Haciendo memoria: Gésera
Aprovechando que he estado dándole vueltas al tema estos día, abro este nuevo bloque de “Haciendo memoria” con mis recuerdos de Gésera. Son muy importantes, ya que pasé allí prácticamente todo mi tiempo libre cuando era niña.
La casa es del hermano de mi bisabuela (ojo), a su vez, tío de mi abuelo. Pasó a pertenecerle a la muerte de su madre (la de mi abuelo, que no es la misma que la de su tío) Y digo es, porque aún vive. Él y su mujer. No voy a tratar de saber que tipo de parentesco exacto me une a ellos, porque sólo de intentarlo ya me mareo y podría terminar cantando aquello de “Yo mi abuelo soy”
La cuestión es que a mi abuelo le gustaba visitar la casa de su madre y trabajar la tierra. Había varios huertos pequeños, donde él y yo nos lo pasábamos bomba. Uno de ellos estaba más elevado, formando un montículo que a mi modo de ver, era una isla. Una isla porque cuando subías, estabas aparte del resto del mundo. El huerto estaba rodeado de una hierva alta que al soplar el viento de la montaña, la movía formando olas. Era un mar, y el huerto la isla. Allí sucedía de todo. Orejas (mi perro de peluche) y yo éramos piratas un día y peligrosos ninjas al siguiente (en mi casa nos tragábamos todas las películas de Bruce Lee y hasta imitaba perfectamente esa forma suya de andar de lado a lado, pero eso es otra historia, quizá para otro día) Mi abuelo me fabricó un arco con una cuerda de tender y una vara flexible y yo iba de un lado a otro (con Orejas en una mano y el arco en la otra) intentando cazar golondrinas, que anidaban nuestros tejados. Al final como el método del tiro con arco no lo terminaba de rematar, por alguna extraña circunstancia que no podía comprender (había un arco y una cuerda y tenía millones de palitos que eran las flechas. ¿Dónde estaba el error? ¿Dónde?) me dediqué a hacer de trampera. Colocaba cajas de zapatos por todos los caminos con un palo para que quedasen abiertas y en el palo, la típica cuerdita para tirar de ella y encerrarlas dentro cuando las ingenuas se acercasen a comerse las miguitas de pan que yo previamente había colocado. Mi abuela me contaba por aquel entonces un cuento de la estatua de un príncipe bañada en oro. Sus ojos eran dos rubíes y su inseparable amiga, una golondrina, le ayudaba a llevar trocitos de oro de su cuerpo a las familias pobres. El cuento terminaba de manera melodramática, con la muerte de la golondrina al intentar llevar a la madre enferma terminal de un niño pobre, los ojos de rubíes del príncipe. Es que se le había pasado la migración ayudándolo y llegó el cruel invierno. El pobre príncipe se quedó con la golondrina muerta en su mano y todo pelado porque ésta había repartido todo el oro que lo recubría...
Total: yo quería una golondrina costase lo que costase.
La trampa tampoco funcionó. No debían de tener mucha hambre... Y enseguida pasé a otra cosa menos aburrida que ocultarme y esperar durante horas (o unos minutos) a que cayese mi presa. Además, mi abuela, en un intento por persuadirme de semejante idea, me decía que la vida dentro de una caja de zapatos, no era vida para una golondrina (no tenía jaula y ese era mi plan). “Si quieres te encierro en el baúl de la tía Humi para que veas más o menos lo que se siente”
El baúl de la tía Humi, estaba arriba, en la boardilla. Orejas y yo nunca subíamos solos allí porque a él le daba mucho miedo. Estaba llena de trampas para ratones e instrumentos de caza de mi tío que al pobre Orejas le producían sensaciones terriblemente inquietantes.
Orejas y yo siempre andábamos juntos. Una vez se metió en un agujero y salió lleno de unas bolitas llenas de pinchos que no podía quitarle. Mi abuela estuvo toda una tarde limpiándolo porque me entró una pita tremenda. Decía que más valía tirarlo, que estaba muy viejo y lleno de porquerías, pero yo sabía que no lo decía de verdad, porque siempre lo limpiaba y cosía, y hasta le hizo una fundita para poder meterlo en la lavadora y que no se estropease. Ella tenía un jardín precioso del que se ocupaba siempre. Como dije, le encantan las flores. Tiene las ventanas y balcones de su casa llenos, y cuando se levanta por la mañana, lo primero que hace es ir a verlas.
Parece que la veo allí, agachada, abonando, regando, plantando y transplantando. Yo de flores no entendía demasiado. Acaso, las de las patatas. Mi abuelo me llevaba siempre para que le ayudase a quitar los bichos. Los íbamos metiendo en una lata (de melocotón en almíbar) y al terminar, los aplastábamos con una piedra, para que no se les ocurriese volver. Cogíamos los tomates y él sacaba un pañuelo limpio, frotaba uno y me lo daba para que lo comiese. Me encantaba ayudarle (a caer, como decía él)
Cuando venía Rebeca, jugábamos a los burros de carga. Consistía en llenar dos cubos de playa de agua y acarrearlos a la espalda con un bastón cruzado. Rebeca solía ser el burro, y le daba con una vara en el culo para que fuese más rápido. La meta era la hera (valga la redundancia) Allí vimos una vez una serpiente del tamaño de una anaconda del amazonas. Al menos a nosotras así nos lo pareció. Y cuando mi abuelo vio la piel en el jardín de mi abuela, también se lo pareció a él :s
Casi todos los días íbamos a ver a Isabel, la de la casa alta (todos se llaman por el nombre de sus casas) Nos daba unas galletas buenísimas. Una para Orejas y otra para mi.
