Fin de semana en Tarragona
Pues este fin de semana, nos fuimos Prizz, Rebeca, David y yo a Tarragona. Nuestro principal objetivo era ir a Port Aventura. Bueno, y el viernes por la noche ir a ver el estreno de la segunda parte de “Piratas del Caribe” (he de decir que no me gustó ni mucho ni poco. Quizá cuando vea la tercera...)
Rebeca se pasó cerca de un mes buscando un hotel para dormir las dos noches y al final nos quedamos en el Hotel Ciutat de Tarragona. Cuatro estrellas. Se supone que la habitación nos salió bien de precio al ser cuádruple y en Tarragona, que no es lo mismo que Salou y demás. Como no está a pie de playa...
Pues que me aspen si era de cuatro estrellas. La habitación no estaba mal del todo, pero las camas y almohadas eran lo peor. No había quien pegase ojo. Además, la limpieza de la habitación brillaba por su ausencia. Nada más llegar, ya vimos restos de los anteriores inquilinos. Una botella al lado de la cama (en una posición tan visible, que me indica que no cambiaron ni las sábanas) y restos de patatas fritas debajo, que seguían allí al día siguiente. El suelo del baño no lo debían limpiar desde hace muuuuuucho tiempo.
En fin.
El sábado nos levantamos muy prontito para ir a Port Aventura. Esperábamos colas y gente a mares, como era sábado y en pleno agosto... y además en un puente... Estuvimos decidiendo si sacar la entrada exprés o no.
Hay varias formas de ir a Port Aventura:
-Como los pobres. O sea, la entrada pelada por trentaitantos.
-Como los tontos. Pagas veinte euros más y te dan nueve bonos para que te ahorres la cola nueve veces. La pega está en que cada bono es para una atracción diferente. O sea, que no puedes subir nueve veces en el Dragón Khan. Tienes que ir sólo y exclusivamente cuando lo ponen en las pizarras que hay a la entrada de las atracciones, marcando el tiempo de espera. Además, si te pringas, hazlo del todo y sácate la siguiente opción, por un poco más de pasta.
-Como los capullos de la pulsera. Por el módico precio de setenta y dos euros, te sacas la pulsera exprés. Te libras de todas las colas y entras directamente por otro sitio reservado exclusivamente para pulseras (y los bonos cuando tocan) haciendo calvos al personal que se muere de asco al sol horas y horas.
Hay que admitir que si vas a montarte en todo, vale la pena sacártela. Es o eso, o pagar los trentaitantos y montarte en dos cosas y pasar todo el día en dos colas. Además, la última vez que estuvimos, que ya estaba lo de las pulsera exprés, las colas se hacían aún más lentas e interminables porque los dejaban pasar y no dejaban de llegar.
Todos menos Prizz éramos reacios a la pulsera. Y es que en pleno periodo de vacaciones, contando con que nosotros sumamos por dos, es que son 144 euros por pasar un día allí, que seguro que será inolvidable, por que el resto del mes no te queda ni para comer. Que encima el estar en el parque, ya es un gastar y no parar... No nos pasamos para nada y sólo de comer, beber alguna que otra cosa y merendar se nos fueron 70€. Sin más gastos de nada. Ni fotos recuerdos ni ná. Que tristeza.
Bueno, a lo que estaba. Que al llegar, resulta que no había nadie. Ni colas en las taquillas, ni los mares de gente de otras veces en las mismas fechas. Ya habíamos llegado al acuerdo de que nada de pulseras, que como para comprarlas había que sacar antes la entrada normal, pues a ver como estaba el tema. Y cuando vimos como estaba no nos lo queríamos creer. Será porque es muy pronto, ya verás dentro de un rato Pero es que cuando hay previsiones de avalanchas, ya se ve desde primera hora de la mañana... (es que hemos estado mil veces, semos unos viciosos)
Total: a correr, no sea que lleguen todos de repente.
Primera parada en el Tutuki Splash, que las atracciones de agua siempre están a reventar. Y cinco minutillos después, estábamos empapados mirando las fotos de la salida. Moooooola. A otra. Corre, corre. No sea que lleguen todos de repente.
El mayor objetivo era el Huracán Cóndor 86 metros de caída libre a 120 km/h. Lo inauguraron el año pasado y no habíamos montado ninguno. Rebeca y David habían estado en el de la Warner, en Madrid. Y decían que no daba demasiada impresión, que era muy rápido y que no nos esperásemos mucho.
Yo estaba de los nervios. Los cinco minutos de espera, mirando arriba. La gente no gritaba ni nada ¿Será una decepción? Cuando nos tocó me temblaban las piernas. Por mucho que me dijesen que no era nada, yo lo veía muy alto. Altííííísimo.
Fotos que he sacado de la res:


Tuve que quitarme las chancletas y dejarlas abajo.
