La vie en rose
Pues parece que hoy es el día de los enamorados. Yo lo aprovecharé para contar una anécdota absurda del único año que lo celebré. El primer año que salí con Prizz, of course.
Tenía 16 años, y esto de san Valentín nunca me había dicho nada de nada... es algo genético, creo. Cualquier cosa de este tipo me produce urticarias.
Total, que yo toda fresca, me planto en el día 13 de febrero, y mis amigas me hicieron La Pregunta (que dicho sea de paso, y por lo que voy a relatar, la podían haber hecho un poco antes, coño...)
-¿Qué le has comprado al Prizz?
-¿Tenía que comprarle algo?
-¡¡Pero tía, joooo, que es San Valentín!! (sus voces en realidad no sonaban tan pijas, ¿vale?)
-Oh.
Total, que tres horas de terapia después, ellas erre que erre, metiendome en la cabeza ideas descabelladas, como que él me habría comprado algo y me quedaría con un palmo de narices cuando me lo diese y no tuviese nada con que corresponderle...
Pues nada, que me convencieron. Era joven.
Nos fuimos mi íntima y yo a una joyería, a ver. Por aquel entonces Mon Mère me daba 200 pelas a la semana, y eso si me las trabajaba haciendo el fregote (estamos hablando de hace mucho tiempo, ojo). Lo que quiero decir es que estaba pelada.
Todo lo que había era carísimo y se me iba del presupuesto. Un presupuesto forjado cinco minutos antes tal que así:
-¿Cuánto llevas en el bolsillo?
-Nada. –el bolsillo en si colgaba flácido y vuelto del revés.
-Pues pasamos por tu casa, le sisas a tu madre la chatarra, sacas lo que tengas en el bote, y yo llevo... – cuenta lo que lleva, todo calderilla- ...ciento cuarenta y cinco.
Y allí estábamos, en el mostrador de una joyería de barrio, haciendo el total y desparramándolo todo ante la estupefacta mirada de un abuelete resalado. Me entraban ganas de soltarle aquello de “¿Qué nos das por todo esto?” y abreviar, pero él ya nos llevaba delantera y se percató enseguida de lo que pasaba.
Entonces se estilaba eso de regalar pulseras o chapas grabadas con el nombre de los enamorados en cuestión.
Solo me llegaba para una chapa. Era fea. Pero fea de cojones. Y grande. Más que grande... enoooooooooooorme. Y hortera... asquerosamente hortera. Con dos corazones descomunales que de latir, hubiesen sonado como todas las comparsas de tambores de semana santa juntas. También era brillante. Más que brillante, cegadora. Plata de ley, ponía en la etiqueta. Pero era barata, oyes. Y no había nada más. Resumiendo: era como algo que colgar del ganado para identificarlo.
Seguro que ese era el último cartucho para situaciones de crisis de aquella tienducha. Y seguro que el abuelete corrió saltando al interior una vez nos fuimos, gritando “¡se la han llevado, se la han llevadoooo!”
En fin, al día siguiente, cuando le solté torpemente el paquete al pobre Prizz (el de la chapa, jo) se quedó con los ojos en blanco. Bueno, se sorprendió. Lo de los ojos en blanco vino después, al abrirlo...
Se puso de los nervios, y dijo que había olvidado su regalo en casa...
(pausa melodramática)
¡¡¡¡NO HABÍA COMPRADO NADA, MALDITAS PERRAS MANIPULADORAS!!!!
Para desgracia suya, llevó aquella chapa terrorífica, que le hacía marca en el cuello (del peso), mucho tiempo y encima, me tuvo que comprar algo.
¿Y qué fue, diréis, lo qué podría pergeñar aquella mente calenturienta y vengativa?
Me regaló un solitario de oro, que guardo con muchísimo cariño, y que llevé puesto hasta poco antes de cambiarlo por el que llevo hoy.
Sonando: Edith Piaf - La Vie en Rose
Tenía 16 años, y esto de san Valentín nunca me había dicho nada de nada... es algo genético, creo. Cualquier cosa de este tipo me produce urticarias.
Total, que yo toda fresca, me planto en el día 13 de febrero, y mis amigas me hicieron La Pregunta (que dicho sea de paso, y por lo que voy a relatar, la podían haber hecho un poco antes, coño...)
-¿Qué le has comprado al Prizz?
-¿Tenía que comprarle algo?
-¡¡Pero tía, joooo, que es San Valentín!! (sus voces en realidad no sonaban tan pijas, ¿vale?)
-Oh.
Total, que tres horas de terapia después, ellas erre que erre, metiendome en la cabeza ideas descabelladas, como que él me habría comprado algo y me quedaría con un palmo de narices cuando me lo diese y no tuviese nada con que corresponderle...
Pues nada, que me convencieron. Era joven.