Y por la noche, había luciérnagas. Se metían todas en las antiguas pocilgas, que estaban llenas de matorrales. Las metía en un bote de cristal, pero mi abuela me las hacía soltar enseguida. Decíamos que eran hadas.
Ni siquiera había electricidad. Utilizábamos candiles de aceite.
Me da un poco de no-sé-qué y que-sé-yo esta generación de “niños de moqueta” que viven enchufados a la tele o a una Game Boy... Mis recuerdos más felices están allí. Allí y en la Pineda, pero eso también es otra historia y hoy ya he hablado demasiado ;)
Sonando: The Verve - Bitter sweet symphony
La casa es del hermano de mi bisabuela (ojo), a su vez, tío de mi abuelo. Pasó a pertenecerle a la muerte de su madre (la de mi abuelo, que no es la misma que la de su tío) Y digo es, porque aún vive. Él y su mujer. No voy a tratar de saber que tipo de parentesco exacto me une a ellos, porque sólo de intentarlo ya me mareo y podría terminar cantando aquello de “Yo mi abuelo soy”
La cuestión es que a mi abuelo le gustaba visitar la casa de su madre y trabajar la tierra. Había varios huertos pequeños, donde él y yo nos lo pasábamos bomba. Uno de ellos estaba más elevado, formando un montículo que a mi modo de ver, era una isla. Una isla porque cuando subías, estabas aparte del resto del mundo. El huerto estaba rodeado de una hierva alta que al soplar el viento de la montaña, la movía formando olas. Era un mar, y el huerto la isla. Allí sucedía de todo. Orejas (mi perro de peluche) y yo éramos piratas un día y peligrosos ninjas al siguiente (en mi casa nos tragábamos todas las películas de Bruce Lee y hasta imitaba perfectamente esa forma suya de andar de lado a lado, pero eso es otra historia, quizá para otro día) Mi abuelo me fabricó un arco con una cuerda de tender y una vara flexible y yo iba de un lado a otro (con Orejas en una mano y el arco en la otra) intentando cazar golondrinas, que anidaban nuestros tejados. Al final como el método del tiro con arco no lo terminaba de rematar, por alguna extraña circunstancia que no podía comprender (había un arco y una cuerda y tenía millones de palitos que eran las flechas. ¿Dónde estaba el error? ¿Dónde?) me dediqué a hacer de trampera. Colocaba cajas de zapatos por todos los caminos con un palo para que quedasen abiertas y en el palo, la típica cuerdita para tirar de ella y encerrarlas dentro cuando las ingenuas se acercasen a comerse las miguitas de pan que yo previamente había colocado. Mi abuela me contaba por aquel entonces un cuento de la estatua de un príncipe bañada en oro. Sus ojos eran dos rubíes y su inseparable amiga, una golondrina, le ayudaba a llevar trocitos de oro de su cuerpo a las familias pobres. El cuento terminaba de manera melodramática, con la muerte de la golondrina al intentar llevar a la madre enferma terminal de un niño pobre, los ojos de rubíes del príncipe. Es que se le había pasado la migración ayudándolo y llegó el cruel invierno. El pobre príncipe se quedó con la golondrina muerta en su mano y todo pelado porque ésta había repartido todo el oro que lo recubría...
Total: yo quería una golondrina costase lo que costase.
La trampa tampoco funcionó. No debían de tener mucha hambre... Y enseguida pasé a otra cosa menos aburrida que ocultarme y esperar durante horas (o unos minutos) a que cayese mi presa. Además, mi abuela, en un intento por persuadirme de semejante idea, me decía que la vida dentro de una caja de zapatos, no era vida para una golondrina (no tenía jaula y ese era mi plan). “Si quieres te encierro en el baúl de la tía Humi para que veas más o menos lo que se siente”
El baúl de la tía Humi, estaba arriba, en la boardilla. Orejas y yo nunca subíamos solos allí porque a él le daba mucho miedo. Estaba llena de trampas para ratones e instrumentos de caza de mi tío que al pobre Orejas le producían sensaciones terriblemente inquietantes.
Orejas y yo siempre andábamos juntos. Una vez se metió en un agujero y salió lleno de unas bolitas llenas de pinchos que no podía quitarle. Mi abuela estuvo toda una tarde limpiándolo porque me entró una pita tremenda. Decía que más valía tirarlo, que estaba muy viejo y lleno de porquerías, pero yo sabía que no lo decía de verdad, porque siempre lo limpiaba y cosía, y hasta le hizo una fundita para poder meterlo en la lavadora y que no se estropease. Ella tenía un jardín precioso del que se ocupaba siempre. Como dije, le encantan las flores. Tiene las ventanas y balcones de su casa llenos, y cuando se levanta por la mañana, lo primero que hace es ir a verlas.
