UN MAL DÍA
El día ya no había amanecido bien. Tras una noche de pesadillas e insomnios alternados, la niebla extendía su manto cubriendo el valle que rodeaba al pueblo, una niebla espesa, viscosa, como el aliento helado de una babosa serpenteante. Nunca le había gustado la niebla, era traicionera, se le metía por el cogote helándole los pocos pensamientos que aún le quedaban en su maltrecho cerebro. Su madre le decía que el se le estaba secando la sesera y, como lo decía su madre, y cualquiera le llevaba la contraria a Doña Eulalia, pues debía ser verdad, aunque pensándolo bien, para lo que le habían servido las ideas en su vida, pues mejor sería ir perdiéndolas o secándolas o incluso tirándolas, sin duda haría mejor negocio.
Sentado al borde de la cama, los pies, colgando sin apenas rozar el suelo, dotados de un movimiento uniforme que se escapaba a sus entendederas, un movimiento automático, repetitivo, inconsciente, un balanceo que variaba su intensidad según el recuerdo que asomase por su cabeza, podía pasarse horas y horas con la mirada perdida y columpiando los pies. El frío causaba espasmos en su achaparrada espalda y eso le producía un temblor desde el último pelo de la cabeza hasta la uña del dedo meñique del pie izquierdo. El dedo meñique del pie derecho lo perdió otro día de niebla en el que confundió un hurón con un, iba a decir balón de trapo pero es que su forma era cualquier cosa menos esférica y por eso lo confundió, el hurón enfurecido, y eso que los hurones huyen de la gente, pues como decía, el hurón enfurecido le arrancó el dedo de un bocado, hay que aclarar que nuestro protagonista, Casimiro que aún no os había dicho como se llamaba, iba completamente descalzo en el mes de enero y el hurón seguro que fue despertado de su letargo por los ruiditos que de la boca del susodicho Casimiro salían cuando pateaba esa cosa que él llamaba pelota, y es posible que enfurecido por haber interrumpido su sueño invernal, se vengase comiéndose su dedo, aunque si se fijó bien, creo que lo tiraría pues más que dedo parecería hollín compactado alrededor de un hueso de aceituna, porque sus dedos, además de ser extremadamente sucios y feos eran extremadamente pequeños. Entre balanceo y balanceo, entre espasmo y espasmo Casimiro recordó que ese día no había colegio. Todo un logro para su escurrida mente. Cada día era un calvario coger el cuaderno y la cartilla atados con un viejo cinturón porque, a pesar de tener más de doce años, apenas sabía leer. No soportaba tener que ir camino de la escuela entre las burlas y los gritos de los demás niños que, como él, iban a aprender lo que las madres llamaban las tres reglas: leer, sumar, restar. Multiplicar y dividir era para los niños de la capital que no tenían que preocuparse por nada, a ellos les bastaba con que no les engañasen en los tratos del campo, tantos kilos de esto a tanto el kilo pues tantos duros para la casa, era sencillo.
Volvamos a esa mañana de niebla, Casimiro, tras los gritos de su madre y un tiempo indefinido que podría abarcar hasta dos o tres horas, desayunó su tazón de leche de cabra, su pan migado y robó a escondidas un trozo de tocino para cuando le diese hambre. Pensaba ir a lo alto del pico del fraile, no sabía por qué lo llamaban así si allí nunca había habido un fraile, pensándolo se rascaba la cabeza y negaba con un movimiento uniforme de cuello hacia derecha e izquierda, derecha e izquierda, derecha e izquierda repetido hasta cien veces. No decía nada, sólo movía la cabeza y doña Eulalia, nerviosa ya con tanto movimiento, le atizaba un pescozón el cogote y él paraba la cabeza, entonces aparecía la sonrisa bobalicona en su cara y le gritaba a su madre:
- La cabeza la pararás pero el celebro no, la cabeza la pararás pero el celebro no…
- Celebro te voy a dar yo a ti, ven para acá.
Y salía corriendo para no recibir otro pescozón. Los pescozones le daban igual, doña Eulalia tenía lo que él llamaba “arreuma” y poco daño le podía hacer.
