logotipo

img_google
Creer es poder?
Comentarios desde el inframundo
Acerca de
No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos
Free counter and web stats
Sindicación
 
El Aquelarre bajo la Luna llena.
Ahora que nada luce, ahora que ha empezado la maniobra de evasión, no sé como llamar a esto.
Al saber que la Luz se iba a apagar, que el mal…. (no puedo decirlo, no me sale llamarlo así) Ángel de Luz se la iba a llevar, empecé a recoger los fragmentos de brillo que había dejado en este Inframundo.
Los bellos destellos que se quedaron reflejados en la Laguna, las luces y sombras que se formaban en la fría Roca, los colores anaranjados que formaba en las jambas de mis (antiguas) tres Puertas, la belleza que resaltaba en los pétalos de mi Flor, el poder pasear sin que mis Fantasmas me acosaran debido a la luminosidad del lugar. Todo eso, recogido con lágrimas en mis ojos, ha pasado a llenar un saco de gruesa tela, para que ningún rayo de Luz salga por ella. Cada rayo que voy metiendo, va haciendo más pesado el saco.
Pero, una vez recogidas todas esas partículas de Luz, ¿dónde las lanzo? ¿cómo me deshago de ellas?
Eso es lo que ahora me deja días y noches, atardeceres y albas (de los vuestros) sin poder juntar los párpados. Sin dormir. Sin poder dejar al cerebro que descanse de todo lo que ha acumulado a lo largo del día.
Sólo doy vueltas y vueltas, al Inframundo, al cerebro y al saco, que parece más pesado cuanto más tiempo pasa; sin poder encontrar la solución.
...La Ventana, me aposté frente a ella. Allí encontré la solución.
Sin saber como ni porqué, la Luna se había puesto llena, me decía cosas que nunca había escuchado; o quizá siempre las gritó y yo no prestaba atención, quizá siempre había seguido mis pasos por el Inframundo, desde el hueco que la Ventana dejaba ver, y yo nunca me había percatado de que esa gran Luna, me vigilaba e iba conociendo todos mis pasos, para luego poderme decir la solución. Junto a la gran Luna, se había formado un aquelarre de Brujas. La Bruja principal, la que dirigía a todas las demás, escuchaba todos los mensajes de la Luna, los secundaba y gritaba con fuerza lo que debía hacer también.
Ellas dos, la Luna y la Bruja, la Bruja y la Luna, me estaban gritando no sólo la manera de deshacerme de ese pesado saco de Luz, y con ello de mi Ángel de Luz (el odiado), sino también me estaban tratando de indicar un camino por el que salir del Inframundo, sin necesidad de la Escalera que nunca terminó mi ayudante de Arqueólogo, ni del agujero inmundo por el que dejó caer el gran Hacedor de esto.
Sólo tenía que ser valiente (por una vez, no creo que me hiciese daño no?). Debía decir lo que me ataba. Era tan fácil, visto así. Si gritaba a todos y cada uno de mis Fantasmas lo que me estaban haciendo, se irían desvaneciendo, deshaciendo a mi paso según les fuese comentado todos sus fallos.
Las Puertas, cerrarlas de golpe y no dejar que se viera ningún camino engañoso hacia ningún Desconcierto que no merezco.
Era fácil, pero…
Lo primero que había de hacer era expulsar a mi Ángel de Luz. El que había desorbitado todo este caos ordenado que yo tenía aquí abajo. Tenía que ser fuerte, armarme del valor más grande y decirle que el Miedo no se puede medir por rangos. Que él me daba más miedo que mi otro Él. Aquél que escapó para siempre sin ruido, aquél que una vez que se fue no causó tanto dolor como él, que no termina de irse y sigue dañando.
Decirle que nunca dejé de esperar que la Luz llegase a mi Inframundo, y que cuando llegó sólo trajo dolor. Que era contradictorio. Pero que si era la Luz lo que quería llevarse, que la tomase y no me hiciese más daño. No podía seguir viéndolo pasear por mi Inframundo sólo porque quería dejar su rastro de Luz y después ser a su Luz a la que iba a adorar y no a mí, a quien seguía esperando.

Pero, es tan fácil oír las palabras de los demás. Es tan difícil hacerlas mías…
De todos modos, gracias amiga Luna, amiga Bruja. Seguiré escuchando desde la Ventana vuestros consejos hasta que decida ponerlos en marcha.

Y espero, que sea muy pronto, ya voy cogiendo fuerzas para el último empujón…

Saludos desde el Inframundo.
 
El silencio...
Mejor el silencio, la pátina dura del no saber, la capa de polvo del tuerto olvido.
Así, tú no sabrás nunca que te querré siempre y yo sabré siempre que no me querrás nunca.

Saludos desde el Inframundo.
 
Aquí empieza el fin. Aquí acaba el principio.
He dormido los sueños despierta, he dejado las lágrimas en la fría roca, mientras me tendía a esperar que pasasen las horas, los días, las semanas. Ese tiempo que dicen que hace que todo pase, pero no, sólo pasó tiempo.
Se me olvidó como se olvidan las cosas y eso no hace más que grabarme a fuego los recuerdos. Recuerdo cada uno de los pasos, los trotes y galopes de mi corcel y todo aquello que hice camino de esa batalla que libraría sin luchar. Esa batalla que mataría lo que quedaba de vivo en el corazón.