Parece que la veo allí, agachada, abonando, regando, plantando y transplantando. Yo de flores no entendía demasiado. Acaso, las de las patatas. Mi abuelo me llevaba siempre para que le ayudase a quitar los bichos. Los íbamos metiendo en una lata (de melocotón en almíbar) y al terminar, los aplastábamos con una piedra, para que no se les ocurriese volver. Cogíamos los tomates y él sacaba un pañuelo limpio, frotaba uno y me lo daba para que lo comiese. Me encantaba ayudarle (a caer, como decía él)
Cuando venía Rebeca, jugábamos a los burros de carga. Consistía en llenar dos cubos de playa de agua y acarrearlos a la espalda con un bastón cruzado. Rebeca solía ser el burro, y le daba con una vara en el culo para que fuese más rápido. La meta era la hera (valga la redundancia) Allí vimos una vez una serpiente del tamaño de una anaconda del amazonas. Al menos a nosotras así nos lo pareció. Y cuando mi abuelo vio la piel en el jardín de mi abuela, también se lo pareció a él :s
Casi todos los días íbamos a ver a Isabel, la de la casa alta (todos se llaman por el nombre de sus casas) Nos daba unas galletas buenísimas. Una para Orejas y otra para mi.
Y por la noche, había luciérnagas. Se metían todas en las antiguas pocilgas, que estaban llenas de matorrales. Las metía en un bote de cristal, pero mi abuela me las hacía soltar enseguida. Decíamos que eran hadas.
Ni siquiera había electricidad. Utilizábamos candiles de aceite.
Me da un poco de no-sé-qué y que-sé-yo esta generación de “niños de moqueta” que viven enchufados a la tele o a una Game Boy... Mis recuerdos más felices están allí. Allí y en la Pineda, pero eso también es otra historia y hoy ya he hablado demasiado ;)
Sonando: The Verve - Bitter sweet symphony
Comentario:
ó_ò
Bueno, bueno, el tiempo ha pasado y no vas a tomar represalias a estas alturas, ¿non?
(Me veo cargando los cubos...)
Bueno, bueno, el tiempo ha pasado y no vas a tomar represalias a estas alturas, ¿non?
(Me veo cargando los cubos...)
Comentario:
vaya vaya... ahora lo entiendo todo... asi que el burro... jejejeje
Comentario:
Lo sé, lo sé. Se te echará de menos ;)
Desde aquí te deseo mucha suerte. Estoy segura de que todo te irá muy bien, eres una chica valiente y decidida.
Ya nos irás contando :)
Un besote!!
Desde aquí te deseo mucha suerte. Estoy segura de que todo te irá muy bien, eres una chica valiente y decidida.
Ya nos irás contando :)
Un besote!!
Comentario:
Delirio:
Tu habla todo lo que quieras que (por lo menos a mí) se me hace muy ameno leerte :D
Me has recordado muchas cosas hoy con esto del huerto de tu awe... el mío también tenía uno, con girasoles y todo!! yo no llevaba peluche... pero lo de orejas me ha recordado también los perros que tenía allí mi abuelo... aunque me daban mucho asco (tenían unas garrapatas más grandes que yo... no sé si en aquel tiempo se llevaba lo de desparasitar a los perros y los collares anti bichos), pero bueno... me caían bien... no los tocaba, pero me molaban tan grandes y gorditos :D
Creo que era un huerto clandestino (como todos los que había allí), porque creo recordar que edificaron al poco por ahí y ya me quedé sin poder ir a jugar ni a comer pipas :S
Me voy a ausentar un tiempo (como ya sabes por mi blog), no creas que te abandono si no lees mis comentarios :D ... cuando me pueda conectar a inet, me pondré al día.
Ta prontito!!!
PD.- Cuelga fotos de tus niños!!! jejeje
Tu habla todo lo que quieras que (por lo menos a mí) se me hace muy ameno leerte :D
Me has recordado muchas cosas hoy con esto del huerto de tu awe... el mío también tenía uno, con girasoles y todo!! yo no llevaba peluche... pero lo de orejas me ha recordado también los perros que tenía allí mi abuelo... aunque me daban mucho asco (tenían unas garrapatas más grandes que yo... no sé si en aquel tiempo se llevaba lo de desparasitar a los perros y los collares anti bichos), pero bueno... me caían bien... no los tocaba, pero me molaban tan grandes y gorditos :D
Creo que era un huerto clandestino (como todos los que había allí), porque creo recordar que edificaron al poco por ahí y ya me quedé sin poder ir a jugar ni a comer pipas :S
Me voy a ausentar un tiempo (como ya sabes por mi blog), no creas que te abandono si no lees mis comentarios :D ... cuando me pueda conectar a inet, me pondré al día.
Ta prontito!!!
PD.- Cuelga fotos de tus niños!!! jejeje





