La Ternura del Alacrán (III)
Hay noches que son demasiado largas, y áquella no había terminado.
La única luz visible iluminaba en rojo mi rostro, la seguí con la vista hasta que sólo quedó el dimuto rastro empequeñeciéndose hasta desaparecer por completo.
Viene en noches así con esta luna.
Me miró largamente en silencio. Parecía sorprendida. - Me pregunto de donde sacas esa maldita sangre fría.-
No pude por menos que echarme a reír quedo y bajito, -no es tan fria como crees, en este momento me tiemblan las manos.- Era cierto. Tenía que contenerme para no rodear con ellas su nuca, y atraerla hacia mi. Ella acercó una mano y la enlazó con los dedos, comprobando que el temblor era real. La mano estaba calida y tibia, y como la primera vez, desasí la mano suavemente. Como un golpe me llegó el dolor hasta estallarme en el hombro.
Miró alternativamente la mano y mi cara, como desconcertada. Después se levantó despacio, sin decir palabra, evitando cuidadosamente siquiera rozarme. Supongo que me mordía los labios para no gemir de dolor.
Ya no estaba tan mal...................................
Y la imagen, la voz, el olor, acudieron de pronto; roto el dique donde aquello esperaba el momento de desbordarse. Y todo fue sólo ella, su media sonrisa en la penumbra, el reflejo de miel en los ojos oscuros, el olor tibio de su cercanía. Ella, desnuda en una tarde calurosa, contraste sobre sábanas blancas y el sol filtrándose en rayas horizontales entre las persianas, con minúsculas gotas de sudor en la raíz del pelo negro, en el pubis oscuro, en las pestañas.........
Seguía haciendo mucho calor. Era casí la una de la madrugada cuando abrí la ducha y me desnudé. Por un instante observé al extraño que me miraba con atención desde el otro lado del espejo. Delgado, el vientre plano, las caderas estrechas, los pectorales marcados, firmes, como la curva de los músculos en los hombros y en los brazos. Tenía buen aspecto aquel individuo silencioso. Y me pregunté, para qué diablos me servía aquel buen aspecto.
-Me voy.-
-No quiero que te vayas, todavía.-
Brillaban sus ojos, y los incisivos parecían muy blancos despuntando en la boca entreabierta, y el collar de marfil era un trazo pálido al lado del cuello moreno en la penumbra. Separé los labios para emitir un suspiro largo y apagado, que pudo ser también un gemido infantil o una protesta.
Hacía calor. Una persiana filtraba finas líneas de luz sobre el cuerpo moreno de una mujer desnuda. Hubo un soplo de brisa, y la luna se deslizó sobre mis hombros como una cota de malla que cayese a mis pies.
Por un segundo antes de enlazar los dedos en aquel cabello para escapar durante una noche, minúsculas gotas rojas en un inmenso amanecer, la sombra, el niño, el hombre, se volvieron todos al mismo tiempo para mirar arriba y atrás, para mirar en dirección a la ventana apenas iluminada, con el último afan de descifrar el terrible secreto de un cielo desprovisto de sentimientos.
La única luz visible iluminaba en rojo mi rostro, la seguí con la vista hasta que sólo quedó el dimuto rastro empequeñeciéndose hasta desaparecer por completo.
Viene en noches así con esta luna.
Me miró largamente en silencio. Parecía sorprendida. - Me pregunto de donde sacas esa maldita sangre fría.-
No pude por menos que echarme a reír quedo y bajito, -no es tan fria como crees, en este momento me tiemblan las manos.- Era cierto. Tenía que contenerme para no rodear con ellas su nuca, y atraerla hacia mi. Ella acercó una mano y la enlazó con los dedos, comprobando que el temblor era real. La mano estaba calida y tibia, y como la primera vez, desasí la mano suavemente. Como un golpe me llegó el dolor hasta estallarme en el hombro.
Miró alternativamente la mano y mi cara, como desconcertada. Después se levantó despacio, sin decir palabra, evitando cuidadosamente siquiera rozarme. Supongo que me mordía los labios para no gemir de dolor.
Ya no estaba tan mal...................................
