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SEMBLANZA DE UN AMIGO



Escondido tras unos cristales que apenas permiten ver unos ojos cansados, miopes, algo ausentes, que intentan mirar la vida desde un nuevo rincón. Cabezota, terco, bruto... así es para muchos, pero quizás solo unos pocos puedan ver su mundo interior, escondido, oculto a oídos ajenos y solo a ellos asombre cada nuevo día. Su carácter se diría algo agrio, seco, cortante. Cuando se enfada puede estallar como un volcán que a través de su boca arroja hacia el exterior afrentas, improperios, reniegos y maldiciones.
La vida nunca se comporta como uno quiere y desde muy joven guardó para él su aspecto más amargo. Perdido en la inmensidad de un mundo de tinieblas, tinieblas engañosas con brillos de colores estridentes, con sonidos envolventes que lo ahogaban en un torbellino sin salida. Un mundo de alegrías que lo mantenían eufórico, exultante, rebosante de un espíritu etílico que lo emborronaba todo. Fue arrojado a un no vivir. En su mundo no existían problemas, pero todos los que vivimos sabemos que sin problemas lo que no existe es mundo.
Esas luces que solo él veía le condujeron a un túnel del que no podía escapar. Quizás ni siquiera se percataba que estaba atrapado. No sintió la necesidad de huir hasta que un día ese túnel se derrumbó.
En la vida, a veces, para continuar hay que morir. Dormirse en una vida y despertarse en otra. Así empezó su lucha, su lucha por vivir. Se dio cuenta que en el mundo donde había despertado los problemas existían y le atrapaban, pero fueron esos problemas los que le hicieron consciente por fin, de estar vivo. En su desesperación deseó renunciar a todo y ya no pudo.
Estar vivo duele. Antes no era consciente del dolor y ahora le embarga el alma, pero como un quijote a lomos de su rocinante, se ajusta su armadura e inicia su largo recorrido por este lado de la vida. Aquí, en esta orilla, la desconfianza se erige como su mejor consejera, le acompaña allá donde va. Recela de todo y de todos. Quizás sean esos recuerdos atrapados en las vastas redes del pasado los que sobrevuelan por encima de una realidad que está aprendiendo a conocer. Se ha arrojado, aún sin creerlo, a un mundo donde la gente se preocupa de la gente, donde ahora, y como justa recompensa a su esfuerzo, se le disculpan cosas impensables para otros. Como a un hijo pródigo se le acoge de nuevo en la sociedad, aunque él, a veces, no quiere verlo así. Desde este lado se empieza a conocer su otro yo, ese que intenta ocultar a todos, ese que aparece tras unos cristales que enmascaran una dudosa timidez y allí, acurrucado en su interior, nos muestra un gran corazón, un corazón envuelto por capas de desdén, miedo, inseguridad..., pero que cuando logra sobreponerse y desnudarlo, sale al exterior irrumpiendo con una fuerza difícil de controlar.
Cuando permitiendo la entrada a su entorno se le llega a conocer, se aprende a quererle y, aunque a veces yerre, como cualquier humano, alejando de nuevo la compañía, la convivencia, cuando rechaza al que tiene a su lado, solo basta resistir el envite, esperar y el diálogo de nuevo aparecerá, pues ya forma parte de él y no quiere perderlo.
Podría cambiar, mejorar, pero debe recordar que nosotros mismos somos nuestros peores jueces y en muchas ocasiones nos infravaloramos ante alguien o ante algo. Si uno es capaz de sobreponerse a sí mismo, lo demás lo otorga el tiempo.
Tal vez por la oscuridad que reinó en su vida durante un tiempo, por su alejamiento de los que le querían, o por dejarse perder sin necesidad de reencontrar el camino, fue conducido al abandono, a la invisibilidad ajena, diluyendo, poco a poco, la escasa confianza que anidaba aún en sí.
Esa confianza olvidada, perdida en su vida de antaño, encadenada a los colores estridentes que no desea ver jamás, esa confianza, no encuentra el retorno. En su cabeza revolotean, anidan, van y vienen grandes pensamientos que casi nunca se atreve a exponer. Dice que necesita tiempo para madurar esas ideas que se arrojan sobre él como una bandada de pájaros negros dispuestos a devorar la cosecha. Quizás solo sea falta de seguridad porque a medida que se deja conocer se transluce una inteligencia que intenta ocultar, enterrar en un mar de desconfianza hacia sí mismo, porque él no confía en él y cualquier pensamiento es una nueva falta cometida, un error, un humo que debe ser disipado.
Quizás piense que el tiempo desperdiciado le ha robado esa capacidad que tan fácil ven, él en, los demás. Pero, Amigo, amigo con mayúsculas, estás equivocado, la inteligencia se nutre de conocimientos y estos no solo se adquieren en los libros. La vida ofrece conocimientos y experiencias que difícilmente pueden encontrarse encerradas entre las letras de un compendio de saber vivir torpemente encuadernado.
Tu inteligencia te puede llegar muy lejos, tan lejos como uno desea, solo hay que arriesgar y confiar en vencer. Las dificultades serán muchas, pero las metas solo las puede fijar uno mismo.
Este eres tú, mi amigo y este es mi pequeño regalo. Felicidades.
 
