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¿QUIÉN DIJO MIEDO?


Era el quinto día que iba a clase de natación y Miguelito no había conseguido pasar del bordillo a la piscina. Este era el tercer cursillo al que sus padres le apuntaban. Acababa de cumplir siete años y aún no había aprendido a nadar y, mientras que sus compañeros ya se hacían del tirón casi un largo, él apenas se mojaba los pies. Miguelito tenía un amigo, David. David era su vecino y aunque tenía un año menos se llevaban muy bien. Hoy había decidido contarle lo que veía y oía cada día desde que había comenzado el cursillo de natación:

-“Psss, psss. ¡Eh, chaval!”. Eso fue lo que oí el primer día, de verdad. ¿Me crees?-Le decía Miguelito a David que girando la cabeza de un lado para otro le contestaba:
-No sé, eso es muy raro.
-Raro, raro-afirmaba Miguelito-. Pero que muy raro-y siguió explicándole-. No sabía adónde mirar. Miraba para allí-decía señalando hacia la derecha- y nada, miraba para el otro allí-y señalaba hacia la izquierda- y nada. Yo no estoy loco, ¡eh!-advertía con el dedo índice levantado-, y lo que oí, lo oí. Te juro que lo oí. Me hizo prometer que no le diría nada a nadie, pero le dije que tú eras mi amigo y que te lo diría, así que te lo estoy diciendo. Por si no me creías tenía que enseñártelo. Mira, si quieres, hoy te quedas conmigo en el bordillo y te digo de dónde salió la voz.
-¿Y si Susana me regaña?
-Pues le dices que me estás intentando convencer para que me meta en el agua.
-Vale, pero… ¿no te estás riendo de mí, verdad?-dudaba David-.
-¡Nooooo!-contestó Miguelito-. Pero si no lo oyes, tú no te rías de mí.
-Vale, pero dime qué es.
-Es que no sé qué es-Miguelito intentaba explicarle cómo era- Es de color marrón oscuro, tiene los ojos saltones, dos antenas muchas patas, las de delante son muy, muy gordas. Si te pilla un dedo te haría mucho daño.
-Pues no tengo ni idea. ¿Pero es un bicho, no?
-Sí un bicho que habla y parece enfadado.
-¿No será peligroso?-dijo David un poco preocupado.
-No sé, pero no es muy grande, es más bien chico.
Los dos amigos se cambiaron de ropa en el vestuario. Susana, la monitora, esperaba. Les iba colocando el gorro de natación y les ataba el cinturón del albornoz a los más pequeños para que no se cayeran:
-¿Estamos todos? Venga, cogeos de la mano y vamos al agua.
Cada día Miguelito se quitaba el albornoz, se ponía los manguitos y se sentaba en el bordillo con los pies bien fijos en el suelo. Susana intentaba por todos los medios que entrase en el agua: Le enseñaba el caballito de goma espuma, la tabla de colores, la pequeña cesta de baloncesto acuático, los balones o los roscos de goma. Nada. No había manera. Una vez lo había cogido en brazos y casi la ahoga, parecía una araña patona que intentaba agarrarse a ella con sus ocho patas, que aunque eran dos brazos y dos piernas parecían ocho o dieciocho. Así que Susana tuvo que dejar que fuera él el que diera el primer paso y se decidiera a entrar en el agua.
Desde hacía unos días observaba que Miguelito parecía embobado mirando hacia uno de los desagües del lateral derecho, mientras que sus pies se iban acercando poco a poco al agua y casi sin darse cuenta comenzaba a dar pataditas agitándola. Parecía más relajado, quizás estaba perdiendo el miedo y pronto podría comenzar a trabajar con él.
David se había sentado junto a él en el bordillo.
-No oigo nada-le decía en voz baja.
-Espera. Hasta que Susana no se dé la vuelta no sale.
-Me va a regañar-La voz de David cada vez era más baja.
-Espera, mira, allí-Miguelito señalaba el rincón-.
-Si-go-sin-oír-na-da.
-¿Por qué hablas así? ¿Por qué no mueves los labios?-Le preguntaba Miguelito.
-Para que si mira Susana no me eche la bronca.
-¡Ah! ¡Mira, mira!-Miguelito agarró el brazo de David-. Por allí asoma. ¿Lo ves? Allí, allí.
-Psss, psss, chaval. ¡Deja de mirarme de una vez! ¡Todos los días lo mismo! ¡Me van a descubrir!-Llevándose una de las patitas, la más gorda, a la cabeza comenzó a quejarse- ¡Qué suerte la mía! Me escapo de casa, me meto en un barril, no sé dónde me llevan y aparezco en esta charca sin plantas, sin amigos, menos mal que también sin enemigos; apenas como, me estoy quedando como una gamba raquítica. Ayer intenté comer algo que parecía una de mis algas favoritas, de esas verdes brillantes, tiernas, sabrosas, ¡cuánto daría por una ahora mismo!, y me quedé pegado a una cosa que se estiraba y se estiraba y nunca me soltaba. ¡Uf, que asco! Estoy muy harto, me aburro de noche y de día tengo que tener cien ojos no me vayan a espachurrar. ¿Quién me mandó a mí ir a conocer nuevos lugares? Buaaaaa, buaaaa. Y ahora me salen una gotitas de los ojos que nunca antes me habían salido. Buaaaa, buaaaa.
-¿Pero tú qué eres, un cangrejo mutante? ¿Cómo es que puedes hablar?
-David, cállate, no le hables.
-Miguelito, ¿pero es que no te da pena?
-Sí me da pena, pero no puedo ayudarle-La voz de Miguelito era apenas un susurro en la oreja de David-.
-Sí que puedes-le respondía David-.Oiga, señor cangrejo.
-¿Qué me has llamado? ¡A mí no me insultes!-El bicho le había contestado.
-Perdón, perdón, no quería molestarle-se disculpó David-.
-Yo soy un bogavante de los Mares del Sur-dijo muy enfadado el bicho.
-¿Del sur de dónde?-A David le gustaba mucho mirar mapas y quería que le dijera de dónde era para buscarlo al llegar a casa.
-¿Qué es un bogavante?-preguntaba Miguelito a la vez que su amigo.
-Pues eso, eso que tenemos delante, o sea, un cangrejo mutante-le explicaba David-.
David tenía grandes ideas que casi siempre le llevaban a meterse en grandes líos, pero Miguelito se divertía mucho con él y le seguía a casi cualquier lado y, aunque casi nunca les pillaban, algunas veces les costaba un castigo.
-¡A ver! Déjame pensar…-David se rascaba la cabeza como si un piojillo bailase un rock en ella-.Ya está, ya tengo un plan para ayudarle, pero va a ser difícil. Tenemos que dibujarle un mapa, hacerle una mochila con comida para que aguante el viaje…
-¿Qué viaje?-preguntaron a la vez el bogavante y Miguelito-.
-Pues, el viaje. El viaje de vuelta a casa.
-¡Ah! Ese viaje-respondieron los dos-.
-…Hacer la mochila, cogerlo, esconderlo, y llevarlo hasta el arroyo que va al río y desde el río llegará al mar y allí que pregunte a los otros cangrejos mutantes cómo llegar a su casa. ¿Os parece?-En poco tiempo ya tenía David un plan que no podía fallar-.
-¡Uf! ¿Todo eso?-Tanto al cangrejo como a Miguelito les parecía mucho trabajo.
-Si, pero, como yo solo no puedo, me tienes que ayudar, Miguelito. Vas a tener que entrar en el agua para que, mientras Susana está contigo, no se dé cuenta de nada y el cangre…
-¡Como me digas mutante otra vez, te pico con la pinza!-Le cortó el bogavante a David muy ofendido.
-¡Como me piques con la pinza, chillo y te descubrirán!-amenazó David.
-Vale-dijo en voz baja Miguelito mientras el bogavante y David discutían-.
-¿Qué vale?-dijeron los dos a la vez mirando fijamente a Miguelito-.
-Vale, que me meteré en el agua. Empezaré hoy para perder el miedo y mañana le traemos el mapa para que lo vaya escondiendo.
¡Susana!-llamaba a la monitora de natación-.Susana que quiero intentarlo de nuevo.
-¿Ya no tienes miedo?
-¿Quién dijo miedo?
Todos le miraban, pero estaba decidido. Tragó saliva, se tapó la nariz y se tiró al agua. Se le hundió la cabeza y salió desesperado pensando que era su fin. Se agarró a Susana y cuando iba a empezar con su ataque de pánico, vio al bogavante. Tenía que conseguirlo. Respiró hondo y le tendió la mano a la monitora. Los demás compañeros aplaudían y él, con más miedo que vergüenza aguantaba el tipo. Los días siguientes fueron menos terribles, incluso empezaba a gustarle el agua. El plan iba saliendo a la perfección. Cada día un pasito más y pronto pudieron coger al cangrejo mutante porque, por más que protestaba el bogavante, se negaron a llamarle de otra manera. El último día de cursillo lo escondieron en una mochila y, al pasar por el arroyo de vuelta a casa, lo soltaron deseándole buena suerte.
Los dos amigos no le contaron a nadie que tenían como amigo un cangrejo mutante porque querrían conocerlo y como ya no estaba, nadie les iba a creer. Lo que no sabían era que al cangrejo mutante lo volverían a ver un tiempo después, pero esa es otra historia.












