Todo sobre la tele
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Este es el blog de Concepción Cascajosa Virino, Profesora Ayudante Doctor en el Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid y autora de "Prime Time: Las mejores series americanas, de CSI a Los Soprano", "El espejo deformado: Versiones, secuelas y adaptaciones en Hollywood" y "De la TV a Hollywood: Un repaso a las películas basadas en series".
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"True Blood", los vampiros según HBO
Los que me conocen un poco saben que las películas de vampiros son una de mis pequeñas debilidades, de esas que no se suelen confesar a menudo en público pero se disfrutan enormemente en privado (los musicales es otra, pero eso lo dejamos para más adelante). Dicho lo cual, resulta obvio que la primera vez que leí que HBO estaba preparando una serie sobre vampiros, fue una de las grandes noticias de la semana. Casi siempre he disfrutado de los dramas de éxito de HBO, con las excepciones de dos series que, a pesar de sus virtudes, o me cansaron con rapidez o nunca terminé de pillar, A dos metros bajo tierra y Big love. Pero resulta que el creador de A dos metros bajo tierra, Alan Ball era el artífice del proyecto vampírico. Casi podía anticipar el chasco de aburrirme soberanamente con las desventuras de un puñado de vampiros traumatizados, neuróticos y amargados. Pero resulta que, con el tema de la inmortalidad, la cuestión de la familia queda, digamos, desplazada al baúl de los recuerdos. Por supuesto que en True Blood hay malos rollos familiares, pero están tan confinados a tramas relevantes que casi no molestan. Probablemente la serie de novelas en las que se basa al programa atan a Ball tan corto como para evitar que aquello derive en los excesos complacientes de su serie precedente, a pesar del ciertamente obvio planteamiento romeoyjulietesco de chica guapa con poderes telepáticos (Sookie Stackhouse) se enamora de apuesto vampiro (Bill Compton) y se monta la de San Quintín. O, como se dice ahora con mayor plasticidad, se lía parda.

Y es que True Blood tienen un argumento denso repleto de sorpresas y golpes de efecto. Diría que es el primer drama de HBO desde los tiempos de Oz en el que pasa al menos una cosa por capítulo: asesinatos, sexo, sesiones de vudú, broncas familiares, sexo, conversiones vampíricas, sesiones de tortura, sexo, secuestros, persecuciones, sexo... ¿He dicho que en True Blood hay mucho sexo? No deja de fascinarme la inteligente manera en la que HBO es capaz de vender como serie de calidad algo que en algunos momentos parece una peli porno softcore. Por supuesto no digo que True Blood no sea una buena serie, que a ratos me parece extraordinaria, sino sencillamente que quizás sea hora de que asumamos que parte del éxito de la marca de HBO, como ellos no tienen problemas en asumir, tiene más que ver con esa palabra tan mal vista que es morbo que con diálogos dignos de Shakespeare y escenas de Chejov. True Blood es tan divertida porque no tiene problema en reconocer explícitamente lo que es, un thriller erótico y con humor, una película de serie B con libreto, actores y puesta en escena de serie A. Es por eso que hasta sus obvias metáforas tomadas de los clichés del genero fantástico son iluminadoras (la falsa posesión que encubre la ausencia de responsabilidad de la madre alcohólica).

En True Blood hay sexo romántico (incluyendo una primera vez), sexo casual, sexo salvaje, sexo bajo los efectos de las drogas y sexo sadomasoquista. Todas las variedades posibles, la mayor parte con Jason Stakhouse, el hermanísimo que interpreta con absoluta desinhibición Ryan Kwanten. Pero lamentablemente no hay sexo con Alexander Skarsgård, reducido a lo que él mismo ha considerado un "extra glorificado" en la serie. Y es que a Skarsgård y su impecable acento norteamericano (¿por qué los españoles no somos capaces de hacer lo mismo que los nórdicos cuando nos vamos fuera, es decir, pasar inadvertidos?) ya lo amamos cuando interpretó a Iceman Colbert en Generation Kill, nuestra pequeña consolación tras el final de The Wire. En fin, en televisión unas adicciones nos llevan a otras.
 
De reyes y castillos
La media temporada norteamericana, ese periodo entre enero y abril de cada año en el que las cadenas prueban nuevas series que no se consideraron lo suficientemente atractivas para el otoño, está en plena ebullición. Este año la cosecha resulta especialmente interesante por lo ecléctica y porque, francamente, la esperanza es lo último que se pierde. Los años pasan y los índices de audiencia de las series de las networks descienden a niveles preocupantes, pronto más propios del cable básico, pero la innovación sigue siendo la senda más elusiva. Quizás Kings, la serie que nos ha devuelto a Ian McShane, por siempre Al en la memorable Deadwood, en entregas semanales, sea un buen ejemplo de que, con la mayor ambición, también llegan las más altas expectativas. Con ecos bíblicos como base argumental (David contra Goliath, y todo lo que sigue), la serie se nos presenta como si los Estados Unidos, tras algún acontecimiento parecido a lo que sucede en Jericho, se hubiera convertido en un reino de taifas, con pequeños estados gobernados por reyes o dictadores militares. No importa. La cuestión aquí es contraponer las vidas paralelas del viejo rey que ve acercarse el ocaso de su vida con la del joven militar llamado a ocupar a la vez, su trono y el corazón de su hija. Por medio, una reina con afanes conspirativos, una princesa con aspiraciones de reforma social y un príncipe en el armario cuyas correrías nocturnas son pasto para la prensa sensacionalista. Y es que todo en Kings es muy parecido al mundo contemporáneo, incluyendo un magnate con intereses en la industria armamentística con poder para alargar las guerras mientras sea necesario para beneficio de la cuenta de resultados. Resulta muy poco probable que un país en permanente guerra deje que su corte se sitúe en un perfectamente atacable rascacielos, pero la metáfora del rey como presidente del consejo de dirección de una empresa funciona. Kings parece tener los mimbres (actores, lujosos valores de producción, un planteamiento atractivo) y no se puede discutir que la serie hace un esfuerzo por buscar ecos de Shakespeare, desde la inclusión de sus particulares Rosencrantz y Guildenstern al gusto con que las batallas militares funcionan como expresión de los conflictos internos de los personajes.