LA DAMA VESTIDA DE NIEBLA


El alba se entretiene jugueteando con el frescor de la noche, enredándose entre sus cabellos invisibles de luna nueva. No tiene prisa por desplegar sus alas. Un rumor antecede su aparición. Un rumor de pájaros que inician el vuelo en busca de otros campos, de otros valles, de otros caminos donde las alas, símbolo de libertad, les quieran llevar. Un rumor de hierba que se despereza de las gotas de rocío que la noche ha depositado en sus hojas como sacrificio purificador para abrazar al nuevo día. Un rumor de piedras eternas que suplican ansiosas que la luz de un nuevo día les devuelva el calor a sus entrañas retornándoles así el sentimiento de vida; sí, vivas como los animales que se suben a sus espaldas; vivas sí, como las plantas que verdean con los rayos de sol; vivas como la dama que cada nuevo amanecer posa su suave pie en sus espaldas frías de noche. Muerta de frío la noche. Muerta de frío la piedra. Muerta de frío la dama. Ese rumor parece avanzar pero, como cada nuevo día, la aparición de la dama con su extraño canto enloquece al alba deteniendo su camino.
La dama vestida de niebla, etérea, irreal, delicada como la mariposa que extiende sus alas por primera vez, deposita suavemente su pie sobre la roca que ya sólo vive para ser acariciada por ella. Respira muy lentamente como queriendo, con cada nuevo soplo de aire que invade sus pulmones, detener el tiempo. Su canto de sirena es lanzado al viento pero apenas lo oyen los pequeños seres que moran despiertos en el valle. Ella, erguida en la roca, aleja los ojos. El horizonte está demasiado cerca tiene que continuar y en su viaje el único sonido que la acompaña es su canto triste.
Los rumores del amanecer se han detenido. Ya no hay amanecer, ya no hay retorno a la vida, el sol ha sido aprehendido desvaneciéndose en su lento caminar.
Ella alza el brazo y su vestido de niebla se desgarra como jirones, extendiéndose desde su cuerpo hacia el valle, dirigido por las delicadas yemas de sus dedos que señalan hacia el infinito y hacia allí se dirige obediente la niebla que, orgullosa de servir a su señora, se engrandece y se despliega como un manto real abarcando todo su reino, la frontera entre lo real y lo imaginario, entre el deseo y la resignación. La niebla avanza vertebrando el valle, naciendo del manantial de los deseos y vertiendo lágrimas de olvido que se derraman enalteciendo el cauce que, desbordado, va inundando la garganta oscura vaciada de amanecer.
La dama continúa con su canto, extasiada, perdida, olvidada de la luz y del amor. Señala el camino, el camino que quisieran sus pies transitar, camino desvanecido de tinieblas, dispersado de esperanzas, deshecho de dolor, horadado de ausencia, de exilio impuesto e inexorable separación.
Ella dibuja de niebla el camino olvidado, lo hace renacer de la bruma. Su brazo permanece extendido. Parece como si de su interior naciera la necesidad de acariciar algo, alcanzarlo siquiera con la punta de sus dedos que se estiran como ramas verdes elongándose para alcanzar el cielo. Pero ella no quiere alcanzar el cielo, ya lo tuvo en sus manos y ese fue su castigo. El cielo sólo lo toca Dios, le dijeron y le hicieron pagar su pecado.
Sola, abandonada en un valle desierto de fe donde la esperanza se torna en abatimiento, en desconsuelo, sin más aliento que el que le transmite la niebla que emana de su deseo, se aferra al valle y al camino de brumas luchando contra la apatía y la dejadez que pretenden imponerse en su espíritu maltrecho. Así, en cada incipiente amanecer, ella se transfigura en dama de vestida de niebla y se dirige a su valle, a su piedra y a su camino con la esperanza de ser faro en la oscuridad que guíe el retorno del que ha de venir, del que sin duda no la ha olvidado, del que anhela su deseo y que, siguiendo el sendero que ella dibuja de bruma envolvente como los sentimientos más candorosos, más inocentes, más intensos, más arraigados en el interior, cabalgará sobre la niebla hasta ella.
Pero un día más la bruma se desdibuja. El sol implacable ha despertado del letargo impuesto por las notas arrancadas de la garganta de la dama que, al verse descubierta por la luz, despierta de su trance. Ya no está vestida de niebla. Su desnudez enrojece su rostro pálido, delicado, irreal, despierto a otro mundo un día más. Su cabello negro azabache es el último vestigio de la noche que acaba de fenecer. Corre hacia su castillo de cristal donde guarda, hecho añicos, sus sentimientos a la espera de que, de nuevo, otra moribunda noche le permita transformarse en niebla que ilumine el camino que ella no puede andar.