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LITERATURA INFANTIL
Estoy haciendo un curso de literatura infantil y como me va a tener absorbida durante tres meses, para no dejar el blog abandonado, iré subiendo las propuestas de trabajo que nos vayan pidiendo. Algunas serán algo largas y otras, supongo que más cortas. Espero que os gusten.
Besitos para todos.
 
NEW YORK
Pasaron de puntillas sobre el día y el bullicio de la noche neoyorkina les atrapó entre músicas estridentes para acallar el latido de sus corazones. Risas, comida rápida, puestos callejeros, una discoteca de moda, luces de neón, ruido, demasiado ruido para escuchar sus afectos. Agotados, encontraron confortable el abrazo de un Morfeo que esa noche acunaría sus sueños. Apenas unas horas compartidas en un extraño domingo dónde el deseo de separarse despuntaba sobre la necesidad de permanecer juntos y un "hasta dentro de cinco días" puso punto final a un insólito fin de semana dónde nada ocurrió mientras todo cambiaba. Fueron cinco días de agonía, cinco días de desbaratar en hilos el lienzo que la gran manzana les dibujo para luego recomponerlos de nuevo. Las voces a través del teléfono sugerían tantos matices como estrellas en el cielo, tantos significados como gotas de agua en el East River, tantos temores como luces en el corazón del Manhattan que les embrujó. Cinco días que pasaban tan rápidos como lentos, que aceleraban las horas y detenían los segundos. Cinco días que cayeron del calendario como las hojas en los otoños cálidos de Nueva York.
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