Hoy nada es igual.
Ella toma té.
En la sala rectangular, al llegar, todo estaba vacio. Ella se sentó al final, en el rincon mas oscuro de los dos rincones que hay en el fondo. El té que pidió hace ahora catorce minutos ya no desprende humo. Está frío. Nadie se ha percatado, pero lleva catorce minutos removiendolo con una cucharilla de café. Y lo mira, lo mira sin verlo.
El acaba de llegar.
Despues de un corto vistazo al rectangulo, él tambien ha elegido el fondo. Se acaba de sentar a tres mesas del rincon oscuro donde ella sigue removiendo su té. Ella ni siquiera ha levantado la vista y él no ha tenido tiempo de verla todavia. Pero nada de esto importa. Una luz parpadea, debe ser la bombilla que ya termina su función.
Acaba de pedir una cerveza, lupulo de cebada destilado, baja graduacion, espumosa.
Ni siquiera se ha fijado en la linda camarera. Es pequeña pero linda, de tez oscura. Ella tampoco se fijó en la camarera cuando pidió el té hace ya 16 minutos.
Una vuelta mas y ya son incontables las paladas que ha dado con la cucharilla pequeña. El moja sus labios mientras en la espuma.
Y aun no se han visto.
Alguno de sus pensamientos le lleva a mirar al espejo que tapiza la pared. Su mano ha rozado el agua condensada en su vaso por la helada ambrosia y una gota resbala por el cristal hacia la mesa de madera oscura. Hay un espejo en cada pared del rectangulo que duplica a cada uno de los borrachos que habitan el café.
En su movimiento de ojos en busca del reflejo su mirada choca con ella, la observada, una decima, la salta y continua su ruta. Es guapisima.
Se acaba de encontrar consigo mismo frente a frente en uno de los grandes espejos. Se observa. Ahora él es el infinito.
La mujer con el carro sigue meciendo al bebe, la camarera linda de tez oscura espera apoyada en la barra a que algun cliente se levante para recoger las monedas, el hombre de la barba y el sombrero ancho termina de expulsar el humo de su pipa y la luz junto a la ventana sigue con su parpadeo intermitente de inexistencia.
Nada ha cambiado en una milesima y sin embargo todo ha cambiado.
Él sigue mirandose. Sus pensamientos han huido temerosos y ahora solo uno ocupa su campo de vision. Está entre él y sus ojos. Entre sus ojos y el reflejo de sus ojos. Entre sus ojos y el espejo no hay nada. Solo una imagen creada por él mismo. Una imagen que no le permite ver nada mas alla de sus ojos. La imagen de ella.
Vuelve su mirada con discreción de voyeur. Solo un segundo. Un segundo basta para obrar el milagro.
Es aun mas guapa que la primera vez.
Remueve su bebida fria mirando al vacio, sin ver.
Él vuelve la vista otra vez al espejo pero ya no puede verse, solo su imagen. En dos milesimas nada ha cambiado pero TODO ha cambiado.
Le sudan un poco las manos. Sujeta su vaso largo y espumoso. Está frio, muy frio.
Por un instante decide mirarse a pesar de ella. Parpadea con fuerza y observa fijamente el espejo hasta encontrarse con unos ojos, grandes, claros. Unos pomulos duros, una cara delgada, casi triste. Una barba mal afeitada y dos manchas de sueño bajo los ojos. Y justo en ese instante un monton de preguntas llegan a su cabeza y tambien un monton de respuestas que se acumulan bajo sus parpados.
-¿Por qué te da vuergüenza mirarla, por que siempre pierdes tu oportunidad, y si es el amor de tu vida? Que ojos que tiene ¿Por qué no le dices algo? Hola, por ejemplo, te invito a otro té, ese esta frio, en que piensas- Cobarde, porque soy un cobarde y me tiemblan las manos-
Son las mismas preguntas y las mismas respuestas de siempre. Pero hoy todo es diferente y nada es igual. Se insulta y se retira el saludo y entonces el él del espejo lo mira con desprecio y él blasfema y recoge el recuerdo de la imagen de ella que dejó sobre la mesa para mirarse y lo tira con rabia bajo un asiento.
No quiere mas recuerdos porque eso es lo de siempre. No quiero volver a casa una noche como tantas y conservar solo el recuerdo de ella porque hoy nada es igual. Y valiente renuncia a su imagen y decide mirarla. Mirarla sin limite, sin miedo. Mirarla, no para guardar su recuerdo y evocarla despues sino tan solo porque hoy nada es igual.
Ahora la estudia, atento. La analiza. Desciende con cuidado por su geografia memorizando lo que ve e imaginando lo demas.