EL CABALLERO CON ARMADURA DE ESTRELLAS

Cada atardecer, cuando los rayos del sol se tornan huidizos, cuando la timidez del ocaso apaga el fuego de su cenit, cuando el cielo destila malvas y púrpuras, el manto celeste retrocede dando paso al palio tornasolado de colores huidizos con prendidos de luminarias eternas como la noche que se avecina, y es entonces cuando el caballero implora al cielo con la cabeza alta y el corazón derrotado. Hinca la rodilla en la tierra que su dama pisó por última vez y la acaricia y la besa. Es el inicio de su ritual.
Se alza sobre su orgullo herido y blande la espada cuyas glorias los juglares cantan y, desafiante, la esgrime contra el Dios de los infortunios, ese Dios que permite que su vida se torne muerte; su libertad, prisión; sus anhelos, agravios. Eleva la mano en contra del que apostó su destino perdiéndolo.
Juego de Dioses irreverentes, Dioses impíos que se divierten con el sentimiento más noble que jamás anidará en su, ahora angustiado, corazón, sin importarle más que un nuevo envite, una nueva partida, un nuevo lance con el que reír sus borracheras de ambrosía e hidromiel.
El infortunio nubla su mente. Aferra con fuerza la espada forjada de sueños malditos, de sueños rotos como añicos de la dulce copa que un día saboreó. La zarandea, amenaza a la fuerza invisible del destino aciago que se cierne sobre él y porfía letanías de amargura, de cólera embravecida y cuando cansado del desafío, cuando la respuesta de los Dioses es apenas una carcajada lejana, derrotado, inclina la cabeza, la hunde entre sus manos, unas manos temblorosas que rodean la empuñadura y llora desconsuelo, llora ausencia, llora olvido. Lágrimas calientes derramadas de ojos inertes, fijos en horizontes imposibles, renacen de nuevo. Y es entonces cuando comienza de nuevo su lucha. Renace como ave Fénix de sus propias cenizas, el resquemor de un fuego imposible de sofocar le da el último aliento que impulsa su espíritu. Las estrellas se reflejan en su cota de malla confabulándose y tejiendo una armadura de estrellas. La espada baja, el índice altanero, decidido, ordenante como guerrero que se apresta a la batalla. Su ejército, las estrellas que se alinean dibujando un camino, una ruta que le ha de llevar hasta ella. La lucha se va a iniciar una noche más. La luna ha recorrido su camino de olvido y, de nuevo, una noche más la niebla que amenaza desde el confín del mundo lucha contra su ejército celestial. La batalla es encarnizada. Niebla contra estrellas. La una ciega, las otras ansían dar luz, y sin saberlo, ambas desean mostrar el mismo camino. Es el intermedio infinito en el que se confunden noche y día, día y noche.
No hay vencedor. El caballero agotado arroja la espada, cae de bruces llorando su impotencia. Las estrellas desaparecen pero no las cubre la niebla. Parece como si estrellas y niebla se rehuyeran, evitando unir sus destinos en un único sendero. El sol navega de nuevo a lomos del manto púrpura que centellea despidiendo la noche. Ya no quedan estrellas, ya no queda niebla, ya no queda camino. Desanda su propio camino y dirige sus pasos al olvido de un nuevo día. Esperará que la noche borde de nuevo su manto para dirigir con sus puntadas la senda de estrellas que le mostrarán, al final, el rostro de su amada.

