logotipo

img_google
The lost Boys
Acerca de
"Ayer hice algunas cosas muy malas. Quiero decir muy malas. Ya sabes. Pero hoy hago algunas cosas buenas. No se. Ya sabes."
Enlaces
Somos de resina
Zona Zero
Living Dead Dolls
Sindicación
 
Historia de un bolso o la ventana indiscreta
Esta es la historia de un bolso: el mío.
Mi bolso/mochila, porque ni que decir tiene, que los bolsos en su más estricto sentido de la palabra no me van pero nada de nada.
Lo he colocado encima de la mesa para hacer una limpieza a fondo. Hace siglos que no reviso lo que hay dentro. Cualquiera sabe lo que uno podría encontrar si osa aventurarse en su interior...
Lo compré un sábado cualquiera por la tarde. Era verano.
El anterior había muerto trágicamente tras cinco años de torturas diarias ese mismo día por la mañana. Ya no tenía remedio. Sus costuras eran tantas que el bolso/mochila era totalmente irreconocible. Pero es que era mío, y oye, le tenía mucho aprecio.
Apenada, no le guardé ni un par de horas de luto. Me fui hasta Coronel Tapioca y compre éste que tengo hoy ante mí.
Es perfecto. Marrón. De un marrón algo desgastado, claro que ya era así cuando lo compré. Total y absolutamente lleno de bolsillos, como a mí me gustan.
Uno puede encontrar las cosas más curiosas y extrañas en Coronel Tapioca.
Curiosas, extrañas y la mayor parte de ellas, totalmente inservibles. Inservibles claro, a menos que seas un explorador profesional. Indiana Jones se compra sus kits de supervivencia allí. Miguel de la Cuadra Salcedo también. Se les reconoce por el sombrero. Pero bueno, no quiero irme por las ramas, es la historia de un bolso y lo que en él habita de lo que estamos hablando.
Prizz me acompañó a comprarlo.
Mientras estábamos en la tienda, el señor R nos llamó por teléfono para que pasásemos a recogerlo al terminar.
Así que Prizz, el seños R mi nuevo bolso/mochila y yo nos pusimos rumbo al hogar.
De camino nos adelantó una ambulancia. Cuando esto pasa uno siempre se pregunta a donde irá y que habrá pasado.
Al llegar a mi casa, sorpresa, la ambulancia estaba parada justo en la calle de delante de mi portal. Concretamente en “Electrodomésticos – Persianas – Puertas: Interior, plegables y blindadas. Mobiliario de cocina y auxiliar” Y debajo ponía el apellido del propietario. Señor B.
El señor B. Vecino muy conocido en el barrio. Sabedor de los secretos más oscuros de la mayoría de las personas de por aquí, y una persona a la que no le importaba en absoluto contártelos si estabas lo suficientemente interesado en saberlos. Eso si, de manera confidencial. Al fin y al cabo, estamos hablando de un profesional. Hablaba tanto y tan rápido que unos hilillos blancos se formaban en la comisura de sus labios hipnotizándote por completo. Si te pillaba, estabas perdido. Podían pasar horas hasta que te liberase alguien con una llamada urgente o algo similar.
Con curiosidad subimos Prizz, el señor R, mi bolso/mochila nuevo y yo misma hasta mi casa. Da la casualidad de que la ventana de mi cocina es un lugar ideal para contemplar el desarrollo de los acontecimientos.
Prizz, el señor R el bolso/mochila nuevo y yo cogimos sitio al otro lado de una persiana de interior de aluminio verde preciosa que previamente habíamos adquirido en “Electrodomésticos – Persianas – Puertas: Interior, plegables y blindadas. Mobiliario de cocina y auxiliar” propiedad del señor B. Ironías de la vida.
La persiana abierta era bastante disimulada y creo que no nos veían.
La ambulancia seguía allí y no había nadie mirando, cosa extraña ya que es lo que suele pasar en estos casos. Tiempo al tiempo.
Y pasó el rato.
Prizz, el señor R y yo empezamos ha hacer nuestras conjeturas y especulaciones sobre el posible fin del drama.
Pasaba el tiempo y no salía nadie. La señora B apareció sofocada y se perdió en el interior de la tienda.
Y pasó el rato.