Pelo largo, liso, oscuro, color carbon. Una frente perfecta, tres dedos, debe ser lista. Las pestañas largas, negras, como la trompa de un colibri atrapado en sus ojos, que son claros, verdes, como el cuerpo del pajaro, intensos, despiertos.
Las orejas pequeñas, la barbilla, partida, elegante, graciosa, esos pomulos, suaves, rosados, como un pomelo, jugosos, comestibles y la piel, tersa, impecable, de escultura griega. Mas abajo el cuello largo, fuerte, como una columna, nayade tallada, un cisne, blanco, palido, etereo y los brazos finitos.
Al llegar a sus pechos sus ojos pasean de vuelta desandando lo mirado, degustando el amargo que imagina de almendra en sus pezones. Y sus ojos arriban al borde de la mesa que no es obstaculo para ver claramente otros montes prohibidos, unas piernas perfectas, unos pies delicados. No hace falta verlo para saber que es asi y de ninguna otra manera.
Vuelve al borde. Ha dejado lo bueno para el postre. Observa sus manos, fascinado. Son de cristal esculpido por algun artesano que talló dedos largos y finos, de pianista, para tocar musica sobre la piel, para posarse sobre unos labios pidiendo silencio al roce de dos cuerpos o un beso, y ahora si, mira sus labios, descarado. Perfilados de nieve, intuye, que sabran a cereza, carnosos, con cuerpo de Venus y un monton de pequeñas rallitas donde depositar el poquito de ruido que producen los besos. Son rojos, un rojo otoñal que quiebra el palido reflejo de su piel.
Un parpadeo le descubre que ya no esta, que solo miraba su imagen flotando en el aire espeso del café, una especie de sueño de su olor que se va desvaneciendo según descubre que tras el ya no habita su dueña, que solo queda sobre la mesa un té frio y siete francos de propina. El balanceo del cochecito, el humo de la pipa, la camarera linda, la luz que agoniza. Hoy todo es distinto pero todo es igual.
Escrito en un vuelo trans-atlantico a horas desconocidas hasta para las azafatas, regurgito hoy este texto, como si resucitara con corona de espinas incluida.
En la sala rectangular, al llegar, todo estaba vacio. Ella se sentó al final, en el rincon mas oscuro de los dos rincones que hay en el fondo. El té que pidió hace ahora catorce minutos ya no desprende humo. Está frío. Nadie se ha percatado, pero lleva catorce minutos removiendolo con una cucharilla de café. Y lo mira, lo mira sin verlo.
El acaba de llegar.
Despues de un corto vistazo al rectangulo, él tambien ha elegido el fondo. Se acaba de sentar a tres mesas del rincon oscuro donde ella sigue removiendo su té. Ella ni siquiera ha levantado la vista y él no ha tenido tiempo de verla todavia. Pero nada de esto importa. Una luz parpadea, debe ser la bombilla que ya termina su función.
Acaba de pedir una cerveza, lupulo de cebada destilado, baja graduacion, espumosa.
Ni siquiera se ha fijado en la linda camarera. Es pequeña pero linda, de tez oscura. Ella tampoco se fijó en la camarera cuando pidió el té hace ya 16 minutos.
Una vuelta mas y ya son incontables las paladas que ha dado con la cucharilla pequeña. El moja sus labios mientras en la espuma.
Y aun no se han visto.
Alguno de sus pensamientos le lleva a mirar al espejo que tapiza la pared. Su mano ha rozado el agua condensada en su vaso por la helada ambrosia y una gota resbala por el cristal hacia la mesa de madera oscura. Hay un espejo en cada pared del rectangulo que duplica a cada uno de los borrachos que habitan el café.
En su movimiento de ojos en busca del reflejo su mirada choca con ella, la observada, una decima, la salta y continua su ruta. Es guapisima.
Se acaba de encontrar consigo mismo frente a frente en uno de los grandes espejos. Se observa. Ahora él es el infinito.
La mujer con el carro sigue meciendo al bebe, la camarera linda de tez oscura espera apoyada en la barra a que algun cliente se levante para recoger las monedas, el hombre de la barba y el sombrero ancho termina de expulsar el humo de su pipa y la luz junto a la ventana sigue con su parpadeo intermitente de inexistencia.
Nada ha cambiado en una milesima y sin embargo todo ha cambiado.
Él sigue mirandose. Sus pensamientos han huido temerosos y ahora solo uno ocupa su campo de vision. Está entre él y sus ojos. Entre sus ojos y el reflejo de sus ojos. Entre sus ojos y el espejo no hay nada. Solo una imagen creada por él mismo. Una imagen que no le permite ver nada mas alla de sus ojos. La imagen de ella.
Vuelve su mirada con discreción de voyeur. Solo un segundo. Un segundo basta para obrar el milagro.
Es aun mas guapa que la primera vez.
Remueve su bebida fria mirando al vacio, sin ver.