Y la imagen, la voz, el olor, acudieron de pronto; roto el dique donde aquello esperaba el momento de desbordarse. Y todo fue sólo ella, su media sonrisa en la penumbra, el reflejo de miel en los ojos oscuros, el olor tibio de su cercanía. Ella, desnuda en una tarde calurosa, contraste sobre sábanas blancas y el sol filtrándose en rayas horizontales entre las persianas, con minúsculas gotas de sudor en la raíz del pelo negro, en el pubis oscuro, en las pestañas.........
Seguía haciendo mucho calor. Era casí la una de la madrugada cuando abrí la ducha y me desnudé. Por un instante observé al extraño que me miraba con atención desde el otro lado del espejo. Delgado, el vientre plano, las caderas estrechas, los pectorales marcados, firmes, como la curva de los músculos en los hombros y en los brazos. Tenía buen aspecto aquel individuo silencioso. Y me pregunté, para qué diablos me servía aquel buen aspecto.
-Me voy.-
-No quiero que te vayas, todavía.-
Brillaban sus ojos, y los incisivos parecían muy blancos despuntando en la boca entreabierta, y el collar de marfil era un trazo pálido al lado del cuello moreno en la penumbra. Separé los labios para emitir un suspiro largo y apagado, que pudo ser también un gemido infantil o una protesta.
Hacía calor. Una persiana filtraba finas líneas de luz sobre el cuerpo moreno de una mujer desnuda. Hubo un soplo de brisa, y la luna se deslizó sobre mis hombros como una cota de malla que cayese a mis pies.
Por un segundo antes de enlazar los dedos en aquel cabello para escapar durante una noche, minúsculas gotas rojas en un inmenso amanecer, la sombra, el niño, el hombre, se volvieron todos al mismo tiempo para mirar arriba y atrás, para mirar en dirección a la ventana apenas iluminada, con el último afan de descifrar el terrible secreto de un cielo desprovisto de sentimientos.
La Ternura del Alacrán (III)
Hace ya varios meses que tenía abandonado este pequeño apartado del blog. Los motivos se pueden concentrar en uno sólo, ella, sea cual sea su nombre, en todo este tiempo ya no ocupaba mis sueños. Pero de nuevo, anoche vino a mi encuentro.
Has venido aquí haciendo preguntas y ahora no puedes decir que te alejas y eludir el resto de respuestas. Ya que has curioseado en la vida de todo el mundo, puedes completar la mía.
¿Qué siento?, ante esa pregunta sólo puedo responder que, el infinito miedo de sentirme al borde del abismo. Mi razón me invita a traquilizarme; quieres ver el mundo, mira, esta debajo de tus piés. Pero me has presionado mucho, como nunca nadie en mi vida. Tus argumentos; prematuramente, mal momento en mi vida, instante de aclarar ideas y sentimientos, todo excusas para no afrontar la verdad
De un modo u otro, eso ya no cambiará nada. ¿Y yo...?, porqué me has contado todo, cual era tú objeto en todo este juego, porqué me has acercado, luego me has alejado, has usado indiferencia, cordialidad, porqué.....................
Según tú, a mi lado te sientes menos sola; parece que ecarne, a pesar de mí mismo, esa imagen atávica, de alguien tal vez fuerte, tal vez sabio, pero en quien confiar, o a quien confiarse......., tal vez sea la ropa, o quizá cierto atractivo, o simplemente interés.
Puede que tratases de ganarme para tu causa, o simplemente inflingir una nueva y más retorcida ofensa a mi ego, también podría tratarse de todas esas cosas a la vez.
Temo volver a caer en el drama y decirte, "...sin ti estoy perdido", y que no me respondas "No digas eso. No podemos estar perdidos los dos".
Me dejaste sin una respuesta en los labios, con la luna riéndose de mí con su doble reflejo pálido. Y me pregunté cómo era posible que una boca de mujer sonriese burlona y tierna al mismo tiempo, tan desvergonzada y tímida, y tan cercana.
Y en el momento que iba a abrir la mia, dispuesto a decir algo que todavía ignoraba, un reloj cercano dio once campanadas. Alcé una mano hacía su rostro -la mano herida-, pero tuve el dominio suficiente para detenerla a medio camino.