Prizz, el señor R y yo seguíamos discutiendo a cerca de lo sucedido.
Yo estaba casi segura de que el señor B había estirado la pata de un infarto (trabajaba 24h. al día siete días a la semana 365 días al año), claro que la teoría no se sostenía debido a que si fuese cierta, se lo habrían llevado hace ya un buen rato.
Prizz sostenía que el señor B había acercado demasiado la cabeza a su máquina de cortar puertas y chapas y que lo que explicaba la tardanza era ni más ni menos que no lograban dar con ella. Con la cabeza, se entiende.
El señor R repetía una y otra vez “que historia más truculenta” mientras escuchaba nuestros desvaríos.
Y pasó el rato.
Me empezó a entrar un hambre atroz. La verdad, era la hora de merendar, pero el ponerme a comer me daba algo de palo. Joder, el señor B estaba muerto o agonizante a pocos metros de mi casa...
Parecía que Prizz me leía la mente, pues sin pensárselo demasiado sacó de un armario que tenía justo encima unos dobladillos recién comprados.
Había cuatro. Yo cogí uno y empecé a comer. Prizz le ofreció otro al señor R que negó con la cabeza e hizo un comentario acerca de lo de merendar asomados a la ventana.
Prizz y yo nos encogimos de hombros y el señor R terminó cogiendo un dobladillo. Supongo que él también tendría hambre. Estar una hora en una ventana, de pie, en verano... pues da hambre, coño ¿Qué puedo decir? Que me llamen monstruo...
Y pasó el rato.
La gente ya estaba asomada a las ventanas descaradamente. ¿Pero que se han creído? Pasa una desgracia y todo el mundo quiere verlo en primera fila. Solo faltaba que empezasen a alquilar palcos de honor, o sea, los balcones con mejores vistas. A donde iremos a parar...
La gente se apiñaba ahora en la calle también. Los vecinos del señor B querían tener noticias. Y querían tenerlas ya.
La gente iba y venía. Los balcones atestados. Delante nuestro teníamos a una mujer enorme que salió a tender y se quedó a ver que pasaba. Era ésta una panadera húngara de grandes pechos. Desde luego no era húngara, y seguramente, panadera tampoco. Es que tengo un amigo que las llama así. Panaderas húngaras. Esas señoras entradas en carnes con voluminosos bustos. Ésta concretamente se empeñaba en mostrárnoslos sin ningún pudor, pues se le escapaban de su playero de tirantes, que estaba bastante dado de si.
Al tender, también nos mostró que no se depilaba las axilas y Prizz y el señor R estuvieron inventando historias sobre ella que bien podrían ser ciertas.
Al final, la señora B salió llorando desconsolada negando con la cabeza. Todo había terminado. Era oficialmente la viuda del señor B.
Nos sentimos algo mal.
Los chicos de la ambulancia salieron de la tienda llevando consigo unos tubos de plástico transparentes que estaban teñidos de rojo. Tras guardarlos se apoyaron en la ambulancia y se fumaron unos cigarrillos. Debían estar agotados si todo este rato habían estado reanimando al señor B.
Ya que llevábamos allí tanto rato, pensamos que no podíamos irnos ahora. Tenían que sacar al señor B de la tienda.
El señor R hizo un comentario sobre lo que pasaría si al sacarlo una mano caía y quedaba inerte, colgando fuera de la manta en un golpe de efecto terrible y escalofriante (somos algo peliculeros, lo sé) "¡Que historia más truculenta!"
Estuvimos esperando al forense. Una hora más. Mientras, los parientes del señor B fueron llegando al lugar de los hechos. Se lo llevaron en una caja metálica que metieron en la misma ambulancia. Un señor de negro se paseaba experto por aquí y por allá haciendo llamadas de teléfono. Se abrió otro debate sobre si sería el forense o el de la funeraria.
Nosotros pensábamos que debe ser patético que te tengas que morir montando este espectáculo gratuito para el vecindario. Hay que joderse.
Los vecinos tendrán carnaza para una buena temporada.
-¿Has oído lo del señor B?
-Si, yo estaba allí. Lo vi todo. Se lo llevaron en una caja metálica.

