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Islandia, tierra de hielo y fuego
Blog sobre un país espectacular y salvaje: Islandia
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19/08/2002
Tras nuestra noche de cine español, conseguimos salir del desierto y llegar al norte, no sin algún que otro contratiempo. La primera parada del día fue en la cascada de Dettifoss, una cascada que alcanza un volumen gigantesco debido al agua de deshielo proveniente del glaciar Vatnajökull, esta vez por su vertiente norte. Después de ver esta cascada, y cuando estábamos a punto de dejar la pista forestal, tuvimos un pinchazo. Tuvimos que poner la rueda de repuesto hasta llegar a la ciudad de Húsavík, donde encontramos una casa de neumáticos. Llamamos a la empresa de alquiler y nos dijeron que teníamos que correr nosotros con los gastos. Cuando a mi padre le dijeron el precio de la rueda, casi le da un ataque. En Islandia es todo muy caro porque todo debe ser importado de Europa o de América, pero los neumáticos lo son especialmente.

Ese día hicimos otro gasto importante, pero esta vez al menos pagamos a gusto. Fuimos, a bordo de un pequeño barco, a ver ballenas en la bahía de Húsavík. En las aguas que rodean Islandia se pueden encontrar hasta 20 clases de ballenas distintas. Nosotros sólo vimos a una, pero fue bastante emocionante. El barco se alejaba durante unos 30 minutos de la costa. Después, paraba los motores, y esperaba a que su guía, una bióloga que iba subida en el mástil equipada con unos prismáticos, localizara a un ejemplar. Una vez localizado, el barco intentaba acercarse. El problema es que las ballenas permanecen uno o dos minutos en la superficie, y después se sumergen durante aproximadamente 10 minutos. Durante ese tiempo, se pueden desplazar considerablemente, y volver a salir a la superficie en un lugar completamente distinto al anterior. Por ello, es bastante difícil conseguir acercarse a ellas. A los que sí que les gusta acercarse es a los delfines, que, en ocasiones, parece incluso que estén llevando a cabo un espectáculo como el de los delfinarios. En su conjunto, fue una experiencia llena de emoción y tensión. Todos los que íbamos a bordo permanecíamos en silencio, mirando al horizonte, intentando averiguar por dónde saldría la ballena la próxima vez. Tras un par de horas, volvimos a la costa. Ya se estaba haciendo tarde, y hacía mucho frío, pero la tripulación nos ofreció chocolate caliente y bollos para que entrásemos en calor.


 
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