Entonces, incapaz de establecer si era decepción o alivio lo que sentía, desperté y vi que aquello tan sólo había sido un sueño.
Continuará
Has venido aquí haciendo preguntas y ahora no puedes decir que te alejas y eludir el resto de respuestas. Ya que has curioseado en la vida de todo el mundo, puedes completar la mía.
¿Qué siento?, ante esa pregunta sólo puedo responder que, el infinito miedo de sentirme al borde del abismo. Mi razón me invita a traquilizarme; quieres ver el mundo, mira, esta debajo de tus piés. Pero me has presionado mucho, como nunca nadie en mi vida. Tus argumentos; prematuramente, mal momento en mi vida, instante de aclarar ideas y sentimientos, todo excusas para no afrontar la verdad
De un modo u otro, eso ya no cambiará nada. ¿Y yo...?, porqué me has contado todo, cual era tú objeto en todo este juego, porqué me has acercado, luego me has alejado, has usado indiferencia, cordialidad, porqué.....................
Según tú, a mi lado te sientes menos sola; parece que ecarne, a pesar de mí mismo, esa imagen atávica, de alguien tal vez fuerte, tal vez sabio, pero en quien confiar, o a quien confiarse......., tal vez sea la ropa, o quizá cierto atractivo, o simplemente interés.
Puede que tratases de ganarme para tu causa, o simplemente inflingir una nueva y más retorcida ofensa a mi ego, también podría tratarse de todas esas cosas a la vez.
Temo volver a caer en el drama y decirte, "...sin ti estoy perdido", y que no me respondas "No digas eso. No podemos estar perdidos los dos".
Me dejaste sin una respuesta en los labios, con la luna riéndose de mí con su doble reflejo pálido. Y me pregunté cómo era posible que una boca de mujer sonriese burlona y tierna al mismo tiempo, tan desvergonzada y tímida, y tan cercana.
Y en el momento que iba a abrir la mia, dispuesto a decir algo que todavía ignoraba, un reloj cercano dio once campanadas. Alcé una mano hacía su rostro -la mano herida-, pero tuve el dominio suficiente para detenerla a medio camino.
Entonces, incapaz de establecer si era decepción o alivio lo que sentía, desperté y vi que aquello tan sólo había sido un sueño.
Continuará
Un Opositor en Vida (V)
Me gustó mucho esta idea de plasmar por escrito de una manera sencilla rasgos de uno mismo. Espero que me permitas haberte copiado la idea de una manera tan descarada, pero es que llevo dos días rellenando cada categoría.
7 cosas que te gustaría hacer antes de morir:
- Viajar (tengo tantos sitios que uno a uno coparían los siete puestos).
- Volver a disfrutar haciendo teatro.
- Correr una maratón.
- Hacer a píe el camino de Santiago.
- Tener una familia con la que disfrutar la vida.
- Leer a hijos o hijas mios cuentos.
- No estar condenado a ser feliz, sino simplemente serlo.
7 cosas que más digo.
- bueno, vale.
- cuentame que ha pasado.
- es decir.
- joder tio.
- si es que.
- naaaaaaaaaaaaaaaaaa.
7 cosas que mejor hago.
- Escuchar a los demás (al menos eso dicen).
- Leer en poco tiempo.
- Dar la vuelta a las cosas.
- Mirar a la gente tras las mascaras en las que se ocultan.
- Dar masajes (eso también lo dicen).
- Soñar.
- Pasar desapercibido.
7 cosas que no sé hacer.
- Cantar.
- Bailar (bueno, depende de qué).
- Contar chistes.
- El pino.
- Nadar a mariposa.
- Odiar.
- Dejar la mente en blanco.
7 cosas que me encantan.
- Mirar a la gente a la boca cuando me hablan.
- Pasear bajo la lluvía.
- Los planes repentinos.
- El chocolate.
- El arte en todas sus facetas.
- Aprender (y que alguien me enseñe).
- Una sonrisa o una mirada cómplice que no necesite de palabras.
7 cosas que detesto.
- Que me mientan.
- Que se utilice a las personas.
- El afán de superioridad.
- Que me llamen pesao.
