Una vez más
Sí, es cierto. Llevo tantos días sin escribir en el blog que la dirección de Ya.com ha desaparecido incluso del historial del navegador. Un par de trabajos urgentes, el comienzo de las clases en la Charlie y mi participación anual en el Master de Guión de Cine y Televisión de la Universidad Pontificia de Salamanca (un saludo por cierto a los organizadores y los estupendos alumnos) me impidieron acercarme por aquí. El reencuentro previsto el pasado fin de semana se tuvo que aplazar por un hecho trágico e imprevisible: mi portatil, que durante este año y medio ha aguantando como un campeón mis embistes, ha sufrido una crisis de identidad y se ha transmutado en un objeto inanimado. Ante mi incredulidad, cuando aprieto el botoncito no salen las luces primero verdes y después variadas de antaño. En cualquier caso, no puedo menos que lamentar que el regreso haya coincidido con el fallecimiento de un genio del humor como José Luis Coll, cuya aportación al medio televisión merece ser reconocida. Descanse en paz.En mi regreso al blog me apetecía hablar del capítulo final de la segunda temporada de Una vez más, esa joya que el canal SET nos ha estado regalando durante los últimos meses. Es interesante comprobar que, al contrario de lo que parecía a primera vista, no era un final serie, sino meramente el final de temporada de un programa que siempre estuvo al borde de la cancelación. Se puede entender que el matrimonio entre Rick y Lilly, tras muchas peripecias y algún desencuentro, debía ser la conclusión más adecuada para la crónica de su relación, no una intermedio en el camino, ya que la idea inicial no era hablar de la institución del matrimonio, sino de la problemática del divorcio. Fuera o no equivocada esa decisión (tengo aún que ver la tercera temporada), lo cierto es que este canto de cisne simulado era en su medida justa sentimental y forzado, hasta el punto de recurrir al final feliz y el artificio de colar en el relato al fantasma del padre de la protagonista, que visita a unos seres queridos que no terminan de asumir su ausencia. Demostrando que el genio está en la ejecución y no en las ideas, Paul Mazursky aporta la inevitable ternura y el fino distanciamiento de cualquier patriarca judío que se precie. Al fin y cabo, hay mucha neurosis e ironía en un relato en el que la visión judía del mundo permea sin parar. Ello quizás pudo hacer que pasara desapercibido al espectador la mayor subversión del capítulo: mostrar cómo Lilly llega al nuevo matrimonio con mucho más que dudas, forzada por una situación que asume con gracia y poco más. Mientras que Rick completa su viaje y regresa al redil de una relación estable, su única salvación ante una personalidad con evidentes rasgos autodestructivos, Lilly reconoce de manera directa y explícita su admiración por dos mujeres (su hermana y su hija) que pueden vivir sin la dependencia de una figura masculina y asume un cierto fracaso vital.
El mundo interior del personaje femenino queda así perfectamente perfilado en todas sus contradicciones y complejidad, con sutileza y emoción. Evidentemente, la mano de Winnie Holzman, la creadora de otra sobresaliente producción de Zwick y Herskovitz, Es mi vida, se manifiesta de manera sobresaliente, dando resonancia sin tener que recurrir a los fuegos artificiales narrativos que tanto abundan (ay, esas narraciones en off que nos incordian tras dos capítulos). Aún tengo que ver Diamante de sangre, pero de nuevo, por undécima ocasión, ¿por qué en esta edad dorada del drama sigue sin haber hueco para dos de sus más relevantes impulsores? ¿El medio de la intimidad no acepta a quienes se han atrevido a retratarla con tanto sentido de observación y oportunidad?
Comentario:
Hola de nuevo, ya te echábamos de menos por aquí. Un saludo.