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EL ESPÍRITU DEL BOSQUE


Era de noche y los habitantes de Morata de Tajuña descansaban después de una larga jornada de trabajo. La templanza de esas fechas de Junio promovía reuniones a las puertas de las casas, donde los vecinos sacaban sus sillas después de cenar, convirtiendo las calles en una gran sala de tertulia siendo las conversaciones el alivio necesario al final del día para unos cuerpos castigados por el duro trabajo de la jornada.
Hacía unos días que el único tema que corría de boca en boca giraba en torno al bosque. Los pinos estaban cambiando de color. El verde límpido de la primavera se tornaba en ocres rojizos propios del otoño. Todos estaban preocupados. Sabían que los pinos no cambiaban su color con el transcurrir de las estaciones, siempre eran verdes. Los más viejos del lugar no recordaban algo parecido.
La preocupación de los vecinos no dejó impasible a la corporación municipal que recurrió a expertos en el tema. Ninguno de ellos encontraba una explicación razonable. Los árboles estaban sanos, ninguna plaga les atacaba y no carecían de ningún elemento necesario para su existencia. Sólo habían cambiado de color.
Esa noche, mientras los rumores de las conversaciones vestían de sonidos las calles de Morata, comenzó a rugir el bosque. Comenzó con un ligero sonido no perceptible a los oídos humanos, pero si para los perros que comenzaron a aullar al unísono. Ninguno atendía a las órdenes de sus dueños que se empeñaban incesantemente en hacerlos callar. El rumor del bosque fue aumentando hasta ser percibido por todos.
Un escalofrío recorrió la vida morateña que ahora parecía detenida:
- ¡El Bosque!- gritaron todos al unísono.
Unos corrían hacia el interior de sus casas en busca de sus hijos que se despertaban asustados y comenzaban a llorar. Otros corrían en dirección a la vega para huir, pero ¿de qué? Algunos osados decidieron subir al bosque. Alguien podría estar en peligro, pensaron. En su fuero interno creían que ningún ser vivo era capaz de emitir semejante rugido.
Se equivocaban. El Bosque era un ser vivo en su conjunto formado por sus matorrales, sus árboles, los insectos, los árboles, reptiles y los pequeños mamíferos que se refugiaban en su interior.
Cuando llegaron los primeros vecinos, se quedaron estupefactos. Las raíces de los vegetales asomaban al exterior. Habían recorrido un largo camino desde las entrañas de la tierra hacia la superficie. Rodeaban la estatua de Juan de Ávalos que preside el parque del Bosque, ocultaban el puente y la pequeña cascada, ahora seca otrora delicia de los más pequeñines.
Las ramas de los árboles se agitaban frenéticamente como si el esfuerzo de las raíces fuera extenuante. Entre la estatua y el puente se disponían todos los animales que habitualmente permanecían ocultos a los ojos de los curiosos. Era difícil distinguirlos a través de las rejas que formaban las raíces entrelazadas, pero estaban allí.
El esfuerzo titánico del bosque se traducía en un ruido atronador. Cada vez más curiosos se acercaban, incluso se veían niños que subían con sus padres. Si los mayores enmudecían con el espectáculo los niños se agitaban inquietos preguntando desde su inocencia:
- ¿Qué le pasa al Bosque?
También se personó la autoridad: Primero fue la Guardia Civil, más tarde la policía local, el alcalde y los concejales, Protección Civil, e incluso el cura se acercó.
Era extraño ver a tanta gente paralizada. Nadie tomaba la iniciativa, nadie sabía qué hacer. Estaban ante una gran crisis. No sabían cómo afrontarla.
La inmovilidad de los vecinos duró poco. Las raíces comenzaron a avanzar con un paso lento, apenas perceptible. En su avance rozaron las piernas de los más osados.
El alcalde ordenó retroceder. Podría ser peligroso. Todos bajaban, el terreno cedido iba siendo ocupado por las raíces que no detenían su marcha. El Bosque se extendía hacia el pueblo a través de sus entrañas.
El asombro que invadía al pueblo morateño allí reunido les impedía huir despavoridamente y, siempre de cara al bosque, la bajada se hacía lentamente.
Cuando las raíces llegaron cerca de las primeras viviendas se detuvieron. Levantaron una pequeña muralla. Parecía como si su único objetivo fuera impedir el paso a su través. A la par que el avance, el ruido cesó. La gente detuvo su caminar. Nadie rompía el silencio de la noche que ahora era el dueño del paisaje. Solo un niño se atrevió a alterar esa tensa quietud:
