Año 2046, por Ángela Vallvey
Hoy leyendo la revista ELLE de diciembre (es lo que tienen los días flojos en el trabajo. Cuando me termino la Muy Interesante, puedo escoger entre la ELLE, la Hola y la Ragazza, o bien mirar al vacío.) he encontrado este artículo de Ángela Vallvey. Me ha hecho gracia y os lo pongo.
Al tema:
Año 2046. Soy un carcamal centenario. Lo sé porque llevo la cuenta, pero nadie lo diría. Sigo siendo fértil gracias a la tecnología biogenética. Hasta el año 2020 mis tratamientos los pagó la seguridad social, pero tras la gran quiebra del 21, los sufrago con un seguro privado. Estoy pensando que quizá debería tener otro hijo, pero el mundo no es un lugar seguro. Si bien mis pechos siguen tan turgentes que parecen a punto de explotar mientras hago el amor fogosamente con mi joven novio de 26 años (reales). Mi tez es tan suave que cuando me toco la cara me confundo con mi tataranieta. Tengo un implante celular de bótox en la base del cuello que derrama toxina botulímica por todo mi organismo con la generosidad del aspersor de agua del césped de mi jardín. Hasta mis intestinos son los propios de un cuerpo de 20 años. Mis cabellos, que nunca fueron largos ni espesos, ahora parecen un anuncio de escobas. No necesito teñirme porque el pelo me crece unos siete centímetros por mes, de un rubio natural. No me queda ni rastro de vello en el cuerpo, salvo en la cabeza y las cejas. Tampoco puedo decir que eche de menos el vello corporal, soy tan vieja que viví la Era de la Depilación a la Cera Caliente, y puedo asegurar que a veces todavía sueño con ella y me despierto gritando en mitad de la noche.
Mi nieta Yamisleidis, por el contrario, pertenece a un nuevo tipo de mujer que ha empezado a surgir. Las mujeres como ella amenazan en convertirse en un movimiento revolucionario: se niegan a implantarse nada en el cuerpo, a retocarse, a aliviar su decrepitud auxiliándose por la ciencia. Mi nieta parece una vieja amargada, y cuando viene a verme me paso todo el tiempo preocupada por si tropieza y se cae. (Para las personas de mediana edad las caídas suelen ser fatales, sobre todo cuando no consienten que la técnica las ayude). Hoy día, las mujeres envejecidas como mi Yamisleidis suelen ser pobres o revolucionarias y, como dice mi novio Whiston Chuong, no se sabe si es peor una cosa o la otra. Mi joven macho de compañía se refiere a que, en nuestro mundo actual, las divisiones sociales se han acrecentado de manera brutal: una ínfima parte de la población vivimos mejor que los reyes del siglo XX, y el resto sobrevive como puede. La esperanza de vida se ha reducido a 35 años con suerte y una ración de proteínas al mes. Estaba claro que con un único planeta no íbamos a tener para todos al ritmo que lo estábamos esquilmando. Hay pocas especies que hayan subsistido a la Gran Depresión de los años 20: algunos insectos, mamíferos de granja, humanos... nunca se declaró una Tercera Guerra Mundial, pero la hubo: la formada por millones de pequeñas guerras tribales, religiosas y suicidas que acabaron con todo vestigio del antiguo estado del bienestar occidental y arrasaron los cimientos de todas las civilizaciones del mundo.
Desde mi refugio en Groenlandia, pienso que soy afortunada. Me miro al espejo digital (conectado con mi cirujano) y le pregunto: “¿Quién es la más bella?”. Él me responde: “Tú, querida”. Aunque siempre evito preguntarle quien es la más joven. O la más sabia. Hay cosas que es mejor no saber.
Al tema:
Año 2046. Soy un carcamal centenario. Lo sé porque llevo la cuenta, pero nadie lo diría. Sigo siendo fértil gracias a la tecnología biogenética. Hasta el año 2020 mis tratamientos los pagó la seguridad social, pero tras la gran quiebra del 21, los sufrago con un seguro privado. Estoy pensando que quizá debería tener otro hijo, pero el mundo no es un lugar seguro. Si bien mis pechos siguen tan turgentes que parecen a punto de explotar mientras hago el amor fogosamente con mi joven novio de 26 años (reales). Mi tez es tan suave que cuando me toco la cara me confundo con mi tataranieta. Tengo un implante celular de bótox en la base del cuello que derrama toxina botulímica por todo mi organismo con la generosidad del aspersor de agua del césped de mi jardín. Hasta mis intestinos son los propios de un cuerpo de 20 años. Mis cabellos, que nunca fueron largos ni espesos, ahora parecen un anuncio de escobas. No necesito teñirme porque el pelo me crece unos siete centímetros por mes, de un rubio natural. No me queda ni rastro de vello en el cuerpo, salvo en la cabeza y las cejas. Tampoco puedo decir que eche de menos el vello corporal, soy tan vieja que viví la Era de la Depilación a la Cera Caliente, y puedo asegurar que a veces todavía sueño con ella y me despierto gritando en mitad de la noche.
Mi nieta Yamisleidis, por el contrario, pertenece a un nuevo tipo de mujer que ha empezado a surgir. Las mujeres como ella amenazan en convertirse en un movimiento revolucionario: se niegan a implantarse nada en el cuerpo, a retocarse, a aliviar su decrepitud auxiliándose por la ciencia. Mi nieta parece una vieja amargada, y cuando viene a verme me paso todo el tiempo preocupada por si tropieza y se cae. (Para las personas de mediana edad las caídas suelen ser fatales, sobre todo cuando no consienten que la técnica las ayude). Hoy día, las mujeres envejecidas como mi Yamisleidis suelen ser pobres o revolucionarias y, como dice mi novio Whiston Chuong, no se sabe si es peor una cosa o la otra. Mi joven macho de compañía se refiere a que, en nuestro mundo actual, las divisiones sociales se han acrecentado de manera brutal: una ínfima parte de la población vivimos mejor que los reyes del siglo XX, y el resto sobrevive como puede. La esperanza de vida se ha reducido a 35 años con suerte y una ración de proteínas al mes. Estaba claro que con un único planeta no íbamos a tener para todos al ritmo que lo estábamos esquilmando. Hay pocas especies que hayan subsistido a la Gran Depresión de los años 20: algunos insectos, mamíferos de granja, humanos... nunca se declaró una Tercera Guerra Mundial, pero la hubo: la formada por millones de pequeñas guerras tribales, religiosas y suicidas que acabaron con todo vestigio del antiguo estado del bienestar occidental y arrasaron los cimientos de todas las civilizaciones del mundo.
Desde mi refugio en Groenlandia, pienso que soy afortunada. Me miro al espejo digital (conectado con mi cirujano) y le pregunto: “¿Quién es la más bella?”. Él me responde: “Tú, querida”. Aunque siempre evito preguntarle quien es la más joven. O la más sabia. Hay cosas que es mejor no saber.