- Que se llore sin motivo.
- La intolerancia y la incomprensión.
- Las medias tintas.
De nuevo, GRACIAS, resulta curioso y la vez dificil el ejercicio. Ciao, besos.
7 cosas que te gustaría hacer antes de morir:
- Viajar (tengo tantos sitios que uno a uno coparían los siete puestos).
- Volver a disfrutar haciendo teatro.
- Correr una maratón.
- Hacer a píe el camino de Santiago.
- Tener una familia con la que disfrutar la vida.
- Leer a hijos o hijas mios cuentos.
- No estar condenado a ser feliz, sino simplemente serlo.
7 cosas que más digo.
- bueno, vale.
- cuentame que ha pasado.
- es decir.
- joder tio.
- si es que.
- naaaaaaaaaaaaaaaaaa.
7 cosas que mejor hago.
- Escuchar a los demás (al menos eso dicen).
- Leer en poco tiempo.
- Dar la vuelta a las cosas.
- Mirar a la gente tras las mascaras en las que se ocultan.
- Dar masajes (eso también lo dicen).
- Soñar.
- Pasar desapercibido.
7 cosas que no sé hacer.
- Cantar.
- Bailar (bueno, depende de qué).
- Contar chistes.
- El pino.
- Nadar a mariposa.
- Odiar.
- Dejar la mente en blanco.
7 cosas que me encantan.
- Mirar a la gente a la boca cuando me hablan.
- Pasear bajo la lluvía.
- Los planes repentinos.
- El chocolate.
- El arte en todas sus facetas.
- Aprender (y que alguien me enseñe).
- Una sonrisa o una mirada cómplice que no necesite de palabras.
7 cosas que detesto.
- Que me mientan.
- Que se utilice a las personas.
- El afán de superioridad.
- Que me llamen pesao.
- Que se llore sin motivo.
- La intolerancia y la incomprensión.
- Las medias tintas.
De nuevo, GRACIAS, resulta curioso y la vez dificil el ejercicio. Ciao, besos.
In Nomine Ipso Recreor (IV)
Estuve en Lisboa menos de cincuenta minutos; el tiempo justo para ir de la estación de Santa Apolonia a la del Rossío. Hora y media más tarde pisaba el andén de Sintra bajo un cielo de nubes bajas que difuminaban, monte arriba, las melancólicas torres grises del Castillo Da Pena. No habí taxis a la vista, por lo que subí andando hasta el pequeño hotel que había reservado frente a las dos grandes chimeneas del Palacio Nacional. Eran las diez de la mañana de un jueves y la explanada estaba libre de turistas y autocares.
La habitación tenía unas vistas al paisaje quebrado, espeso y verde, donde despuntaban tejados y torres de las viejas quintas, entre jardines centenarios cubiertos de hiedra.
Después de la ducha y un café, pregunté por la famosa Quinta da Soledade, y la encargada del hotel me indicó el camino en un pequeño mapa turístico. Eché a andar por el camino, carretera arriba, no se cuanto tiempo pasó, tan sólo me parecieron minutos cuando me ví atravesando los encajes de piedra neomanuelinos de la Torre de Regaleira. Muros umbríos, canalillos y fuentes por donde corría el agua, hiedra espesa cubriendo las paredes, rejas troncos de árboles, escaleras de piedra tapizadas de musgo y restos de antiguos azulejos de las quintas abandonadas.
La Quinta Da Soledade es un edificio rectangular del siglo XVIII, con cuatro chimeneas. A uno y otro lado de la entranda sobre unas columnas de granito hay dos estatuas de piedra verdegris, enmohecia. Una representaba un busto de mujer, la otra parecía idéntica, pero de facciones ocultas bajo la hiedra que trepaba hasta ella, como un inquietante parásito que se hubiera adueñado del rostro, fundiéndose con los rasgos moldeados debajo.
Al caminar hacía la casa escuchaba el sonido de mis pasos sobre las hojas muertas, a través de un sendero flanqueado por estatuas de mármol, casí todas caidas y rotas junto a los pedestales vacíos. A la izquierda junto a un estanque lleno de plantas acuáticas, una fuente de azulejos rotos cobijaba a un angelote mofletudo de ojos vacios y manos mutiladas, que dormía con la cabeza sobre un libro y de cuya boca entreabierta manaba un hilillo de agua.