Se dirigió al establo donde guardaba, o tal vez escondía por vergüenza, una bicicleta vieja, destartalada, casi ruinosa con la que en los días que no iba a la escuela se alejaba de su casa para evitar que su madre le estuviese mandando cosas sin parar y por otro lado porque con la bicicleta creía que podría, si se entrenaba bien, llegar un día a la capital y él tenía ganas de oler esa gasolina de la que los hombres hablaban que movía los carros de ciudad sin tener que arrearlos como a los burros. Nunca había visto un carro de ciudad, una vez pasó uno por el pueblo pero él estaba castigado cara a la pared en la escuela y no lo vio. La niebla seguía campando por sus respetos que eran todo el valle y todos los caminos que partían del valle, como no veía más allá de sus afiladas narices, no vio la piedra que bloqueaba el paso. Decidido a coronar el pico, pedaleaba con fuerza, la bicicleta chirriaba no sé si en señal de protesta por el esfuerzo o como pidiendo auxilio porque era ya muy vieja para esos trotes. Al chocar con la piedra salió volando aterrizando tres metros más allá con la boca en el suelo. El ruido de la bicicleta al chocar se le antojó a Casimiro como una carcajada. El daño era espantoso, se llevó la mano a la boca y un líquido viscoso se derramó entre los dedos:
- ¡Me cago en mi suerte! ¡Puñetera niebla y puñetero camino!-volviéndose hacia la bicicleta se encaró con ella- ¡Tú no te rías!- y chillando a la nada que le rodeaba gritó- ¡Si te crees que me vas a detener, vas lista! ¡A cabezón no me gana nadie!
Y en eso tenía razón, a cabezón no le ganaba nadie. Se acercó a la bicicleta, la enderezó, porque del golpe había quedado torcida, y montó sobre ella de nuevo. La niebla iba cediendo terreno lentamente a unos tímidos rayos de sol. Casimiro iba enfadado, ofuscado en su pedaleo, un, dos, un, dos, las piernas subían y bajaban en un esfuerzo que empezaba a resultarle demasiado pesado. Otro rayo más alumbrando el camino, un camino que apenas reconocía, por ahí no se iba al pico del fraile. Se había perdido. No recordaba si había girado en la fuente de la bicha o si el roble seco había quedado a su izquierda, no sabía dónde estaba. Ante él sólo una cuesta empinada, tan empinada que apenas podía avanzar con ese trasto que llamaba bicicleta. Pero cabezón como pocos, decidió continuar a pie hasta esa cumbre que se vislumbraba en la lejanía. El hambre empezaba a hacer mella en su estómago pero no pensaba detener el paso hasta llegar a la cima. Ahora el movimiento del cuello era de atrás hacia delante, una vez y otra y otra más. La sonrisa que se dibujaba en su cara era irónica, como queriendo despistar al enemigo. El movimiento de cabeza no paraba y él aceleraba su paso.
-¡Ya queda poco, vamos!
Él mismo alentaba su paso. Ya estaba coronando la cumbre. Se detuvo, respiró profundo para recobrar el aliento. Oteó el paisaje y sonrió. Volvió la mirada a la pobre bicicleta y cogiéndola fuertemente entre sus manos como evitando que se pudiera escapar le gritó:
¡Maldita bruja! ¡Has equivocado el camino, me has tirado del sillín por no apartarte cuando viste el pedrusco, no quieres andar a mitad de la cuesta y he tenido que cargar contigo, pero sabes una cosa, esto es lo que hago yo con los que se burlan de mi!
Levantó la bicicleta por encima de sus hombros, se acercó al barranco y la arrojó con fuerza y mirando como caía dijo:
-Si yo sabía que hoy era un mal día.
Y sentándose en un risco, sacó el tocino que llevaba y se lo comió.
HOY

Hoy hace un añito ya que este blog tiene sus letras abiertas, ¡qué rápido ha pasado el tiempo! Gracias a todos por estar ahí.
Hoy voy a cambiar mi registro y recogiendo el guante lanzado por mi amigo DUGONGO este es el reto, quizás no sea exactamente lo que pidió, pero empiezo el camino de la felicidad. (Y como es mi primer cumple me he extendido más de lo habitual).
HOY
Soy de pocos rezos, la verdad, pero esta mañana me apetecía hablar con Dios, y eso que lo había borrado de mi lista de amistades, porque digo yo, un amigo debería estar cuando se le necesita, no para las fiestas o las juergas, para eso con dar una palmada en mitad de la plaza aparecen cientos. Pues a lo que iba, Dios me había fallado cuando más lo necesitaba y aún así esta mañana me apetecía hablar con él, quizás por los viejos tiempos, quizás porque del recuerdo no es tan fácil expulsar al que una vez fue un gran amigo.