Él vuelve la vista otra vez al espejo pero ya no puede verse, solo su imagen. En dos milesimas nada ha cambiado pero TODO ha cambiado.
Le sudan un poco las manos. Sujeta su vaso largo y espumoso. Está frio, muy frio.
Por un instante decide mirarse a pesar de ella. Parpadea con fuerza y observa fijamente el espejo hasta encontrarse con unos ojos, grandes, claros. Unos pomulos duros, una cara delgada, casi triste. Una barba mal afeitada y dos manchas de sueño bajo los ojos. Y justo en ese instante un monton de preguntas llegan a su cabeza y tambien un monton de respuestas que se acumulan bajo sus parpados.
-¿Por qué te da vuergüenza mirarla, por que siempre pierdes tu oportunidad, y si es el amor de tu vida? Que ojos que tiene ¿Por qué no le dices algo? Hola, por ejemplo, te invito a otro té, ese esta frio, en que piensas- Cobarde, porque soy un cobarde y me tiemblan las manos-
Son las mismas preguntas y las mismas respuestas de siempre. Pero hoy todo es diferente y nada es igual. Se insulta y se retira el saludo y entonces el él del espejo lo mira con desprecio y él blasfema y recoge el recuerdo de la imagen de ella que dejó sobre la mesa para mirarse y lo tira con rabia bajo un asiento.
No quiere mas recuerdos porque eso es lo de siempre. No quiero volver a casa una noche como tantas y conservar solo el recuerdo de ella porque hoy nada es igual. Y valiente renuncia a su imagen y decide mirarla. Mirarla sin limite, sin miedo. Mirarla, no para guardar su recuerdo y evocarla despues sino tan solo porque hoy nada es igual.
Ahora la estudia, atento. La analiza. Desciende con cuidado por su geografia memorizando lo que ve e imaginando lo demas.
Pelo largo, liso, oscuro, color carbon. Una frente perfecta, tres dedos, debe ser lista. Las pestañas largas, negras, como la trompa de un colibri atrapado en sus ojos, que son claros, verdes, como el cuerpo del pajaro, intensos, despiertos.
Las orejas pequeñas, la barbilla, partida, elegante, graciosa, esos pomulos, suaves, rosados, como un pomelo, jugosos, comestibles y la piel, tersa, impecable, de escultura griega. Mas abajo el cuello largo, fuerte, como una columna, nayade tallada, un cisne, blanco, palido, etereo y los brazos finitos.
Al llegar a sus pechos sus ojos pasean de vuelta desandando lo mirado, degustando el amargo que imagina de almendra en sus pezones. Y sus ojos arriban al borde de la mesa que no es obstaculo para ver claramente otros montes prohibidos, unas piernas perfectas, unos pies delicados. No hace falta verlo para saber que es asi y de ninguna otra manera.
Vuelve al borde. Ha dejado lo bueno para el postre. Observa sus manos, fascinado. Son de cristal esculpido por algun artesano que talló dedos largos y finos, de pianista, para tocar musica sobre la piel, para posarse sobre unos labios pidiendo silencio al roce de dos cuerpos o un beso, y ahora si, mira sus labios, descarado. Perfilados de nieve, intuye, que sabran a cereza, carnosos, con cuerpo de Venus y un monton de pequeñas rallitas donde depositar el poquito de ruido que producen los besos. Son rojos, un rojo otoñal que quiebra el palido reflejo de su piel.
Un parpadeo le descubre que ya no esta, que solo miraba su imagen flotando en el aire espeso del café, una especie de sueño de su olor que se va desvaneciendo según descubre que tras el ya no habita su dueña, que solo queda sobre la mesa un té frio y siete francos de propina. El balanceo del cochecito, el humo de la pipa, la camarera linda, la luz que agoniza. Hoy todo es distinto pero todo es igual.
Escrito en un vuelo trans-atlantico a horas desconocidas hasta para las azafatas, regurgito hoy este texto, como si resucitara con corona de espinas incluida.
Comentario:
¿Mataros yo a vosotros? Si sois un primor! ¿Cómo os voy a matar? 0:)
Comentario:
Más que el café vale esa visión y sus evocaciones... No sé el valor del Franco, era muy niño por entonces... Ah crono, la divina ange nos matará en dos días... Besos.
Comentario:
Claro, dejé el café hace tiempo.
Siete francos no son demasiados por un te? Aunque no sé a cuánto iba el franco por mayo del 68.
Quiero segunda parte del cuento, que me cuentes en qué piensa ella. Mejor te contesto yo...ssshh...
Siete francos no son demasiados por un te? Aunque no sé a cuánto iba el franco por mayo del 68.
Quiero segunda parte del cuento, que me cuentes en qué piensa ella. Mejor te contesto yo...ssshh...