La Quinta Da Soledade, sí, el nombre era adecuado.
Entonces escuché la música, ascendí por una escalera de piedra hasta la pueta, levanté la vista y entre mi cabeza y el cielo gris, un antiguo reloj de sol no marcaba hora alguna en sus cifras romanas. No pude evitar sonreir mientras traducía la leyenda que lo presidía: Omnes vulnerant, postuma necat.
Nada mejor para acompañar la letra de la canción.
Fui bailar no meu batel
Além do mar cruel
E o mar bramindo
Diz que eu fui roubar
A luz sem par
Do teu olhar tão lindo
Vem saber se o mar terá razão
Vem cá ver bailar meu coração
Se eu bailar no meu batel
Não vou ao mar cruel
E nem lhe digo aonde eu fui cantar
Sorrir, bailar, viver, sonhar contigo
P.S. A todas as meninas que eu quero, e àquela agora aprecíam Portugal. Desde que eu nunca fui, você traz essa mágica de Sintra para mim. Um beijo, contudo minha afeição.
La habitación tenía unas vistas al paisaje quebrado, espeso y verde, donde despuntaban tejados y torres de las viejas quintas, entre jardines centenarios cubiertos de hiedra.
Después de la ducha y un café, pregunté por la famosa Quinta da Soledade, y la encargada del hotel me indicó el camino en un pequeño mapa turístico. Eché a andar por el camino, carretera arriba, no se cuanto tiempo pasó, tan sólo me parecieron minutos cuando me ví atravesando los encajes de piedra neomanuelinos de la Torre de Regaleira. Muros umbríos, canalillos y fuentes por donde corría el agua, hiedra espesa cubriendo las paredes, rejas troncos de árboles, escaleras de piedra tapizadas de musgo y restos de antiguos azulejos de las quintas abandonadas.
La Quinta Da Soledade es un edificio rectangular del siglo XVIII, con cuatro chimeneas. A uno y otro lado de la entranda sobre unas columnas de granito hay dos estatuas de piedra verdegris, enmohecia. Una representaba un busto de mujer, la otra parecía idéntica, pero de facciones ocultas bajo la hiedra que trepaba hasta ella, como un inquietante parásito que se hubiera adueñado del rostro, fundiéndose con los rasgos moldeados debajo.
Al caminar hacía la casa escuchaba el sonido de mis pasos sobre las hojas muertas, a través de un sendero flanqueado por estatuas de mármol, casí todas caidas y rotas junto a los pedestales vacíos. A la izquierda junto a un estanque lleno de plantas acuáticas, una fuente de azulejos rotos cobijaba a un angelote mofletudo de ojos vacios y manos mutiladas, que dormía con la cabeza sobre un libro y de cuya boca entreabierta manaba un hilillo de agua.
La Quinta Da Soledade, sí, el nombre era adecuado.
Entonces escuché la música, ascendí por una escalera de piedra hasta la pueta, levanté la vista y entre mi cabeza y el cielo gris, un antiguo reloj de sol no marcaba hora alguna en sus cifras romanas. No pude evitar sonreir mientras traducía la leyenda que lo presidía: Omnes vulnerant, postuma necat.
Nada mejor para acompañar la letra de la canción.
Fui bailar no meu batel
Além do mar cruel
E o mar bramindo
Diz que eu fui roubar
A luz sem par
Do teu olhar tão lindo
Vem saber se o mar terá razão
Vem cá ver bailar meu coração
Se eu bailar no meu batel
Não vou ao mar cruel
E nem lhe digo aonde eu fui cantar
Sorrir, bailar, viver, sonhar contigo
P.S. A todas as meninas que eu quero, e àquela agora aprecíam Portugal. Desde que eu nunca fui, você traz essa mágica de Sintra para mim. Um beijo, contudo minha afeição.
12 Historias para una Noche
El hombre de avanzada edad se dirigió tambaleante hacia la salida del callejón. Su rostro, y sus continuos giros de cabeza, denotaban alarma. Bajo su gabardina gris, un abultado paquete que aferraba con sus huesudas manos.