 
EL BOSQUE NUNCA ES OSCURO (CUENTO PARA LOS QUE A VECES ESTAMOS CIEGOS)


La función de primavera va a comenzar. Se alza el telón y en medio de la escena se sitúa Clara, la presentadora:

- Señoras, señores, buenas tardes. Gracias por compartir con todos nosotros esta función de primavera. Me imagino que muchos podéis ver el escenario y otros no. Quizás algunos de vosotros penséis: ¡Qué pena, ojalá pudieran verlo! Yo os voy a demostrar que estáis equivocados. Sí, en serio. Estáis equivocados.
¿Quién os ha dicho que no podemos ver? Admitimos que nuestros ojos no funcionan, pero no significa que no podamos ver. Mucha gente que ve está ciega ante muchas cosas que tiene delante de sus ojos y si no, a ver, ¿quién ha visto al pajarito de colores? Si, ese que canta.
Mientras hablaba Clara el canto de un pajarito era apenas perceptible en la lejanía. Casi nadie había reparado en él. Cuando ella se calló el sonido fue incrementándose. Ahora lo oían, pero no lo veían. El público comenzó a mirar hacia todos los rincones del escenario. Al no verlo pensaban que podía ser una grabación, pero Clara insistía que cerca de ella había un pajarito.
- ¿Así que no lo veis verdad? ¿No estaréis un poco ciegos todos? Mirad hacia arriba.
En ese momento un pajarito de papel bajaba desde el techo del salón de actos.
- Ahora sí que lo veis. Siempre ha estado ahí. Solo ha hecho falta que os dirija la mirada hacia donde debíais mirar. Lo mismo ocurre con nosotros. Si nos dirigen bien podemos ver más allá de nuestra oscuridad.
Le entregaron un bastón y le pusieron un banco en medio del escenario. Pidió que alguien del público subiese al escenario y cambiase el banco de lugar sin hacer ruido para que ella no lo localizase.
- Todos sabéis que yo no veo el banco, ¿verdad? Si me diera un paseo por el escenario podía tropezar, pero no es así. Ahora mis ojos son este bastón.
Se dio una vuelta tanteando el suelo con su bastón y rodeó el banco sin problemas.
- Os acabo de demostrar que a mi manera, a nuestra manera también vemos. Este año hemos pensado, si queréis, que la obra de teatro la podríais ver con nuestros ojos. Para eso os han dado unos antifaces, preciosos por cierto, que hemos pintado nosotros con todo el cariño del mundo. ¿Pero bueno, no creéis que son preciosos? Pues entonces decidlo.
El público comenzó a aplaudir y a gritar lo maravillosos que eran.
- ¡Vale, vale! No es necesario tanto. Bueno, los antifaces son para que os los pongáis y entréis de lleno en nuestro mundo. Eso sí, os pediré un favor: Silencio. El silencio os permitirá concentraros más en las sensaciones que llegan a través de los otros sentidos.
Ahora comenzamos. Se apagará la luz porque es de noche y vosotros podéis poneros los antifaces. ¡La función va a empezar!

Una ovación sonó en el teatro. Una voz en off comenzó la narración:

Narrador: La noche llega a su fin. El primer rayo de sol acaricia las ramas de los árboles y una suave brisa da la bienvenida al nuevo día.
Todos los allí presentes, con los antifaces puestos, sintieron que la brisa les acariciaba el rostro. Pronto se adaptaron a su ceguera momentánea. No veían cómo el escenario se iba iluminando pero lo sentían, lo imaginaban y para ellos era válido. El rostro de cada uno se iba calentando con los rayos de un sol de atrezzo que aumentaban su intensidad a medida que el día avanzaba. Una música envolvía el ambiente creando la sensación de estar inmersos en el corazón del bosque. Las hojas de los árboles se agitaban, se oía el aleteo de los pajarillos, casi podían ver las mariposas revoloteando sobre las flores que ya habían desplegado sus pétalos para saludar al nuevo día.
- Buenos días margarita.
- Buenos días mariposa. ¡Qué colores más bonitos tienes!
- Es el sol que al reflejarse en mis alas parecen de azabache y rubí.
- ¿Crees que hoy tendremos suerte?
- No sé. Quizás podías preguntarle a tus pétalos.
- A ver: sí, no, sí, no… ¡Sí!
- Pues entonces no hay nada que temer. Los pétalos han dicho que habrá suerte y nunca se equivocan.