Cuándo subíamos no se oía nada, pero a mi me sudaban las manos y tenía la mandíbula completamente engarrotada. Aquello subía echando leches. Al llegar a lo más alto, se inclinó un poquito, para que quedásemos más enfocados al suelo. Momentos antes de soltarlo, nos hicieron la foto. Se escuchó un “Clack” seco y abajo. No me acuerdo de nada. No pensé nada. No me extraña que no se escuchasen gritos. No te da tiempo. Cuando me quitaron el chaleco de seguridad, no podía bajar. Casi me caigo de rodillas, no encontraba las chancletas, me temblaba todo y no podía casi hablar. Las manos me iban locas. ¡¡¡Menudo viaje!!! Al poco rato, cuando ya estábamos fuera, me empezaron a doler los bíceps y las piernas. Era de la tensión de caer. La mandíbula también y las muelas se me quedaron un poco resentidas.
Rebeca dijo que no se parecía en nada al de la Warner.
Estuvimos todo el día subiendo y bajando en todo. Lo máximo que esperamos fueron quince minutos en una de las veces que montamos en la Stampida. Repetimos en todo. En el tren de la mina no nos hicieron ni bajar para darnos otra vuelta. Hacía mucho que no me reía tanto. Prizz parecía Spidi González “¡¡¡Yuju,yuju, yujuyuju, yuju!!!” David decía “Vamos a morir todos” en cada cosa que nos metíamos y la gente nos miraba raro. Entre los rodillos de seguridad incrustados en la vejiga y demás, casi me meo.
Después de comer ya estábamos mareados y aún entramos a ver el espectáculo de los especialistas del Far West. Y al salir otra ronda completa.
A última hora, Prizz y yo queríamos repetir en la caída libre. Rebeca y David nos esperaron por allí cerca.
Cuando nos tocó, descubrimos que había varios asientos distintos, dependiendo del número de ascensor que te tocaba. Había cuatro o cinco de cuatro plazas cada uno. Esta vez, nos pusimos en uno que parecía que ibas colgado, en lugar de sentado. Solo te sujetaba una especie de sillín de bicicleta. Vamos, colgado es la palabra clave. Aún más impresionante.
A las diez salíamos, cansados, mareados y con ganas de meternos en la cama.
Y eso es lo que hicimos.
A la mañana siguiente, desayuno con diamantes y a casa. No sin antes, comentar el tema de la limpieza con la señorita de recepción.
Nos lo pasamos genial *_*
Aunque después de cargar todo el día con la cámara, no hicimos muchas fotos. Nos daba pereza sacarla de la bolsa. Y a última hora ya no había luz. Las fotos de unos conejitos que había en el césped de China no han salido.
Sonando: Tristania - Tender trip on earth
Rebeca se pasó cerca de un mes buscando un hotel para dormir las dos noches y al final nos quedamos en el Hotel Ciutat de Tarragona. Cuatro estrellas. Se supone que la habitación nos salió bien de precio al ser cuádruple y en Tarragona, que no es lo mismo que Salou y demás. Como no está a pie de playa...
Pues que me aspen si era de cuatro estrellas. La habitación no estaba mal del todo, pero las camas y almohadas eran lo peor. No había quien pegase ojo. Además, la limpieza de la habitación brillaba por su ausencia. Nada más llegar, ya vimos restos de los anteriores inquilinos. Una botella al lado de la cama (en una posición tan visible, que me indica que no cambiaron ni las sábanas) y restos de patatas fritas debajo, que seguían allí al día siguiente. El suelo del baño no lo debían limpiar desde hace muuuuuucho tiempo.
En fin.
El sábado nos levantamos muy prontito para ir a Port Aventura. Esperábamos colas y gente a mares, como era sábado y en pleno agosto... y además en un puente... Estuvimos decidiendo si sacar la entrada exprés o no.
Hay varias formas de ir a Port Aventura:
-Como los pobres. O sea, la entrada pelada por trentaitantos.
-Como los tontos. Pagas veinte euros más y te dan nueve bonos para que te ahorres la cola nueve veces. La pega está en que cada bono es para una atracción diferente. O sea, que no puedes subir nueve veces en el Dragón Khan. Tienes que ir sólo y exclusivamente cuando lo ponen en las pizarras que hay a la entrada de las atracciones, marcando el tiempo de espera. Además, si te pringas, hazlo del todo y sácate la siguiente opción, por un poco más de pasta.
-Como los capullos de la pulsera. Por el módico precio de setenta y dos euros, te sacas la pulsera exprés. Te libras de todas las colas y entras directamente por otro sitio reservado exclusivamente para pulseras (y los bonos cuando tocan) haciendo calvos al personal que se muere de asco al sol horas y horas.
Hay que admitir que si vas a montarte en todo, vale la pena sacártela. Es o eso, o pagar los trentaitantos y montarte en dos cosas y pasar todo el día en dos colas. Además, la última vez que estuvimos, que ya estaba lo de las pulsera exprés, las colas se hacían aún más lentas e interminables porque los dejaban pasar y no dejaban de llegar.