Las fuerzas le abandonaron, definitivamente, a escasos metros de una puerta desvencijada que se movía al ritmo del viento que azotaba el callejón y a su visitante. Llovía.
El muchacho corría como si le persiguiera el diablo. Sus deportivas se aferraban al húmedo suelo en cada zancada, y el aire frío le azotaba la cara mientras huía de la patrulla policial a la mayor velocidad que le permitían sus piernas quinceañeras.
Acertó a ver la oscura entrada al callejón salvador, en el justo momento en que el coche de policía se pasaba de frenada y se perdía momentaneamente, envuelto en el sonido estridente de su sirena.
El polígono industrial Halley hacía tiempo que había perdido su esplendor pasado; naves totalmente abandonadas se erguían, oscuras, frente al pastoso color gris del cielo nocturno de una fria noche de plenilunio, en Edimburgo.
La policía no tardaría en volver a descubrir su rastro. Durante un corto trayecto se dedicó a eliminar pistas y buscar un lugar para esconderse. Buscó la tranquilidad de la oscuridad del callejón y se dispuso a contar los billetes que había logrado en su atraco más memorable. Mientras se sumergía en la operación aritmética tropezó con el cuerpo de un hombre recostado entre los escombros. Se sobresaltó lo suficiente como para dejar caer el dinero. Una rápida ojeada al cuerpo inerte del anciano y la calma volvió a recorrer sus venas.
Hurgó en la gabardina del finado y localizó el viejo libro.
Un ilegible garabato rubricaba la portada, de cuero y cobre, con un firme aire arábigo. No había pasado de la primaria, pero sus pobre conocimientos todavía le permitían distinguir entre una escritura cristiana y otra que no lo era. Aquel descubrimiento era una joya, al menos teniendo en cuenta lo que le costó arrebatárselo al cadáver.
Recogió cuidadosamente el dinero del suelo y se apresuró a ser engullido por la oscuridad, al otro lado de la puerta que batía con fuerza la pared al ritmo implacable del viento. A lo lejos las luces parpadantes del coche de policía.
Encontró cobijo bajo una lucerna de vidrio que se había salvado del incendio de lo que fuera un enorme almacén de pescado. La humedad se le antojó hogareña mientras se acurrucaba entre los restos de cajas de madera y sacos. Comenzó a rebuscar entre las páginas de la reliquia mientras daba tiempo a la patrulla para que se fuera.
Recorría vagamente las enormes hileras de garabatos dorados y sienas, con frunción, como intentando descubrir algo.
Despertó de la noche de los tiempos y soñó con ser llamado.
Por azar, por puro azar, localizó unas lineas que se le antojaron legibles, y como por hacer una gracia elaboró el conjuro y siguió repasando las hojas del libro, como si tal cosa, sonriendo para sus adentros.
Primero fue un leve temblor entre las vigas metálicas de la nave. Después una sombra que rehuía la luz lechosa que desprendía el lucero. Las últimas gotas, o las primeras, de un aguacero repiqueteaban sobre los vidrios, resonando en mil ecos por toda la nave.
Por un momento la luz se atrevió a tocar su cuerpo, y la sombra que se descargó contra la pared sólo era ligeramente más oscura que su piel.
No lo vio llegar, sólo sintió un escalofrío en el justo momento e que percibió que alguien le espiaba. La policía, pensó en el instante mismo que cerró el libro.
¿Defederse de qué?. No vio nada.
Se retiró suavemente, con sigilo, de la luz lechosa que descendía del tejado herido. Y sin saber, o sin querer, se ocultó de la luz beneficiosa para arrojarse a sus brazos.
No lo vio llegar, ni lo sintió. Un siseo gutural le avisó de que estaba cerca. Se volvió para ver lo que ni en la peor de sus pesadillas habría querido.....................................
El golpe fue seco. La cabeza se separó de su cuerpo de cuajo, dejando abierta una herida desgarrada. Y mientras se movía al ritmo de los últimos latidos el recien llegado se sumergió en el cuerpo del muchacho.
Dicen que los que pierden la cabeza no sienten. Que a mí me lo cuenten.