- ¿Por qué el bosque no nos deja pasar?
La pregunta reflejaba exactamente lo que estaba ocurriendo. El bosque impedía el paso con sus raíces al aire entrelazadas a modo de barricada.
Poco a poco la gente se fue dispersando y de regreso a sus casas sólo algunos permanecieron a las puertas. La mayoría se refugió en la calidez protectora de sus alcobas. El silencio seguía siendo el rey de la noche morateña. Pocos conciliaron el sueño en esas horas que quedaban para que el alba hiciera su aparición.
Al día siguiente todo continuaba igual. El Bosque se cerraba en torno a sí mismo impidiendo el paso. Muchos curiosos se acercaban a primera hora a los límites establecidos por las raíces y ninguno se atrevió a allanar esa frontera. Los mayores se fueron al campo, las oficinas o fábricas. Los pequeños al colegio o al instituto.
En la plaza, los vecinos que se arremolinaban a las puertas del ayuntamiento, exigían una explicación. La corporación en pleno estaba reunida. Nadie parecía encontrar una explicación lógica.
-¿Qué había ocurrido para que el bosque reaccionara así?
Los expertos fueron convocados de nuevo, pero si ilógico era el cambio de color esto era demencial. No conocían ninguna reacción vegetal que provocara algo semejante.
Las clases en el colegio no seguían la dinámica habitual. Los profesores no podían obviar lo ocurrido la noche anterior. Decidieron analizar los hechos en cada clase. Propusieron hacer redacciones sobre lo ocurrido y cada alumno debía proponer una explicación aunque fuera totalmente imaginaria. Era la única manera que encontraron para poder retener a los alumnos en el interior de las aulas.
La imaginación infantil estaba desbordada. Para algunos un gran ogro que vivía en el bosque se había despertado por el aullido de los perros y los árboles asustados huían hasta las casas donde se sentían protegidos. Para otros había sido un ovni el que había hecho que los árboles corrieran para no ser aplastados por sus enormes patas.
Otros decían que los pinos se habían vuelto locos: habían olvidado que eran verdes, las raíces les crecían hacia el exterior y que todo lo hacían mal...
Solo un niño no escribía. La profesora al ver su hoja en blanco le preguntó por qué no empezaba la redacción.
- Es que no sé qué le pasa al bosque, pero debe ser algo muy gordo para que se porte así. Siempre ha sido nuestro amigo. Nos ha dejado jugar en él, montar en sus columpios, correr entre sus árboles y a pesar de que muchos no lo respetan nunca había protestado. Seño, ¿no te parece como si las raíces estuvieran en huelga y se manifestaran de esa forma? ¿Pero qué hemos hecho para eso? Porque seguro que hemos sido nosotros.
La profesora recapacitó sobre las palabras del niño. Se acercaba la hora del recreo y los alumnos salieron al patio. Ese día no había juegos, sólo historias que corrían de boca en boca. Mientras, en la sala de profesores, los maestros comentaban lo ocurrido y se sonreían con las explicaciones de los alumnos. Su corta edad les permitía tener ideas tan fantásticas. Un profesor alzó la voz y propuso que a última hora se reunieran los alumnos en el salón de actos de la Casa de la Cultura e hicieran una puesta en común sobre el trabajo de la mañana. De paso los niños aprenderían a respetar el turno de palabra en una gran reunión. Dicho y hecho. Todos continuaban alterados pero consiguieron guardar silencio mientras hablaba la directora:
- Todos sabéis lo ocurrido anoche en el bosque. Me gustaría que de uno en uno, dierais vuestra opinión.
Un gran murmullo envolvió el salón de actos.
- ¡Silencio! De uno en uno, si no será difícil que el resto nos enteremos.
El niño que no escribió nada en el papel alzó la mano y comenzó a hablar:
- El otro día vi. un reportaje en televisión donde al acercar un cigarrillo encendido a una flor, pero sin tocarla, cambiaba de color, otra cerraba sus pétalos para protegerse y me pregunto si lo que ha hecho el bosque no es para eso.
- Sí - dijo otro niño- pero nadie ha intentado quemar el bosque.
- De acuerdo - dijo el primero- pero ¿quién no ha hecho algo que pudiera hacerle daño? No sé, ¿quién no ha tirado un papel al suelo?
- ¿O roto las ramas? - dijo una niña.