Realmente esta mañana no había cambiado nada pero todo me parecía diferente. El aire alborotaba mi pelo creando una danza caótica que otro día me hubiese irritado y, sin embargo hoy, sentía como revitalizadora. Ese viento frío acariciaba mi rostro y era una sensación agradable, de hecho diría yo que placentera, el sol arrullaba las pocas nubes que rondaban por el cielo con tal dulzura que apenas podía templar la mañana. Muchos pasaban a mi lado enfundados en sus abrigos, en sus gorros, escondidos tras las bufandas, pero yo quería disfrutar de ese aire gélido que, paradójicamente, templaba mi espíritu. Hoy percibía la vida en su plenitud, todos los días pasaba por el mismo rincón, por la misma calle y doblaba la misma esquina y nunca me había detenido a sentir los que cada lugar ofrecía. El caso es que, como cada día, también llevaba prisa. No puedo explicarlo, las sensaciones se presentaron ante mí y decidí no rechazarlas. Un rayo de sol iluminó la corola de una flor que, burlando al invierno, había decidido abrir sus pétalos, un perrillo chiquitín, con más frío que vergüenza, como dicen en mi tierra, enterraba algo en un pequeño jardincillo que se extendía entre dos edificios, me detuve a observarlo, me hizo gracia. La primera sonrisa se dibujó en mi cara, puede que ese perrillo, cada mañana, bajase al jardincillo pero nunca había reparado en él. Un canario lanzaba al viento su trino. Lo busqué entre el enjambre de balcones que tapizaban la calle, no fue difícil encontrarlo. Era como si esperase mi paso y me diera los buenos días. La sonrisa se iba ensanchando. No me paré mucho tiempo y a cada paso descubría algo nuevo, que realmente no era nuevo pues debía estar todos los días en el mismo lugar, pero a mí se me antojaba nuevo y sobretodo excepcional. Llegaba a la boca del metro, un aire cálido emergía del interior. Mucha gente entrando y saliendo, prisas, empujones, nervios…, mi tiempo parecía elástico, alargándose una vez más, y permitiéndome observar lo que algunos llamarían la jauría humana de las horas punta. Conseguí un sitio y me senté. Observaba a la gente, caras ausentes, tristes, perdidos en su historia o en otras historias impresas en libros ajados o en libros relucientes que les alejaba del contacto del que compartía viaje en el mismo vagón.
Al principio os contaba que sentía la necesidad de hablar con Dios, y es que quería contarle cómo era mi día, una estupidez supongo, me da igual que creáis que lo es, lo sentía, no hay que darle más vueltas.
En el metro me pasó algo extraño, en serio, jamás había sentido nada parecido. Os cuento, yo, en mi interior tengo una pila, en serio, ¿tú no?, sí, seguro que sí. Bueno, era como si necesitase recargar mi pila interior con la sonrisa de la gente que me rodeaba ¡Os podéis creer! Eso es algo sumamente complicado. La gente se pone nerviosa si las miras a la cara, enseguida esconden su rostro sumergiéndolo en el libro que les sirve de escudo protector, giran la cabeza para no mirarte o la bajan hasta casi romperse el cuello, era gracioso. Pues yo decidí que necesitaba sonrisas y las iba a conseguir. Bastaba con llamar la atención y ahí fue cuando me puse a hablar con Dios, sí, en serio. Le hablaba bajito, a nadie le importaba lo que le tenía que decir, pero surtió efecto. ¿No os habéis parado nunca a mirar a alguien que habla solo en un vagón de metro o en la calle, o en el autobús? Seguro que sí porque desde que empecé a hablar con Dios, todo el mundo me miraba y entonces estaban ya perdidos, desenfundaba mi sonrisa y callaba. Y funcionó, digo que si funcionó. La gente dejó de ser gente en masa para pasar a ser personas, individuos únicos que contestaban con una sonrisa a lo que quizás fuese para ellos locura, pero quién no está loco hoy en día. Yo lo estoy y tú seguro que también porque si no cómo es que estás escuchando a alguien que habla en el metro con Dios. No te enfades, perdona, si estar loco no es tan malo.
La cadena se había desatado, cada persona me regalaba su sonrisa y yo las iba almacenando y las devolvía aumentadas y ellos también seguían sonriendo, y yo, y ellos y así hasta el infinito y eso es lo que siento hoy, el infinito volcado en mí, un infinito perfecto y eterno, y soy feliz, sí señor, soy feliz.
¿Sigues creyendo que estoy loca? Puede ser, pero es que yo adoro esta locura que da la felicidad.
¡Ah! Y de mi conversación con Dios, otro día hablaré. ¡SED FELICES!