Nos fuimos al comedor y estuvimos un buen rato hablando del tema.
Esa tarde cuando salimos a comprar la cena me encontré con un par de amigas.
-Qué, ¿comprando la cena?
-Sí, ya ves.
-Que mochila mas chula, no te la había visto.
-Es que la he comprado hoy.
-¿Dónde?
-En Coronel Tapioca
(Señalando la parte frontal donde pone claramente Coronel Tapioca) Hoy se han llevado al señor B en una caja metálica. Lo hemos visto. Estábamos allí, tras la persiana de la cocina que le compré hace poco.
¿Nunca le habéis arrancado las alas a una mosca cuando erais pequeños?
Las personas somos morbosas por naturaleza, que le vamos a hacer.
Ese fue el día en que compre mi bolso/mochila.
Dicen que por las cosas que lleva una mujer en su bolso se la puede conocer mejor. No sé si es cierto, pero deja unas pistas.
Lo tengo en la mesa ahora mismo. Ante mí. Le doy una vuelta observándolo.
Me siento como un forense haciendo la autopsia. “Hora de la muerte: 15.47”
Pero aún no ha muerto. Éste aún es relativamente joven.
En la parte frontal nos encontramos el primer bolsillo. Aquí llevo todas las llaves, que son muchas. Las del portal, las de casa, las del garaje, que no tenemos, pero que es la única forma de acceder al cuarto de las calderas. Las de casa de mi madre, de mis abuelos, de mi trabajo, las de casa de mis suegros...
Sólo en llaves pesa los cuatro quilos, seguro.
Le suelto los enganches que lleva a los lados y lo abro.
Otro bolsillo. Para el móvil. Siempre tengo que llamarme desde el fijo para saber donde lo he metido. Cuando se queda días sin batería, olvidado en algún sitio, hay que formar equipos de búsqueda.
Al lado, un par de espacios para dos bolígrafos. Solo he ocupado uno, con mi Pentel negro. Somos inseparables él y yo.
Una cremallera a un lado da paso al lugar de las libretas del banco. Hay varias. Dos de la Cai, una del BBVA y una de Ibercaja.
En el mismo sitio llevo medicamentos. Un par de sobres para la cabeza, un par de sobres para el dolor de ovarios, un par de antiinflamatorios para la mano, alguno para la cabeza y un par de antihistamínicos.
Llegamos al general. El grande, donde está casi todo lo importante.
Un par de paquetes de pañuelos de papel me dan la bienvenida. Se mueven libremente por donde quieren. Tengo una nariz muy delicada. Es como un barómetro. Si hace frío lo nota. Si hace calor lo nota. Si hay cambios de temperatura bruscos lo nota. Si hay humedad lo nota. Si el ambiente está seco lo nota. Si me cago en... también lo nota. Siempre he de llevar pañuelos de papel encima.
Las gafas de ver perfectamente metidas en su funda (enorme) Me las pongo. Si no, después me duele la cabeza...
Más.
Mi bolsa de payasos de higiene bucal. Si, es de payasos. Los detesto. Los odio. Los aborrezco. Pero, irónicamente era la única donde me cabía el cepillo de dientes.
Consta de: cepillo de dientes. Hilo dental. Pasta de dientes para dientes y encías sensibles. Vaselina para los labios de Ágata Ruiz de la Prada. Se llama “Fruta de la pasión” hummm... está buena...
Una agenda donde me lo tengo que apuntar todo. Teléfonos, direcciones y tal.
Una pequeña libreta roja que utilizo para escribir mis pensamientos repentinos. Aquellos que debo recordar para más tarde. Las primeras palabras son: “De alguna manera, todos hemos adoptado una máscara.”
Mi inhalador.
Una calculadora. (¿Qué hace esta aquí?)
Un tampax. La alegría de ser mujer... seguro que esa frase es de un hombre que pensó que estamos contentas con el mero hecho de tener algo metido entre las piernas. Sea lo que sea.
Varios tiquets de la compra de cuando Cristo perdió el gorro.
Unas pinzas de depilar. Muy importante.
La cartera. Territorio comanche.
Dentro de ella llevo mil porquerías. Un calendario del 2002, varias tarjetas de crédito, el carnet de ciclomotor, el de la biblioteca, el de la federación de esquí, el del infocentro, el de identidad (todos ellos con horribles fotos de convicta) la tarjeta del videoclub, la de la seguridad social, una de un seguro de no-se-que, el nif, fotos de carnet de todo dios y mariquito y tarjetas de visita de ginecólogos, dentistas, amigos, ex amigos, compañeros, ex compañeros, familiares y gente de la que ya ni me acuerdo.
Termino con un par de condones de fresa. La seguridad ante todo.
A veces llevo un paraguas. Cabe perfectamente y aunque hoy no está, es justo mencionarlo también.
Nada más.
Tiro lo que no sirve y lo ordeno.
Ya está listo para unos cuantos meses más.
Me levanto y miro por la ventana. En el local “Electrodomésticos – Persianas – Puertas: Interior, plegables y blindadas. Mobiliario de cocina y auxiliar” hay un cartel amarillo fosforescente que dice: “Se Vende”

Sonando: Dover - Come With Me

 
Comentario:
joeeee... eso es un bolso de mujer, si sra!!

jejejej en el mío solo está el movil, las llaves de casa (3), el tabaco, un mechero y... sí... dos condones jeejjeej

que fuerte... si yo llevara todo eso en un bolso, me daba algo... seguro!!

PD.- minuto de silencio por el fallecido T_T
No