Un olor a pino se extendió sobre la sala. Una voz ronca comenzó a hablar:

- Venga pequeñuelas que el día no es tan largo y hay muchas cosas que hacer. Tú, mariposa, tienes que polinizar muchas flores todavía. Y tú margarita tu polen está muy atrasado. Debes esforzarte para que haya más margaritas que adornen el bosque. Este año las amapolas te están ganando.
- No refunfuñes tanto señor pino. Ya vamos. Claro, como usted sólo tiene que esperar a que sus ramas alcancen el cielo…
- Eso no es cierto. También tengo que hacer crecer mis raíces para sujetar el suelo y que no se vaya con las lluvias. Y lo que es más importante, tengo que vigilar mi zona del bosque para alertar de los peligros que nos acechan y podernos defender.
- ¡Peligros, ja! – Dijo la descarada margarita.
- No seas loca margarita, en un bosque hay muchos peligros. Hay que estar siempre vigilando, si no ocurriría lo peor.
- ¿Y qué es lo peor?
- Mariposa cuéntale tú qué has visto en otros bosques.
- La verdad es que el señor pino tiene razón. Hay peligros. Tú eres muy joven para entenderlo.
- Vale, vale, vale, si lo que queréis es asustarme no lo vais a conseguir. No, yo soy una margarita valiente.
- ¿Margarita valiente? Ya veremos…

En la sala se oyó un batir de alas. La mariposa se marchaba a otro lugar del bosque. Tenía que seguir con su trabajo. La música lo envolvía todo de nuevo. Se oían las voces agudas de dos pajarillos saludándose. El salto de un conejo escapando de un zorro, el ulular de un búho… Todo parecía en calma, pero de pronto se oyó de nuevo un batir de alas apresurado, inquieto. El público en la sala no sabía exactamente quién había hecho su entrada en el escenario. Apenas unos instantes y reconocieron la voz asustada de la mariposa que volvía rápidamente al claro del bosque para alertar de un terrible peligro. La música había cambiado. Con cada nota se aumentaba la tensión, la expectación y el peligro.

- ¿Pero mariposa, de nuevo aquí? ¿No te he dicho antes que debías seguir polinizando?
Por la voz ronca supieron que era el pino el que hablaba.
- Señor pino, no me riña. He venido lo más rápido que he podido. Sé que usted es el vigía de este lado del bosque pero no ve lo que pasa al otro lado y algo muy grave está ocurriendo.
- ¡Uhm! ¿Grave, grave? Veamos lo que tú consideras grave. A ver, cuenta.
- Me fui como me dijo a polinizar otras flores en otros claros y no vi ninguna.
- ¡Uy, qué trola más gorda! ¡Si las flores no podemos movernos!
- ¡De trola nada! ¡A mi no me llames mentirosa! ¡Digo, encima de que vengo a avisaros!
- Eso que me cuentas es muy raro- Dijo el señor pino.
- ¡No, no lo vais a conseguir no me vais a asustar!
- ¡Calla insensata! Deja que la mariposa continúe.
- La verdad es que me pareció extraño que no hubiera flores en el otro claro del bosque, así que decidí dar un paseito para ver qué ocurría, ¡y digo que si lo vi!
- ¿Queé viste?- Dijo la margarita con voz temblorosa.
- ¿Es miedo lo que hace temblar tu voz?
- ¿Mimimiedo yo?
- No le hagamos caso. Continúa por favor.
- Pues lo que vi, me puso las alas de punta. Había un hombre con unas tijeras muy largas que estaba cortando todas las flores que iba viendo. No respetaba ninguna. Y luego hacían algo extraño. Contaban árboles: uno, dos y el de tres lo señalaban con una pintura roja, sacaban una sierra y lo volvían a marcar. ¡Lo peor es que oía voces…! –dijo bajando el tono de voz como en un suspiro.
- ¿No serían fantasmas?
- ¡Margarita! – El señor pino agitó sus ramas hacia la insensata florecilla-¡Cállate! Sigue mariposa te lo ruego.
- Las voces eran de otros hombres que, en otros rincones del bosque, hacían lo mismo. ¡Señor pino nos estamos quedando sin flores!
- ¡Ay no, ay no, eso no es posible! ¡Con lo bonita que soy y voy a morir! ¡Qué vida tan cruel! – La agitación de sus pétalos acompañaba a su tono de voz demasiado melodramático para ser creíble.
- Sí, tú ríete y no nos ayudes a pensar cómo vamos a solucionarlo. Aunque estoy pensando… ¿Para qué preocuparme si lo que cortan son flores y no árboles? A los árboles nos señalan, pero, como ha dicho la mariposa, no nos cortan o por lo menos no por ahora.
Narrador: Al oír la margarita cómo el señor pino se desentendía de la situación se asustó de verdad, ya no había risas ni burlas, ahora era consciente que podía ser peligroso y que podía morir.