NO PODRÁS ENCONTRARME

No podrás encontrarme, ya no, ya no estaré para ti. Los días de sufrimiento acabaron con tu última partida, ya no te esperaré, ya no desperdiciaré mi vida viendo cómo el tiempo consume este vacío que deja tu huida. Te lo advertí, si me querías no debías abandonarme una vez más. No es aire lo que necesitas, no es tiempo, es valor para afrontar la vida y amor para compartirla. Yo no te puedo enseñar a vivir, yo te puedo amar, pero qué sentido tiene amar y sufrir, creo que esa pareja no funciona, no lo creo, lo sé y ya no dejaré que me hieras nunca más.
AL ROMPEDOR DE SUEÑOS

No tienes derecho, no.
¿Quién te crees que eres menospreciando mi, quizás torpe, genio?
¿Por qué me niegas una ilusión, un deleite, un recreo?
Si no daño a nadie,
¿por qué te burlas de mi desvelo?
¿Qué derecho te asiste para impugnar lo que, con pasión, tejo?
¿Qué sabes tú de ilusión?
¿Qué sabes tú de sueños?
¿Qué sabes tú de esfuerzos baldíos que oprimen mi pecho?
Te ríes de una simple flor bordada en un lienzo,
diciendo que todo un bosque bordaría un artista certero.
Que no soy artista, lo sé.
Que no tengo don para serlo, bueno.
Pero si mis manos sólo dan para una flor en un lienzo,
¿Con qué derecho rasgas con palabras las puntadas de mis sueños?
CHIRIGOTA

Se acerca el carnaval, las calles se llenan de papelillos y notas de color. “Cai” se viste de alegría, de verdad con buen humor. El Falla es el ombligo de la vida que se detiene en coplillas y tangos, en chirigotas y coros, cuartetos y comparsas. Todos agrupados bajo el ácido humor de la vida que transcurre entre letra y letra, entre año y año al son de verdades como puños y calificativos que danzan con la trompetilla que marca el son: Paro, críticas, políticos y curas, Leonores y fútbol, familias y folcloricas, estatú y sabe Dios qué más se paseará por el escenario recordándonos con humor la realidad de cada día en nuestro país. No soy de Cai, pero llegando estas fechas no me pierdo su carnaval. Si tenéis ocasión acercaros a sus calles, os volveréis adictos. VIVA EL CARNAVAL
href="http://www.cadiznet.com/carnaval/">
FINAL

Qué difícil es saber que mañana puede ser tu final. Toda la vida recorre los rincones de la memoria extrayendo recuerdos que permanecían marchitos en el olvido. Tu niñez, aquel castigo injusto por culpa de tu hermano, los baberos del cole, las coletas tersas como la piel de la niña que las lleva. Tu primer amor, dónde estará ahora, qué habrá sido de él, ¿me recordará como yo lo hago hoy? Los celos, nuevos amigos, la primera minifalda, aquel pantalón de pana negra que lucías en las fiestas del instituto. Pablo, me acuerdo de Pablo, que tierna declaración de amor imposible: -Si mañana no ingresara en la orden viviríamos para siempre juntos-. Siempre, qué es siempre, siempre no existe, siempre no es nada, la vida es nada cuando tiene fecha de caducidad. Universidad, risas, noches en vela ante unos folios llenos de letras, Pagoga, no podíamos estudiar con él, todo un cerebrito, noches de confidencias, de llantos, de ilusiones repletas de metas… La vida pasada por el tamiz del recuerdo sin esperanza para el futuro. El mañana puede borrarse en el hoy, ¿cómo enfrentarme a eso? Los hijos que no alumbraré, los besos que se marchitarán antes de sentirlos, el calor que abandonará un cuerpo vivo que ya no lo será más. Hablo de ella sin querer admitir que soy yo, que todavía soy yo, mientras hay vida hay esperanza-me dicen- pero ya no oigo sus voces, ya no veo la luz, el terror marchita mis sentidos, el pánico agita mi espíritu, no quiero morir, aún no puedo morir.
SILENCIO

Silencio, la naturaleza despierta aleteando notas arrancadas al viento.
Silencio, el mar despereza sus mareas anquilosadas en otros tiempos.
Silencio, las teclas huecas de pianos eternos dibujan notas sordas en devenires inciertos.
Silencio, el día atenaza vagos recuerdos.
Silencio, la suave bruma despeja letargos somnolientos.
Silencio, el llanto de un niño amenaza el silencio.
Y es su sonrisa callada la que destruye el silencio.
