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Islandia, tierra de hielo y fuego
Blog sobre un país espectacular y salvaje: Islandia
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16/08/2002


Hella, el pueblecito en el que nos encontrábamos, era famoso por sus granjas de caballos. Por ello, decidimos visitar una, la granja Árbakki. Los caballos autóctonos o eqqus scandinavicus son una variedad del antiguo caballo nórdico, pero que, a diferencia de los que todavía subsisten en Noruega, en islanda permanece puro e invariable en su raza desde los tiempos de la colonización, debido a que nunca se han cruzado con otros caballos foráneos. Este tipo de caballo es de talla pequeña, llegando raramente al metro y medio de alzada. Sin embargo, es muy resistente y dócil, y está dotado de una adaptación formidable al terreno abrupto de la isla. En la granja nos enseñaron cómo adiestraban a los caballos, y también nos presentaron a un pequeño potro, de tan sólo cuatro días. Sin embargo, no nos animamos a montar.



Tras la granja, y de camino a Vik, nos detuvimos para contemplar la cascada Seljalandfoss, una de las pocas cascadas que permite pasar por detrás de la cortina de agua, sin llegar a mojarse. Después de hacer esta parada, nos ocurrió algo muy curioso: estábamos escuchando una emisora de radio islandesa, y, de repente, empezó a sonar una música familiar. Se trataba de la canción Valencia, como después dijo la locutora en perfecto islandés. Nos quedamos muy sorprendidos, pero, por extraño que parezca, este no fue el único incidente de este tipo durante el viaje. También por el camino pudimos ver una de las lenguas del glaciar Myrdalsjökull.

Por fin llegamos a Vik, la población más meridional de Islandia. Allí pudimos ver Reynisdraungur, un conjunto de tres grandes rocas de aspecto monolítico que surgen del océano a poca distancia de la costa y del imponente acantilado de Reynisfjall. El más alto de los peñascos alcanza los 66 metros sobre la superficie del mar. Cada uno tiene su propio nombre, Skessudrangar, Landdrangar y Langhamrar, y según la creencia local, son los cuerpos petrificados de tres trolls, personajes de la mitología escandinava que se transforman en piedra cuando ven la luz del sol.

Aquella noche, la primera que no teníamos el alojamiento reservado, tuvimos que dormir en una habitación que tenían acondicionada con literas en una gasolinera, en mitad de la nada. Nos empezamos a preocupar, porque no sólo fue un alojamiento precario, sino también bastante caro. Sin embargo, este fue el peor sitio donde dormimos. A partir de este momento, supimos elegir mejor.



 
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