Todo sobre la tele
Acerca de
Este es el blog de Concepción Cascajosa Virino, Profesora Ayudante Doctor en el Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid y autora de "Prime Time: Las mejores series americanas, de CSI a Los Soprano", "El espejo deformado: Versiones, secuelas y adaptaciones en Hollywood" y "De la TV a Hollywood: Un repaso a las películas basadas en series".
Sindicación
 
Hermanos
No ha sido mala cosa que el zapping me haya llevado hoy del programa dominical de Jordi González en Telecinco a la nueva serie de Fox Cinco hermanos, uno de los estrenos norteamericanos de esta temporada más interesantes. Del dramón familiar en forma de talk-show, pasé al dramón familiar en la ficción. En este caso además el efecto provocado por cada programa es inverso: mientras que Díselo a Jordi acaba cansando con rapidez (entre otra cosas por la escasa empatía que demuestra el presentador respecto a las historias que propone), mi afecto por Cinco hermanos crece capítulo a capítulo y estoy convencida que dentro de no mucho tendrá mi entrega más incondicional. La serie no está resultando nada mal teniendo en cuenta que, si todas las series son un proceso de construcción, la gestación de ésta ha resultado especial compleja. El piloto se escondió a los críticos durante todo el verano, al menos tres actores que participaron en la primera versión fueron sustituidos por otros intérpretes y la productora ejecutiva Marti Noxon (que procedía de Buffy, cazavampiros y ahora anda en Anatomía de Grey) se marchó tras las primeras semanas de trabajo para ser sustituida por Greg Berlanti, que se acababa de quedar sin trabajo tras la cancelación de la añorada Everwood.

Quizás la razón de que Cinco hermanos me resulte auténtica y emotiva es precisamente la contención de los elementos melodramáticos. Los cinco protagonistas se han configurado como arquetipos: la ejecutiva intentando armonizar su trabajo con la vida familiar, la comentarista conservadora cuya vida no ajusta a sus propios ideales, el abogado homosexual que anhela la vida en pareja, el veterano de la guerra de Iraq abocado a la depresión y las drogas y el joven empresario ninguneado por su falta de ambición y brillantez. Como todos somos acomodaticios por naturaleza y nadie está preparado para que su vida cambie de improviso para peor, la serie empieza a tomar forma a partir del segundo capítulo, cuando la muerte del patriarca obliga a todos los personajes a redefinir su papel en la familia y sus relaciones. Al trauma por la muerte del padre se suma la crisis de los vínculos que mantenían estable la unida familiar: la empresa familiar se encuentra en una grave crisis y se revela la infidelidad del padre. En el tercer capítulo hay una divertida secuencia que nos muestra a Nora Walker, la viudad desconsolada, invitando a una fiesta en su casa a la amante de su marido, al parecer para intentar emparejarla con su hermano, cómplice del adulterio de su cuñado. Los hijos, en una actitud comprensiblemente partenalista, intentan proteger a su madre y se incomodan de tal forma con la situación que precipitan la sorprendente revelación: Nora era consciente del romance e invitó a la amante para humillarla de igual forma que se siente ella, de paso también sacando los colores a sus propios hijos.

Si Cinco hermanos se basara exclusivamente en situaciones como éstas, probablemente caería rápidamente en los excesos melodramáticos, en el golpe de efecto. Y es que si la vida de los walker se basa en los secretos y las mentiras, la realidad es que también ocurre eso en todas las familias hasta cierto punto. Por ello, de momento, lo más logrado de ella están siendo las pequeñas situaciones y momentos, la clave baja con la que se está construyendo el grueso del relato, como la falda hawaiiana que el marido de Sarah compra consciente de que se le va a olvidar a su mujer, la manera en la que Nora rompe el detector de incendios que no deja de sonar al saber que su hijo no se ha presentado a trabajar y ha sido despedido, o la soledad de Tommy en la oficina de la empresa familiar mientras aprovecha las horas nocturnas para intentar evitar la quiebra.
 
Una vez más
Sí, es cierto. Llevo tantos días sin escribir en el blog que la dirección de Ya.com ha desaparecido incluso del historial del navegador. Un par de trabajos urgentes, el comienzo de las clases en la Charlie y mi participación anual en el Master de Guión de Cine y Televisión de la Universidad Pontificia de Salamanca (un saludo por cierto a los organizadores y los estupendos alumnos) me impidieron acercarme por aquí. El reencuentro previsto el pasado fin de semana se tuvo que aplazar por un hecho trágico e imprevisible: mi portatil, que durante este año y medio ha aguantando como un campeón mis embistes, ha sufrido una crisis de identidad y se ha transmutado en un objeto inanimado. Ante mi incredulidad, cuando aprieto el botoncito no salen las luces primero verdes y después variadas de antaño. En cualquier caso, no puedo menos que lamentar que el regreso haya coincidido con el fallecimiento de un genio del humor como José Luis Coll, cuya aportación al medio televisión merece ser reconocida. Descanse en paz.
En mi regreso al blog me apetecía hablar del capítulo final de la segunda temporada de Una vez más, esa joya que el canal SET nos ha estado regalando durante los últimos meses. Es interesante comprobar que, al contrario de lo que parecía a primera vista, no era un final serie, sino meramente el final de temporada de un programa que siempre estuvo al borde de la cancelación. Se puede entender que el matrimonio entre Rick y Lilly, tras muchas peripecias y algún desencuentro, debía ser la conclusión más adecuada para la crónica de su relación, no una intermedio en el camino, ya que la idea inicial no era hablar de la institución del matrimonio, sino de la problemática del divorcio. Fuera o no equivocada esa decisión (tengo aún que ver la tercera temporada), lo cierto es que este canto de cisne simulado era en su medida justa sentimental y forzado, hasta el punto de recurrir al final feliz y el artificio de colar en el relato al fantasma del padre de la protagonista, que visita a unos seres queridos que no terminan de asumir su ausencia. Demostrando que el genio está en la ejecución y no en las ideas, Paul Mazursky aporta la inevitable ternura y el fino distanciamiento de cualquier patriarca judío que se precie. Al fin y cabo, hay mucha neurosis e ironía en un relato en el que la visión judía del mundo permea sin parar. Ello quizás pudo hacer que pasara desapercibido al espectador la mayor subversión del capítulo: mostrar cómo Lilly llega al nuevo matrimonio con mucho más que dudas, forzada por una situación que asume con gracia y poco más. Mientras que Rick completa su viaje y regresa al redil de una relación estable, su única salvación ante una personalidad con evidentes rasgos autodestructivos, Lilly reconoce de manera directa y explícita su admiración por dos mujeres (su hermana y su hija) que pueden vivir sin la dependencia de una figura masculina y asume un cierto fracaso vital.
El mundo interior del personaje femenino queda así perfectamente perfilado en todas sus contradicciones y complejidad, con sutileza y emoción. Evidentemente, la mano de Winnie Holzman, la creadora de otra sobresaliente producción de Zwick y Herskovitz, Es mi vida, se manifiesta de manera sobresaliente, dando resonancia sin tener que recurrir a los fuegos artificiales narrativos que tanto abundan (ay, esas narraciones en off que nos incordian tras dos capítulos). Aún tengo que ver Diamante de sangre, pero de nuevo, por undécima ocasión, ¿por qué en esta edad dorada del drama sigue sin haber hueco para dos de sus más relevantes impulsores? ¿El medio de la intimidad no acepta a quienes se han atrevido a retratarla con tanto sentido de observación y oportunidad?