Silencio: óleo de Jose Antonio Gonzalez
TU AMISTAD

Hoy, que las nubes despejan los azules, que el cielo parece surcado de caminos que se desdibujan en flecos algodonosos y deshilachados, hoy que asisto impasible a la pugna que libran los dorados rayos por lucir su esencia en los cielos infinitos, y que las cadenas invisibles de aquello que llamabas amistad ahogan mis anhelos cubriéndolos de óxido, de herrumbre que descascarilla la pátina de engaño que abrigaba mi corazón, hoy sentada al borde de los abismos del desconsuelo me pregunto qué fui en tus brazos, qué fui para ti.
¿Fui nube que ensombrecía aflicciones?
¿Fui rayo de luz que iluminaba esperanzas?
¿Fui el aliento que empujaba el humo de tu duda?
¿Fui la duda misma que alimentaba ilusiones y quimeras?
En tu boca una sola palabra, amiga. Amistad borrando trazos que asustaban, ocultando caminos que te desviaran del sendero que elegiste como camino. Y yo te pregunto a ti que presumes de claridad de palabras, a ti que presumes de lealtad de sentimientos, a ti que te escondes tras la cobardía del que no se atreve a asumir sus propias pasiones, ¿es amistad soñar cada noche con mi aliento? ¿Es amistad esperar que la marea de mis ojos sacie humedades en tu orilla? ¿Es amistad correr hacia mi encuentro esperando como recompensa tan sólo una sonrisa? ¿Y es amistad que me buscases por los renglones de tu deseo? ¿Qué mi palabra aliviase tus dudas y juntas bailasen valses de armonía? ¿Es amistad que nuestras almas extendiesen sus ramas hasta tocarse y enroscarse sin esperar más que la sombra del otro acariciase la propia? ¿Y fue amistad que me abandonases al desaliento y echases lodo al barro de mi desesperanza? ¿Qué calumniases con palabras lo que le negabas a tu alma? ¿Y es amistad el silencio eterno impuesto por tu cobardía?
Si esto es lo que llamas amistad no quiero tener amigos como tú.
NOCHE DE REYES

Se les hacía tarde, la noche se echaba encima y ellos no encontraban el pueblecito. La estrella se había entretenido con un lucero y no conseguían llegar. Por más rezos, por más hechizos o por más maldiciones que salían de su boca, el camino permanecía oculto a los pasos de los camellos.
Unas horas, apenas unas horas de noche, tenían para encontrar al pequeño que les envió el telegrama a última hora.
Cada año ocurría algo parecido que les hacía temer lo peor, no cumplir su misión y perder la ilusión de otro niño más. Y es que los siglos no pasaban en balde y las nuevas tecnologías eran las arrugas que envejecían las ilusiones de los niños y enlentecían su caminar por los sueños. Ya no era sólo la lucha que tenían desde hacía unos pocos cientos de años con el individuo de rojo, no, ahora era tanta información, errónea o no según las creencias, que empañaban los ojos de la ilusión permitiendo realidades de adultos a niños de corta edad.
Su mundo se desmoronaba a cada paso y como siguiese eso así no quedarían almas de niños habitando los cuerpos de niños. Y la dichosa estrella sin aparecer. ¿Es que hasta el cielo se confabulaba en su contra? ¿Es que la ilusión debía disolverse en la noche oscura de Reyes?
No estaban dispuestos. Melchor suspiró y el suspiro le devolvió el aire mágico de la noche:
- Amigos, compañeros de viaje, no necesitamos la estrella. Nosotros vivimos de ilusión y es ella la que nos mantiene cada año. Detengamos nuestro paso, sintamos nuestra esperanza, vibremos con los que aún nos esperan y encaminemos nuestros pasos hacia donde la llama aún está prendida. Ni la oscuridad, ni la ausencia de la estrella, ni este camino que perece llevarnos a ninguna parte podrán detenernos. Entornemos los ojos y sintamos la ilusión acercarse.
Gaspar y Baltasar de bajaron de sus cabalgaduras, los camellos silenciaron sus jadeos y el silencio de la noche les trajo la luz de la esperanza del pequeño que los esperaba.
Encontraron el camino, siguieron las chispas de deseo y con un último esfuerzo encontraron la casa. Se asomaron a la ventana y vieron un fuego brillar en la oscuridad del aposento. Nadie estaba levantado, soplaron los sueños y despertaron los ecos de la fe.
Esa noche hicieron feliz a un niño, la estrella volvió a lucir al paso de la caravana y se encaminaron un año más a oriente con la esperanza de que al año siguiente pudieran reemprender de nuevo el camino. Apenas les bastaba con una petición sincera, con un deseo del corazón, con una fe ciega para ponerse un año más en camino, pero eso sería otro año, este ya habían cumplido.
FELIZ NOCHE DE REYES A TODOS LOS NIÑOS COMO YO.






