MICRORRELATO
Me desperecé en la cama y como todos los días la abracé, pero al hacerlo supe que no era mi mujer.
Sólo recordaba una sombra, una copa de licor intenso, una carcajada, el aroma que ahora respiraba de nuevo, mil pasos dados en un pasillo eterno y una puerta que se cerraba de golpe. Miré alrededor, no reconocía la estancia. Ella yacía a mi lado, de espaldas, extrañamente inmóvil, inquietantemente fría, terriblemente bella. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Quién era esa mujer que dormía a mi lado? ¿Habíamos hecho el amor? No pude resistirme a acariciarla, ella se estremeció. Me cogió la mano suavemente, la besó y se giró. Cuando vi sus ojos supe que la muerte tiene mirada de mujer fatal.
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LAS PUERTAS DEL ADIÓS
El adiós, soledad.
La soledad, llanto.
El llanto, lluvia ácida en el corazón.
El corazón, jirones de olvido.
El olvido, llagas en la piel.
La piel ajada de rencor.
El rencor, losa de desmemoria.
La desmemoria, epitafio de incomprensión.
La incomprensión, sostén de contiendas.
Las contiendas, las puertas del adiós.
DESCUBRÍ
Descubrí que
sin ti, la voz se escondía a mi dolor.
Descubrí que
la cobardía nunca acallaría el amor.
Descubrí que
tus palabras se las llevaba el viento.
Descubrí que
mi voz se puede acompasar a otra voz.
Descubrí que
la envidia es el peor enemigo.
Descubrí que
no fue tiempo perdido a pesar del dolor.
Descubrí que
andando por los mismos caminos, sólo nos faltó decir adiós.
QUISE/ QUISISTE
Quise creer que
la vida en silencio no tenía sentido.
Quisiste creer que
hasta el dolor tenía su son.
Quise creer que
tu ausencia era una pausa, un aliento.
Quisiste creer que
el rumor acallaría los latidos de un maltrecho corazón.
Quise creer que
nadie nos podría silenciar.
Quisiste creer que
la huída era la única evasión.
Quise creer que
el tiempo rendiría sus alas.
Quisiste creer que
era posible un final sin conclusión.
He hecho un corto viaje hasta tu pasado y, mientras viajaba, encontré, que casi todo estaba en desorden
Vio el papel sobre su mesa, se puso las gafas: No sé cómo decírtelo ya, decía. El orden es fundamental para entender la vida, pero tú ni caso. ¿Cómo puedes pretender que te llegue el desengaño antes que el amor? Los dientes definitivos crecen cuando los de leche se han caído; las vacaciones llegan tras un año de trabajo. Las musas no existen, así que no las busques más y no me engañes, hazlas desaparecer. ¿Para qué revolver los recuerdos si las imágenes que hilas no tienen sentido? Te lo advierto, o pones orden en tu pasado o deserto de tu futuro.
Firmado, tu razón.
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Y DE REPENTE...
Y de repente todo había desaparecido. El olor, ese olor tan característico, tan ocre, tan incisivo, se diluía con el último rayo de luz, con el último parpadeo, con la última saliva que abandonaba la garganta camino del infinito. Todo perdido, la memoria, el dolor, la angustia, la soledad, la sonrisa del mendigo de la esquina, el aroma cálido del café de la mañana, los gritos alegres de los niños en el patio del colegio, la niña de las coletas que un día le dijo adiós, la jovencita de las gafas de culo de vaso que nunca encontró quien le amase, la mujer madura de éxito solitario. Sólo quedaba el sabor amargo de la cicuta.
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