De pronto comenzó a oírse unos pasos fuertes, potentes. Los espectadores, que seguían con los ojos tapados, comenzaron a sentir la tensión de la escena. Cada paso retumbaba en toda la sala.

- Uno, dos, tres. ¡Te tocó!

Todos los sonidos ampliados hacían posible que la gente adivinase que se estaba abriendo un bote de pintura, ahora una brocha estaba siendo mojada en la pintura. Hasta se podía oír como escurría la pintura en el bote y como la brocha marcaba el árbol elegido. Los sonidos continuaban, pero ahora iban acompañados de un olor especial. El hombre sacaba la sierra de su funda. Arañaba la corteza del árbol que agitaba sus ramas en señal de protesta.

-Ras, ras, ras…

El sonido de la sierra dio paso a un olor a serrín, a madera recién cortada que se extendía por el patio de butacas al igual que la sensación de polvo flotando en el aire.

Narrador: -El señor pino comenzó a ponerse nervioso. El primer hombre estaba muy cerca y detrás vendrían otros. Tenían que pensar en una solución y rápido.

- ¡A ver pequeñuelas, tenemos que pensar! ¡Qué no se diga que los insectos y las plantas no tenemos cerebro!

Narrador: La margarita estaba realmente asustada. No podía estarse quieta. Unida al suelo por las raíces no podía echar a correr como hubiera querido. Los nervios aumentaban. Ya se veía arrancada cruelmente del suelo, o peor aún pisoteada por esa bota que se acercaba irremediablemente a, ese, su claro del bosque. Cuando la margarita se ponía nerviosa no sabía lo que hacía. Podía agitar sus pétalos y sus sépalos tan extraordinariamente que parecía una peonza girando hacia un lado y otro sobre su propio tallo. Pero otras veces, aquellas en las que estaba más asustada, terroríficamente asustada, una voz chillona aparecía de entre sus granos de polen. Una voz aguda, desentonada, la verdad, algo desagradable. No sé cómo explicárselo. A ver imagínense una vicetiple en un escenario que acaba de tragarse un gallo. ¿Lo imaginan?... ¡Claro que sí! Lo imaginan tan bien que yo mismo lo estoy oyendo.

El narrador silenció su voz por un momento y continuó.

Narrador: Creo que ya no lo tengo que explicar. Es exactamente lo que están oyendo. ¡Debe estar nerviosa de verdad, créanme nunca ha cantado tan mal!

- Margarita- Chilló la mariposa para hacerse oír entre tanta nota desafinada - ¿Quieres callarte? ¡No nos dejas pensar!
- La, la, la, la….- La margarita no le escuchaba.
- ¡Espera mariposa! - Dijo el señor pino.- ¡Creo que esa es la solución!
- ¡Qué solución! Si no hay quien la aguante, me estoy enfadando seriamente y creo que no soy la única.
- ¡Eso es exactamente lo que quiero!
- ¿Enfadarme?
- ¡No, a ti no, a las nubes! Quiero que se enfaden mucho.
La margarita no dejaba de chillar, bueno… de cantar.
- Déjala y veras qué pasa.

Narrador: El señor pino tenía razón. Unas nubes que pasaban por el claro del bosque quedaron atrapadas por el sonido estridente de la margarita. Intentaron escapar, pero no podían. El cielo raso quería protegerse de semejante tortura y acumulaba nubes delante de él. Las nubes estaban cada vez más enfadadas, querían marcharse y no podían. Decididas a protestar comenzaron a vaciarse en el claro del bosque.