Las fuerzas le abandonaron, definitivamente, a escasos metros de una puerta desvencijada que se movía al ritmo del viento que azotaba el callejón y a su visitante. Llovía.
El muchacho corría como si le persiguiera el diablo. Sus deportivas se aferraban al húmedo suelo en cada zancada, y el aire frío le azotaba la cara mientras huía de la patrulla policial a la mayor velocidad que le permitían sus piernas quinceañeras.
Acertó a ver la oscura entrada al callejón salvador, en el justo momento en que el coche de policía se pasaba de frenada y se perdía momentaneamente, envuelto en el sonido estridente de su sirena.
El polígono industrial Halley hacía tiempo que había perdido su esplendor pasado; naves totalmente abandonadas se erguían, oscuras, frente al pastoso color gris del cielo nocturno de una fria noche de plenilunio, en Edimburgo.
La policía no tardaría en volver a descubrir su rastro. Durante un corto trayecto se dedicó a eliminar pistas y buscar un lugar para esconderse. Buscó la tranquilidad de la oscuridad del callejón y se dispuso a contar los billetes que había logrado en su atraco más memorable. Mientras se sumergía en la operación aritmética tropezó con el cuerpo de un hombre recostado entre los escombros. Se sobresaltó lo suficiente como para dejar caer el dinero. Una rápida ojeada al cuerpo inerte del anciano y la calma volvió a recorrer sus venas.
Hurgó en la gabardina del finado y localizó el viejo libro.
Un ilegible garabato rubricaba la portada, de cuero y cobre, con un firme aire arábigo. No había pasado de la primaria, pero sus pobre conocimientos todavía le permitían distinguir entre una escritura cristiana y otra que no lo era. Aquel descubrimiento era una joya, al menos teniendo en cuenta lo que le costó arrebatárselo al cadáver.
Recogió cuidadosamente el dinero del suelo y se apresuró a ser engullido por la oscuridad, al otro lado de la puerta que batía con fuerza la pared al ritmo implacable del viento. A lo lejos las luces parpadantes del coche de policía.
Encontró cobijo bajo una lucerna de vidrio que se había salvado del incendio de lo que fuera un enorme almacén de pescado. La humedad se le antojó hogareña mientras se acurrucaba entre los restos de cajas de madera y sacos. Comenzó a rebuscar entre las páginas de la reliquia mientras daba tiempo a la patrulla para que se fuera.
Recorría vagamente las enormes hileras de garabatos dorados y sienas, con frunción, como intentando descubrir algo.
Despertó de la noche de los tiempos y soñó con ser llamado.
Por azar, por puro azar, localizó unas lineas que se le antojaron legibles, y como por hacer una gracia elaboró el conjuro y siguió repasando las hojas del libro, como si tal cosa, sonriendo para sus adentros.
Primero fue un leve temblor entre las vigas metálicas de la nave. Después una sombra que rehuía la luz lechosa que desprendía el lucero. Las últimas gotas, o las primeras, de un aguacero repiqueteaban sobre los vidrios, resonando en mil ecos por toda la nave.
Por un momento la luz se atrevió a tocar su cuerpo, y la sombra que se descargó contra la pared sólo era ligeramente más oscura que su piel.
No lo vio llegar, sólo sintió un escalofrío en el justo momento e que percibió que alguien le espiaba. La policía, pensó en el instante mismo que cerró el libro.
¿Defederse de qué?. No vio nada.
Se retiró suavemente, con sigilo, de la luz lechosa que descendía del tejado herido. Y sin saber, o sin querer, se ocultó de la luz beneficiosa para arrojarse a sus brazos.
No lo vio llegar, ni lo sintió. Un siseo gutural le avisó de que estaba cerca. Se volvió para ver lo que ni en la peor de sus pesadillas habría querido.....................................
El golpe fue seco. La cabeza se separó de su cuerpo de cuajo, dejando abierta una herida desgarrada. Y mientras se movía al ritmo de los últimos latidos el recien llegado se sumergió en el cuerpo del muchacho.
Dicen que los que pierden la cabeza no sienten. Que a mí me lo cuenten.