Nos fuimos mi íntima y yo a una joyería, a ver. Por aquel entonces Mon Mère me daba 200 pelas a la semana, y eso si me las trabajaba haciendo el fregote (estamos hablando de hace mucho tiempo, ojo). Lo que quiero decir es que estaba pelada.
Todo lo que había era carísimo y se me iba del presupuesto. Un presupuesto forjado cinco minutos antes tal que así:
-¿Cuánto llevas en el bolsillo?
-Nada. –el bolsillo en si colgaba flácido y vuelto del revés.
-Pues pasamos por tu casa, le sisas a tu madre la chatarra, sacas lo que tengas en el bote, y yo llevo... – cuenta lo que lleva, todo calderilla- ...ciento cuarenta y cinco.
Y allí estábamos, en el mostrador de una joyería de barrio, haciendo el total y desparramándolo todo ante la estupefacta mirada de un abuelete resalado. Me entraban ganas de soltarle aquello de “¿Qué nos das por todo esto?” y abreviar, pero él ya nos llevaba delantera y se percató enseguida de lo que pasaba.
Entonces se estilaba eso de regalar pulseras o chapas grabadas con el nombre de los enamorados en cuestión.
Solo me llegaba para una chapa. Era fea. Pero fea de cojones. Y grande. Más que grande... enoooooooooooorme. Y hortera... asquerosamente hortera. Con dos corazones descomunales que de latir, hubiesen sonado como todas las comparsas de tambores de semana santa juntas. También era brillante. Más que brillante, cegadora. Plata de ley, ponía en la etiqueta. Pero era barata, oyes. Y no había nada más. Resumiendo: era como algo que colgar del ganado para identificarlo.
Seguro que ese era el último cartucho para situaciones de crisis de aquella tienducha. Y seguro que el abuelete corrió saltando al interior una vez nos fuimos, gritando “¡se la han llevado, se la han llevadoooo!”
En fin, al día siguiente, cuando le solté torpemente el paquete al pobre Prizz (el de la chapa, jo) se quedó con los ojos en blanco. Bueno, se sorprendió. Lo de los ojos en blanco vino después, al abrirlo...
Se puso de los nervios, y dijo que había olvidado su regalo en casa...
(pausa melodramática)
¡¡¡¡NO HABÍA COMPRADO NADA, MALDITAS PERRAS MANIPULADORAS!!!!
Para desgracia suya, llevó aquella chapa terrorífica, que le hacía marca en el cuello (del peso), mucho tiempo y encima, me tuvo que comprar algo.
¿Y qué fue, diréis, lo qué podría pergeñar aquella mente calenturienta y vengativa?
Me regaló un solitario de oro, que guardo con muchísimo cariño, y que llevé puesto hasta poco antes de cambiarlo por el que llevo hoy.
Sonando: Edith Piaf - La Vie en Rose
Comentario:
Aaaaaaaaah Lady, un huevo kinder siempre es bien recibido!!!! No es lo más delicioso que ha creado el hombre??
Además:
Es algo nuevo
Es una sorpresa
Y es divertido.
(¿era así?)
Eres una pillina, que en tu casa te puedes comer el chocolate tu sola!!! jejeje
Lui, doy fe. ES amor verdadero. Aquel día empezaron sus dolores de cabeza juaaaaaas
El Don sigue hecho un cabronazo, como siempre. En los brazos lo tengo, mira. Intento escribir con una sola mano para no molestarle, porque se queja.
Además:
Es algo nuevo
Es una sorpresa
Y es divertido.
(¿era así?)
Eres una pillina, que en tu casa te puedes comer el chocolate tu sola!!! jejeje
Lui, doy fe. ES amor verdadero. Aquel día empezaron sus dolores de cabeza juaaaaaas
El Don sigue hecho un cabronazo, como siempre. En los brazos lo tengo, mira. Intento escribir con una sola mano para no molestarle, porque se queja.
Comentario:
La única vez que yo celebre san valentin, le regalé algo que me costó mi paga de dos meses a mi chorbo momentaneo... cuando lo abrió... me dijo ¿es que los rojos celebrais san valentin?
Ni las gracias... oiga
PD: si prizz te quiere despues de eso... es amor verdadero
PPD: ¿como sigue el don?
Ni las gracias... oiga
PD: si prizz te quiere despues de eso... es amor verdadero
PPD: ¿como sigue el don?
Comentario:
JAJAJAJAJAJJA
¡Es la mejor anécdota de San Valentín que he leído en mi vida!
Pues a mi me sorprendió ayer.
Me trajo un huevo Kinder chocolate y me hizo feliz.
Lo que tiene ser una choco-adicta...
¡Es la mejor anécdota de San Valentín que he leído en mi vida!
Pues a mi me sorprendió ayer.
Me trajo un huevo Kinder chocolate y me hizo feliz.
Lo que tiene ser una choco-adicta...