Mientras el narrador contaba lo que estaba pasando comenzó a oler a tierra mojada. La temperatura de la sala empezó a disminuir. Todos tenían la sensación de que una tormenta iba a descargar sobre ellos. Oyeron las primeras gotas golpear sobre el suelo. Una gota siguió a otra y a otra. Ahora era un auténtico aguacero el que caía sobre el escenario. Nadie lo veía pero nadie dudaba que así ocurriera. Otro olor apareció escondiendo ligeramente el olor a tierra mojada. Al principio no se identificaba bien, pero a medida que aumentaba su intensidad era inconfundible: Óxido.

- ¡Me cachis en…!- Decía el hombre que llevaba la sierra.- ¿Pero cómo puede llover tanto en tan poco tiempo? Voy a coger una pulmonía. ¡Lo que me faltaba, ahora se me ha oxidado la sierra y las tijeras; no puedo seguir! ¡Pero qué desgraciado soy, si sólo quería entretenerme un poco! Está visto que este bosque me trae mala suerte. ¡Pero mira la sierra! ¡Si no voy a poder recuperarla! Lo mejor será irme. Ya encontraré otra diversión, creo que marcar árboles no es lo mío y por mi, que las flores se queden donde están. ¡Que se resfríen ellas! Los otros hombres que hagan lo que quieran, yo desde luego me marcho. ¡Achusss! ¡Vaya ya me he resfriado!

Narrador: Cuando el hombre se marchó la mariposa, que se había refugiado entre las ramas más espesas del pino, asomó sus alas. La margarita había apagado su voz con el aguacero. Todo volvía a la calma. Las nubes se habían tranquilizado y de sus algodonosos cuerpos apenas se desprendía alguna gota aislada. El sol mostraba tímidamente alguno de sus rayos. La temperatura subía. De pronto estalló el júbilo. ¡Lo habían conseguido! Esta vez se habían librado, pero seguirían alerta para evitar nuevos peligros.

- ¡Mariposa!- Gritó el señor pino.- ¡A tu trabajo!
- ¿Pero cómo puede ser así? ¡Con el susto que hemos pasado! Creo que nos merecemos un descanso.
- ¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy afónica?
Narrador: La margarita salía del trance que, sin saberlo ella, había salvado el bosque.
- Cuando caiga el día y podamos descansar te lo contaremos. Ahora cada uno a su trabajo, ya nos hemos entretenido bastante.
Narrador: Así se libraron de desaparecer bajo la fría hoja de la sierra de un hombre que quería divertirse sin pensar en el daño que podía causar. El señor pino volvió a refunfuñar por todo. La mariposa siguió revoloteando por el bosque trayendo y llevando chismes… Y por supuesto el polen. La margarita intentó aprender canto, nadie se lo permitió. No podían perder un arma tan poderosa contra los indeseables que querían destruir el bosque.

Se oyó cómo caía el telón y un fuerte aplauso nació del corazón de todos los espectadores. Clara volvió al escenario.

- ¿Os ha gustado? Veo que, mejor dicho me han contado que algunos de vosotros ya se han quitado el antifaz y otros no. Si queréis ya podéis hacerlo todos. Sólo me queda deciros una cosa: La obra la hemos titulado “EL BOSQUE NUNCA ES OSCURO” y seguro que muchos de vosotros no encontrareis una relación entre el título y la obra. La idea surgió cuando se pensó en hacer este año la función de una manera diferente. Habéis estado todo este tiempo en la oscuridad pero seguro que a ninguno os ha parecido un bosque oscuro. No veíais la luz pero sabíais que era día al sentir los rayos del sol calentando vuestro rostro cuando amanecía. No veíais la lluvia, pero su frescor, su sonido al golpear el suelo estaba presente, y su olor estaba con nosotros. No veíais la sierra pero la oíais arañar la corteza de los árboles. El bosque en la noche también duerme. Sabíais que no era noche ya que había mucha actividad, la sentíais al igual que la luz, la lluvia y la sierra. Nosotros estamos siempre en la oscuridad, pero al igual que vosotros también sentimos, oímos y olemos… Este bosque puede ser nuestra vida. Durante un ratito la habéis compartido con nosotros. Estamos en la oscuridad pero vivimos, gracias a los otros sentidos, en la luz. No lo olvidéis, “El bosque nunca es oscuro”. Os agradecemos que nos hayáis acompañado y ahora si os ha gustado aplaudid. Gracias.