás de mi trozo de volcán. Las dejaré que se vayan. Hoy han trabajado un rato largo...
Una más en el mundo
He tenido que venir hasta la mitad del mundo, Ecuador, para ponerme a contar las historias que me ocurren todos los días. Cada una tiene lo que tiene, y hasta Quito me han traído para currar, ver, oír y contar...
Pues eso.
Pues eso.