- ¿O tirado latas de refresco fuera de las papeleras? - Se oyó desde el fondo.
- ¿A lo mejor se queja de la contaminación? - continuó una niña con pecas.
- O del ruido de las motos- apuntaba otro.
- ¿Quizás no pueda fabricar tanto oxígeno como necesitamos si siguen poniendo fábricas contaminantes?
- Creo que todos hemos hecho algo que le ha herido y la suma de muchos pocos ha hecho que no pudiera más.
Los profesores estaban asombrados, seguían la conversación atónitos. Los chavales tenían razón. Todos éramos culpables del daño que sufría el Bosque. Sus mentes lógicas no les permitía creer que ese fuera el motivo de su reacción, pero en su fuero interno algo les decía que no estaban muy descaminados.
- ¡Orden, orden! - dijo la directora.
Los alumnos se animaban a decir cosas que pudieran afectar al bosque, atropellándose los unos a los otros:
- ¿O matar lagartijas?
- ¿O robar nidos?
- ¿O...?
- Bien, de acuerdo, ésta puede ser una explicación tan válida como otra. Supongamos que estamos en lo cierto. ¿Qué podemos hacer?
Primero fue el silencio el que invadió la sala, luego un murmullo que se iba elevando calentando el ambiente. Hubo que pedir de nuevo silencio. El alumno que había iniciado la conversación propuso hacer una carta de derechos del Bosque y de obligaciones para los vecinos. Por supuesto todos debían ponerla en práctica. Se podrían acercar a la frontera que las raíces habían delimitado, leerla en voz alta y prometer su cumplimiento.
- Me parece buena idea - dijo la directora.
Y así lo hicieron.
Mientras, seguían las discusiones de los mayores en todos los rincones del pueblo: desde la clínica hasta la plaza, desde el supermercado hasta la vega, sin olvidar que en el ayuntamiento estaba reunida toda la corporación junto a los expertos. Todos hablaban y nada resolvían.
Los niños habían dejado de hablar y se disponían a actuar. Una manifestación de alumnas y alumnos con sus profesores se dirigían hacia el lugar cercado por las raíces gritando vivas al Bosque. Los curiosos que les veían pasar se fueron uniendo a ellos. La voz se corrió como la pólvora por todo el pueblo. Pocas horas después de lo sucedido, todos se encontraban de nuevo en el mismo lugar. El silencio volvió a reinar en el entorno, un niño y una niña se adelantaron. Leyeron su manifiesto. Los vecinos asentían con la cabeza a cada palabra pronunciada por esos labios tan inexpertos y tan llenos de sabiduría. De nuevo todos callados y expectantes.
Al principio no sucedía nada, pero nadie alteró su posición. De pronto, las raíces comenzaron su camino de vuelta. Los mayores permanecían anclados al suelo y fueron los niños los que avanzaban al ritmo del retroceso de las raíces. No tardaron en encontrarse a la entrada del parque Juan de Ávalos. La estatua apareció de nuevo ante ellos, la cascada y el puente volvían a ser visibles los árboles se tornaban verdes de nuevo y los animales regresaban a sus refugios.
Los niños habían hallado la explicación y la solución. No hizo falta la experiencia de los mayores.
No han vuelto a repetirse sucesos como aquellos. Los niños de entonces, adultos de hoy, cumplieron su promesa.
La historia corrió de boca en boca. Otros pueblos pusieron en práctica la carta de derechos y obligaciones redactada por los niños morateños. No se tienen noticias de que sucesos como aquellos hayan ocurrido en algún otro lugar y esperemos que no se repita una noche como aquella jamás.
El espíritu del bosque se había revelado y la protesta dio su fruto.

 
Comentario:
Seguro que en ese pueblo ocurre así. Este es Morata de Tajuña y el río está seco desde hace muchos años, pero si se acompaña a la Virgen el 8 de septiembre aunque con menos folklore
 
Comentario:
¡Que imaginación!
¡Vaya ecologista en acción que estás hecha!

No he estado nunca en Morata pero si he oído hablar de él, a mi vecina, ella va todos los años a presenciar la bajada por el rio de la virgen en la noche y la gente con antorchas y los que se tiran al rio detrás. Dice que es muy muy muy bonito.
 
Comentario:
Sencillamente, soberbio... Digno de hacer en un corto...
 
Comentario:
gracias
 
Comentario:
anda que no me has hecho soñar con tanta imaginación white; y eso que el sueño está basado en una terrible realidad.

¡excelente!

cada vez me gustan más tus relatos amiga.

abrazo doble.
No