Todos menos Prizz éramos reacios a la pulsera. Y es que en pleno periodo de vacaciones, contando con que nosotros sumamos por dos, es que son 144 euros por pasar un día allí, que seguro que será inolvidable, por que el resto del mes no te queda ni para comer. Que encima el estar en el parque, ya es un gastar y no parar... No nos pasamos para nada y sólo de comer, beber alguna que otra cosa y merendar se nos fueron 70€. Sin más gastos de nada. Ni fotos recuerdos ni ná. Que tristeza.
Bueno, a lo que estaba. Que al llegar, resulta que no había nadie. Ni colas en las taquillas, ni los mares de gente de otras veces en las mismas fechas. Ya habíamos llegado al acuerdo de que nada de pulseras, que como para comprarlas había que sacar antes la entrada normal, pues a ver como estaba el tema. Y cuando vimos como estaba no nos lo queríamos creer. Será porque es muy pronto, ya verás dentro de un rato Pero es que cuando hay previsiones de avalanchas, ya se ve desde primera hora de la mañana... (es que hemos estado mil veces, semos unos viciosos)
Total: a correr, no sea que lleguen todos de repente.
Primera parada en el Tutuki Splash, que las atracciones de agua siempre están a reventar. Y cinco minutillos después, estábamos empapados mirando las fotos de la salida. Moooooola. A otra. Corre, corre. No sea que lleguen todos de repente.
El mayor objetivo era el Huracán Cóndor 86 metros de caída libre a 120 km/h. Lo inauguraron el año pasado y no habíamos montado ninguno. Rebeca y David habían estado en el de la Warner, en Madrid. Y decían que no daba demasiada impresión, que era muy rápido y que no nos esperásemos mucho.
Yo estaba de los nervios. Los cinco minutos de espera, mirando arriba. La gente no gritaba ni nada ¿Será una decepción? Cuando nos tocó me temblaban las piernas. Por mucho que me dijesen que no era nada, yo lo veía muy alto. Altííííísimo.
Fotos que he sacado de la res:


Tuve que quitarme las chancletas y dejarlas abajo.
Cuándo subíamos no se oía nada, pero a mi me sudaban las manos y tenía la mandíbula completamente engarrotada. Aquello subía echando leches. Al llegar a lo más alto, se inclinó un poquito, para que quedásemos más enfocados al suelo. Momentos antes de soltarlo, nos hicieron la foto. Se escuchó un “Clack” seco y abajo. No me acuerdo de nada. No pensé nada. No me extraña que no se escuchasen gritos. No te da tiempo. Cuando me quitaron el chaleco de seguridad, no podía bajar. Casi me caigo de rodillas, no encontraba las chancletas, me temblaba todo y no podía casi hablar. Las manos me iban locas. ¡¡¡Menudo viaje!!! Al poco rato, cuando ya estábamos fuera, me empezaron a doler los bíceps y las piernas. Era de la tensión de caer. La mandíbula también y las muelas se me quedaron un poco resentidas.
Rebeca dijo que no se parecía en nada al de la Warner.
Estuvimos todo el día subiendo y bajando en todo. Lo máximo que esperamos fueron quince minutos en una de las veces que montamos en la Stampida. Repetimos en todo. En el tren de la mina no nos hicieron ni bajar para darnos otra vuelta. Hacía mucho que no me reía tanto. Prizz parecía Spidi González “¡¡¡Yuju,yuju, yujuyuju, yuju!!!” David decía “Vamos a morir todos” en cada cosa que nos metíamos y la gente nos miraba raro. Entre los rodillos de seguridad incrustados en la vejiga y demás, casi me meo.
Después de comer ya estábamos mareados y aún entramos a ver el espectáculo de los especialistas del Far West. Y al salir otra ronda completa.
A última hora, Prizz y yo queríamos repetir en la caída libre. Rebeca y David nos esperaron por allí cerca.
Cuando nos tocó, descubrimos que había varios asientos distintos, dependiendo del número de ascensor que te tocaba. Había cuatro o cinco de cuatro plazas cada uno. Esta vez, nos pusimos en uno que parecía que ibas colgado, en lugar de sentado. Solo te sujetaba una especie de sillín de bicicleta. Vamos, colgado es la palabra clave. Aún más impresionante.
A las diez salíamos, cansados, mareados y con ganas de meternos en la cama.
Y eso es lo que hicimos.
A la mañana siguiente, desayuno con diamantes y a casa. No sin antes, comentar el tema de la limpieza con la señorita de recepción.
Nos lo pasamos genial *_*
Aunque después de cargar todo el día con la cámara, no hicimos muchas fotos. Nos daba pereza sacarla de la bolsa. Y a última hora ya no había luz. Las fotos de unos conejitos que había en el césped de China no han salido.
Sonando: Tristania - Tender trip on earth