Pero tengo la impresión de que los guionistas contaron demasiadas cosas demasiado rápido en su doble capítulo inicial y que todo ha quedado tan perfectamente trazado (como la coronación alegórica de David presenciada por quién ha de sustituir) que como espectadores no nos queda nada que explorar y descubrir. Mientras se puede acusar a la mayor de las series con mitología de cansar al espectador aplazando una y otra vez las respuestas, Kings se quema como una cerilla con una rapidez pasmosa y tiene que cambiar la geopolítica por tramas más propias de Gossip Girl. Y es una verdadera pena, porque una de las secuencias de capítulo piloto (la asunción por parte de David Shepherd lo que verdaderamente ocurrió en su momento de gloria y su segundo enfrentamiento con los tanques blandiendo la tela manchada de sangre) me parece, estética, dramática y emocionalmente, uno de los grandes momentos televisivos de los últimos años. Sólo que me hubiera gustado mucho más en un final de temporada, como recompensa, que en el piloto, donde se deben crear sobre todo expectativas. Aunque no podemos negar a la NBC crédito por el riesgo asumido por la serie y por la oportunidad de emitir los capítulos producidos a pesar de los índices de audiencia, ridículos, conseguidos.

Quizás la opción más conservadora tomada por otras cadenas sea más rentable. La ABC nos ofrece como una de sus entregas de media temporada Castle, que a pesar del título no tiene nada que ver con dinastías reales ni la Edad Media, sino con un escritor de misterio de ese nombre al que interpreta uno de los regulares del Whedonverso, Nathan Fillion. En los últimos tiempos y de la mano de Mujeres Desesperadas, Fillion ha pasado del mundo cult a posicionarse como prometedora estrella televisiva con una serie que sigue la senda El mentalista de presentar un programa de detectives (con tensión sexual no resuelta incorporada) como un policiaco. Castle se ajusta a otro arquetipo recurrente de la televisión actual (véase Shark y Lie to Me): protagonista sobre los cuarenta con brillante carrera profesional pero vida sentimental fracasada que, mientras resuelve casos, debe cuidar de una hija adolescente. En Castle la gracia está en que al padre golfo y la hija responsable se une una abuela inconformista que, en lugar de una mamma protectora, con buenas intenciones machaca a su hijo con sus ácidos comentarios. Especialmente hilarante fue la llamada desde una librería para alertarle de que todavía no había visto a nadie comprar ejemplares de lo que promete ser su último best-seller. Mamá Castle está interpretada por Susan Sullivan, la espléndida Maggie Gioberti de ese clásico de los ochenta que es Falcon Crest. Supongo que me gusta Castle por el mismo motivo por el que se puede explicar el sobresaliente éxito de El mentalista: porque es simple y predecible, pero también sexy y divertida. Al final, en televisión, todo tiene que ver con la conexión emocional que establecemos con los personajes y en este caso me cuesta no simpatizar con Castle, que juega a las cartas con Stephen J. Cannell y al golf con el alcalde, pero está soberanamente aburrido con sus existencia y quiere un poco de emoción en su vida. Pero también con la agente Beckett, que quiere ser una buena policía pero tiene una vida privada gris y no sabe muy bien que hace con ese escritor medio chiflado que ha entrado en su vida como un elefante en una chatarrería. Cuando decide devolverle la visita a su mundo a modo de pequeña venganza durante una presentación de Castle en una librería para sus lectores fieles, lo hace de la mejor manera posible, vestida para matar exudando el erotismo que esconde bajo su contrastada profesionalidad. En última instancia, me cuesta decidir entre el digno fracaso de Kings o los modestos convencionalismos de Castle. ¿Pero acaso debería?
 
Los premios Peabody 2009
Los Peaboby son los premios críticos de más prestigio de la televisión norteamericana, hasta tal punto que eliminan el elemento conflictivo de las nominaciones para pasar a reconocer directamente a los programas, fundamentalmente informativos, que merecen ser destacados. Su base académica los protege de las modas y los intereses creados que afectan de manera tan definitiva a otros premios. Para las series de ficción, suponen un reconocimiento enorme que los eleva fuera de la industria o el entretenimiento para colocarlo en una categoría de productos culturales relevantes estética y socialmente. Podemos recordar que series poco apreciadas en general por este tipo de reconocimientos como The Wire o Galáctica, ganaron el premio Peabody en el pasado. En este caso, ha sido el turno de Perdidos (intuimos para reconocer los extraordinarios riesgos que ha asumido como narrativa), El séquito (porque siempre hay que admirar cuando Hollywood se parodia sin piedad a sí mismo), Breaking Bad (intuyo que por esa mezcla de temática sobre el cáncer con la provocación de sus tramas), John Adams (brillante reflexión sobre el periodo fundacional de país con agudos guiños al presente) y Saturday Night Live (porque la parodia política es imprescindible en democracia). La lista completa, aquí.