Como un animal sediento de sangre, mi caballo corría incansable hacia el lugar señalado, el momento en que la batalla se había de luchar estaba próximo y no quería que el rival llegase antes que nosotros.
Mi ejército me seguía a muy corta distancia. De nuevo los Miedos se habían armado con sus lanzas. El primero de los ataques, el que se hace siempre a pie, con esas armas de doble filo que me iban hiriendo a mí por la espalda, lacerando cada uno de los pequeños destellos de luz que me quedaban.
La caballería la componían las Ilusiones, esos guerreros que nunca dan nada por vencido y que siempre se lanzan al galope sobre todo aquello que quiera destruirlo. Las Ilusiones, con sus espadas en ristre, sedientas de conseguir una victoria ínfima en un enemigo espurio. Pero no sabían que su reflejo, de tan limpias que lucían, me iba cegando. No veía que me dirigía hacia una nueva muerte, una más para las que llevo encima. Aquí abajo se cuentan las muertes, no los años.
Por último, en la retaguardia, para recoger los trocitos de todo lo que quedase y llevar mi corazón en una cajita, iban las Alegrías, esas que nunca se agotan, que esperan la batalla final. Cargan sus ballestas con flechas de sonrisas, con lanzas de carcajadas, pero ya nada pueden clavar, van las últimas y es al último enemigo, al que ya no tiene esos sentimientos por el fragor de la batalla, al que le llegan. Ya su escudo está tan duro, que no llegan a atravesarlo.
Por eso sabía que mi retaguardia debería recoger los pedacitos de mí que quedasen.

En el momento oportuno, donde el campo de batalla estaba fijado, mi caballo paró. Sin necesidad de asir sus riendas, él se frenó, pues sabía que este era el lugar.
El viento húmedo y frío dejaba que las hojas de los árboles que una vez quisieron crecer felices allí, rodaran por el suelo como una triste venganza de lo que nunca fueron ni llegarán a ser. Pero no había nada más, no se veían huestes enemigas ni banderas ondeando al aire en señal de batalla.
El tiempo parecía haberse parado en ese desierto de piedras. Se oía ulular el viento, pero no se veía nada más.
De repente, a lo lejos, un jinete solitario se vislumbró. Era un emisario de mi adversario. Con su corcel blanco, casi volaba; emitía tanta luz como nunca habían visto esos parajes. Parecía que el caballo fuese etéreo, tan blancas eran sus crines.
Sin ningún bufido ni resoplido, el lindo équido, paró frente a mi negro corcel, que trató de pifiar y dejarme caer. No estaban sus ojos habituados a tanta luz y tan bella.
El emisario, con una sonrisa que no entendía y que a la vez me tenía sin habla, extendió una misiva que su Señor me enviaba. En esta batalla donde no sabía con quien iba luchar, por fin iba a conocer alguno de sus misterios.

“No vendré, no esperes por mí. No tengo nada que luchar contigo. Decidí apagar la Luz, no voy a dar más datos y ningún asalto. Sea yo plomo en el interior de tu pecho y acaben tus días en sangrienta batalla. Mañana en la batalla piensa en mí, desespera y muere.”

Era él, mi Ángel de Luz, el que me había hecho ir hasta allá, el que había engañado a todos y cada uno de mis (odiados) Fantasmas y me había hecho salir de mi rincón, de mi olvido obligado (porque de otra forma no sé olvidar).
Sólo él sabía como hacer daño de veras. Me sacó de mi lugar, para en mi ausencia, apagar la Luz sin que yo le supusiese un impedimento.
En el momento en que mis torpes manos rompieron el rojo lacre que sellaba la misiva, el armazón del corazón se resquebrajó un poco. No entendí este dolor, pero cuando leí el final de la nota, con la firma inequívoca de mi Ángel de Luz, la coraza cayó y las cenizas de lo quedaba dentro (que una vez fue corazón) se esparcieron por el aire con el aullido de dolor que dejé escapar. En mi grito, con mi aliento, todo el polvo que una vez fue corazón se extendió por el desierto con las hojas que una vez quisieron ser árboles.
Esto hizo que mis huestes creyeran que habíamos entrado en combate, salieron en estampida y se llevaron consigo lo que quedaba de mí. Todas mis huestes lucharon entre sí, pues no había rival y los Miedos mataron a las Ilusiones y las Alegrías quedaron en el suelo, recogiendo cada una de las cenizas para llevarlas de nuevo al Inframundo.
Una vez acabada la batalla que nunca empezó, mi corcel volvió veloz al Inframundo. Solos él y yo de nuevo, sin huestes y con las Alegrías transportando las cenizas de mi corazón, entramos de nuevo en un Inframundo lleno de risas de mis Fantasmas. Habían vuelto a conseguir destruirme, apagar la Luz que una vez me alegró y todo gracias a ese maldito intruso, ese Ángel de Luz que nunca debió de entrar.

Y lo peor de todo fue que mi derrota me dolía cada día en las manos. Yo no iba a luchar, sabía (o intuía) que la lucha sería con ese enemigo y sólo quería acariciarlo hasta borrar las huellas de mis dedos. Sólo quería abrazarlo hasta que mi esternón fuese parte del suyo. Sólo quería sonreírle hasta que mis músculos faciales saltaran de sus tendones.
Sólo quería cegarme con su Luz que nunca dejó que la viera con una emisión directa.

Sólo quería verle…
Y acabó con el principio. Empezó con el Fin.

Saludos desde el Inframundo.